Septiembre

5 Sep

Aroma a ilusiones sin afilar, a primera borra del curso. Extraño eco de voces venideras. Y cierta suspensión en el aire de antesala del parto.

Pronto se llenará de urgencias, lo poblarán el rugir de las motos y las ruedas de los carros infantiles.

Amanece oscuro y embaucador el 1 de septiembre, con su clásico sobresalto. Melancolía de inmensa tarde de domingo, escarmiento de intentos frustrados.

Fe sincera en que aún todo es posible. Como volver -después de lo llovido- a hacer en el  “blog”, con buena letra, mis palotes.

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Estarse muy quieto

2 Mar

(Mi última entrada en Nuestro Tiempo)

Estarse muy quieto

Uno de los experimentos infantiles más fascinantes es la cría de gusanos de seda. Yo no sé si con los tamagotchi, los videojuegos y las muñecas que hacen de todo, la observación de la Naturaleza sigue despertando tanto interés en los niños, pero, cuando pequeña, era frecuente ir al colegio con cajas de zapatos agujereadas que albergaban unos cuantos lepidópteros blancuzcos y fofos que a la vuelta de los años me parecen un poquito repulsivos.

Constatábamos su crecimiento, los alimentábamos con hojas de morera, limpiábamos sus excrementos y, en un momento dado, nos maravillábamos viéndoles tejer unos perfectísimos capullos de seda amarillos o blancos. Ahí dentro se encerraban los gusanos unas tres semanas, dejándonos sumidos en una incertidumbre tristona que se trocaba en gozo  chillón y curioso al ver salir de ellos, lenta y torpemente, unas mariposas blancas, que ahora que soy mayor me dan bastante asco también. Aprendíamos en esos momentos dos palabras mágicas: crisálida y metamorfosis, y una enseñanza: que para convertirse en algo grande hay que ocultarse.  Luego ha habido gente, como san Juan de la Cruz, que lo ha dicho mejor y con más profundidad y alcance, pero en esos momentos nos bastaba con la Madre Naturaleza.

Me acuerdo de la experiencia de los gusanos de seda porque en ocasiones –ya adulta– siento un deseo intenso de esconderme. Y lo digo con expresión terminante: “Ahora me tengo que estar muy quieta”. Sucede en esos momentos en que la avalancha de acontecimientos o el cúmulo de contratiempos e infortunios cae con la fuerza de un alud. Es una especie de instinto de supervivencia ante el peligro que se impone por reacción de contraste: como la hibernación, la metamorfosis o el camuflaje. Al principio creí que tal impulso era cobarde, pero los capullos  de seda y las palabras de Pascal –“la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en un aposento”– me han hecho pensar que se puede ser salmón que nada contracorriente, pero también gusano en crisálida o insecto palo.Tan fuerte es el que acomete con audacia como el que persevera con paciencia. Y quizá esta última virtud lleve consigo una buena dosis de conocimiento de las propias limitaciones. Un río no es lo mismo que un desprendimiento ni a veces tiene uno musculatura para remontar la corriente.

“Estarse muy quieto” permite recuperar las fuerzas, considerar el lugar en el que se está, lo que se ha perdido por el camino y la meta que se quiere alcanzar. Favorece un crecimiento interior como el de la ninfa que acaba en la maduración. Exteriormente parece inoperancia, pasividad, pereza incluso, y suele ir acompañado de un silencio que se puede entender como egoísta cerrazón cuando no es más que pura necesidad. Poco y mal entendemos el silencio. Un silencio es tan difícil de encontrar hoy día, que tendríamos que ponerle precio. La comunicación es tan global que ni siquiera cuando parecemos solos lo estamos realmente: siempre hay un whatsapp, un sms, un tuit, o un e-mail que nos pone en conexión obligada con los demás. Y es que también lo dice Pascal: “Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehacer, sin diversión”.

El silencio es a la convivencia lo que la sombra al cuadro, lo que el mismo silencio musical a la partitura: un contrapunto necesario con su valor propio. No es la nada, el vacío. Es una oportunidad de tomar aire para continuar, o para comunicar de manera no verbal cosas que la palabra no puede expresar.

No todos los silencios son iguales. Hay una gama inmensa de silencios largos y cortos, cómodos e incómodos, mudos y elocuentes, tranquilos y violentos, solitarios y compartidos. Estos últimos son los mejores. Compartir un silencio es una de las mayores muestras de confianza y de respeto. Por eso precisamente yo ahora me callo y me vuelvo a la crisálida, a “estarme muy quieta” un ratito más.

El hundimiento del Titanic

18 May

(Publicado en la revista Nuestro Tiempo)

Cuarenta años de El Padrino, diez del euro, treinta de las Malvinas, otros tantos de la muerte de Grace Kelly, el nacimiento de Juana de Arco, de Rousseau. Las efemérides nos inundan. No sé si por casualidad o porque las épocas de declive y escasez avivan el deseo y la necesidad de sumergirse para buscar en los pecios de la memoria el baúl, la caja fuerte que guarda enmohecidos recuerdos y acontecimientos con los que soñar, aprender o escarmentar. La nostalgia no tiene hueco en épocas de bonanza.

Algunos aniversarios pueden llegar a convertirse en auténticas metáforas didácticas –valgan las esdrújulas–, como el centenario del hundimiento del Titanic. Es inevitable enfrentarse a las poderosas imágenes en 3D incorporadas a la película con la que Cameron triunfó en 1997 sin sentirse interpelado y arrastrado a la tragedia. No sólo por la fuerza centrípeta de la tecnología sino por la realidad que evoca: la de un artificio descomunal construido por mano humana con la voluntad de desafiar las leyes de la naturaleza, forzado al límite de sus posibilidades, y con escasa capacidad de reacción ante una amenaza real y sorpresiva. Y sobre ese buque que se dirige sin remedio y sin posibilidades de viraje al desastre –ahí radica la esencia del drama–, tan seguros y ciegos como el barco de los sueños o el palacio flotante que los porta, pululamos ricos y pobres, ajenos y confiados, unidos en el sueño común de un futuro prometedor. ¿Es o no una imagen viva de la crisis económica que se nos avecinaba?

Hace pocos años cualquier mandatario europeo o americano podría haber firmado esta frase que el capitán del Titanic, Edward John Smith, dijo cuatro días antes de que se fuera a pique en apenas dos horas: “No puedo imaginar ninguna condición por la cual un barco actual pueda hundirse. No puedo concebir que algo vital pueda ocurrirle a este buque”. Sentencia que, hasta donde he podido saber, se acuñó en el imaginario común –con tono blasfemo– como: “A este barco no lo hunde ni Dios”, con las evocaciones babelianas que tiene y la injusticia que supone con Dios que aparece como justiciero y vengativo. En la línea de las palabras del capitán, el día antes del hundimiento el creador del gigantesco buque, Thomas Andrews, dijo a un amigo que el Titanic era “casi perfecto para lo que el cerebro humano puede hacer”. Y lo era, pero la factura humana debe ser manejada con prudencia y humildad por la mente de su creador.

Atrapada por la fuerza de las imágenes del Titanic de Cameron, traduzco sin remedio, pero también sin ánimo economicista ni historicista, que no es mi materia: el choque con el iceberg de la desconfianza de los mercados ha abierto una brecha en los fondos de la economía y todos los muebles y vajillas de nuestra sociedad de bienestar de primera clase, se han ido al traste en un pispás. Nuestro mundo flotante se ha partido en dos y todos pequeños y grandes, ricos y pobres, vamos cayendo a las aguas negras y frías de la crisis, del paro y de la miseria. Suerte tendremos si acabamos desafiando las leyes de la gravedad de esta situación, colgados de la barandilla de popa, como Jack Dawson y Rose Dewitt Bukater –personajes ficticios de la película– sin más posesión que el cuerpo serrano, la osadía, la sagacidad y la fuerza del amor.

No se le puede negar a Cameron que ha sido muy hábil al volver a llevar a los cines la misma película que ya hizo con la novedad del 3D. La reposición está resultando bien en taquilla, curioso teniendo en cuenta el elevado precio de las entradas. El aniversario, la crisis mundial, los quince años de una gran producción que sigue siendo la segunda más taquillera de la historia del cine después de Avatar –suya también por cierto– animan a la gente al cine. Como los fabricantes de municiones, como los estraperlistas en guerra, Cameron ha sabido vencer a la crisis con sus propias armas. A nosotros nos queda aprender de los errores del pasado, valorar lo auténtico y avivar el ingenio.

La edad perfecta

24 Mar

A su debido tiempo la vida te avisa. Alguien te cede el paso y se le escapa… “señora”, la crema de contorno de ojos empieza a hacerse habitual, descubres unas canas desafiantes, una noche crápula te pasa factura. Pero no haces caso. Piensas con ingenuidad: todavía queda. Sin embargo, el virus ya te ha inoculado su dosis de inquietud. Empiezas a intuir que, dentro de poco, nada volverá a ser como antes, que estás llegando al punto de no retorno. Sabes que lo que venga después no será una caída libre sino un periodo de meseta seguido de un descenso suave, apenas perceptible. Físicamente habrá comenzado la cuenta atrás. Llegado el momento, el crecimiento celular se ralentizará, las hormonas cambiarán, las grasas se instalarán en lugares insospechados…. Deberás tomarte la vida de otra manera. De hecho ya percibes los primeros síntomas y estás alerta.

Cada cumpleaños que queda te aferras a la juventud como lo haría un gato a la cornisa de un rascacielos. Comienzas a hacer cosas que antes no se te ocurrían, que incluso veías extravagantes en otros: no poner las velas en la tarta, evitar celebraciones o, en el peor de los casos, trucar la edad. Cada uno de esos aniversarios deja de ser la conmemoración festiva de un año más para convertirse en la amenaza de “un año menos”.

A tu alrededor otros ya han cruzado la frontera. Te dicen con aparente despreocupación: me siento igual que ayer, antes esto tenía más importancia, lo malo es no cumplirlos. Sonríen condescendientes y anuncian con timbre de vendedor ambulante: la mejor edad, los segundos veinte, los nuevos treinta, la época de la plenitud, de la estabilidad… Pero a ti no te seducen esos cantos de sirena. El cerco se estrecha y ves cómo sus límites amenazan con alcanzarte. Ahí está la hermandad del recuerdo: “¡Ven a la cena de la promoción! Aquellos tiempos fueron los mejores…”. El club del currículum: “Fulano se casó, tiene cuatro hijos y es director general de…” La peña de la adulación: “¡Por ti no pasa el tiempo!, ¡pareces un chiquillo!”. Discursos ajenos e inquietantes a los que respondes con una sonrisa postiza mientras piensas: “¡Es que lo soy!”.

Porque –qué curioso– cuando miras fotos antiguas te parece que los demás se han hecho mayores pero tú te ves con la misma cara de chaval. Hasta que un buen día caes en la cuenta de que tu hijo ha cumplido trece años y te sobrepasa en altura, o regresas a la Universidad por cualquier motivo y notas que los alumnos te miran con curiosidad de paleontólogo. Y en tu interior comienza a crecer la sospecha de si no será un espejismo lo que a tus ojos es tan evidente.

Asúmelo, estás llegando a la mitad del kilometraje y nadie te evitará el trago de hacer balance. Probablemente descubras que has alcanzado un buen equilibrio entre el gasto energético y la velocidad. Tu coche se encuentra en buen estado. Recorriste un largo camino. Te has desarrollado profesionalmente, has formado una familia estupenda y puede que incluso la crisis no te afecte especialmente. Estás satisfecho y tienes la conciencia tranquila. No eres George Clooney en Los descendientes. No te confíes, te asaltará un miedo cerval a perder todo lo que has alcanzado con tanto esfuerzo. O puede que te des cuenta de que no has dado la talla. Perdiste oportunidades que otros han aprovechado como la hormiga de la fábula deEsopo, tomaste decisiones erróneas que ahora lamentas, viviste peligrosamente. Notarás el regusto de la frustración y la necesidad de recuperar el tiempo dilapidado.

En cualquiera de estos casos, y en la amplia gama de matices intermedios, estás pasando por un momento crítico. Y no es mala cosa. Las crisis son síntomas de que estás vivo. No te sientas culpable ni intentes negarlo. Al fin y al cabo lo que sientes es natural. El ser humano no está hecho para envejecer. De alguna manera en su interior guarda el deseo de los nuevos cielos y la nueva tierra, donde no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor. El anhelo de la edad perfecta.

Mi culumna de opinión en el número de marzo-abril de la revista Nuestro Tiempo

Ars gratia artis

10 Feb

Nunca me ha gustado la unión entre arte y compromiso social. No sólo el secuestro de la literatura, el cine o la pintura por parte del agitprop totalitarista soviético, sino incluso la servidumbre de la cultura a causas loables. Como experimento sociológico, como método pedagógico o documento histórico, tendrá su utilidad pero no deja de parecerme una aleación imposible, un matrimonio de conveniencia de futuro incierto. Lo que me repele, creo, es la simple idea de mediatización. La existencia de un “para” que vaya más allá –que se aproveche– del disfrute visual, intelectual, o espiritual que la obra de arte produce en quien se acerca a ella. No en vano el arte es la actividad humana no útil.

Por eso, saber que el Instituto de Cinematografía y las Artes Audiovisuales, dependiente del Ministerio de Cultura de España, ha establecido una nueva calificación para las producciones cinematográficas denominada “especialmente recomendada para el fomento de la igualdad de género” me desasosiega a pesar de ser mujer, o precisamente por serlo. Tanto como las películas libres de humos, de alcohol y de sangre.

Me hace pensar, ¿qué tipo de cine se supone que fomenta la igualdad?, ¿de qué concepto de igualdad estamos hablando, de igualdad en dignidad o de lucha de clases?, ¿una película que muestre una actitud violenta como algo deleznable merecerá estar en esta categoría o en la contraria?, ¿tendremos una avalancha de productores de películas de género “género” ávidos de conseguir dinero público?

Muchas generaciones hemos crecido sin taras viendo películas de vaqueros que fumaban, bebían y disparaban a los indios; de caballeros medievales que se batían en duelo para conquistar a una dama; de adolescentes que caminaban temerariamente por el filo de la navaja. Sabíamos, por la literatura clásica, que el destinatario establece con el autor un pacto de lectura, que entiende que lo que le cuenta pertenece a otra época histórica con otra cultura, quizá menos desarrollada; que determinadas actitudes son malas pero necesarias para la catarsis, y beneficiosas, al fin, porque tratan de decisiones libres que conducen al éxito o al fracaso humano. A ninguno se nos ha ocurrido asesinar a una ancianita después de leer Crimen y castigo. La inducción al vicio no ha venido por su mera representación sino por la confusión de ideas, por la falta de cultura y la perversión publicitaria. Por ver al chico bueno y atractivo, y no al malo, actuar como un sinvergüenza.

Aparte de las calificaciones acordes con el proceso de maduración de los menores de edad y de los límites de la legislación vigente, no tiene ningún sentido aplicar una censura negativa o positiva a determinados contenidos. Habría que suprimir géneros enteros o degenerarlos. Hacer películas con vaqueros que no fumaran ni mataran indios, con damas medievales que lucharan por vengar el honor de sus caballeros. Sería ridículo y un insulto a la inteligencia del público. Tan mala es la prohibición gubernamental como su reverso paternalista en forma de premio ejemplarizante. Cuando al arte se le ponen etiquetas desde fuera –libro instructivo, película didáctica, pintura de denuncia– corre el riesgo de dejar de ser arte. La poética se transforma en perorata, la gracia en consigna.

A veces es el propio artista quien compromete su arte con causas espurias, quizá porque no es tan artista; otras, es la política la que cubre sus vergüenzas con ropajes estilísticos o busca una mente brillante que oculte su inoperancia. No digo con esto que al artista deba estar por encima del bien y del mal, que deba ser un iluminado amoral y sin conciencia que sólo se debe a su arte. Pero determinados premios y calificaciones lo convierten en incapaz de batallar con las propias armas que el arte tiene por el hecho de ser auténtico, y a nosotros incapaces de llegar por intuición o inteligencia a su hondón humano. ¿Tan difícil es hacer sencillamente buenas y verdaderas películas, arte por el arte?

Publicado en mi columna de la revista Nuestro Tiempo.

Navidades de color

22 Dic

Os dejo un pequeño relato navideño que locuté en mi comentario de COPE Sevilla de todos los meses. No han colgado el enlace, así que tendréis que ponerle la entonación debida. Tampoco tiene calidad literaria, más bien cierto aire periodístico. No, realmente no es muy bueno. Es, sencillamente, mi manera de felicitar la Navidad a los sevillanos).

Cegado por el foco de la patrullera, Yusef buscó con ansia los ojos de su mujer que envuelta en una manta al fondo del cayuco cobijaba a una criatura. En su mirada esperaba encontrar una escapatoria pues no había tiempo ni posibilidad de echarse al agua con un niño recién nacido en los brazos.

Yusef, su esposa, y los demás tripulantes fueron trasbordados. Era 18 de diciembre, la noche negra como boca de lobo y hacía frío. Los guardias civiles los cubrieron con una manta térmica brillante. Hacía ya seis días que habían salido de su tierra como tantos otros, acuciados por el hambre y la violencia que prenden el Norte de África y se ceban con los más pobres. Atrás dejaron familia, y una casa y una vaca vendidas a la mafia.

Al llegar a puerto, recibieron los primeros auxilios y alimentos de la Cruz Roja. Después fueron trasladados a un centro de acogida. El personal se esmeró en la atención de Fátima y del niño, que parecían extenuados pero fuera de peligro. En los días siguientes, los policías tomaron declaración a Yusef y a sus compatriotas, para valorar las excepciones que se salvarían de una expatriación casi segura.

Yusef sabía que la justicia divina es más poderosa que la humana, y temía más a Dios que a los hombres, pero entendía que volver, sin dinero y a merced del tirano, era sinónimo de muerte. El Señor proveerá. Él era un hombre joven, capaz, y estaba dispuesto a trabajar duro en lo que nadie quisiera. También sabía que España y Europa son más pobres y miran cada vez con menos simpatía a los inmigrantes.

——–

Desde la puerta del centro, a la espera de una condena o un indulto, Yusef ve las luces de la ciudad. Las calles están decoradas y se oye una música alegre e íntima. “-Es casi Navidad -le dicen- una de las fiestas más importantes de los cristianos”. A la entrada del puerto, bajo un árbol gigantesco, Jusef distingue una choza habitada por tres figuras. Hasta con eso se apañarían si no hubiera otra cosa.

La escena llama su atención y pregunta. –“En un establo como ese nació hace muchos siglos el Hijo de Dios, que vino a la tierra, nacido de una mujer, para salvarnos”. –“¿Y cómo permitió Dios que su hijo naciera en un lugar miserable en lugar de un palacio? –exclama Jusef horrorizado-. Si yo tuviera poder y dinero, no permitiría que mi pequeño naciera en un sitio para animales”.

–“Porque tuvieron que abandonar su casa de Nazaret para empadronarse en Belén, su lugar de origen, y no hubo sitio en la posada. Y más tarde huyeron a Egipto porque el rey Herodes buscaba al Niño para matarlo”.

Jusef comprendió todo de pronto y esbozó una sonrisa ancha como el mar. ¡Esa familia era como la suya! –“¡Los cristianos creen que el Hijo de Dios fue un inmigrante! Entonces deberán tener piedad de nuestra familia. Pues, ¿qué hubiera sido del mundo si al Hijo de Dios lo hubieran repatriado?”.

Luego dio media vuelta y entró bailoteando en el centro de acogida. En la puerta un cartel grande anunciaba: “18 de diciembre. Día Internacional del Migrante”. De Yusef, de Fátima, de su hijo… y de tantos otros.

10.000 tweets por segundo

1 Dic

Cuando el corazón de Steve Jobs dejó de latir, la noticia de su muerte en Twitter alcanzó los 10.000 tweets por segundo.

En esta sociedad hiperinformada y saturada de datos, pocas noticias han alcanzado un récord mundial de atención y permanencia como la desaparición del fundador de Apple. Miles de portadas de periódicos, cabeceras de noticieros radiofónicos y televisivos; crónicas, reportajes, entrevistas, declaraciones, millones de reproducciones en Youtube. Dos meses después, sigue vivo el eco de sus palabras y de su obra. Verdaderamente Jobs -como su iPod y su iPhone- se nos metió en el bolsillo.

Los tweets de condolencia de amigos, colegas, familiares e incluso rivales se han sucedido a velocidad de neutrino: “Apple perdió a un visionario y a un genio creativo, y el mundo ha perdido a un ser humano asombroso” (Tim Cook, su sucesor en Apple). “El mundo raramente es testigo de alguien que ha causado el profundo impacto de Steve” (Bill Gates). “Steve, gracias por ser un mentor y un amigo” (Mark Zuckerberg, creador de Facebook). “Las contribuciones de Steve Jobs han hecho posible el trabajo de cada día?” (Barack Obama). Y el mejor de todos: “Steve ha muerto hoy en paz y rodeado por su familia. En su vida pública, Steve fue conocido como un visionario. En su vida privada cuidaba de su familia”.

El trending topic #ThankyouSteve recogía el sentimiento de miles de trabajadores de Apple y de usuarios de la marca de la manzana en todo el mundo.

¿A quién no le gustaría que dijeran algo así de él a su muerte? Corro el serio riesgo de escribir otro obituario y convertirme en redactora de necrológicas, pero no me interesa centrarme tanto en el óbito -del que se ha escrito abundantemente- como en la reacción que ha provocado. La muerte de Jobs es una triste noticia y sin embargo ha generado un oasis de buenas vibraciones y de deseos de grandeza humana, que se agradece en medio de la mediocridad, la trapisonda y la sordidez a que nos tienen acostumbrados los telediarios.

Por fin una buena noticia. Y lo más importante, tratándose de alguien con 317 patentes a su nombre, origen de un nuevo concepto de ordenador personal, y cuyo trabajo -del que hace honor su apellido “Jobs”- ha generado miles de empleos en todo el mundo: lo bueno es rentable económicamente, genera beneficios y crea riqueza. Un ejemplo póstumo: Apple podría vender casi 30 millones de iPhones 4S en los 3 últimos meses del año.

No sólo ganan los astutos, los ambiciosos. Las buenas personas también triunfan, y, además, dejan una estela de ejemplaridad difícil de borrar y renuevan la esperanza en el futuro de la humanidad.

La vida de Jobs, al igual que la de otras grandes personalidades de ámbitos diversos, está llena de contradicciones superadas. En su discurso en la Universidad de Standford en 2005, Jobs basaba los mejores aciertos de su vida en tres aparentes fracasos: su condición de niño adoptado y las dificultades en la Universidad (lo que relaciona en su filosofía de “unir los puntos”), el despido de la empresa Apple que él mismo había fundado y el descubrimiento del cáncer. Tres momentos que podían haber significado su hundimiento personal y profesional y que, por el contrario, supusieron un cambio de inflexión.

De todo lo que se ha recogido en estos días, me quedo con tres consignas que nos ayudan a vivir:

“Comencé a preguntarme: si hoy fuese el último día de mi vida, ¿querría hacer lo que voy a hacer hoy? Y si la respuesta era no durante demasiados días seguidos, sabía que necesitaba cambiar algo”.

“La innovación es lo que distingue a un líder de los demás. Cuando se innova, se corre el riesgo de cometer errores. Es mejor admitirlo rápidamente y continuar con otra innovación”.

“Tu tiempo es limitado, de modo que no lo malgastes viviendo la vida de alguien distinto. No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición”.

(Columna de opinión publicada en el  número de noviembre-diciembre 2011 de la revista Nuestro Tiempo)