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El verdadero progreso

10 Nov

El carpe diem postmoderno que vivimos, con toda su apariencia de espontaneidad y vitalidad, esconde una ausencia de imaginación y una apatía por proyectar el futuro directamente proporcional a la voluntad de no tener hijos.

Cuando no hay nadie a quien dejar un mundo mejor se pierde el interés por hacer algo más que disfrutar de él ahora, si acaso un barniz de ecologismo y solidaridad que alivie la conciencia, lo cual acaba generando un hastío de vaciedad que desemboca en el aburrimiento e incluso el odio hacia la vida propia y ajena, sobre todo si no es placentera.

La familia debe ser objeto de protección de los gobiernos entre otras cosas para evitar el suicidio social.

El Papa, que lo sabe y lo dice mejor que yo, nos lo recordaba en Barcelona, cosa que también ha picado a los novios de la muerte (y no me refiero al himno de La Legión):

Desde siempre, el hogar formado por Jesús, María y José ha sido considerado como escuela de amor, oración y trabajo. Los patrocinadores de este templo querían mostrar al mundo el amor, el trabajo y el servicio vividos ante Dios, tal como los vivió la Sagrada Familia de Nazaret. Las condiciones de la vida han cambiado mucho y con ellas se ha avanzado enormemente en ámbitos técnicos, sociales y culturales.

No podemos contentarnos con estos progresos. Junto a ellos deben estar siempre los progresos morales, como la atención, protección y ayuda a la familia, ya que el amor generoso e indisoluble de un hombre y una mujer es el marco eficaz y el fundamento de la vida humana en su gestación, en su alumbramiento, en su crecimiento y en su término natural.

Sólo donde existen el amor y la fidelidad, nace y perdura la verdadera libertad. Por eso, la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado; para que se defienda la vida de los hijos como sagrada e inviolable desde el momento de su concepción; para que la natalidad sea dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente. Por eso, la Iglesia se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar”.

De aquellos polvos, estos lodos

7 Abr

La muerte de la chica de trece años de Seseña, Cristina Martín, a manos de una compañera tan sólo un año mayor que ella, no sólo invita sino que obliga a una reflexión social seria y profunda.

El crimen es similar al de Marta del Castillo en Sevilla por varias razones: por la juventud de los implicados, por el concurso de las nuevas tecnologías -en especial las redes sociales- en el trato entre víctimas y presuntos asesinos, y por la frialdad que han demostrado los agresores, impropia de una edad temprana.

En todas las épocas se han cometido crímenes horrendos. Quizá lo distinto ahora sea la rapidez con que los conocemos. Pero también hay una serie de miserias con las que hemos experimentado irresponsablemente en los últimos tiempos y que han generado comportamientos sociales agresivos y marginales en nuestra juventud que empiezan a despertar como el monstruo del doctor Frankenstein en la mesa de operaciones. Y sentimos que si no ponemos remedio rápidamente para controlar a la criatura se nos escapará de las manos e irá cometiendo desatinos por ahí.

La culpa no es de los adolescentes, cuya inseguridad personal siempre buscará el amparo de las conductas grupales, y cuestionará la autoridad de sus padres y profesores, sino del marco de referencias que los mayores les proporcionamos.

La falta de un entorno familiar estable y acogedor que los quiera, exija y estimule; la ausencia continuada de los padres o, aún peor, la falta de referencia paterna o materna por causa del divorcio y demás experimentos; el recurso a la niñera tecnológica (el ordenador, la televisión), hacen que nuestros jóvenes crezcan pensando que este mundo es un lugar inhóspito, una jungla donde vence el que ataca primero.

Cuando la fuerza no proviene de la inteligencia y del esfuerzo sino de la violencia como enseñan tantos videojuegos quasi delictivos y series de televisión deformantes…, cuando parece que ser bueno es lo mismo que ser tonto, que hay que probarlo todo y dar rienda suelta a los demonios que se desaten por dentro, entonces pasan cosas tan tristes e incomprensibles como éstas.

Es molesto ser mayor, ejemplar y responsable. La revolución del 68 vendió a los que ahora son padres de los adolescentes la alucinación psicodélica de la pasión de la destrucción y el prohibido prohibir. Y eso sólo vale para vivir en una isla desierta. De aquellos polvos posmodernos, estos lodos.

Quizá haga falta llegar, otra vez, hasta el tope del péndulo para iniciar una vuelta a la sensatez: que los padres se interesen por lo que hacen sus hijos, que los medios de comunicación sean conscientes de su función educadora, que los profesores recuperen su autoridad y que se recompense el esfuerzo. Ya se oyen voces -la de Ángel Gabilondo, últimamente- y ya va siendo hora.

(Publicado aquí)

Hace mucho que te quiero

9 Jun

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El sábado volví a ver Hace mucho que te quiero, del francés Philippe Claudel y me reafirmé en mi primera impresión. También me acordé de que hace un mes prometí escribir algo sobre ella y no he cumplido.

Juliette (magnífica y tristísima Kristin Scott Thomas),obtiene la libertad tras pasar quince años en la cárcel y se reúne con su hermana menor Léa (Elsa Zylberstein, personaje principal cuya bondad ilumina la película de cabo a rabo), que la acoge en su casa de Nancy donde vive con su marido Luc, sus dos hijas adoptivas y el suegro.

Juliette intenta incorporarse a la vida profesional y superar el rechazo de sus padres por el crimen por el que fue condenada a la pena capital. En el trato con la hermana, en su contacto con la sencilla vida familiar no exenta de situaciones dramáticas (la procesión de Léa va por dentro), con amigos como Michel, capaz de recomponer con paciencia y amor los pedazos de su alma rota; la hermana mayor descubre el camino que conduce fuera de una prisión más dura que la del cuerpo: la prisión de la mente.

La película es enorme. Por su guión -se nota que el director y guionista es escritor, además de profesor y antropólogo, cosa que también queda patente en el tratamiento de la historia y en la ambientación. Por el tempo que no anticipa nada y suministra con el cuentagotas de la vida misma los detalles del drama, por la humanidad que destila el argumento y por la creíble actuación de sus personajes principales (Juliette, Léa, Michel, el capitán de la policía) y secundarios (el abuelo, las niñas, el director del hospital donde comienza a trabajar).

Afortunadamente en esta ocasión no hubo el debate de la primera a cuenta del colofón de la película. Hay quien se empeña en ver fantasmas donde no los hay. La película no habla de “eso”. La película habla de la muerte, la soledad, la incapacidad de abrirse al otro, la confianza, la familia como necesario lugar de acogida, el sentido de culpa, la amargura. Y lo hace sin moralinas ni explicaciones para tontos. El que pueda entender, que entienda. Y el que no, que se replantee su sitio y su función en este mundo lleno de seres tan imperfectos como necesitados de misericordia.

Mataharis

2 May

 

 

Vi Mataharis de Icíar Bollaín por mi cumpleaños (qué palabra tan horrenda, con lo bonito que suena happy birthday) y me gustó. La tenía en el cajón de pendientes desde hacía meses.

 

Por mi onomástica, y con carácter retroactivo también fui ayer a una exposición de Velázquez en el Hospital de los Venerables de la que hablaré en otra ocasión y me tomé unas tapas en el barrio de Santa Cruz. Esto, unido a cierta crisis de creatividad, es la causa de mis ausencias.

 

A lo que vamos. Tres mujeres con el común denominador laboral de una agencia de detectives y un variado numerador de situaciones afectivas.

 

En la resolución de cada dilema vital Eva, Carmen e Inés habrán de despejar las incógnitas de la verdad, la libertad y la felicidad: decidir entre arriesgar el trabajo o el amor en el fragor de una investigación de procedimientos y fines inmorales; ser o no infiel a una relación abocada al fracaso; y perdonar o no el ocultamiento de una realidad dolorosa que amenaza la vida conyugal y familiar.

 

Los personajes femeninos -Inés (María Vázquez), Carmen (Nuria González) y Eva (Nawja Nimri)- pesan deliberadamente pero sin feminismos exacerbados. Tienen sus luces y sus sombras. Los masculinos, fifty- fifty: humanos y creíbles Iñaki (Tristán Ulloa) y Manuel (Diego Martín); canalla y machista Valbuena (Fernando Cayo), el directivo de la agencia; y muy patético Sergio (Antonio de la Torre) en su papel de marido-mueble de Carmen.  

 

Se nota la mirada femenina de su directora, y su interés por mostrar el drama social y personal de numerosas mujeres abocadas a elegir entre familia y trabajo (fantástica interpretación de Nawja Nimri).

 

Pero no sólo eso, también el activo de flexibilidad, empatía y humanidad que aportan al entorno laboral, personificado en la ayuda que se prestan para lograr eso que algunos llaman conciliación, la compasión ante la debilidad y la injusticia, y ese sexto sentido capaz de adelantarse a los conflictos y resolverlos con gracia y discreción.

 

Piel sin maquillar, fotografía sin filtro, hermosa de puro real, sometida al objetivo de la verdad sin trucos ni luces indirectas. Así me pareció la película en su planteamiento, en su guión descarnado, en la naturalidad de la cámara y de la interpretación y en sus finales abiertos. La vida sin aderezos, desnuda en toda su belleza y complejidad.

Censura

16 Abr

No apto para menores de 60.