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Cerezos japoneses en flor

14 Abr

 

Hace apenas dos semanas, Amanda (mi amiga suizo-riojana/filósofo-semiótica) me preguntó por algún poeta español del siglo XX que tratara sobre el amor para dedicarle su tesina.

Envuelta entre los crêpes de la cena nadaba mi ilusión frustrada y el recuerdo de aquellas palabras de José Julio Cabanillas este noviembre: “Si quieres escribir una tesis sobre Luis Rosales, el mejor momento es ahora que ha salido del ostracismo”.

Así que le hablé del poeta granadino, de la potencia surreal de sus imágenes, de sus neologismos, de la esperanza como memoria del alma, de la poesía total y narrativa…, advirtiéndole que no había mucha documentación, cosa que, en lugar de disuadirla, aumentó su interés.

Hoy me llega una misiva de agradecimiento. Ha leído varios poemas y le han gustado muchísimo. Y yo, que llevo doce años repitiendo: “si alguna vez hago una tesis, será sobre Rosales”, siento dulce el fracaso, como la madre que vive como propios los éxitos de sus hijos.

A propósito de esta noticia, y de las conversaciones virtuales y reales con amigos, vuelvo a Rosales, a su cine de los pobres, donde hoy “echan” escenas de cerezos japoneses en flor frente al edificio central de mi Universidad de Navarra, que ayer –qué cosas- descubrí también florecidos frente a la Universidad de Sevilla. 

Los cerezos, con su sabiduría oriental, llamando a estudiar antes de que caigan sus últimas flores:

“La felicidad no es más que una palabra: no te molestes en buscarla. Hay muchas cosas en el mundo. Yo hago balance vital a fin de año para tener el sueño al día y volver a encontrarme en situación de disponibilidad. El inventario empieza siendo una inspección de alcantarillas, y para realizar esta inspección hay una regla universal: Vigila tu alegría y lo demás se te dará por añadidura. Vigila tu alegría, pero no vayas en su busca. No es necesario. Cuando el impulso vital va aminorándose con los años es preciso aprender a vivir. Los años vuelven con las hojas y hacerse hombre es un trabajo cotidiano, sencillo y casi manual que, al fin y al cabo, se reduce a golpear en las paredes del corazón para saber dónde está la oquedad”.

(Luis Rosales. El contenido del corazón).

“Escúchame, María: el corazón nunca se pone en claro; se nos hace patente y nada más. Su certidumbre es misteriosa. El corazón nos dice claramente lo que necesitamos, pero nos dice oscuramente lo que sentimos. Nadie sabe traducir su latido. Nadie sabe vivir. El impulso afectivo siempre es veraz, pero su origen es tan oscuro que hay quien le pide a Dios alguna cosa antes de creer en Él y haberle amado. Sí, es cierto, ya lo sé. Lo necesario es la revelación de lo verdadero, aunque una cosa es la necesidad de creer en Dios y otra cosa es la necesidad de reponer las sábanas. Pero no te equivoques, María: son dos cosas distintas y un solo sentimiento. El hombre es tan mendigo que ni siquiera puede saber con claridad lo que precisa para vivir. Quien necesita, pide. Orar es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes, pero este impulso es misterioso y en la oración se suele confundir lo que necesitamos como pobres y lo que precisamos como hombres”.

(Luis Rosales. El cine de los pobres).  

Uvas y agrazones

31 Dic

Leo Rayos y Truenos y me viene a la memoria un poema de Luis Rosales que hoy tiene sabor a agrazones y a tañido triste de campanadas de medianoche:

AUTOBIOGRAFÍAComo el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir;
y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el
baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

Luis Rosales. Rimas.

Ya que parece que nos permiten conservar la viña un año más, procuraré cuidarla con esmero, cavaré a su alrededor, echaré abono, a ver si esta vez nos da algunas uvas sabrosas para tomar en la próxima Nochevieja sin temor a errar en los cuartos, como de costumbre. Para empezar con cierta garantía de éxito formularé propósitos asequibles, de la mano de la pintora gallega Mª Antonia Dans. No me atrevo a más:

“El día nace cada mañana y algo trae de positivo: yo me alimento de esa alternativa de esperanza. Nunca hago proyectos a largo plazo, porque lo efímero del tiempo no me deja ese margen de rigor. Hago la vida cada día y también hago cada cuadro día a día, aunque a veces siento que el tiempo se me escapa de las manos como si fuera agua, y que tengo que se forzosamente vieja o morirme, como si de repente tuviera que elegir entre las dos opciones”.

Carmen Martín Gaite. Cita de la pintora recogida en Agua pasada.

¡Feliz Año!

Diálogo entre Dios Padre y el ángel de la guarda del Niño que regresaba de Belén

24 Dic

-¿La mula?
-Señor, la mula
está cansada y se duerme,
ya no puede dar al niño
un aliento que no tiene.

-¿La paja?
-Señor, la paja
bajo su cuerpo se extiende
como una pequeña cruz
dorada pero doliente.

-¿La Virgen?
-Señor, la Virgen
sigue llorando.
-¿La nieve?
-Sigue cayendo; hace frío
entre la mula y el buey.

-¿Y el niño?
-Señor, el niño
ya empieza a mortalecerse
y está temblando en la cuna
como el junco en la corriente.

-Todo está bien.
-Señor, pero…
-Todo está bien.
Lentamente
el ángel plegó sus alas
Y volvió junto al pesebre.

Luis Rosales. “Retablo de Navidad”

Misericordia

31 Oct

El otro día hablaban en los blogs amigos  de Rocío Arana y García Maiquez de esos “versos que se clavan y te rondan en momentos importunos”  y yo en estos días me repito “como un mantra” los versos, ya mencionados en otra ocasión, de Rosales: su presencia más honda te será concedida si esperas con los ojos. La esperanza es el modo de tener el milagro.  Pues que se clavan, a ellos me agarro “como a un clavo ardiendo” cuando apremia la vida y no cabe abdicar de la sonrisa.

La esperanza es la memoria de la Redención, cuyos méritos nos apropiamos cuando sabemos confiar. Por contra, el pecado contra el Espíritu Santo, la desesperanza, es el único pecado que no puede ser perdonado.

En la vida de Cristo hay un misterio que me consuela hasta lo indecible y que tiene como escenario el Huerto de los Olivos.

Me conmueve ver a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, un sólo Dios con el Padre y el Espíritu Santo, asumir en su naturaleza humana incluso las consecuencias del pecado del hombre: el cansancio, el dolor, la soledad, la angustia, el temblor. Me conmueve ver su alma humana debatirse a la aciaga hora de beber el cáliz que se le presenta, y padecer el abandono humano más total que le hará gritar: “Eli, Eli, lama sabachthani”.

Me consuela porque es muestra de la condescendencia divina, de su amor paterno, y porque esa soledad y ese dolor de Dios hacen que el hombre ya nunca más se pueda sentir abandonado, sino arropado por los brazos más tiernos y fuertes que cabe imaginar.

Me viene al corazón una vez más la oración “Misericordia” de Luis Rosales.

Señor, Señor,

gravitación de horizontes en sereno equilibrio,

playa de soledades donde el cielo y el mar fueran estatuas,

mansedumbre sin voz, hierba de siempre, sosiego de mis ojos,

escúchame:

tú sabes que yo nunca he negado el presente

y el presente eras tú cuando yo te buscaba

por los rincones de mis ojos heridos,

por la corriente viva de las aguas empapadas  de cielo,

y en la nieve,

a ti, Señor,

amor sin determinaciones,

presencia sin instante

a ti, Señor, en la nieve absoluta;

nunca en el mar

porque el mar nos lleva lejos de ti,

nos aísla, nos hace dioses sobre la arena de la playa,

por su oculto brillar de premura en acopio,

por la ciega oración de los sentidos;

nunca en el mar

donde nacen las olas con los labios cerrados,

porque el mar quiebra su línea para no espejar el cielo,

y yo te busco, Señor, Dios de misericordia,

con los ojos anegados en llanto,

sin saber nada, sin desear nada,

pero tambié sin olvidar nada para entregarme a ti.

Suprime mi sonrisa, cámbiala por el gozo:

esa sobria y precisa alegría que no turba ni ofende,

suprime mi sonrisa, Señor, hoy que comienza

esta ascensión callada por la fiebre del pasmo;

dime, dime, Señor, ¿qué es este gozo mío?,

¿por qué sabe a madera mi voz cuando te nombro?

¿por qué un cuerpo de hombre se desdobla en la sombra?;

dime tú, luz rendida, advenir sosegado,

¿a qué suerte de visión encendida le llamamos amor?,

¿no ha llegado la noche donde todo se junta?,

cúmplase en mí tu voluntad, Dios mío.

He aquí que fue el silencio el primero de tus dones,

era el silencio:

tierra sin hierba en noche estremecida,

después sólo tus ojos entre el ser y la nada;

¿qué evidencia de amor movió su lengua?;

era el silencio,

toda la tierra en éxtasis como un mar asombrado;

fue cántico la vida porque el silencio era

sobre el haz de las aguas la unidad de las cosas.

Comprended

que el silencio es como una oración inmóvil,

como el desangrarse de un corazón;

oíd, montes, mares, islas:

he aquí que el silencio es amor;

yo lo pongo a tus plantas y con él la norma,

la intención de perseverar en el instante puro;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde.

He aquí que ahora tengo un amor abandonado a ser puro

instante supremo,

un amor cuya sola presencia era ya una oración;

fue tránsito en sus ojos la ceguera del agua,

y vibraba en su piel

el vaho manso y caliente que desprenden los lirios;

todo por ti, Señor, pura brisa sin norma,

porque el amor es como un gran desierto lleno de su presencia,

cielo postrado, mar sin orillas, alba,

su soledad fue abriendo una puerta en el viento;

todo por ti, Señor, total forma gozosa

vivido, dulce, grave, transparente y herido:

hay que ordenar la espuma y dejar correr el agua;

oíd, montes, mares, islas:

era el amor,

sin nada,

el milagro sin límites de su ensimismamiento;

yo lo entrego en tus manos de nieve y llanto míos,

con él te ofrezco el universo entero;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde.

Aún me brindaste el don del llanto,

fue impotencia de ser como tú deseabas,

cristiana certidumbre de sentirme incompleto;

fue vanidad de perfección, decía:

Yo no burlaré el dolor;

y era el llanto, Señor, la oración de la carne,

tú tan sólo comprendes esta impureza mía

porque nada me ha engañado tanto como mi sinceridad;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde.

He aquí que aún me queda el dolor,

ese dolor conmovido y callado que tienen los puertos

y las manos de los locos;

mis oídos y mi lengua olvidan las palabras,

gasta el dolor mi cuerpo como un leño encendido,

y yo pregunto, yo, hombre tan sin consuelo,

nacido de mujer, nacido para siempre,

para siempre, Señor, por la iluminación de tu misericordia;

yo pregunto: ¿qué es el dolor?;

oíd montes, mares, islas:

yo no he de hablar de la amargura de mi alma,

porque el dolor no es la sombra de tu cuerpo

sino tu cuerpo mismo,

tu cuerpo de cristal encendido tan claro:

el dolor es la llama de tu visitación.

Yo lo pongo a tus plantas y con él la soledad

donde mi propia carne se desposó conmigo;

soledad de la infancia que me hizo pecar tanto,

y que hoy vuelvo a sentir

como el descendimiento de la cruz donde estuve,

como el desprendimiento del peso de su cuerpo para el hombre crucificado.

Y he aquí que era la soledad mi última tentación;

tú me escuchas, Señor, número tan divino,

total forma gozosa, presencia sin instante,

tú haces rodar el sol por la pendiente del día

y hs visto las estrellas abriéndose en el cielo,

tú que afirmas mis pies en la tierra que pasa,

tú que has puesto en la angustia de mis labios de hombre

una sola palabra de temblor aterido;

todo te lo devuelvo para quedar desnudo

y ya, sin voz, ante ti, te pido que no apagues

la hora mansa y la paz de mi entrega absoluta;

no lloro lo perdido, Señor, nada se pierde;

oíd, montes, mares, islas:

gracias, Señor, por esta total nada serena que a mi inquietud le brindas,

sin un temblor,

humanamente solo,

misericordia pido, Señor, misericordia.

Prisas vs. Contemplación

30 Sep

Lo siento. Me he dejado absorber por el ojo del huracán.

Reconozco que he fracasado en mi propósito de resistir al desenfreno, a la prosa burócrata, a las urgencias vitales de náufrago. En definitiva: al sinvivir.

Hace doce días que no piso mi batiscafo y agradezco no tener aún más lectores que dos o tres amigos condescendientes y fieles como perros que me quieren aunque los defraude.

Hoy es sábado. Los pájaros trinan en los álamos del jardín y se ha detenido el tiempo con silencio de claustro. No hay nadie en casa. Los números ceñudos me acosan, pero aún los haré esperar.

(Paréntesis tras una interrupción. Creía estar sola: primer error. Conversación-telefonillo-puerta: pierdo el hilo del discurso).

Quizá hoy haga más de una entrada aquí, como propósito de enmienda. A través de la semana he podido atrapar algunas ideas huidizas como globos de entre el ciclón de facturas, horarios y reuniones respetables.

He tenido, además, encuentros con amigos que son como playas en las que fondear. Me sumerjo en sus aguas y encuentro de todo: alguna tuerca de vuelta, antiguas estrellas, galápagos, lirios e incluso rayos y truenos que no sobrecogen sino que encienden con su carga positiva).

…Y está el Amor, núcleo alrededor del cual gravita mi felicidad; sol que calienta mis días y colorea los trazos aburridos y amenazadores como hombres grises de Momo. Imán que me atrae más que mil tornados. 

Es otoño, pero me vienen a la memoria unos versos florecidos de Luis Rosales:

Mira que no eres tiempo.

Ante ti canta el mundo,

su presencia más clara te será concedida si esperas con los ojos.

Mira bien.

La esperanza es el modo de tener el milagro.

Voy a hablarte de ti porque Dios me lo ordena,

de tu llanto que mira la suavidad

                                                           y el cielo.

Mira profundamente para que la sonrisa se resuelva en paciencia;

los colores, las cosas son amores vencidos.

Mira bien.

El destino es llevar la mirada en los ojos.

                                               (“Cántico del destino”. Abril)

“Saber mirar es saber amar”

15 Sep

Hoy me ha venido a la memoria esta frase de la película “Canción de Cuna”, de José Luis Garci (1994). Me he acordado de ella a propósito de otra cita, que no he sido capaz de encontrar, en la en la que uno de los personajes habla de las primeras horas del día en las que “el mundo parece como recién bañado”. Y es verdad.  Cada noche es como un ensayo de la muerte y cada mañana una resurrección. Un regalo que espera, bien envuelto en su celofán, a ser abierto por un niño entusiasmado. Cada amanecer está lleno de ruidos habituales, de rostros cercanos, de rutinas previsibles, pero siempre hay una historia detrás de cada gesto de hastío, de disimulada complacencia o  de entrega… Esos gestos, más estables que los rasgos (que diría Luis Rosales), hablan por sí mismos de noches de vigilia ante un enfermo o un niño asustado, de  insatisfacciones laborales y amorosas, de búsquedas afanosas por encontrar un  sentido… Hay gestos crispados y gestos serenos; afables y reconcentrados o adustos; soberbios y apocados. Miras esas caras y te adentras en sus vidas como en una novela.  

La clave para renacer es “saber mirar”. Mirar cada jornada con ilusión nueva, esforzarse en ver siempre lo mejor de cada persona y descubrir sus necesidades ocultas (con ojos de madre), entender los acontecimientos con perspectiva, como formando parte de un todo, de un plan en el que es preciso que mi dedo se encuentre con el Dedo Creador, para completar ese designio de amor que es mi historia, que es la Historia de las historias de todos; en el que es necesario que mi mano se aferre a “esa mano tan fuerte que tengo que adorarla” (Miguel d’Ors). “Saber mirar es saber amar”.  Ricardo Yepes habla del ser humano como del único animal capaz de conducirse al triunfo o al fracaso. Los animales no fracasan. De mí, del color del cristal con que miro, depende que mi día sume a mi vida y a las vidas de los que forman conmigo esta red de lazos invisibles que es la Humanidad: que son mi familia, mis amigos, los vecinos con quienes me cruzo cada mañana. Saber amar lo que me suceda hoy, las personas que me encuentre hoy, ya que “lo único que me pertenece es el momento actual: sólo en este medio nos podemos plantear actos libres; sólo en el instante presente establecemos un auténtico contacto con la realidad”. (Jacques Phillipe, La libertad interior). 

En “Cartas del diablo a su sobrino”, de C. S. Lewis, Escrutopo adoctrina a Orugario sobre el modo de tentar a los humanos:“Nuestra tarea consiste en alejarles de lo eterno y del presente. Con esto en mente, a veces tentamos a un humano (pongamos una viuda o un erudito) a vivir en el pasado. Pero esto tiene un valor limitado, porque poseen algunos conocimientos reales sobre el pasado, y porque el pasado tiene una naturaleza determinada, y, en eso, se parece a la eternidad. Es mucho mejor hacerles vivir en el futuro. La necesidad biológica hace que todas sus pasiones apunten ya en esa dirección, así que pensar en el futuro enciende la esperanza y el temor. Además, les es desconocido, de forma que al hacerles pensar en el futuro les hacemos pensar en cosas irreales. En una palabra, el futuro es, de todas las cosas, la menos parecida a la eternidad. Es la parte más completamente temporal del tiempo, porque el pasado está petrificado y ya no fluye, y el presente está totalmente iluminado por los rayos eternos”. Pero nos salimos del tema y esta es una cuestión para abordar en otro momento… Volvamos a “Canción de cuna”, de Garci. La recomiendo vivamente como lección práctica de ese saber mirar, aunque roce lo sentimental. Me ha gustado comprobar que algunos críticos se sintieron cautivados en su momento al igual que yo: “Su película tiene esa capacidad de convicción que consigue el cine cuando realmente se convierte en arte. De modo que uno sale de la sala conmovido, desmadejado, con la viva sensación de haber asistido a un hecho extraordinario del que es difícil hablar sin entusiasmo.  

“Saber mirar es saber amar”, se dice en la película. Y uno piensa, con apasionada intolerancia, que si a alguien no le gusta Canción de cuna es porque no ha sabido mirarla… Una obra de arte; eso es. Y viene a la memoria aquello del cineasta ruso Andrei Tarkovski: “Las obras de arte surgen del esfuerzo por expresar ideales éticos, y suponen la ligazón orgánica de idea y forma”. Esto es Canción de cuna: un guión, una puesta en escena, una fotografía, una música, una ambientación, un vestuario, un montaje, unas interpretaciones… magistrales, al servicio de una idea que rebosa verdad, bondad, belleza”. (Jerónimo José Martín, en Aceprensa).