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Los buenos días, a pesar de todo

14 Ene

Con noticias como la de Haití, qué extrañamente ajeno y superficial me resulta el eco de mi voz en el número de enero y febrero de Nuestro Tiempo. Es la dificultad que entrañan las publicaciones de periodicidad dilatada. Me lo comentaba Enrique hace unos días y, esta vez, amigo, lo compruebo. Ni con algo tan insustancial se acierta a veces. 

 

Los buenos días

Hubo una época feliz en que el hombre del tiempo se equivocaba. El día se guardaba el jaque mate de una aguacero sorpresa pero nos dejaba el consuelo de tener a quien echarle la culpa del remojón.

Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la meteorología se ha vuelto una ciencia quasi exacta, y si nos acatarramos o pillamos la gripe A la responsabilidad será nuestra por no consultar el tiempo en los telediarios o en Internet. Sólo yerran los meteorólogos, intencionadamente, por razones vinculadas con el turismo y generalmente en épocas estivales.

A pesar de todo, el conocimiento no nos sirve más que para prevenir y hacerle frente con paraguas, abrigos y bufandas. Nadie, con excepción de los habitantes de Lepe, capaces de encargar nieve -artificial- e incluso de adelantar la entrada del nuevo año, osa alterar el humor de Zeus. Las inclemencias del tiempo son algunos de los pocos privilegios que se reserva la Madre Naturaleza, a la que tan mal tratamos.

Puesto que no nos está permitido cambiar el color de los días, jugamos a cargarlos de moralidad. Los días de enero y febrero son, por percepción universal, malos, feos y tristones. Los peores, según “recordamos” cada año. Un día soleado y cálido, por el contrario, es un buen día, y si es tórrido y refulgente, mejor que bueno.

En lo más crudo del crudo invierno los chopos imploran al cielo con sus ramas desnudas, y las nubes descargan su llanto o un cargamento de plumas de almohadones helados. El campo parece un cementerio de Edgar Allan Poe o una estepa tolstoiana.

Y sin embargo, me parecen hermosos estos días. Es probable que tenga que ver con el hecho de que en el sur, donde vivo, escasean. La consideración de nuestra insignificancia frente al espectáculo de las fuerzas naturales tiene algo trágico que me inspira y me pone de buen humor. La lucha del sol por abrirse paso, el enfrentamiento colosal de las nubes y la descarga de su artillería pesada. Me atrae más la épica de un cielo cubierto que la lírica celeste.

Por eso, me ha gustado saber que a Chesterton le entusiasmaba el mal tiempo (por llamarlo de algún modo) y que abominaba de los paraguas. “Una de las auténticas maravillas del tiempo lluvioso –recoge Joseph Pearce en su biografía, que estos días leo- es que aunque en general disminuye la cantidad de luz directa y natural, aumenta indiscutiblemente el numero de objetos que la reflejan. Hay menos luz del sol, pero hay muchas más cosas resplandecientes, cosas que tienen un hermoso brillo, como los estanques, los charcos y los impermeables, por ejemplo. Es como si uno paseara por un mundo de espejos”.

Hay que ser un niño para entrar en ese mundo de espejos. Y él lo era. Una vez dentro, indudablemente, el paraguas no es más que un estorbo insoportable. “Nunca me he resignado a llevar paraguas –dice-. Cerrado, un paraguas es un bastón inmanejable, y abierto es una tienda de campaña insuficiente”.

En todo caso, hay que decir que no es igual el invierno de primeros de diciembre que éste de enero y febrero. Ni siquiera debería llamarse invierno. Entre medias han pasado cosas importantes. Sin ir más lejos, el nacimiento de Dios, ante el que la nieve se funde de sorpresa y la lluvia aplaude de júbilo.

Hace unos meses Benedicto XVI decía a un grupo de artistas que “lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible”. Estos meses bien pueden servir de ejemplo. Cambiamos la mortaja por una mantilla bautismal. La nieve ya no oculta hojas secas de calendario sino briznas de esperanza. Es “la Epifanía de la Belleza”. Esa belleza que –continuaba Ratzinger- “necesitamos para no precipitar en la desesperación”.

 Comparada con este tiempo de días que se alargan la primavera parece una anciana repleta de certezas.

A estos meses trémulos les ocurre lo que a los recién nacidos. Nos parecen feos por ese aire de extrañeza y de desamparo con que se estrenan, pero para su madre son hermosos porque son suyos y porque rebosan vida. Todo, al fin, depende del cristal con que se mire.

Al mediar la noche su carrera…

30 Dic

Qué hermosas prosopopeyas en la antífona de entrada de la Misa de hoy: “Un silencio lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa, Señor, vino desde el trono real de los cielos”. Y en el salmo, “Alégrese el cielo y goce la tierra”. Viene a la imaginación la serena vigilia de Belén apenas rota por las esquilas de las ovejas y los pasos apresurados de los pastores.

 Y qué susto morrocotudo, al hallar el origen del texto en el libro de la Sabiduría (18, 14-15):  “(…) Tu Palabra omnipotente, cual implacable guerrero, saltó del cielo, desde el trono real, en medio de una tierra condenada al exterminio. Empuñando como afilada espada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por doquier; y tocaba el cielo mientras pisaba la tierra”.

En el pesebre, sobre pajas doradas, al contraluz de la lumbre, duerme el que dirá que no ha venido a traer la paz a la tierra sino la espada. Extraña paradoja. Chesterton la clava:

 ¡Oid! La risa despierta como un león
Y ruge sobre la llanura que resuena;
el cielo entero grita y se estremece,
porque Dios mismo ha nacido de nuevo,
y nosotros somos niños que andan
A través de la nieve y de la lluvia.

 Se nos olvida que la Encarnación del Verbo continúa removiendo los cimientos de los déspotas. Herodes lo sabe y tiembla pero, aunque sea un cretino, es más sincero que los tiranos de hoy que nos contagian su buenismo laico ahíto de paz, concordia y armonía mundiales. Al menos él reconoce el poder del Niño aunque busque aniquilarlo.

Nosotros continuemos caminando hacia Belén… sin miedo a las inclemencias del tiempo presente.

Feliz Navidad

24 Dic
Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

Detalle de la Navidad en La Sagrada Familia de Gaudí

“En este episodio de la naturaleza humana, que es el Nacimiento, hay un carácter individual y peculiarísimo, algo psicológicamente sustancial, que no puede interpretarse como una mera leyenda o la simple historia de la vida de un gran hombre. Porque no inclina nuestras mentes, sistemáticamente, a la grandeza, hacia esa admiración ampulosa y exagerada de los reyes y de los dioses, a que, en todas las edades, se encontró propicia la mente humana, sino que es algo consustancial en
nosotros, que nos sorprende desde dentro de nuestro propio ser, como si, explorando nuestra habitación espiritual, diéramos, de pronto, con un aposento ignorado hasta entonces, del que saliera una clara luminosidad.
Algo que, aun a los más endurecidos corazones, traiciona con una irresistible atracción hacia el bien. Algo que no está hecho con lo que el mundo llamaría “materia fuerte”. Algo que es todo lo que hay en nosotros de ternura eterna.
Algo que es la palabra rota y la razón perdida, que se concretan y se hacen positivas. Algo por lo que los reyes exóticos llegaron de un país lejano y por lo que los pastores dejaron sus correrías por la montaña, y por lo que la noche y la caverna imperaron solas, recibiendo algo que era más humano que la Humanidad misma.

(G.K. Chesterton, El hombre eterno, LEA, Bs. As., 1987, pp. 201-221)

De dónde vienes y a dónde vas

17 Dic

 

“El hombre moderno es semejante al viajero que olvida el nombre de su destino y tiene que regresar al lugar del que partió para averiguar incluso dónde se dirigía”, dice Chesterton (en G.K. Chesterton. Sabiduría e inocencia, de Joseph Pearce).

Entiendo ese “tiene” por un “debería” porque de momento no se le ve muy dispuesto a regresar al punto de partida. Es más, carece de todo interés de dirigir sus pasos a ningún lugar preciso que le dicte la razón y que limite su capricho de probar.

Y algo más aún: ni siquiera entiende porqué deben existir caminos y no campo a través. Ni cuál es su nombre de pila, lo que dificulta enormemente poder rescatarlo del laberinto que él mismo se ha construido. 

Puestos a seguir un camino, seguirá muy ufano la senda por donde trota la piara azuzada por el lobo, aunque acabe en el borde de un precipicio.

Trueque

10 Dic

Es la primera vez que me pagan en especie. Y me ha gustado la experiencia del intercambio.

Siempre digo que, si pudiera, viviría en un árbol y en la sociedad del trueque. El dinero es tan impersonal, tan insignificante en su materialidad, que parece un desprecio o una presunción. ¿Cuántos papeluchos vale el arte de un cerebro o de unas manos?

Sin embargo, qué poético no tener más remedio que elegir, por la redacción de ese artículo -que además era un resumen de otro ya publicado- entre los libros de la lista de una editorial.

Aunque pensándolo bien daba un poquito de apuro, el canje necesariamente desigual. Mi mediocre escrito, a los efectos, vale lo que el Ronald Knox, de Evelyn Waug; La intuición creadora en el arte y en la poesía, de Jacques Maritain; y Chesterton, un escritor para todos los tiempos, de Luis Ignacio Seco. ¿Cómo va a ser?

Quizá por eso me he pasado una semana esperando con ilusión e impaciencia la llegada de tan ilustres personajes.

Aun así, como corresponde a un caballero francés o inglés, no me han dejado. Y al llegar a casa después de unos días de retiro, descanso y reflexión, me aguardaban ellos detrás de la puerta, charlando amigablemente, muy educados y afectuosos, con el sombrero en la mano, y sin darse importancia.

Ah, la verdadera sabiduría, siempre tan cercana, tan humilde.

Primera lección

20 Ago

Este mañana he ido al hospital para visitar a una amiga enferma. Al terminar he pasado un momento por la tienda que hay en el zaguán para comprar una botella de agua que complete el plan dietético-diurético eliminador de toxinas que he comenzado.

Entre los libros de Follet, Larsson y Zafón, en medio de golosinas, flores, revistas, peluches y artículos de papelería, me topo con un trozo de mi vida. No sé qué hace en ese estante repleto de best-sellers, pero allí está,  guiñándome un ojo precisamente en este momento. 

Sabe Dios cómo habrá llegado y el tiempo que llevará aguardándome. Me puedo hacer una idea por el precio (2,95 euros) y la fecha de la última edición (2002). Manual para cuentistas, el arte y el oficio de contar historias, de mi antigua profesora y amiga Teresa Imízcoz; un libro escrito hace diez años sobre la experiencia de aquel taller de creación literaria que celebrábamos en el aula 12 del edificio central de la Universidad de Navarra, y que luego se convirtió -con el plan nuevo- en asignatura de libre configuración. Un proyecto que hubiera sido mi primera experiencia profesional de no haberme vuelto al sur.

Lo ojeo con emoción mientras guardo cola detrás de una enfermera y un señor calvo en bermudas. Hay referencias de los autores que entonces leíamos (Carmen Martín Gaite, Julio Llamazares, Bernardo Atxaga, C.S. Lewis…), fragmentos de relatos nuestros con nombres y fechas de promoción, frases que recuerdo de clase. Al final de la introducción, una dedicatoria: “a mis alumnos, su trabajo y entusiasmo de estos años”.

Nadie compraría un libro así para llevárselo a un enfermo hospitalizado. Tampoco nadie, excepto los niños, acude a una librería a buscar “cuentos” sin más. Si acaso se busca a un escritor determinado de cuentos consciente de que no todos gustarán con la misma intensidad.

Los cuentos no se eligen, los cuentos te eligen a ti, se encaprichan de ti, te guiñan el ojo, te embaucan, te zarandean. Es la primera lección que me imparte el manual. Salgo de la tiendita con el libro en una mano y la botella en otra. Hace 35 grados pero estoy temblando.

Dos años sin Peter

12 Ago

Aún me pasa cuando hablo por teléfono.

-¿De parte de quién?

-De Cristina Abad.

-¿Cristina, qué? Mi compañera de trabajo que oye sólo de este lado del auricular me mira con guasa, guarda el silencio correspondiente a la consabida pregunta y repite conmigo, en tono claro y sutilmente impaciente:

-ABAD.

-Disculpe, ¿a qué?

-A-bad.

-Aval…

-No, Aval, no. Abad…A-B-A-D. De los abades de las abadías.

Ni que decir tiene que nadie sabe hoy lo que son las abadías, pero al final consigo que me entiendan.

Esto del apellido marca la infancia con sus escarnios. “Cristina Va, Cristina Viene”. El apellido es el que es pero hay que pensar bien el nombre que se le asocia para que no salgan cosas como Dolores Fuertes de Barriga. Algunos nombres hacen pensar que los padres son unos desaprensivos…

Apellidarse por la A y ser la más alta de la clase es una desgracia como otra cualquiera que puede llegar a desencadenar episodios de esquizofrenia. Por ejemplo, ser la primera de la lista y la última de la fila. La primera a la que se le ocurre preguntar a la profesora y la última en contestar con acierto. Todavía cuando voy a votar a la mesa electoral tengo que decir: -No me busque por abajo, seguro que salgo la primera.

Pienso esto tan absurdo hoy que me pierdo en las letras enredadas que mi compañero Leandro y otros amigos han garabateado para recordar los dos años sin Peter.

Quizá a Peter le vino la afición a las palabras por jugar con su nombre y su apellido: Pedro de Miguel. A lo mejor los niños se los cambiaban de sitio. O él mismo. Tendrá sus ventajas un nombre reversible, digo yo. Hoy eres Pedro de Miguel y mañana Miguel de Pedro. Y de ahí a los palíndromos y a la ficción… no hay más que un paso. “Érase un niño que tenía dos nombres”.

Peter. Techamos de menos.