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El juicio

30 Abr

Desde la tribuna que hay frente a la lápida de Juan Pablo II se asistía al Juicio Particular. Allí velaban dos ángeles demasiado neófitos para ser tan monsergas, o quizá porque es propio de la inmadurez ese talante rígido y burócrata –avanti, avanti, avanti– que sólo esconde impericia. Qué letanía. Ni rezar dejaban.

Las gentes pasaban respetuosas frente a la losa, pero en sus caras se veía el color del alma: fervorosa, distante, dolorida. De entre los que tenían fe, unos eran osados y otros pusilánimes. Los segundos pasaban urgidos por el avanti; refrenando el paso al llegar junto a los restos del Papa Magno, atesorando unas milésimas de segundo, avanzando más con los pies que con la cabeza en un gesto tragicómico. Avanti, avanti.

Los primeros caían allí mismo de rodillas y eran levantados amable pero tajantemente por los ángeles exterminadores. Algunos no tan osados pero resabiados nos quedamos detrás del cordón, en la tribuna, veinte minutos, media hora, rezando. Daba pena y un poco de cargo de conciencia saber que se podía estar allí todo el tiempo que se quisiera. A mí me entraban unas ganas enormes de gritar: no se vayan, vénganse aquí, “vénguense” de los ángeles exterminadores.

Junto a éstos había otro ángel. Bueno, debía ser un arcángel o un apóstol. Pedro, quizá. Aunque ahora que lo pienso, seguramente era el ángel de la guarda de Juan Pablo II. Y aquel ángel bueno, de pelo cano y porte venerable, en medio del aire marcial que imponían los jovenzanos, separaba a un anciano y lo acercaba a la tumba, detenía a los niños y les explicaba quién era el tío Lolek, acercaba la silla de ruedas del enfermo al mejor puesto, como dicendo: “venid aquí, benditos de mi Padre”, “dejad que los niños se acerquen a mí”, “amigo, sube más arriba”.

Me fijé bien. Ni uno sólo escapó a su mirada intuitiva. Era el ángel de los elegidos del Papa.

In memoriam

2 Abr

Hace tres años y todavía me cuesta creerlo. Yo también me reí junto a Juan Pablo II. Cosa grande esa comunión de la risa.