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Encontrarás dragones

25 Mar

“No todos tienen paladar para lo divino”, dice el judío Honorio mientras muestra una semilla de cacao al niño Josemaría Escrivá en la chocolatería de su padre. ¿Y es divina la película de Roland Joffé Encontrarás dragones? Ciertamente está elaborada con materiales de calidad, según un proceso complejo y con una terminación cuidada. No sé si llega a ser divina, pero sí muy humana. ¿Auque, están tan distantes ambos conceptos?

A la pregunta casi metafísica de un periodista en la presentación a los medios, Joffé respondió que no sabe si Dios existe, pero considera importante preguntarse la cuestión y un reto abordarla a través del cine. “Me gusta hacer películas que traten sobre todo aquello que nos hace humanos: el amor, el perdón, el odio”.

Joffé tiene dentro un antropólogo que se sale por el objetivo de la cámara. Ciertamente el hombre es el único ser capaz de elegir actuar con amor o con odio. Y de eso trata precisamente esta película. Más allá de Josemaría Escrivá y a través de él. Más allá de prejuicios y correcciones políticas. Quien tenga honradez intelectual, quien tenga paladar para lo humano y/o para lo divino entenderá de qué va esta película.

Como en La Misión, Joffé propone dos vidas paralelas sometidas a contradicción que se desarrollan según distintas motivaciones. Josemaría y Manolo, amigos de la infancia, se enfrentan a dragones interiores allende los mares conocidos en los mapas antiguos. Hic sunt dracones. Como en sus grandes películas, el perdón vuelve a tomar consistencia de personaje y se queda con nosotros cuando terminan los créditos.

¿Mi opinión después de verla dos veces? No es La Misión II, pero me han gustado la osadía del director, la propuesta clásica de catarsis, el planteamiento de las historias. Cierto es que la primera vez que la vi, tanto salto en el tiempo (años 80, años 10 y años 30) me rompió el pacto de lectura y que encontré poco justificado el carácter retorcido de Manolo, pero aun así me enamoraron muchas secuencias, me convencieron casi todos los personajes y lloré, cosa importante en una película. Lloré por empatía, porque hay un momento en que el espectador asume el papel de Roberto y es golpeado en su interior por una pregunta esencial: ¿estás dispuesto a perdonar lo imperdonable?

La segunda vez, liberada ya de la estructura narrativa, pude disfrutar de cada secuencia y valorar los detalles como si fueran cuadros vivos. Pienso que es interesante verla dos o más veces, porque tiene varios niveles de lectura. Aunque, ¿se le debe pedir a una película ser revisitada para ser comprendida?  Quizá sí, como un buen libro, como un buen cuadro.

Casi tan interesante como la película fue la presentación a los medios, una rueda de prensa poco centrada en la película y demasiado en el Opus Dei, hasta lo cansino. ¿Por qué Josemaría Escrivá? Los actores han contestado que se sienten muy orgullosos de la película, que anima a ser mejor persona, que es un lujo trabajar bajo la dirección de Joffé. Porque, aunque la idea partió de un productor del Opus Dei, no se puede decir que la película sea de encargo. El guión ha sido reescrito completamente por Joffé que se comprometió a asumir la dirección si era único guionista. Además de asumir parte de la producción, lo que le otorga una libertad creativa incuestionable.

¿Qué le ha pasado al director de La Misión y Los gritos del silencio para comprometerse a hacer una película que –al menos en España- levanta ampollas? Que conoce muy bien al ser humano y cree en él, que se ha acercado al personaje de Escrivá sin prejuicios, y se ha encontrado con un héroe de su tiempo, que eso es para él un santo.

¿Por qué un personaje tan controvertido? –preguntaban los periodistas. Los santos –recuerdo que dijo Joffé, aunque no son palabras textuales- son siempre controvertidos porque se enfrentan a las inercias de su tiempo. Es más, dudo que se pueda ser santo y no ser controvertido. La vida se hace de una sucesión de momentos. Un santo es un hombre que pudiendo elegir, escoge el camino adecuado de forma continuada. Solo al final se ve que es un santo.

Encontrarás dragones: Un tema, el perdón, la reconciliación. Un marco, la guerra civil española. Un personaje, Josemaría Escrivá. Un destinatario: cualquier espectador del mundo, y de manera especial, el español. En medio, caminos de elección que se abren a la libertad humana. Véanla, y des pués, juzguen.

Algunos enlaces interesantes:
Rueda de prensa completa de Encontrarás dragones.
Entrevistas en la premiere mundial de Encontrarás dragones.

Curasana

13 Nov

El rencor es el descontento fundamental del hombre consigo mismo, que se venga, por decirlo así, en el otro, porque del otro no me llega lo que sólo se me puede conceder con una apertura de mi alma.

Releyendo citas tomadas hace algún tiempo me encontré anteayer con ésta de Ratzinger en Mirar a Cristo. El marco litúrgico me acompañaba con su exigencia de poner el corazón a setenta veces siete revoluciones de perdón.

La frase es dolorosa pero curativa, como el agua oxigenada que nuestra madre nos echaba en las rodillas peladas tras la caída. Si acaso, oculto tras el descontento, hay un gesto de piedad semejante al soplo maternal sobre la herida, y un tono esperanzado de cura, sana, porque hoy, mañana, si no pierdo de vista que de mí depende, alcanzaré esa salud de corazón capaz de bombear a la potencia requerida.

Así pues, el rencor no es consecuencia de la injusticia sufrida sino de la estrechez personal que nos lleva a mirar a los demás por el ojo del canuto.

Quizá el problema es que somos poco niños. Nos negamos a jugar con las reglas de los demás, esperamos de ellos lo que no nos pueden dar, nos duelen demasiado las caídas y el curasana nos suena a camelo. Echar la culpa a la afrenta nos exime del esfuerzo de enfrentarnos a nosotros mismos.

Setenta veces siete

26 Feb

“Para poder querer a alguien es necesario antes haberle perdonado”.

Rechazo la afirmación con un golpe de intuición: “Sin amor es imposible un perdón sincero”.

La réplica viene agria: “No, primero es el perdón y luego el amor. Y dejemos las disquisiciones teológicas para otro momento”.

“Está bien”, hago como aquel del chiste: -¿Qué gordo estás, Fulano? -Sí, ya ves, es de no discutir. -¡Anda ya, cómo va a ser de eso! -Ah, pues no será.  

Me callo por dos motivos fundamentales: porque no siempre el presente es el mejor momento para decir lo que uno piensa por nítido que le parezca –lo tengo bien experimentado- y porque el desplante me da la ocasión de ejemplificar con hechos lo que trato de explicar con palabras.  

Pero la pregunta sobre qué fue antes si el huevo y la gallina planea sobre mi conciencia hasta que Mateo 18,21-35 sale a mi encuentro esta mañana temprano. El número del perdón no es 1, ni 2, ni 3, el número del perdón es setenta veces siete y eso no es una cuestión cerebral, de rompecocos. 

Sólo el amor es capaz de hacer tan rematadamente mal las cuentas. Sólo la misericordia infinita que clama clavada en una cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.  

La discusión abortada es un problema de temporalidad, de saber si estamos hablando en clave de Antiguo o de Nuevo Testamento. Como éste es mi lugar favorito para las disquisiciones teológicas, abundaré en la cuestión lo que no pude en su momento, y no por revancha.

Los antecesores de Cristo no podían entenderle. Su vara de medir era la justicia tanto para el castigo como para el perdón, y eso ya era un avance sobre sus contemporáneos: 1×1, 2×2, matemática pura. Pero el corazón de Cristo tiene una capacidad infinita de albergar las miserias del prójimo. Por eso puede perdonar setenta veces siete y las que haga falta. Sin amar no es posible perdonar indefinidamente, y un perdón sin totalidad no es perdón. 

Seguramente quien ayer decía la frase inicial no pensaba en clave veterotestamentaria, pero me preocupa ligeramente porque denota cierta superficialidad de prontuario. En cuestiones humanas, casi siempre, la línea más compleja para llegar a la meta es la línea recta y la fórmula para que no cuadren los resultados 2+2=4.  

Hay cuestiones que no se resuelven con un acto del intelecto ni de la voluntad, sino que requieren un golpe de gracia al que obviamente deberán responder las potencias humanas. San Josemaría Escrivá añade una clave: “Yo no he necesitado aprender a perdonar porque el Señor me ha enseñado a querer”.  

O sea, que antes del huevo fue la gallina. Pero en esa cita mencionada hay algo implícito. Antes de la gallina fue Dios, que hizo la gallina y que la hizo capaz de poner huevos. El ejemplo es chusco pero útil. El camino no es perdonar para querer, ni siquiera querer para perdonar. Antes es preciso saberse uno querido absolutamente y perdonado de una deuda insaldable, como el empleado de la parábola, para luego encontrar las fuerzas para querer y perdonar, hasta setenta veces siete si fuera necesario.

Para blogueros desanimados…

21 Feb

…he aquí una razón poderosa para tener y mantener un blog.

Memento, homo…

6 Feb

El regreso del hijo pródigo

23 Ene

Vuelvo al claroscuro de Rembrandt en estos días. En particular al cuadro “El regreso del hijo pródigo” que descansa en el Hermitage y que tan bien glosó Henry Nowmen en la reflexión contemplativa que lleva ese mismo título.

Recomiendo volver a él para profundizar en conceptos tan humanos como el pecado, la culpa y la redención. Como recomiendo volver a Dostoievski, Tolstoi, Evelyn Waugh o Sigrid Undset, y, por supuesto, al Evangelio y a los salmos del rey David, según venimos hablando en la “blogstelación” durante los últimos días.

De alguna manera todos adoptamos a lo largo de nuestra vida el papel del hijo pródigo y del hermano mayor. Incluso puede suceder que el hermano mayor, rencoroso y rebelde ante los excesos del pequeño, pida la parte de la herencia que le corresponde y abandone el hogar paterno. Todo es posible. Pero nuestro reto final es llegar a ser el padre.

Así lo descubre Henry Nouwen, después de reconocer facetas y aspectos de su vida propios de los dos hermanos:

“Todavía, después de una larga vida como hijo, tengo la completa seguridad de que la verdadera vocación es la de llegar a ser un padre que sólo bendice en una compasión sin límites, sin preguntar nada, siempre dando y perdonando, sin esperar nunca nada (…)

Nuestra comunidad está llena de hijos caprichosos y rencorosos, y estar rodeado de iguales da un sentimiento de solidaridad. Así, cuanto más formo parte de la comunidad, más queda demostrado que esa solidaridad es sólo una estación en el camino hacia un destino mucho más solitario: la soledad del Padre, la soledad de Dios, la soledad última de la misericordia. A la comunidad no le hace falta otro hijo menor o mayor, sino un padre que viva con las manos abiertas, siempre deseoso de apoyarlas sobre los hombros de sus hijos recién llegados. Todo en mí se resiste a esa vocación. Sigo inclinándome por el hijo que hay en mí. (…)

Veo mi vocación de padre con toda claridad al mismo tiempo que me parece imposible seguir esa vocación. No quiero quedarme en casa mientras todos se marchan, llevados por sus deseos o por su ira. ¡Yo siento los mismos impulsos y quiero correr como los demás! ¿Pero quién estará en casa cuando vuelvan, cansados, exhaustos, inquietos, desilusionados, culpables o avergonzados? ¿Quién les convencerá de que después de todo lo dicho y hecho, hay un lugar seguro donde ir y donde ser abrazados? Si no soy yo, ¿quién será el que permanezca en casa? La alegría de la paternidad es muy diferente del placer del hijo caprichoso. Es una alegría que va más allá del rechazo y de la soledad; sí, más allá de la afirmación y de la comunidad. Es la alegría de una paternidad que toma su nombre del Padre celestial (Ef 3,14) y participa de su soledad divina (…)

No me sorprende que pocas personas reclamen para sí la paternidad. El dolor es tan evidente, las alegrías están tan escondidas. Pero no reclamándola, eludo mi responsabilidad de ser una persona espiritualmente adulta. Sí, traiciono mi vocación. ¡Nada menos que eso! (…)

Rembrandt retrata al padre como el hombre que ha transcendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha convertido en una gratitud sin fronteras. Éste es en quien debo convertirme. Lo veo tan claro como veo la inmensa belleza del vacío y de la misericordia del padre. ¿Seré capaz de dejar al hijo menor y al hijo mayor que crezcan y lleguen a la madurez del padre misericordioso?”.

Gran pregunta de la que depende nada más y nada menos que la felicidad. Ahí están Nouwen, Raskalnikov, Ana Karenina, Julia Marchmain o Cristina de Lavrans como modelos. Es la libertad. Hagan juego.

Non despicies

21 Ene

Pastor, que con tus silbos amorosos
me despertaste del profundo sueño;
tú, que hiciste cayado de este leño
en que tiendes los brazos poderosos:

vuelve los ojos a mi fe piadosos,
pues te confieso por mi amor y dueño
y la palabra de seguirte empeño
tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor, que por amores mueres,
no te espante el rigor de mis pecados,
pues tan amigo de rendidos eres.

Espera, pues, y escucha mis cuidados
pero ¿cómo te digo que me esperes
si estás para esperar los pies clavados?

(Lope de Vega, Rimas Sacras).