Los ojos del puente (II)

3 Mar

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Los ojos del puente (I)

2 Mar

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Estarse muy quieto

2 Mar

(Mi última entrada en Nuestro Tiempo)

Estarse muy quieto

Uno de los experimentos infantiles más fascinantes es la cría de gusanos de seda. Yo no sé si con los tamagotchi, los videojuegos y las muñecas que hacen de todo, la observación de la Naturaleza sigue despertando tanto interés en los niños, pero, cuando pequeña, era frecuente ir al colegio con cajas de zapatos agujereadas que albergaban unos cuantos lepidópteros blancuzcos y fofos que a la vuelta de los años me parecen un poquito repulsivos.

Constatábamos su crecimiento, los alimentábamos con hojas de morera, limpiábamos sus excrementos y, en un momento dado, nos maravillábamos viéndoles tejer unos perfectísimos capullos de seda amarillos o blancos. Ahí dentro se encerraban los gusanos unas tres semanas, dejándonos sumidos en una incertidumbre tristona que se trocaba en gozo  chillón y curioso al ver salir de ellos, lenta y torpemente, unas mariposas blancas, que ahora que soy mayor me dan bastante asco también. Aprendíamos en esos momentos dos palabras mágicas: crisálida y metamorfosis, y una enseñanza: que para convertirse en algo grande hay que ocultarse.  Luego ha habido gente, como san Juan de la Cruz, que lo ha dicho mejor y con más profundidad y alcance, pero en esos momentos nos bastaba con la Madre Naturaleza.

Me acuerdo de la experiencia de los gusanos de seda porque en ocasiones –ya adulta– siento un deseo intenso de esconderme. Y lo digo con expresión terminante: “Ahora me tengo que estar muy quieta”. Sucede en esos momentos en que la avalancha de acontecimientos o el cúmulo de contratiempos e infortunios cae con la fuerza de un alud. Es una especie de instinto de supervivencia ante el peligro que se impone por reacción de contraste: como la hibernación, la metamorfosis o el camuflaje. Al principio creí que tal impulso era cobarde, pero los capullos  de seda y las palabras de Pascal –“la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en un aposento”– me han hecho pensar que se puede ser salmón que nada contracorriente, pero también gusano en crisálida o insecto palo.Tan fuerte es el que acomete con audacia como el que persevera con paciencia. Y quizá esta última virtud lleve consigo una buena dosis de conocimiento de las propias limitaciones. Un río no es lo mismo que un desprendimiento ni a veces tiene uno musculatura para remontar la corriente.

“Estarse muy quieto” permite recuperar las fuerzas, considerar el lugar en el que se está, lo que se ha perdido por el camino y la meta que se quiere alcanzar. Favorece un crecimiento interior como el de la ninfa que acaba en la maduración. Exteriormente parece inoperancia, pasividad, pereza incluso, y suele ir acompañado de un silencio que se puede entender como egoísta cerrazón cuando no es más que pura necesidad. Poco y mal entendemos el silencio. Un silencio es tan difícil de encontrar hoy día, que tendríamos que ponerle precio. La comunicación es tan global que ni siquiera cuando parecemos solos lo estamos realmente: siempre hay un whatsapp, un sms, un tuit, o un e-mail que nos pone en conexión obligada con los demás. Y es que también lo dice Pascal: “Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehacer, sin diversión”.

El silencio es a la convivencia lo que la sombra al cuadro, lo que el mismo silencio musical a la partitura: un contrapunto necesario con su valor propio. No es la nada, el vacío. Es una oportunidad de tomar aire para continuar, o para comunicar de manera no verbal cosas que la palabra no puede expresar.

No todos los silencios son iguales. Hay una gama inmensa de silencios largos y cortos, cómodos e incómodos, mudos y elocuentes, tranquilos y violentos, solitarios y compartidos. Estos últimos son los mejores. Compartir un silencio es una de las mayores muestras de confianza y de respeto. Por eso precisamente yo ahora me callo y me vuelvo a la crisálida, a “estarme muy quieta” un ratito más.

Uñas olímpicas

15 Nov

(Como si de un recopilatorio del año se tratara, ahora que media diciembre, os dejo mi columna de Nuestro Tiempo.Se retrasó la revista, se retrasó el portal y me retrasé yo, que ya acumulo mucha vergüenza o más bien poca en este glublog tocado y hundido al que espero reflotar, restaurar y remozar algún día no muy lejano. Propósitos de año nuevo).

Unas olímpicas

No se puede decir que los atletas participantes en los recientes Juegos Olímpicos de Londres no hayan peleado con uñas y dientes por superar récords mundiales y sumar oros, platas y bronces al medallero nacional. Los hemos visto correr a uña de caballo, enseñar las uñas al contrincante, dejárselas materialmente sobre el  terreno de juego y ser uña y carne con sus compañeros de equipo. Sobre todo “las” deportistas han materializado esas actitudes en la vistosidad de sus queratinas decoradas. Es una de las señas de identidad de esta edición y me juego una uña de la mano derecha a que dará mucho que hablar.

La costumbre del Nail Art se remonta nada menos que al 3.200 antes de Cristo, en Babilonia, muy próxima en el tiempo y en el espacio al invento que muchos califican como más importante de la Historia: la rueda. Su color era señal de distinción: las clases altas se las pintaban de negro y las bajas de verde. Después de las mujeres y hombres de Mesopotamia, se esculpieron las uñas los chinos y los egipcios; y de esta forma, con distintas motivaciones y tonalidades –más llamativas o más discretas– se ha ido transmitiendo hasta la fecha.

No abundaremos en la cuestión histórica, pero su presencia vistosa en las Olimpiadas de este año ha sido un valor añadido. Nunca antes se había producido tal eclosión entre el gremio deportista. Generalmente las atletas son gente seria, poco amiga de lo superfluo y de lo que reste concentración mental, así que ver las uñas de la nadadora española Erika Villaécija pobladas de aros olímpicos, mascotas y eslóganes, o las de la americana Missy Franklin y la británica Rebecca Adlington, con sus respectivas banderas, sorprende. Al parecer, debemos el éxito a un equipo de artistas capitaneadas por Sophy Rob-son, “la reina de las uñas”, que instaló su peculiar salón de belleza en el parque olímpico de Stratford y causó furor. Por sus manos pasaron deportistas de todos los países dispuestas a contagiar al mundo entero su alegría juvenil, su amor patrio y su confianza en el éxito, fruto de la constancia y del sacrificio de años. Y también su feminidad, que no está reñida con el deporte. Lo hemos visto en bañadores, maillots, peinados y maquillajes.

Las imágenes televisivas de las uñas de las atletas han funcionado como un código internacional, una especie de red social visual que no precisaba traductor. Coreanos, estadounidenses, ucranianos y españoles entendíamos sin dificultad estos mensajes “digitales” tan asequibles, tan al alcance de la mano, y nos sentíamos tentados a corresponder. Quizá la moda continúe y a partir de ahora luzcamos nuestras señas de identidad en el extremo de los dedos, como si fueran un muro físico de Facebook o de Twitter de donde colgar ideas y protestas; o como graffitis o tatuajes reveladores de nuestros amores, menos perdurables en la piel pero no por ello menos convencidos. No me extrañaría, dado el alcance global de la moda olímpica.

No es que el Nail Art revista especial importancia, pero estas pequeñas cosas aportan un suave y breve soplo de aire que refresca regímenes políticos, diferencias económicas y sociales, competitividad deportiva. Y en ocasiones son manifestación de algo más profundo: el amor a la diferencia y a la unidad, la sana rebeldía, la  libre expresión. Humanidad y libertad por encima de férreos reglamentos, como –salva sea la distancia– las demostradas por aquellos atletas que, a pesar de las prohibiciones, dedicaron su victoria a Dios persignándose, señalando el Cielo o postrándose en el suelo. Estos gestos –mínimos como una uña del dedo meñique– nos hacen soñar con que quizá un día no muy lejano todos seremos capaces de amar nuestra bandera y respetar la ajena, de sentirnos orgullosos de nuestra raza, lengua y religión y al mismo tiempo pertenecientes a una única raza, lengua y religión. Capaces de emplear nuestras manos para empuñar la pértiga y el remo, para disparar el balón o lanzar la jabalina, y no las metralletas ni las granadas.

Conciertos y desconciertos. Elcható

24 Ago

En un pueblo de la Vega del Guadalquivir llamado Brenes hay un pequeño y antiguo colegio con cierto aire de castillo francés al que la gracia andaluza bautizó como Elcható. Por él han pasado generaciones y generaciones de jóvenes del campo a las que la sociedad del momento en que nació –principio de los sesenta- y del lugar –el ámbito rural- les negaba el derecho a estudiar algo más que la enseñanza básica obligatoria.

Las  mujeres que pusieron en marcha aquel centro escolar fueron pioneras en la defensa de los derechos de la mujer, que hoy día están tan arraigados. Las gentes del pueblo y de los pueblos vecinos pueden dar fe de cómo esa labor de roturar las inteligencias femeninas tuvo su fruto no sólo en las estudiantes sino en el desarrollo social y empresarial de la zona.

A la vuelta de los años, los estudios evolucionaron y también la mujer andaluza y rural, pero Elcható, siguió adaptándose a los cambios y continuó formando mujeres, mujeres del campo y sin recursos. Para hacerlo contaba con la sensibilidad de las instituciones públicas que le ofrecían la ayuda económica necesaria.

Pero llegó un día en que las instituciones dejaron de ver con buenos ojos Elcható y ya no quisieron apoyarlo. La razón que esgrimían era que sólo escolarizaba a alumnas y eso era injusto para los varones. Lo llamaban segregación, discriminación, elitismo, injusticia. Y eso a pesar de que cerca había otro centro escolar para chicos que ofrecía las mismas oportunidades.

Era muy curioso que esas instituciones que habían puesto en marcha centros para la mujer, y que en muchos sectores  -política, empresa, etc.-, habían propugnado lo que llaman discriminación positiva -es decir que hubiera una presencia femenina paritaria en los órganos de gobierno- no entendieran la existencia de centros escolares donde se volcara todo el esfuerzo en la formación y desarrollo de la mujer.

Esto hacía pensar que quizá la razón fuera otra. Pero da lo mismo, fuera cual fuera, la cuestión es que muchas chicas de Brenes y de la comarca de la Vega del Guadalquivir se encontraron con que, a diferencia de otros jóvenes del lugar, corrían el peligro de tener que costearse por completo sus estudios. Y todo por ser mujeres, de campo y con pocos recursos, y por estudiar en un colegio que pretende fomentar el desarrollo y la inserción laboral femenina. Y en plena crisis. Y se preguntaban, claro está: ¿No es esto lo discriminatorio?

El hundimiento del Titanic

18 May

(Publicado en la revista Nuestro Tiempo)

Cuarenta años de El Padrino, diez del euro, treinta de las Malvinas, otros tantos de la muerte de Grace Kelly, el nacimiento de Juana de Arco, de Rousseau. Las efemérides nos inundan. No sé si por casualidad o porque las épocas de declive y escasez avivan el deseo y la necesidad de sumergirse para buscar en los pecios de la memoria el baúl, la caja fuerte que guarda enmohecidos recuerdos y acontecimientos con los que soñar, aprender o escarmentar. La nostalgia no tiene hueco en épocas de bonanza.

Algunos aniversarios pueden llegar a convertirse en auténticas metáforas didácticas –valgan las esdrújulas–, como el centenario del hundimiento del Titanic. Es inevitable enfrentarse a las poderosas imágenes en 3D incorporadas a la película con la que Cameron triunfó en 1997 sin sentirse interpelado y arrastrado a la tragedia. No sólo por la fuerza centrípeta de la tecnología sino por la realidad que evoca: la de un artificio descomunal construido por mano humana con la voluntad de desafiar las leyes de la naturaleza, forzado al límite de sus posibilidades, y con escasa capacidad de reacción ante una amenaza real y sorpresiva. Y sobre ese buque que se dirige sin remedio y sin posibilidades de viraje al desastre –ahí radica la esencia del drama–, tan seguros y ciegos como el barco de los sueños o el palacio flotante que los porta, pululamos ricos y pobres, ajenos y confiados, unidos en el sueño común de un futuro prometedor. ¿Es o no una imagen viva de la crisis económica que se nos avecinaba?

Hace pocos años cualquier mandatario europeo o americano podría haber firmado esta frase que el capitán del Titanic, Edward John Smith, dijo cuatro días antes de que se fuera a pique en apenas dos horas: “No puedo imaginar ninguna condición por la cual un barco actual pueda hundirse. No puedo concebir que algo vital pueda ocurrirle a este buque”. Sentencia que, hasta donde he podido saber, se acuñó en el imaginario común –con tono blasfemo– como: “A este barco no lo hunde ni Dios”, con las evocaciones babelianas que tiene y la injusticia que supone con Dios que aparece como justiciero y vengativo. En la línea de las palabras del capitán, el día antes del hundimiento el creador del gigantesco buque, Thomas Andrews, dijo a un amigo que el Titanic era “casi perfecto para lo que el cerebro humano puede hacer”. Y lo era, pero la factura humana debe ser manejada con prudencia y humildad por la mente de su creador.

Atrapada por la fuerza de las imágenes del Titanic de Cameron, traduzco sin remedio, pero también sin ánimo economicista ni historicista, que no es mi materia: el choque con el iceberg de la desconfianza de los mercados ha abierto una brecha en los fondos de la economía y todos los muebles y vajillas de nuestra sociedad de bienestar de primera clase, se han ido al traste en un pispás. Nuestro mundo flotante se ha partido en dos y todos pequeños y grandes, ricos y pobres, vamos cayendo a las aguas negras y frías de la crisis, del paro y de la miseria. Suerte tendremos si acabamos desafiando las leyes de la gravedad de esta situación, colgados de la barandilla de popa, como Jack Dawson y Rose Dewitt Bukater –personajes ficticios de la película– sin más posesión que el cuerpo serrano, la osadía, la sagacidad y la fuerza del amor.

No se le puede negar a Cameron que ha sido muy hábil al volver a llevar a los cines la misma película que ya hizo con la novedad del 3D. La reposición está resultando bien en taquilla, curioso teniendo en cuenta el elevado precio de las entradas. El aniversario, la crisis mundial, los quince años de una gran producción que sigue siendo la segunda más taquillera de la historia del cine después de Avatar –suya también por cierto– animan a la gente al cine. Como los fabricantes de municiones, como los estraperlistas en guerra, Cameron ha sabido vencer a la crisis con sus propias armas. A nosotros nos queda aprender de los errores del pasado, valorar lo auténtico y avivar el ingenio.

La edad perfecta

24 Mar

A su debido tiempo la vida te avisa. Alguien te cede el paso y se le escapa… “señora”, la crema de contorno de ojos empieza a hacerse habitual, descubres unas canas desafiantes, una noche crápula te pasa factura. Pero no haces caso. Piensas con ingenuidad: todavía queda. Sin embargo, el virus ya te ha inoculado su dosis de inquietud. Empiezas a intuir que, dentro de poco, nada volverá a ser como antes, que estás llegando al punto de no retorno. Sabes que lo que venga después no será una caída libre sino un periodo de meseta seguido de un descenso suave, apenas perceptible. Físicamente habrá comenzado la cuenta atrás. Llegado el momento, el crecimiento celular se ralentizará, las hormonas cambiarán, las grasas se instalarán en lugares insospechados…. Deberás tomarte la vida de otra manera. De hecho ya percibes los primeros síntomas y estás alerta.

Cada cumpleaños que queda te aferras a la juventud como lo haría un gato a la cornisa de un rascacielos. Comienzas a hacer cosas que antes no se te ocurrían, que incluso veías extravagantes en otros: no poner las velas en la tarta, evitar celebraciones o, en el peor de los casos, trucar la edad. Cada uno de esos aniversarios deja de ser la conmemoración festiva de un año más para convertirse en la amenaza de “un año menos”.

A tu alrededor otros ya han cruzado la frontera. Te dicen con aparente despreocupación: me siento igual que ayer, antes esto tenía más importancia, lo malo es no cumplirlos. Sonríen condescendientes y anuncian con timbre de vendedor ambulante: la mejor edad, los segundos veinte, los nuevos treinta, la época de la plenitud, de la estabilidad… Pero a ti no te seducen esos cantos de sirena. El cerco se estrecha y ves cómo sus límites amenazan con alcanzarte. Ahí está la hermandad del recuerdo: “¡Ven a la cena de la promoción! Aquellos tiempos fueron los mejores…”. El club del currículum: “Fulano se casó, tiene cuatro hijos y es director general de…” La peña de la adulación: “¡Por ti no pasa el tiempo!, ¡pareces un chiquillo!”. Discursos ajenos e inquietantes a los que respondes con una sonrisa postiza mientras piensas: “¡Es que lo soy!”.

Porque –qué curioso– cuando miras fotos antiguas te parece que los demás se han hecho mayores pero tú te ves con la misma cara de chaval. Hasta que un buen día caes en la cuenta de que tu hijo ha cumplido trece años y te sobrepasa en altura, o regresas a la Universidad por cualquier motivo y notas que los alumnos te miran con curiosidad de paleontólogo. Y en tu interior comienza a crecer la sospecha de si no será un espejismo lo que a tus ojos es tan evidente.

Asúmelo, estás llegando a la mitad del kilometraje y nadie te evitará el trago de hacer balance. Probablemente descubras que has alcanzado un buen equilibrio entre el gasto energético y la velocidad. Tu coche se encuentra en buen estado. Recorriste un largo camino. Te has desarrollado profesionalmente, has formado una familia estupenda y puede que incluso la crisis no te afecte especialmente. Estás satisfecho y tienes la conciencia tranquila. No eres George Clooney en Los descendientes. No te confíes, te asaltará un miedo cerval a perder todo lo que has alcanzado con tanto esfuerzo. O puede que te des cuenta de que no has dado la talla. Perdiste oportunidades que otros han aprovechado como la hormiga de la fábula deEsopo, tomaste decisiones erróneas que ahora lamentas, viviste peligrosamente. Notarás el regusto de la frustración y la necesidad de recuperar el tiempo dilapidado.

En cualquiera de estos casos, y en la amplia gama de matices intermedios, estás pasando por un momento crítico. Y no es mala cosa. Las crisis son síntomas de que estás vivo. No te sientas culpable ni intentes negarlo. Al fin y al cabo lo que sientes es natural. El ser humano no está hecho para envejecer. De alguna manera en su interior guarda el deseo de los nuevos cielos y la nueva tierra, donde no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor. El anhelo de la edad perfecta.

Mi culumna de opinión en el número de marzo-abril de la revista Nuestro Tiempo