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El saber no ocupa lugar

1 Jun

(Mi columna, en la revista Nuestro Tiempo de abril-mayo).

Por San Jorge fue un libro y una rosa. Y por mayo, la presentación en la Feria del Libro de la plataforma digital creada por Mondadori, Planeta y Santillana para lanzar al mercado 7.000 títulos en e-book. ¿Qué dirían el Bardo de Avon y el Manco de Lepanto si levantaran la cabeza?

Cuando San Juan redactó su evangelio, los libros eran unos aparatosos rollos de papiro: “hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”.

Quizá Gutenberg pensó en la Biblia como primer libro impreso para responder al reto del evangelista y, ciertamente, inundó el orbe con los hechos y las palabras de Cristo, aunque, después de cinco siglos, todavía nos queda espacio.

Hoy, el saber apenas ocupa lugar en unos pocos kilobytes de memoria y su capacidad de difusión es prácticamente ilimitada. Con el libro digital ya no nos ocurrirá lo que a Don Quijote de la Mancha, que “llegó a tanto su curiosidad y desatino (…) que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos”.

Ipad, Kindle. Los escritores y editores tiemblan. La espada de Damocles pende sobre al mercado literario. ¿Leeremos más en un futuro próximo? Dudo que los que no leen en papel se animen ante la novedad digital, pero los lectores voraces leeremos más, sin duda. No reniego del progreso y prueba de ello es que he sido capaz de leer en la estrecha pantalla de mi PDA Ana Karenina, El retrato de Dorian Gray, La metamorfosis, La carretera y El candor del Padre Brown. La pregunta es: ¿leeremos mejor?

El e-book tiene sus ventajas: la ligereza, la portabilidad, la accesibilidad. Pero hay algo de relación amorosa entre el lector y el libro que pasa por la materia y que se pierde con el formato digital. Es posible que sea sólo cuestión de acostumbrarse, como lo hicieron nuestros antepasados del siglo XV al pasar de la miniatura y el rasgo vigoroso de la pluma a la letra de caja despersonalizada y fría como la lápida de un difunto anónimo.

Esa relación está llena de pequeñas costumbres, de guiños, de ritos: el tacto del papel, el modo personalísimo de pasar las páginas humedeciendo el índice, las esquinas dobladas, las notas al margen que encontramos al curiosear en la biblioteca familiar o en la librería de viejo. Las fotos, los pétalos, los calendarios pasados… Todo esto perdemos como se perdieron las declaraciones de amor al pie de la ventana.

Los años, los meses, los días perdidos por librerías y bibliotecas; la ansiedad de la búsqueda, la ilusión atesorada, el afán con que arañamos el sueldo a fin de mes, el temor a que se agote la edición, la dicha incomparable del encuentro.

Hay libros que nos transportan a noches de lectura clandestina con linterna bajo las sábanas, pasado el toque de queda infantil; libros jóvenes, vibrantes, de lomos prietos, que nos abrieron la mente a la verdad, a la vida y al amor, y que aguardan en sus estantes como testigos de nuestro crecimiento; libros-reliquia con reuma entre las páginas, de tapas desvencijadas que pican en las manos, en la nariz y en el corazón. Libros que son regimientos en orden de batalla, como los del padre de Profi, el niño judío de Una pantera en el sótano; libros que acaban por secar el cerebro, como los que, de claro en claro, leía Don Quijote.

A un clic de iBookStore o de Amazon las cosas se ven de otra manera. Se da rienda al deseo, y, como pasa con todo consumismo exacerbado, la satisfacción dura menos. Asistiremos a una saludable convivencia generacional, hasta que, con los años, acabemos por acostumbrarnos a no palpar, no oler, no tener una manera personal e intransferible de amar las obras literarias. Es ley de vida. El progreso es inexorable y positivo. Pero déjenme que en estas postreras horas cante mi elegía al libro impreso. Después de más de quinientos años lo merece.

Historia de un libro de viejo

22 Feb

Detrás de cada libro de viejo hay un viejo libro, una narración distinta a la que contiene. El sábado pasado me asomé al epílogo de una de esas historias.

Hacíamos selección de la biblioteca familiar de X. El piso prácticamente vacío. Para ella era un deber doloroso y urgente desprenderse de todo aquello cuando casi podían oírse los pisos de los nuevos inquilinos en la escalera. Menos costoso de meter en cajas que arrancar del corazón. Y nosotras estábamos allí para ayudarla a lo primero y hacerle menos cruento lo segundo.

Cada libro hablaba de una ilusión, de un ahorro, un gasto, un tiempo de lectura, un rato compartido, una foto, una estampa o un trocito de periódico con su fecha como señalador, o una hoja de calendario; una dedicatoria, una carta entremetida. En su conjunto componía un fragmento de biografía de la persona querida. Una suerte de superviviente o de postrer latido.

Qué libro salvar y que libro condenar a la librería de viejo o al contenedor era un decisión difícil que correspondía a X. Nuestro cometido era ejecutar el golpe de gracia o indultar cada ejemplar.

Alguno de los indultados está ahora sobre la mesa continuando su historia en manos conocidas que saben apreciar a su dueño, incluso rezar por él y agradecerle el regalo: “Bajo el sol de Satanás”, de Bernanos; “El poder y la gloria”, “El revés de la trama”, “La última palabra”, de Graham Green; o “Cien españoles y Dios”, libro de entrevistas de Gironella.

Los buenos días, a pesar de todo

14 Ene

Con noticias como la de Haití, qué extrañamente ajeno y superficial me resulta el eco de mi voz en el número de enero y febrero de Nuestro Tiempo. Es la dificultad que entrañan las publicaciones de periodicidad dilatada. Me lo comentaba Enrique hace unos días y, esta vez, amigo, lo compruebo. Ni con algo tan insustancial se acierta a veces. 

 

Los buenos días

Hubo una época feliz en que el hombre del tiempo se equivocaba. El día se guardaba el jaque mate de una aguacero sorpresa pero nos dejaba el consuelo de tener a quien echarle la culpa del remojón.

Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la meteorología se ha vuelto una ciencia quasi exacta, y si nos acatarramos o pillamos la gripe A la responsabilidad será nuestra por no consultar el tiempo en los telediarios o en Internet. Sólo yerran los meteorólogos, intencionadamente, por razones vinculadas con el turismo y generalmente en épocas estivales.

A pesar de todo, el conocimiento no nos sirve más que para prevenir y hacerle frente con paraguas, abrigos y bufandas. Nadie, con excepción de los habitantes de Lepe, capaces de encargar nieve -artificial- e incluso de adelantar la entrada del nuevo año, osa alterar el humor de Zeus. Las inclemencias del tiempo son algunos de los pocos privilegios que se reserva la Madre Naturaleza, a la que tan mal tratamos.

Puesto que no nos está permitido cambiar el color de los días, jugamos a cargarlos de moralidad. Los días de enero y febrero son, por percepción universal, malos, feos y tristones. Los peores, según “recordamos” cada año. Un día soleado y cálido, por el contrario, es un buen día, y si es tórrido y refulgente, mejor que bueno.

En lo más crudo del crudo invierno los chopos imploran al cielo con sus ramas desnudas, y las nubes descargan su llanto o un cargamento de plumas de almohadones helados. El campo parece un cementerio de Edgar Allan Poe o una estepa tolstoiana.

Y sin embargo, me parecen hermosos estos días. Es probable que tenga que ver con el hecho de que en el sur, donde vivo, escasean. La consideración de nuestra insignificancia frente al espectáculo de las fuerzas naturales tiene algo trágico que me inspira y me pone de buen humor. La lucha del sol por abrirse paso, el enfrentamiento colosal de las nubes y la descarga de su artillería pesada. Me atrae más la épica de un cielo cubierto que la lírica celeste.

Por eso, me ha gustado saber que a Chesterton le entusiasmaba el mal tiempo (por llamarlo de algún modo) y que abominaba de los paraguas. “Una de las auténticas maravillas del tiempo lluvioso –recoge Joseph Pearce en su biografía, que estos días leo- es que aunque en general disminuye la cantidad de luz directa y natural, aumenta indiscutiblemente el numero de objetos que la reflejan. Hay menos luz del sol, pero hay muchas más cosas resplandecientes, cosas que tienen un hermoso brillo, como los estanques, los charcos y los impermeables, por ejemplo. Es como si uno paseara por un mundo de espejos”.

Hay que ser un niño para entrar en ese mundo de espejos. Y él lo era. Una vez dentro, indudablemente, el paraguas no es más que un estorbo insoportable. “Nunca me he resignado a llevar paraguas –dice-. Cerrado, un paraguas es un bastón inmanejable, y abierto es una tienda de campaña insuficiente”.

En todo caso, hay que decir que no es igual el invierno de primeros de diciembre que éste de enero y febrero. Ni siquiera debería llamarse invierno. Entre medias han pasado cosas importantes. Sin ir más lejos, el nacimiento de Dios, ante el que la nieve se funde de sorpresa y la lluvia aplaude de júbilo.

Hace unos meses Benedicto XVI decía a un grupo de artistas que “lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible”. Estos meses bien pueden servir de ejemplo. Cambiamos la mortaja por una mantilla bautismal. La nieve ya no oculta hojas secas de calendario sino briznas de esperanza. Es “la Epifanía de la Belleza”. Esa belleza que –continuaba Ratzinger- “necesitamos para no precipitar en la desesperación”.

 Comparada con este tiempo de días que se alargan la primavera parece una anciana repleta de certezas.

A estos meses trémulos les ocurre lo que a los recién nacidos. Nos parecen feos por ese aire de extrañeza y de desamparo con que se estrenan, pero para su madre son hermosos porque son suyos y porque rebosan vida. Todo, al fin, depende del cristal con que se mire.

Recomendaciones de diez para 2010

31 Dic

Hasta la repesca postveraniega mantuve mi propósito lector y espectador de cuatro al mes, pero, como los malos estudiantes, me confié -siempre hay excusas para hacer campana, rabona, pellas o novillos-,  y ahora a fin de año tengo que lamentar no haber leído, visto y vivido lo que hubiera deseado y, como consecuencia, padecer cierta anemia lectoescriturística patente en el blog. Espero enmendarme el próximo año, aunque, como es sabido, las matrículas se sacan en septiembre y yo ya voy con retraso.

Aun así, vaya una lista de películas y libros de diez, clásicas antiguas, clásicas modernas, interesantes o sorprendentes. Unas las comento, otros quedan, para no variar, de asignatura pendiente.

Películas:

1. Cosas que perdimos en el fuego: (2007)de la danesa Susanne Bier, con Halle Berry y Benicio del Toro. Me gustó más Después de la boda, pero tiene buenos actores y una historia de pérdidas y de superaciones muy humana. Benicio excesivo pero lo borda.

2. Cleopatra: (2003) del argentino Eduardo Mignogna. Con una excelente y entrañabilísima interpretación de Norma Aleandro. ¡Qué monólogos!

3. Hace mucho que te quiero: (2008), de Philippe Claudel, una de mis favoritas de este año. Ya comenté aquí.

4. Gran Torino: (2008), de Clint Eastwood. Enorme e imprescindible. Por la temática de culpa y redención, por el sorprendente final, por la magnífica interpretación.

5. Million Dolar Baby: (2004). Como se ve y se verá regresé a la filmografía de Eastwood. Aquí con Hilary Swank y Morgan Freeman. Dura y realista. Existen situaciones duras que un hombre bueno no sabe cómo afrontar, existe la libertad, existen las resoluciones fatales. Y, como ocurría con Hace mucho que te quiero, quien ve al protagonista revolverse en su angustia, lo comprende, aunque no los justifique. Y encuentra el marco exacto a aquel: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

6. Qué verde era mi valle: (1944). De John Ford, con Maureen O’Hara. Dentro de mi intencionado empeño de ver películas de los grandes del cine. Conmovedora,dura y nostálgica a un tiempo. De un género distinto al western, con la que Ford ganó cinco Oscars.

7. Sin perdón: (1992). Más de Eastwood pero a lo Ford y en el oeste.

8. La Ola: (2008), del alemán Dennis Gansel. Interesante. ¿Es posible volver a instaurar el nazismo en la Alemania actual? Parece que no, pero quizá basten unos pocos ingredientes para lograrlo: un carismático profesor de sociología bienintencionado, un lema, una estética, una población joven y manipulable. Hace reflexionar…y temblar.

9. The Visitor: (2007), de Thomas McCarthy. Un profesor desmotivado, un incidente molesto, el encuentro con una pareja de inmigrantes, un viaje interior, unos bongos, un amor, el drama de la inmigración en EE.UU pero sin tópicos. 

10. Enemigos públicos: (2009), de Michael Mann, con Johnny Deep. Recreación de la vida del nº 1 del crimen organizado, John Dillinger. Grandísima interpretación de Deep, buena ambientación y música, ritmo trepidante, amor y tiros a granel. Guiños a otras películas del cine negro americano. Y grandes esfuerzos por no ponerte de la parte del malo, tan guapo, tan seguro de sí mismo, tan dueño del mundo, tan romántico.

Libros:

  1.  Olor a yerba seca. Memorias de Alejandro Llano.
  2. El columpio. Cristina Fernández Cubas. Realismo mágico. Le tenía muchas ganas a este libro desde hacía lo menos quince años y no me ha defraudado.
  3. Reunión de bachilleres. Franz Werfel.
  4. Juego de Azar. Cuentos del polaco Slawomir Mrozek.
  5. Ana Karenina. Tolstoi. Empecé en un viaje en tren en la PDA y no paré hasta terminarlo.
  6. Acción de gracias, de Richard Ford.
  7. Lo que ha llovido, de Enrique García-Máiquez.
  8. En lugar seguro, de Wallace Stegner.
  9. G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce
  10. Perder y Ganar, de John Henry Newman.

Una vida presente. Memorias, de Julián Marías. Me paso de los diez y además voy por la página 600 de las 900 y pico pero no me resisto.

¡FELIZ ENTRADA DE AÑO A TODOS LOS BLOGUEROS Y/O AMIGOS LECTORES!

Al mediar la noche su carrera…

30 Dic

Qué hermosas prosopopeyas en la antífona de entrada de la Misa de hoy: “Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”. Y en el salmo, “Alégrese el cielo y goce la tierra”. Viene a la imaginación la serena vigilia de Belén apenas rota por las esquilas de las ovejas y los pasos apresurados de los pastores.

 Y qué susto morrocotudo, al hallar el origen del texto en el libro de la Sabiduría (18, 14-15):  “(…) Tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio. Empuñando como afilada espada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por doquier; y tocaba el cielo mientras pisaba la tierra”.

En el pesebre, sobre pajas doradas, al contraluz de la lumbre, duerme el que dirá que no ha venido a traer la paz a la tierra sino la espada. Extraña paradoja. Chesterton la clava:

 ¡Oid! La risa despierta como un león
Y ruge sobre la llanura que resuena;
el cielo entero grita y se estremece,
porque Dios mismo ha nacido de nuevo,
y nosotros somos niños que andan
A través de la nieve y de la lluvia.

 Se nos olvida que la Encarnación del Verbo continúa removiendo los cimientos de los déspotas. Herodes lo sabe y tiembla pero, aunque sea un cretino, es más sincero que los tiranos de hoy que nos contagian su buenismo laico ahíto de paz, concordia y armonía mundiales. Al menos él reconoce el poder del Niño aunque busque aniquilarlo.

Nosotros continuemos caminando hacia Belén… sin miedo a las inclemencias del tiempo presente.

Feliz Navidad

24 Dic
Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

“En este episodio de la naturaleza humana, que es el Nacimiento, hay un carácter individual y peculiarísimo, algo psicológicamente sustancial, que no puede interpretarse como una mera leyenda o la simple historia de la vida de un gran hombre. Porque no inclina nuestras mentes, sistemáticamente, a la grandeza, hacia esa admiración ampulosa y exagerada de los reyes y de los dioses, a que, en todas las edades, se encontró propicia la mente humana, sino que es algo consustancial en
nosotros, que nos sorprende desde dentro de nuestro propio ser, como si, explorando nuestra habitación espiritual, diéramos, de pronto, con un aposento ignorado hasta entonces, del que saliera una clara luminosidad.
Algo que, aun a los más endurecidos corazones, traiciona con una irresistible atracción hacia el bien. Algo que no está hecho con lo que el mundo llamaría “materia fuerte”. Algo que es todo lo que hay en nosotros de ternura eterna.
Algo que es la palabra rota y la razón perdida, que se concretan y se hacen positivas. Algo por lo que los reyes exóticos llegaron de un país lejano y por lo que los pastores dejaron sus correrías por la montaña, y por lo que la noche y la caverna imperaron solas, recibiendo algo que era más humano que la Humanidad misma.

(G.K. Chesterton, El hombre eterno, LEA, Bs. As., 1987, pp. 201-221)

De dónde vienes y a dónde vas

17 Dic

 

“El hombre moderno es semejante al viajero que olvida el nombre de su destino y tiene que regresar al lugar del que partió para averiguar incluso dónde se dirigía”, dice Chesterton (en G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce).

Entiendo ese “tiene” por un “debería” porque de momento no se le ve muy dispuesto a regresar al punto de partida. Es más, carece de todo interés de dirigir sus pasos a ningún lugar preciso que le dicte la razón y que limite su capricho de probar.

Y algo más aún: ni siquiera entiende porqué deben existir caminos y no campo a través. Ni cuál es su nombre de pila, lo que dificulta enormemente poder rescatarlo del laberinto que él mismo se ha construido. 

Puestos a seguir un camino, seguirá muy ufano la senda por donde trota la piara azuzada por el lobo, aunque acabe en el borde de un precipicio.