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Disculpen las molestias (ahora sí)

29 Ago

Me marcho unos días -bastantes- a Palencia. No es un lugar que me pille de paso precisamente ni se me hubiera ocurrido elegirlo como destino vacacional, pero allá me voy, con una maleta “porsi” de entretiempo, anacrónica en estas latitudes sureñas, unos cuantos libros –Vida y destino, de Grossman (para intentar otra vez); El ardor de la sangre, de Nemirovsky; ¿Qué es el cine?, de Bazin (a ver si lo termino), y El Quijote, para releer- y muchos deseos de conocer ciudades imprescindibles, en particular León y su espléndida catedral gótica.

Y con la ilusión de volver a uno de los parajes que más me enamoran de nuestra geografía, un lugar agreste donde aún planea el buitre leonado y el espíritu de los antiguos monjes del alto medievo: la ermita de San Frutos, junto a Sepúlveda, aislada en su silencio por el curso caprichoso de las Hoces del Duratón que la circundan y parten en dos la meseta castellana, como después de un terremoto.

 

P.D.: No sé si en la casa en la que estaré habrá internet, ni tampoco si tendré ganas, tiempo y/o energías para escribir alguna entrada, de ahí el tópico preventivo del titular. En todo caso, bienvenidos al nuevo curso y hasta pronto. Yo me incorporo un poquito más tarde, como en los buenos tiempos de estudiante.

Toma de Granada

5 Feb

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He vuelto al antiguo molino de aceite y a la sombra oblicua del ejército de chopos que custodian el paso del Genil, silenciosos y graves, como los soldados de piedra del emperador Qin Shi Huang.  

La baranda donde el año pasado ataron al burrito estaba vacía, pero los almendros lucían en flor y la casa continuaba siendo el paraíso infantil que entonces intuí, lleno de recámaras y desahogos donde guardar aperos, donde ocultar penas o risas jugando al escondite con la rutina y el cansancio.  

Entonces vi la casa pero no llegué a vivirla. Fui, vi y tuve que regresar al acabar el día. Esta vez me quedé en buena amistad y no diré que vencí como Julio César sino más bien que fui vencida por la chimenea, por el frío bajo aquellas mantas viejas… y por Granada. 

La ciudad me conquistó, me tomó allí, en la Torre de la Vela, junto a la campana que tañe cada 2 de enero recordando la reconquista por los Reyes Católicos.  

De Granada tenía fugaces recuerdos: un flash en blanco y negro con mis padres y tres años vivaces disparado en el Patio de los Leones cuando había leones, y tres horas, ya de mayor, que me dejaron en la retina el perfil de la Alhambra desde el Darro, un paseo de blancas ocas, inverosímiles, impresas sobre la oscura tristeza; la abigarrada calle de las teterías, un patio judío, la catedral y muchas ganas de volver.  

Tenía miedo a romper el encanto irvinginiano, pero no fue así. Granada me cautivó. Luego he sabido que el sábado la Junta islamista pedía el voto para el PSOE y me consuela pensar que a la hora en que el resto de los españoles se atragantaba con la noticia, yo oía Misa en la Capilla Real y rezaba por España al pie de los féretros de Isabel y Fernando.  

La estancia de estos días me ha dejado el botín de los más hermosos paisajes de Granada robados en esos momentos en que uno tiene la conciencia de estar donde tiene que estar: viendo la ciudad desde el parador a la hora del café, o la Alhambra al caer la tarde desde el Albaycín; tomando cervezas en la calle Navas a la hora de la verdad, y piononos a primera hora de la tarde; o, ya de vuelta, contemplando la Sierra que extiende su armiño para mí en la última curva del camino invitándome a abrazar su fría hermosura.

Sombreros en Ascot

2 Ago

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A caballo entre julio y agosto he dedicado algún rato diario a espolear mi maltrecho inglés, más para acallar la conciencia y hacerme entender cuando pise tierra británica que con la esperanza de obtener un don de lenguas que no merezco por falta de empeño.

La culpa es siempre del sistema español: el antipedagógico método de aprendizaje de nuestra infancia (ay, la señorita Cristina y sus pósters pegados con masilla a la pared), el formidable doblaje de las películas…

En los entrenamientos de estos días no he alcanzado el galope, ni tan siquiera un gracioso trotecillo, pero he logrado mantenerme en la grupa y ensayar un discreto paso que me saque de apuros. Es lo mínimo a lo que puedo aspirar dadas las circunstancias. Prometo que el próximo curso me apuntaré a un curso de inglés y buscaré un intercambio en el instituto británico.

La cuestión es que, en medio de ocupaciones estivales ineludibles, he visto varios clásicos en v.o subtitulada (Key Largo, de John Huston; The big sleep, de Howard Hawks, acompañada siempre por Lauren y Humphrey, entre otros) con el resultado de un 30% de comprensión lectora y auditiva, un 40% de intuición visual y un 30% de pérdida absoluta; he leído prensa llanita que me trajeron unas amigas de Gibraltar y Around the world in 80 days, de Julio Verne, con similares resultados. De gramática, poquito. Menos da una piedra. Podía haber sido peor dadas las circunstancias.

Ahora ando inmersa en una guía fantástica que hemos comprado en casa y soñando con esos lugares que me esperan desde hace siglos: el Kensington de Gilbert; Trafalgar square, Charing Cross (en cuyo número 84 espero encontrarme con Anthony Hopkins); Bath, la abadía de Westminster con su rincón donde duermen Dickens y Lord Byron, entre otros grandes escritores; los mercados de Portobello y Convent Garden, los parques de St. James y Hyde Park, el Támesis, Oxford, los cuervos de la Torre.

Umm! Quedan sólo 4 días para el escopetazo de salida. No imagináis la envidia que me doy.