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Dudas

30 Mar

Sigo recorriendo las Dos ciudades de Zagajewski. ¡Podría demorarme en tantos pa(i)sajes!

Éste que os muestro -unido a la entrada de Enrique sobre la nostalgia, al hartazgo ante el burdo panorama social, y a la visión de una niña que ayer perseguía feliz las hojas arrebatadas por el viento- me obliga a preguntarme si será insensato o más bien obligado pretender vivir así a mi edad:

“Durante un largo tiempo me sentí impotente, no sabía qué hacer con aquellas vivencias ni con el alegre asombro que las acompañaba. no sólo no sabía expresarlas, sino que, por añadidura, me atormentaba la incertidumbre de si eran síntoma de salud o de enfermedad. Tampoco tenía muy claro qué era más real: si lo habitual y cotidiano que percibimos y juzgamos con el sentido común en un constante debate cívico, o lo resplandeciente e inmóvil que se refleja en los poemas y en los lienzos de los pintores. Tenía dieciséis o diecisiete años. A esta edad nada parece evidente y normal, y todavía menos las vivencias enloquecidas y desenfrenadas que genera la música, el viento o, sencillamente, el mundo. Además, poco a poco empecé a darme cuenta del precio que hay que pagar por los breves momentos de iluminación: duda, tinieblas y desespero, como si la explosión de aquella luz extraordinaria, propia de los vuelos más altos, privara de electricidad los días prosaicos que se arrastraban soñolientos por la vaguada de un valle ancho y arenoso. El saber escaseaba siempre. Escaseaba también el deslumbramiento. Sólo abundaban las dudas, los gorriones de la inteligencia”.

Usque ad finem

19 Mar

Difícil empresa la de conocerse a uno mismo. Aquí dejo un sensacional autorretrato de Adam Zagajewski: 

“Aún ignoraba lo que no iba a entender hasta mucho más tarde: que, como ser humano, como carácter, soy fuerte y débil a un tiempo, que mi fuerza es frágil y puede fallarme, que puedo ceder a la presión de algo externo, del conformismo, de la magia del momento, del entusiasmo ajeno y de mi propia inseguridad y, aunque con el tiempo siempre logro librarme de las malas influencias, sin duda no tengo un temple resistente a toda prueba ni arrogantemente soberano. Tal vez sea fuerte, pero mi fuerza contiene una debilidad inmanente, la duda, la incapacidad de tomar decisiones rápidas. Soy de los que yerran.  

Por eso, mantengo una actitud teñida de amor ante el proceso de formación, de maduración. Los que son genéticamente soberanos quizá puedan despreciar el desarrollo, el tiempo, el añejamiento, y en cualquier momento y ante cualquier reto están dispuestos a mostrarse con todo el esplendor de su perfección. Para ellos, el tiempo no es más que el chasquido del diafragma de una cámara fotográfica, aquel momento que deja al descubierto su inalterable substancia, mientras que para mí el tiempo –el tiempo necesario para madurar, corregir un error o llegar a ver las cosas claras- es algo vital e imprescindible. En mi caso, la maduración nunca será un proceso definitivo, acabado. Siempre estaré presto a cometer un nuevo error y, después, intentaré comprenderlo y corregirlo. Usque ad finem”.   

Dos ciudades. Adam Zagajewski.

Fantasmas

6 Mar

Todos tenemos fantasmas que nos acompañan de por vida. Fantasmas que por cotidianos no logramos espantar de nuestro alrededor, como moscas de un verano tórrido; fantasmas inofensivos que nos visitan inexorablemente en determinadas ocasiones y a los que se teme más que a las verdades de los viejos y de los niños.

Son tan previsibles que se pueden estudiar y catalogar. Yo, por ejemplo, tengo dos a los que he incluido en el apartado de “Fantasmas de las presentaciones”: uno de ellos es saludar con apretón de manos, porque desde pequeña me sudan mucho y sólo de pensar en tener que estrecharlas mi mal se agrava aún más.

Hay un momento ineludible en el que se me aparece y es el de la paz en la Misa. Soy capaz de hacer cualquier cosa por evitarlo, hasta huir del banco (qué difícil mantenerse como único ocupante en un banco de iglesia) o del mismo templo. Hay personas tan susceptibles y tan necesitadas de reconciliación que son incapaces de entender que quien no le estrecha la mano tenga algún motivo diferente al de la discordia, el orgullo o la displicencia.

El otro espíritu atormentado tiene forma de pregunta: ‘¿y tú, de dónde eres?’ Esta consulta inocente suele tener una respuesta sencilla: de Burgos, de Melilla, de Chihuahua o de Hong Kong. Nadie espera de tal interés la biografía completa del interfecto, como nadie aguarda al preguntar ‘¿cómo estás?’ una confesión pública.

Y, sin embargo, por más vueltas que le doy, no soy capaz de responder simplemente: de Madrid, de Valencia o de Cádiz.

No puedo decir ‘de Madrid’ porque sólo nací y viví allí un mes, no puedo decir ‘de Valencia’ -donde reside mi familia paterna y donde pasé mi infancia hasta cumplir los nueve años-, porque no llegué a nacer en esa ciudad, he vuelto muy pocas veces a ella y guardo recuerdos más limitados, aunque más entrañables también, que de Cádiz, donde transcurrió mi adolescencia. Y eso, por no hablar del resto de ciudades por las que he pasado hasta ahora: Pamplona, Huelva, Sevilla.

Las entradas y salidas de Andalucía han sido suficientes para que mi acento se haya vuelto irreconocible y ya me he resignado a verlo adaptarse al lugar y al interlocutor como un fantasma que toma posesión de un cuerpo.

Antes comenzaba mis respuestas diciendo ‘de Madrid’, pero acto seguido me traicionaba el subconsciente y acababa relatando mis periplos a lo largo y ancho de la piel de toro. Lo último que decidí fue responder: ‘soy valenciana’, pero, aun así, no puedo evitar añadir al final en un susurro culpable: ‘casi’.

Por eso, con todos los matices y diferencias, me ha consolado enormemente leer al comienzo de Dos ciudades, del poeta polaco Adam Zagajewski:

“Si los hombres se dividen en sedentarios, emigrantes y los que no tienen hogar, probablemente yo formo parte de esta última categoría, si bien la concibo de un modo archimaterial, sin una sombra siquiera de sentimentalismo o autocompasión.

Los sedentarios mueren donde nacieron. Existen casas de campo que una misma familia habita desde hace más de diez generaciones. Los emigrantes anidan en el extranjero y de esta manera hacen posible que sus hijos vuelvan a formar parte de la categoría de los sedentarios (aunque hablen otro idioma). De modo que el emigrante es un eslabón intermedio, un guía que coge de la mano a las generaciones venideras para conducirlas hasta otro lugar, que cree más seguro.

En cambio, un hombre sin hogar es alguien que, por obra del azar, por un capricho del destino, por su culpa o por culpa de su carácter, no quiso o no supo en sus años de infancia y de juventud entablar relaciones estrechas e íntimas con el entorno en que crecía y maduraba.

No tener hogar no implica, pues, vivir bajo un puente o en el andén de una estación de metro poco concurrida, como por ejemplo, nomen omen, la estación Europe de la línea Pont de Levallois-Gallieni. Sólo significa que la persona con esta tara es incapaz de determinar la calle, la ciudad o el pueblo que considera su hogar y, como suele decirse, su patria chica”.