Archive | Menos cuentos RSS feed for this section

Tarjeta roja

22 Ago

No contento con prohibir a los jugadores rezar y vestir camisetas con mensajes religiosos, el presidente colocó un potente detector para interceptar las oraciones de los aficionados, y obligó a los futbolistas a someterse a un control ‘antipraying’, no fuera a ser que alguna oración se escapara de la grada y creara interferencias en el resultado.

A la vez, en el Cielo, iba a comenzar otro partido. Dios, vestido de árbitro, hizo sonar el silbato y sacó tarjeta roja. El jugador sin la vestimenta adecuada y sin tan siquiera haber rozado el balón abandonó cabizbajo el campo. En otro lugar se escuchaba un llanto y rechinar de dientes. 

Primera lección

20 Ago

Este mañana he ido al hospital para visitar a una amiga enferma. Al terminar he pasado un momento por la tienda que hay en el zaguán para comprar una botella de agua que complete el plan dietético-diurético eliminador de toxinas que he comenzado.

Entre los libros de Follet, Larsson y Zafón, en medio de golosinas, flores, revistas, peluches y artículos de papelería, me topo con un trozo de mi vida. No sé qué hace en ese estante repleto de best-sellers, pero allí está,  guiñándome un ojo precisamente en este momento. 

Sabe Dios cómo habrá llegado y el tiempo que llevará aguardándome. Me puedo hacer una idea por el precio (2,95 euros) y la fecha de la última edición (2002). Manual para cuentistas, el arte y el oficio de contar historias, de mi antigua profesora y amiga Teresa Imízcoz; un libro escrito hace diez años sobre la experiencia de aquel taller de creación literaria que celebrábamos en el aula 12 del edificio central de la Universidad de Navarra, y que luego se convirtió -con el plan nuevo- en asignatura de libre configuración. Un proyecto que hubiera sido mi primera experiencia profesional de no haberme vuelto al sur.

Lo ojeo con emoción mientras guardo cola detrás de una enfermera y un señor calvo en bermudas. Hay referencias de los autores que entonces leíamos (Carmen Martín Gaite, Julio Llamazares, Bernardo Atxaga, C.S. Lewis…), fragmentos de relatos nuestros con nombres y fechas de promoción, frases que recuerdo de clase. Al final de la introducción, una dedicatoria: “a mis alumnos, su trabajo y entusiasmo de estos años”.

Nadie compraría un libro así para llevárselo a un enfermo hospitalizado. Tampoco nadie, excepto los niños, acude a una librería a buscar “cuentos” sin más. Si acaso se busca a un escritor determinado de cuentos consciente de que no todos gustarán con la misma intensidad.

Los cuentos no se eligen, los cuentos te eligen a ti, se encaprichan de ti, te guiñan el ojo, te embaucan, te zarandean. Es la primera lección que me imparte el manual. Salgo de la tiendita con el libro en una mano y la botella en otra. Hace 35 grados pero estoy temblando.

De callar no te arrepentirás nunca

18 Ago

Se lo advirtieron tarde: “En boca cerrada no entran moscas”. Para cuando decidió no despegar más los labios, se le había colado una. Aguantó todo lo que pudo sintiendo cómo la mosca le hacía cosquillas en el paladar y se posaba descarada en la muela del juicio. Cuando no pudo más de hambre se la tragó. Luego, sabiendo que había consumido lo único que le quedaba, se dispuso a morir. Tenía la conciencia tranquila.

Irae

17 Ago

Cuando ya no soportó más la presión del ambiente, el calor, la polución, las voces y las bocinas de la ciudad, oscureció su semblante, nos atravesó con el fulgor del relámpago, bramó como un trueno…y se puso a llover.

Ladrones

14 Ago

Mira que llevaba meses anhelando este momento. Me decía: “en agosto lo conseguiré”.

Llegó el día 1, inspeccioné mi cuenta, y sonreí satisfecha. Había treinta. Con ese total podía resolver todos los problemas, cubrir los retrasos, saldar las deudas pendientes.

El día 7 repasé mi contabilidad. No tenía conciencia de haberlo empleado en nada. ¡Menudo disgusto! En la cuenta ya no quedaban más que veintitrés. Resolví que tenía que vigilarlo mejor.

La siguiente semana fui especialmente cuidadosa. Cuando llegó el momento convenido sumé con temor y descubrí que sólo restaban dieciséis. Pasé las noches siguientes en vela estudiando qué podría hacer con tan poco ahora que se aproximaba el final.

Siete días después  no me quedaban más que nueve. Extremé la atención y en todo el día no le quité el ojo de encima. Pronto sólo tuve cinco, y luego dos, y luego…, cuando llegó el 31 de agosto, nada.