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RR.MM

5 Ene

Hace un par de días por una calle peatonal de Sevilla rematábamos algunas compras. Era un día desapacible y yo llevaba un abrigo largo y un poco mágico que por fuera es como una paleta de colores y por dentro como un oso de peluche.

Andábamos deprisa por la urgencia y por el frío. Las calles del centro parecían ríos a punto de desbordar. De cuando en cuando la corriente se arremolinaba en un recodo sin que supiésemos porqué hasta que llegaba a nuestros oídos el zumbido telúrico de un cuerno tibetano o adivinábamos los pasos de tango de una pareja de bailarines.

En esas, saqué el teléfono para hacer una consulta. El rumor era creciente, como de cascada, y alcé la voz. ¡Oye!, que he salido a comprar regalos de Reyes… Delante de mí una niña de unos cuatro años se volvió y me miró con ojos de espanto.

Aún no sé si rompí el encanto de su fe o si se pensó que era un paje de Sus Majestades. Quiero imaginar que el abrigo ayudó a lo segundo, porque si no me espera una buena de los Reyes Magos cuando lleguen esta noche. Hay cosas que son sagradas.