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Sueños rotos

21 Ago

¡Qué macabra es la técnica! Hoy encabeza mi correo electrónico un mensaje de una agencia de vuelos por internet titulado “¿Playa o ciudad? Lo importante es irse”. Y piensa una quién habrá sido el desalmado que envía hoy un mensaje así a su cadena de víctimas de spam.

El e-mail de eDreams, aunque insignificante, ahonda en la tristeza caliente y humeante de este país: “Ciudades desiertas, calles abandonadas, tiendas cerradas…no te asustes sólo se trata del efecto Agosto. Si no sabes dónde pasar tus vacaciones, todavía estas a tiempo de descubrir playas con encanto. No te quedes en casa, ¡aún hay plazas!”.

Parece dirigido a gente como yo, y, sin embargo, en estos momentos, amo más que nunca la soledad de mi barrio por las tardes y el hecho de no poder arreglar el reloj, ni los zapatos, ni el ordenador.

Amo todo lo que hago y lo que no hago pero haré, si Dios me da tiempo. Y no dejo de pensar en los hombres, mujeres y niños que ayer subían a un avión soñando con playas encantadoras y cuyo viaje ha terminado en el dantesco paisaje de una pista sembrada de cadáveres calcinados.  

“Lo importante es irse”. Y añadiría yo: “Sí, aún hay plazas para el otro mundo”. Ya sé que son muchas más las víctimas de accidentes de tráfico en carretera pero estas tragedias repentinas y multitudinarias, esta especie de ruleta rusa que es cada avión que despega -por mucha que sea la pericia de los pilotos-, acongojan y merecen un respetuoso silencio y una oración.

Hoy en Misa rezamos por los difuntos del accidente y por sus familiares. Dios, en su infinito amor y sabiduría, habrá encontrado la manera de que éste fuera su mejor momento, habrá evitado la muerte a los que no debían morir todavía, y dará fuerzas a las familias huérfanas. Son cosas que alguna vez tienen que pasar porque la técnica es falible y existe el error humano. Sólo Dios sabe la cantidad de desgracias que nos evita.

Lo que no tiene explicación es el correo de eDreams de hoy. Merecería quebrar por desaprensivo, como el avión de ayer en al pista de Barajas. 

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Noches blancas de hospital

4 Jul

Esta semana me doctoro en Acompañamiento Hospitalario merced a dos operaciones de familiares. La primera ya fue y salió bien; la segunda se perpetra mañana.

No soy ni sufriente enferma ni abnegada enfermera. La noche del lunes la pase intentando meter desesperadamente 172 cm en un sillón reclinable. Probé todas las contorsiones posibles: de lado, de frente, al estilo moro, con las piernas flexionadas, estiradas… La disyuntiva salomónica estaba clara: o los pies o la cabeza.

Cuando dieron las 5.30 y comprobé que Morfeo sólo se apiadaba de los enfermos huí de aquella habitación que no hacía más que recordarme lo que debía estar haciendo.

El hall de la planta octava estaba desierto. A través de las ventanas cerradas para disuadir a los suicidas -supuse con mente calenturienta por la vigilia- clareaba el día.

Me senté un rato en uno de esas filas de a tres a escuchar música y luego paseé otro poco, hasta que llegó un enfermo -cáncer de laringe, diagnostiqué por la traqueotomía y la calvicie.

Lo saludé con ese gesto culpable que se nos pone a los que nos creemos sanos, que es una mezcla de compasión, simpatía, falsa naturalidad, superstición e hipocondria. Ajeno a mi presencia, el enfermo inició un desfile con su pijama azul, que era como una guerrera.

Caminaba a ritmo marcial y del agujero de su garganta salía un pitido que devenía en gargajeo. Coincidimos en varios momentos. A veces nos cruzábamos y otras nos perseguíamos, porque él me ganaba en voluntariedad, así que abandoné mi intento avergonzada.

Para ahuyentar a los fantasmas decidí bajar los ocho pisos. En los rellanos se agazapaban los fumadores furtivos. Bajé bailando el sueño triste de los enfermos. Los pasillos, atestados de humanidad doliente por las mañanas, se hallaban extrañamente vacíos.

La entrada del hospital, la capilla y la cafetería permanecían cerradas, negándome cualquier alivio o distracción. En la sala de espera de la UCI maldormían los desheredados su angustia. Sólo en el semisotano bullía la vida rota, quejas de urgencias, como en una cámara de los horrores. No me atreví a bajar.

De pronto me sobrevino un cansancio de generaciones y comencé mi lenta ascensión por las escaleras con el propósito de convocar al sueño definitivamente.

Cuando llegué a la sexta planta, se abrió el ascensor y de él salió el enfermo de cáncer de la octava. Puse un gesto lelo como de “Hola, qué tal, qué casualidad que volvamos a encontrarnos”, pero él subió los escalones sin mirarme. Seguía su pulso con la enfermedad. Quién sabe cuántas madrugadas llevaría ganando tiempo al tiempo.

Esta mañana me desperté a las 5, inquieta por la operación de mañana. Ya estábamos en casa pero me acordé de ese enfermo del que no supe el nombre, de su lucha contra el cáncer; y de Esperanza -la compañera de habitación de Marga-, a la que hoy seguramente darán de alta, y de Santi, su marido de Morón.