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El vareo

24 Feb

Hay un toque de tipismo en las cuadrillas que varean los naranjos sevillanos. Y de tópico, cada vez menos frecuente, pero puntual en fechas señaladas. 

Y ese típico y ese tópico dan lecciones que nadie puede arrancar del imaginario -por más empeño laicista que pongan-, como el zarandeo que precipita la caída de los frutos antiguos y amargos, y sin el que no nos resucitaría el azahar en primavera. 

Para que luego pinten tan fea y tan vieja a Doña Cuaresma. A la luz de esta promesa blanca y perfumada, Don Carnal queda reducido a una naranja pocha en medio del charco que ni siquiera vale para mermeladas.

Al mediar la noche su carrera…

30 Dic

Qué hermosas prosopopeyas en la antífona de entrada de la Misa de hoy: “Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”. Y en el salmo, “Alégrese el cielo y goce la tierra”. Viene a la imaginación la serena vigilia de Belén apenas rota por las esquilas de las ovejas y los pasos apresurados de los pastores.

 Y qué susto morrocotudo, al hallar el origen del texto en el libro de la Sabiduría (18, 14-15):  “(…) Tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio. Empuñando como afilada espada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por doquier; y tocaba el cielo mientras pisaba la tierra”.

En el pesebre, sobre pajas doradas, al contraluz de la lumbre, duerme el que dirá que no ha venido a traer la paz a la tierra sino la espada. Extraña paradoja. Chesterton la clava:

 ¡Oid! La risa despierta como un león
Y ruge sobre la llanura que resuena;
el cielo entero grita y se estremece,
porque Dios mismo ha nacido de nuevo,
y nosotros somos niños que andan
A través de la nieve y de la lluvia.

 Se nos olvida que la Encarnación del Verbo continúa removiendo los cimientos de los déspotas. Herodes lo sabe y tiembla pero, aunque sea un cretino, es más sincero que los tiranos de hoy que nos contagian su buenismo laico ahíto de paz, concordia y armonía mundiales. Al menos él reconoce el poder del Niño aunque busque aniquilarlo.

Nosotros continuemos caminando hacia Belén… sin miedo a las inclemencias del tiempo presente.

Encender la chimenea

29 Dic

 

Poner calor de hogar. Lograr que la chispa del fósforo anime las ramas muertas, las transfigure con su fulgor y las haga bailar rojas y salvajes, como danzarines de Matisse.

Hay algo primigenio, litúrgico, misterioso y comunicativo en prender la lumbre, en lograr que se conserve, y que haga su lecho de brasas donde luego puedan ofrecerse los troncos más robustos. Sin química, sin electricidad, casi como la primera vez que el hombre sometió al fuego.

Asciende el humo sacrificial por la chimenea y canta su salmo el crepitar de la corteza del desamor mientras se consume y se consuma la oblación. Y todos se sienten atraídos hacia ese latido que bombea en el centro y ante el que el rubí más grande y mejor tallado agoniza. Se dejan envolver por ese abrazo que da vida y duele hasta morir y comprenden qué es preciso que exista la purificación.

Porque, ¿no es verdad que al contemplar a la mañana siguiente las cenizas blancas y aún tibias, como una sábana prematuramente abandonada, queda el eco de un aleteo de fénix, la sospecha de una resurrección?

No beses ni des la mano

11 Ago

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A propósito de la recomendación profiláctica del Colegio de Médicos, ayer comentábamos en el desayuno si en las puertas de las iglesias también colocarían un cartel similar: “No beses, no des la mano. Di ‘la paz sea contigo”.

En mi parroquia dos mendigas se disputan el puesto de la entrada. Una gitana de mediana edad, zalamera y bien nutrida, celosa de su papeleta de sitio, que cubre los fines de semana, cuando más feligresía asiste; y una anciana mínima, que hace el turno de los días laborales sentada junto a la cancela.

Nunca pide nada, y yo, por costumbre de dar limosna dentro cuando pasan el cepillo -como se decía antaño-, tampoco le doy nada. Bueno, la saludo siempre, eso sí. La miro a los ojos, sonrío y le doy los buenos días. A veces se le enciende  la cara y me contesta tímida, pero otras se queda ausente, cabizbaja, como si no me hubiera oído, dejándome con mala conciencia.

Por prisa de ir al trabajo nunca me paro a hablarle. Sé, porque alguna vez la he visto, que después de misa se pone a la puerta del supermercado donde pasa el resto de la mañana. Desconozco si tiene o no familia, si está enferma, desahuciada.

La otra semana la saludé al entrar y me coloqué en el antepenúltimo banco junto al pasillo, guardando la debida distancia de seguridad del fiel precedente y calculando no ocupar el último, que siempre es el recurso de los rezagados.

Al llegar “la paz” me entró la aprensión de todos los días. No por la gripe A -todavía el Colegio de Médicos no había lanzado su eslogan preventivo-, sino porque hace calor y a mí me sudan las manos.

En Sevilla hay un acuerdo tácito de inclinar la cabeza cuando llega el calor, que aquí alcanza el rango de “las calores”, pero siempre hay algún imprevisible fraterno que se lanza a chocarte los cinco aunque te resistas: “no se preocupe, hermana, que no me importa”. “Ya, pero a mí”…

Pues, como digo, al llegar el momento de la paz me asaltaron los temores ancestrales. Resistí la tentación de salirme de la iglesia simulando un golpe de tos –cosa que alguna vez he hecho cuando me ha fallado el cálculo- y miré muy fija y devota al frente, con los brazos bien cruzados.

Pasó “la paz” y cuando el sacerdote incoaba “Cordero de Dios”, note una presencia próxima, en el pasillo. Hice caso omiso, pero la silueta continuó a mi lado recortada a contraluz, hasta que unos golpecitos suaves en la espalda me sacaron del camelo y me obligaron a volver la cabeza.

La anciana mendiga estaba junto a mí sonriendo y tendiéndome la mano. Se la apreté con fuerza, y ella hizo un mohín entre impaciente y aliviado.

No reparó en que estaba húmeda. A los pobres poco les importa una mano sudada si no está vacía. Después la sentí regresar a su puesto en la entrada de la iglesia arrastrando los pies con pasitos cortos. El sacerdote y el pueblo oraban: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. Me entraron unas ganas enormes de llorar.

Hace mucho que te quiero

9 Jun

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El sábado volví a ver Hace mucho que te quiero, del francés Philippe Claudel y me reafirmé en mi primera impresión. También me acordé de que hace un mes prometí escribir algo sobre ella y no he cumplido.

Juliette (magnífica y tristísima Kristin Scott Thomas),obtiene la libertad tras pasar quince años en la cárcel y se reúne con su hermana menor Léa (Elsa Zylberstein, personaje principal cuya bondad ilumina la película de cabo a rabo), que la acoge en su casa de Nancy donde vive con su marido Luc, sus dos hijas adoptivas y el suegro.

Juliette intenta incorporarse a la vida profesional y superar el rechazo de sus padres por el crimen por el que fue condenada a la pena capital. En el trato con la hermana, en su contacto con la sencilla vida familiar no exenta de situaciones dramáticas (la procesión de Léa va por dentro), con amigos como Michel, capaz de recomponer con paciencia y amor los pedazos de su alma rota; la hermana mayor descubre el camino que conduce fuera de una prisión más dura que la del cuerpo: la prisión de la mente.

La película es enorme. Por su guión -se nota que el director y guionista es escritor, además de profesor y antropólogo, cosa que también queda patente en el tratamiento de la historia y en la ambientación. Por el tempo que no anticipa nada y suministra con el cuentagotas de la vida misma los detalles del drama, por la humanidad que destila el argumento y por la creíble actuación de sus personajes principales (Juliette, Léa, Michel, el capitán de la policía) y secundarios (el abuelo, las niñas, el director del hospital donde comienza a trabajar).

Afortunadamente en esta ocasión no hubo el debate de la primera a cuenta del colofón de la película. Hay quien se empeña en ver fantasmas donde no los hay. La película no habla de “eso”. La película habla de la muerte, la soledad, la incapacidad de abrirse al otro, la confianza, la familia como necesario lugar de acogida, el sentido de culpa, la amargura. Y lo hace sin moralinas ni explicaciones para tontos. El que pueda entender, que entienda. Y el que no, que se replantee su sitio y su función en este mundo lleno de seres tan imperfectos como necesitados de misericordia.

En verdad te digo

28 Nov

“Mientras yo sea alcalde de Zaragoza, aquí no se retira ni un crucifijo”. No me meto en la gestión de Juan Alberto Belloch como alcalde ni en lo que hizo y dejó de hacer cuando era ministro de Justicia e Interior. Todos tenemos nuestras deudas y nuestros deudores, y Dios su extravagante sistema de saldarlas, como ya demostró aquella vez que un ladrón salió a defenderle cuando ya era demasiado tarde para nada.