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Carnival

16 Feb

El sábado en la estación de Santa Justa, al subir las escaleras mecánicas, qué mazazo a la rutina.

 Junto a los baños, un grupo de rotuladores flurescentes Staedtler se aprieta jubiloso para salir en la foto. Más allá, recostados en los bancos, se mustian tres payasos. En el puesto de golosinas, un par de novios punkies juntan sus crestas violetas acaramelados. Y frente al despacho de billetes, dudando si fugarse a Cádiz, cuatro o cinco presos juegan con sus grilletes.

 Enfilo la salida y me cruzo con dos indias sioux que agitan sus machetes en son de guasa gaditana.

El Quijote y el Cristianismo según Castellani

10 Dic

Sigue la cita y mi admiración. Y se reaviva el remordimiento por no haber releído El Quijote en este trimestre según lo tenía pensado… desde que lo pospuse en septiembre:

 

(…) También a Segismundo Freud se le escapo esta clase de humor, el humor español. Afirma en su obra Der Witz que El Quijote no es una obra humorística , sino meramente jocosa o chistosa.

El Quijote es una obra jocosa en la superficie, pero es humor medular en su concepción, en la invención. Cervantes se autoproclamó –con mucha razón- “en la invención el primero de España”; y es la invención justamente –más que la composición y el estilo- el dominio del genio. La invención de El Quijote (esconder detrás de una sátira de los libros de caballería el alma de la historia de Europa, y la escondida alma y motor de Europa y del alma humana) es genial; y hace del libro del manco “la novela más grande del mundo”, la obra maestra del arte de la Contrarreforma; y si se quiere, la alegoría cristiana más importante que se conoce después de las parábolas de Cristo, más profundamente religiosa que La vida es sueño. Un místico no tiene más que hacer de Dulcinea figura de la gracia o el amor de Dios, para convertir la novela en un libro teológico, como apuntó Unamuno, y Jerónimo del Rey en su libro inédito –inacabado e inacablable- Su Majestad Dulcinea. Porque el humor medular es una forma natural de expresión de la religiosidad. Aunque parezca mentira, la parábola y la paradoja son más religiosas en cierto modo que el silogismo y el sermón. Si yo dijera que El Quijote es un libro en cierto modo más religioso que Los nombres de Cristo, ¿se reirían de mí? Sí. Pues por eso no lo diré.

En la gran parábola de Cervantes, la sabiduría –que es el Ideal, y es nobleza y es vida- ha sido encarnada paradojalmente en un loco; y lo que el mundo llama sabiduría –“la listura de la finitud”, que dice Kirkegor– está encarnada humorísticamente en un palurdo. Mas esas dos sabidurías, contrarias según San Pablo, no rompen entre sí ni riñen: vagan por el mundo existencialmente unidas, y el realismo zoquete es forzado a someterse al idealismo destornillado; que loco y todo resulta su amo, e incluso a disciplinarse y darse azotes por él. Lutero se levantaba en ese tiempo contra las “disciplinas” de los monjes: Cervantes encuentra que las disciplinas están bien, pero en Sancho. Don Quijote lleva en sí una más alta disciplina, la disciplina interior, su fe. Lutero fue un quijote sin sancho, la “fe sin obras”; y eso fue su lástima.

El humor medular de El Quijote consiste en que representa plásticamente una de las paradojas del cristianismo, quizá la paradoja fundamental. La fe en efecto no es sino la persecución de un absurdo: quiero decir de una cosa que para la razón pura es sin sentido, aunque no sea contrasentido.

La fe sería locura pura si no llevara siempre a rastras consigo al sentido común. La persecución inalcanzable de Dulcinea, eso es la fe; y Dulcinea existe, aunque no donde El Quijote y nosotros nos imaginamos.

 

Humor medular

9 Dic

De  “Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI”, antología de artículos de Leonardo Castellani, recopilada por Juan Manuel de Prada, os desayuno con este sabroso texto.

En estas Navidades fue a ver el “pesebre” de mi parroquia; y el pesebre me hizo sonreír; y eso que era como para llorar. Reír y llorar junto, eso es humor.

Cronin ha dicho en alguna parte que Cristo carecía de sentido del humor. Sería raro, porque, según Aristóteles, el humor es propio del hombre magnánimo (magnanimus utitur eironeia, dice en la Ética).

Monseñor Piccirilli, con otros varios, se ha escandalizado de que Cronin diga que Cristo careció de una cosa que tuvo el Buda. Ello invita pues a la reflexión. El escándalo es la provocación a la fe, por la puerta de la reflexión. Monseñor Piccirilli puede llegar también a la fe.

Vamos a tranquilizarlo. Cronin o no conoce el humor o no conoce a Jesucristo.

(…) Bajemos la reflexión al planterreno: es un caso análogo al del humor español… César Pico sostuvo en una conferencia en Madrid que el español carecía del sentido del humor, cosa que medio amostazó a algunos madrileños. Otro argentino que andaba por allí los desagravió en otra conferencia, sosteniendo: no se puede decir eso así, no más de una gente que ha dado a Cervantes, Velázquez, Tirso, la novela picaresca, los autos sacramentales… y Unamuno… y Gómez de la Serna. Lo que pasa es que el humor español no es como el humor inglés. ¡Me olvidaba del gran Julio Camba!

El humor español (sorna, baya, cazurrería, socarronería, disimulo, retrechería, trastienda, carientismo, tonillo, sonsonete, retintín, parodia…) es algo así como si dijéramos medular, por no traer el vocablo pretencioso de trascendental: él está más en los caracteres que en los dichos, más en las situaciones que en los caracteres y más en los choques profundos de los principios que en las mismas situaciones. En las entrañas anda más bien que en la epidermis; y gusta de tocar las cosas más importantes y explosivas, como el amor, el hambre, la horca, la prostitución, el diablo y los curas; no menos que al mismo Dios, si a mano viene.

Forges forever

16 Oct

Es que me encanta Forges, sobre todo sus coletillas lacónicas. A mal tiempo, buena cara. Consuela saber que hay alguien que recibe menos visitas que yo…

Un cambio de narices

23 Ago

 

Letizia se ha operado. Por motivos de salud, pero se ha operado. La angulosidad de su rostro pedía un apéndice más sobresaliente que justificara el mentón pronunciado. Y ahora su cara es plana y carente de expresividad.

Analizo las comparativas. Es verdad que el momento de la foto no podía ser peor. Pero, no es que la princesa esté triste, es que está fea y no parece la misma. O eso pienso yo.

Lo siento por ella y por los españoles monárquicos, pero también me alivia por la parte que me toca. Esa parte, precisamente…

Así pues, ¡existen las narices con personalidad! Narices capaces de inspirar sonetos, sonetos quevedianos.

A bordo de un Peugeot 106 rojo

22 Ago

El volante es un clásico canalizador de la agresividad, pero su abuso puede tener efectos fatales sobre el conductor y los demás vehículos.

Supongo que el teléfono de Bibi es un método más inocuo, donde el usuario está mediatizado por una operadora y la descarga de sus iras no tiene consecuencias inmediatas sobre ninguna víctima.

Siempre he pensado que conduces tal como eres y como has aprendido de tus antecesores. Por ejemplo, un familiar mío –salvaguardo su identidad- conduce con calma, aplomo y educación exquisita. Pero, en una ocasión en que tardó cinco segundos en arrancar el coche al cambiar de color el semáforo, una señora le dio al claxon con insistencia y rabia. Y mi ancestro (perdón por el término, son necesidades del anonimato), que al igual que yo no soporta ese gesto inútil e irritante, apagó el motor, se apeó del coche, se aproximó a la ventanilla del automóvil de atrás y le dijo con toda paz a la histérica que hiciera el favor “de-dejar-de-tocarle-el-pito”.

Me sonrío al recordar esta anécdota en estos días en que el calor confunde las neuronas, el tráfico se pone especialmente cachondo, los peatones cruzan por donde les peta y desaparecen las normas de circulación como por ensalmo. No suelo coger el coche a diario y estoy descubriendo, con preocupación, hasta qué punto me metamorfoseo en Mr. Hyde o en el increíble Hulk y veo brotar de mis labios los tacos más corraleros de la jerga barriobajuna impulsados por el subidón de adrenalina.

Ayer fue testigo Conchita con cierto asombro. Eso sí, todo de puertas para adentro, finamente y sin tocar… la bocina. 

 

 

51 formas de reírse

18 Jun

Aquí

Tropezar con estilo

16 May

Más que andar, lo meritorio es tropezar con estilo. Tengo ya mucha experiencia en esto y no pienso renunciar a los tacones aunque tenga sobrada altura. Los caballeros nunca lo entenderán –ni falta que les hace- pero hay muchas otras razones por las que una mujer decide llevar zapatos altos aunque de vez en cuando trastabille y le duelan los pies horrores.

 

Admiro a las féminas que nunca dan un resbalón ni un cojetazo –como se dice por aquí-  pero me parecen poco humanos esos andares descoyuntados de pasarela que convierten a las mujeres en inaccesibles damas del séquito de Cleopatra.

 

Dadas mis circunstancias, he hecho un perfecto estudio de mi promedio de traspiés al día, que suele estar en torno a seis, y he investigado también las condiciones del pavimento de mi trayecto habitual. El mayor índice de trompicones se lo lleva la calle Gaspar Alonso, donde el año pasado pusieron un acerado nuevo que es el terror de los tacones finos. También he profundizado en las variantes del género y me he pasado a las cuñas que parecen más estables, pero, aunque he conseguido reducir el número de resbalones, no logro un andar suficientemente digno.

 

Visto lo inevitable, y puesto que no me pasaré al zapato plano así me maten, procuro tropezar con gracia. El estilo en esta actividad es la antítesis del disimulo. Tratar de hacer que los demás no han visto lo que han visto es tan ridículo como mirarse el zapato con extrañeza o patear las losas con indignación como si tuvieran la culpa. Lo mejor –según mi análisis- es inclinar la cabeza, chasquear la lengua y sonreírse, pero de lo que entran verdaderas ganas es de volverse al respetable para saludar con efusividad.

 

Hoy, en la entrada de Valparaíso, he dado un cojetazo de los buenos. Detrás de mí iban dos señoras algo menos jóvenes que yo a las que acababa de sobrepasar. He seguido mi táctica habitual –inclinación y chasqueo- y he podido oír con gran satisfacción que le decía una a otra: “a mí me pasa hasta con los planos”. Así que me he vuelto y les he dedicado mi mejor sonrisa.

Dulce venganza

1 Abr

En medio del día, del tráfico y del paso de peatones, junto al disco en verde para los vehículos y en doble fila, el coche de autoescula se detiene. El examinador se apea, y del asiento del conductor desciende cabizbajo el joven candidato. Hablan un momento. El hombre gesticula y agita el sobre con las calificaciones. Se despiden y el chico se sienta en la parte trasera mientras otro compañero ocupa su lugar delante.

El examinador espera el cambio de semáforo junto a mí. Ufano y satisfecho del deber cumplido se ajusta las mangas de la chaqueta. Un automóvil se detiene tras el coche de autoescuela que todavía no ha arrancado y está entorpeciendo el tráfico. Su conductor hace aspavientos al examinador y éste alza los hombros ensayando un gesto de impotencia y falsa compunción: “Perdón, perdón, no es culpa del chico, es culpa mía. Está mal, lo sé, pero a veces hay que hacerlo”.

Me vuelvo hacia él impulsada por un sentimiento atávico de venganza y le suelto con guasa: “Hombre, pues con el mismo argumento podía haber aprobado al chico. ¡Vaya ejemplo! Deberían retirarle el carnet de examinador”.

No he tenido ocasión de ver su cara porque el semáforo, ya en verde para los peatones, me obliga a avanzar, pero siento -yo que aprobé a la sexta el práctico de conducir y me dejé media fortuna en el intento- resarcidas mis ansias de justicia y solidaridad con el débil.

Etología de una humillación

14 Dic

Entre el arreglo del portón de entrada y un compromiso al final de la tarde me queda apenas hora y media para departir con Rocío y Carlos, que ha venido unos días a Sevilla por auto-prescripción médica. Recurro a la bicicleta para sortear los problemas de transporte proverbiales ya en esta ciudad.  

En la puerta intuyo que algo extraño le ocurre a mi medio de locomoción pero no logro adivinar qué es. Al tiempo cruza por mi mente el pensamiento de que estoy muy chic con este look años sesenta, casualma non troppo’. Me calzo los guantes y el gorro de angora negro. 

Sigo pensando que algo raro le ocurre a mi bici. Estudio el nivel de las ruedas: parecen hinchadas, pero el manillar queda demasiado bajo esta vez y no sé porqué. Intento subirlo y la situación no mejora. Debe ser la rueda que no está alineada…  

Un señor que ha aparcado enfrente de casa saca la cabeza por la ventanilla del copiloto y grita: ¡La rueda delantera! Lo miro y miro después la rueda. Niego con la cabeza. Insiste solícito: ¡Al revés!… Alzo los hombros.

El hombre se baja del coche y añade un poco apurado: ¡Llevas el manillar al revés! Bajo el gorro me ruborizo. ¡Qué vergüenza! Desconcertada y con ganas de salir ya del compromiso doy una vuelta más al manillar pero en el mismo sentido y los cables de los frenos se retuercen.  

¡Hacia el otro lado! Creo que el señor comienza a arrepentirse de ayudarme. Un poco más lejos las niñas del colegio vecino me miran extasiadas. Le doy las gracias al conductor porque parece buena persona. Podía haber esgrimido el clásico argumento machista y no lo ha hecho. Sonríe comprensivo y eso hace que me sienta peor.  

Aliviada me subo a la bici y enfilo el carril. Las niñas no dejan de observarme. Les sostengo la mirada con descaro y al pasar junto a ellas espeto: ¿Pasa algo? Están tan perplejas que ni se ríen ni me miran con desdén.  

De pronto el gorro me hace sentir culpable. Creo que todas las mujeres de mi entorno deben estar pensando que acabo de tirar por tierra la lucha feminista de décadas. Me lo quito de un tirón y me aplico al pedaleo, porque ya voy tarde.  

En el bar, con Rocío y Carlos se me olvida el episodio y eso que tengo la humildad de confesarlo en tono jocoso. Para compensar pido una cerveza. Rocío pide una fanta de naranja y Carlos una menta poleo. He tenido que dejar la bici fuera contra mi voluntad porque hay tres individuos de aspecto sospechoso que no me gustan nada.

Pasamos un buen rato charlando pero llega pronto la hora de marcharme. Me despido y voy a por la bici. Dudo si ponerme o no el gorro. Hace frío, así que me lo calzo confiada.

Cuando salgo del recinto a punto estoy de matarme. Los frenos no funcionan. Pienso en los tres tipos de la entrada, pienso en el mal fario que sin querer se ha traído Carlos de Canarias, como quien se trae un virus, pienso si la culpa será del gorro. Y acabo concluyendo que probablemente tenga algo que ver con el maltrato al que he sometido a la bici esta tarde.