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Murdoch, víctima del monstruo que creó

22 Jul

(Mi colaboración más reciente con la agencia Aceprensa)

Rupert Murdoch se ha convertido en carne de prensa. La aldea global sigue el reality show del magnate con estupor, escándalo y morbo. Murdoch prueba de su propia medicina, o, dicho de otro modo, es la víctima del monstruo que creó. Y es probable que en estos momentos, al cabo de su vida, se sienta como William Randolph Hearst, interpretado por Orson Welles bajo la máscara de Charles Foster Kane.

Nadie puede creer que el empresario australiano desconociera la existencia de métodos abyectos y reprobables en News of the World, hasta el extremo del espionaje de los mensajes de móvil de la joven secuestrada y asesinada Milly Dowler. Ningún dueño de medios está al margen de los sistemas que usan sus empleados, más cuando precisan una partida de gastos ingente: contrato de detectives, escuchas a través de tecnología sofisticada, etc. De poco le ha valido a Murdoch reconocer el daño infligido por el ex director Andy Coulson a cuatro mil personas espiadas, gente pública y anónima, y cerrar el semanario. La polémica está servida, pone en jaque a toda la prensa amarilla y exige depuración de responsabilidades.

Más regulación no hará más decente al periodismo, si los propios periodistas no tienen una exigencia ética más elevada

¿Estamos tocando fondo?

La reacción que la noticia ha generado en la opinión pública resulta sorprendente. Los medios de todo el mundo recogen semana tras semana noticias, análisis, columnas de opinión sobre este “género”, si puede llamarse así: sobre sus métodos, y los daños y consecuencias que tienen para las víctimas y los destinatarios. Los más optimistas ven en ello indicios de que el sensacionalismo toca fondo y los lectores y las audiencias se cansan de los formatos basura y reaccionan ante sus excrecencias. Para otros, el público tratado como masa, es manipulable tanto para el mal como para el bien, y responde a las indicaciones del regidor con sumisión. Antes tocaban aplausos, ahora pitos.

No nos engañemos, las revelaciones del periódico The Guardian están más relacionadas con el miedo al imperio mediático que con la preocupación por la ética periodística, al igual que las reacciones políticas en el Parlamento. Como dice Soledad Gallego-Díaz en El País, “la desagradable realidad es que, por mucho que digan estar escandalizados, los sucesivos Gobiernos británicos, tanto conservadores como laboristas, se han llevado estupendamente con el imperio Murdoch y que jamás les ha importado no ya que fuera en buena parte amarillo, algo casi decente, sino su deslizamiento hacia un auténtico periodismo bazofia”.

El empleo de tácticas ilícitas e incluso delictivas para obtener la información ha dejado al magnate pingües beneficios. Murdoch, domina el 40% de la prensa británica, es propietario de muchos medios en EE.UU. y Australia, y estaba a punto de adquirir el 100% de BSkyB, la principal plataforma de televisión de pago del Reino Unido, de la que ya participaba en un 39%. Su grupo incluye también diarios serios y respetados (The Wall Street JournalThe Times), pero no son estos precisamente los que más alimentan su cuenta de resultados.

No sólo los tabloides de Murdoch están aquejados de este cáncer en Gran Bretaña. El mal en la prensa anglosajona es más extenso y profundo, aunque ahora se revele con toda su crudeza y provoque rechazo lo que antes se aceptaba con placer morboso.

Hay que agradecer que la opinión pública exija responsabilidades a la prensa, a la policía y a los políticos, algo impensable en países mediterráneos. La salud de una democracia se mide en la eficacia de sus instituciones, en la capacidad de perseguir y castigar la corrupción y en una sociedad civil que rechaza la mentira.

El problema es la basura

A juzgar por los datos, el amarillismo no parece que esté tocando fondo. A los británicos, muchos de los cuales consumían información basura (News of the World tiraba tres millones de ejemplares), les ha molestado que se les mienta sobre el modo de cocinar esa basura, no la basura misma. Sin embargo, es imposible cocinar una basura cordon bleu. El problema no es únicamente de procedimientos sino de contenidos. Y quizá al final determinados contenidos solo pueden ser obtenidos con métodos poco escrupulosos. El pagar por la información o contratar detectives para espiar a famosos no parece ser una exclusiva de los medios de Murdoch. Después de todo, News of the World era solo unprimus inter pares dentro de los tabloides británicos.

La relación directamente proporcional entre incremento de información escabrosa y aumento de tiradas o de audiencias es muy golosa para los empresarios de la comunicación. En España, Tele5, adalid de la telebasura, alcanzó a TVE en el liderazgo de audiencias en el mes de mayo, con cerca de un 15%. Aunque algunas fórmulas se hayan agotado, la realidad es que el resorte del morbo, sobre todo cuando falta la creatividad y la crisis se agudiza, continúa dando resultados.

El sensacionalismo mediterráneo

En España, de forma similar a Italia y Francia, no hay prensa amarilla al estilo de los tabloides anglosajones. Hubo un tímido y fugaz intento en los años noventa con el periódicoClaro, diario de sucesos, que todo el mundo vio como heredero de El Caso.

El sensacionalismo ha encontrado su vía de contagio en España a través de las revistas y programas del corazón. Con la eclosión de las cadenas privadas de televisión han aparecido en la pequeña pantalla engendros de gran audiencia bajo la denominación popular de “programas basura” en los que participan algunos periodistas con pocos escrúpulos junto con personajes que cumplen su papel de títere, bufón o princesa del pueblo. Es el caso de SupervivientesLa Noria oSálvame o, con anterioridad, Aquí hay tomate, etc. En ellos se convierte la telerrealidad en noticia, se falta al rigor informativo, se airea sin pudor la vida íntima de los famosos, se insulta y se juega con la fama, la imagen y la honra con medios menos sofisticados que los de la prensa amarilla británica pero igual de miserables.

El recurso a la justicia, a través de denuncias y querellas, más que de escarmiento, sirve para aumentar las audiencias. Los procedimientos son largos y las posibilidades de recuperar derechos tan inmateriales y sensibles como los mencionados prácticamente nulas. Además, los ingresos por publicidad en dichos programas, compensan con creces las multas que haya que pagar. Calumnia, que algo queda… a veces mucho.

La audiencia como mercancía

El fondo del problema estriba en el concepto de audiencia que los medios tengan. Muchos olvidan que en el proceso de la comunicación, la audiencia es el receptor, el destinatario de la información. Más aún, es el poseedor del derecho a la información, el derecho a ser informado de forma veraz que se contiene en el artículo 27 de la Constitución Española. Y es el público quien deposita ese derecho en manos de los profesionales de la información para que lo satisfagan ejerciendo el deber de informar.

Si la audiencia se convierte en moneda de cambio o en mercadería, si el destinatario de la comunicación es el anunciante, en lugar del público; entonces todo vale con tal de vender. La prensa abdica de sus funciones y se convierte en tratante de ganado. Son los mass media al más puro estilo dictatorial.

El contagio de procedimientos tan beneficiosos a medios serios y rigurosos, y la tentación de rebajar los niveles de calidad o de reducir el autocontrol están a un paso.

Autorregulación y exigencia

Es conocido el rechazo que los periodistas tienen a la censura y a la regulación externa. El cuarto poder es tan peligroso como codiciable para los gobiernos, y controlarlo es un deseo que se acrecienta cuanto más lejano de la democracia está el régimen. De hecho, una de las imposiciones primeras de los gobiernos totalitarios es el control de la prensa y su uso como medio de agitación y propaganda.

Delitos como los que se han cometido en la prensa de Murdoch o abusos como los que se ven a diario en los programas basura españoles sólo contribuyen a que los otros tres poderes se replanteen la necesidad de una regulación externa, que muchas veces sólo es una excusa para sacudirse la incomodidad de una prensa que les intimida y cuestiona sus excesos.

De alguna manera hay que poner coto a las malas prácticas que lesionan la imagen del buen periodismo. Desde la profesión periodística, la autorregulación se ha visto como una solución intermedia entre la censura y la anarquía: que sean los propios medios los que impongan su código ético conforme a la deontología, la Constitución y el Código Penal. Por el momento resulta insuficiente. Junto a las normas reguladoras tradicionales, han surgido otras como la Ley General de Comunicación Audiovisual en España, que incluye la creación de un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales con capacidad sancionadora, y que se suma a los tres consejos ya existentes en tres comunidades autónomas. Dicha ley, por el momento, ni siquiera ha sido capaz de garantizar el cumplimiento de los horarios de protección infantil. Hecha la ley, hecha la trampa.

Pero si algo enseña también la crisis británica es el fracaso de la autorregulación a través de la Press Complaints Commission, que, en teoría, debería atender las quejas del público contra tropelías de la prensa.

Debates públicos como los que vivimos a raíz del caso deNews of the World nos dan una buena oportunidad para reflexionar. Más regulación –externa o interna a la profesión– no hará más decente al periodismo, si los propios periodistas no tienen una exigencia ética más elevada, que no se reduce solo a no utilizar medios ilegales.

Junto a la existencia de normas jurídicas es preciso empeñarse en la formación de los futuros periodistas, impartiendo seriamente la ética profesional y el Derecho de la Información en las facultades. Forjar buenos profesionales con conciencia ética capaces de sobreponerse a las malas prácticas, generar una cultura de buen periodismo y llegar a dirigir los medios e incluso –por qué no– a gestionarlos. Una empresa periodística es una empresa muy particular. De la calidad de su producto depende la libertad de su destinatario y su capacidad de decidir política, social y personalmente.

Y, junto a esto, hay que colocar en el verdadero lugar al destinatario de la información, a los lectores, a las audiencias. El fortalecimiento de instancias intermedias como las asociaciones de oyentes, telespectadores y consumidores de la televisión es vital para exigir a los medios una comunicación de calidad y acorde con la madurez del público, en especial el infantil.

Todo lo que se genere en esta línea: sellos de calidad, premios a los mejores programas y profesionales, foros de debate, etc., contribuye a mostrar a directivos y empresarios preocupados por la cuenta de resultados que lo bueno vende.

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Metaopinión

22 Jul

Ahora que vamos deprisa, cuesta abajo y sin frenos, ahora que estamos tan indignados con el sistema, el gobierno o la mismísima indignación, ahora que todo nos importa un pepino de Almería –lo que significa muchísimo–, vamos a no contar mentiras ni tópicos.

Una columna bimestral no se debe escribir sobre lo recurrente ni sobre lo anecdótico; sobre la política concreta ni sobre la ética universal; sobre lo contingente ni sobre lo necesario, sobre las memorias personales ni sobre las desmemorias colectivas. Si, además, se publica en una revista universitaria y cultural y sus destinatarios no se limitan a vivir en España sino que se esparcen por todo el mundo, la cosa se complica. Tanto que un columnista poco avezado puede pasarse días con el síndrome de la hoja en blanco, o peor, con el síndrome de la mente en blanco. Intenta escribir sobre la política pero descubre que no tiene nada nuevo que criticar o no es oportuno hacerlo; sobre las catástrofes naturales y no tiene nada que resolver; sobre alguna anécdota personal y no tiene nada que aportar. Y así, en medio del pánico escriturístico, acaba por dedicar su columna a la columna de opinión, convenciéndose de que es un tema.

Para escribir una columna de opinión, hay que saber escoger una materia prima lo suficientemente fresca que no caduque cuando llegue al último suscriptor, pero no tanto que no madure y resulte insípida o indigesta. Se trata de buscar una cuestión que despierte, por su familiaridad, la empatía del destinatario, pero a la que una buena cocina de autor le otorgue un sabor original que avive su interés. Para ahondar en la incoherencia, añadiré que puede escogerse un acontecimiento que perdure en el tiempo lo suficiente para crear un estado de opinión, o una temática de opinión que tenga su pulso vital, de manera que el resultado sea un trasunto de la vida misma o parte de ella.

El columnismo es un arte que convierte su lectura en un descubrimiento o una anticipación gozosa de lo que el lector hubiera dicho si hubiera tenido virtuosismo y un espacio donde mostrarlo. Esta circunstancia hace que el firmante se convierta en alguien cercano con el que buscar periódicamente la ratificación de lo intuido.

Luego está el tono. La columna puede versar sobre política, sociedad, cultura, pero tiene que ser necesariamente breve, estética y práctica. Están proscritas la obviedad, el teoricismo, la vacuidad, la pesadez, la pedantería, el narcisismo y la sensiblería. Exactamente lo contrario de este ejercicio de pseudocolumnismo.

Común a todas las columnas cualquiera que sea el medio, es el humor, la huída de enfoques agoreros y apocalípticos. Para eso ya están las últimas hojas de los periódicos. El trazo curvilíneo de una buena columna permanece en el aire como la sonrisa del gato de Alicia, y se expande en un boca a boca, bit a bit, o tuit a tuit, que resume la pregunta de siglos de escritura, lectura y difusión: ¿Has leído lo que dice hoy fulano?

No hay arma más letal contra la rutina, el cansancio, el apoltronamiento y el aprovechamiento de los poderosos. El humor, en cualquiera de sus variantes, derriba muros con más eficacia que el mortero. Las buenas columnas de opinión, lo más leído de la prensa después de la portada, la contraportada y las esquelas, despiertan, al menos, alguna de las manifestaciones del humor: la sonrisa, la ironía, la carcajada, la mordacidad no demasiado mordiente o el sarcasmo no demasiado corrosivo. Por eso hay gente que empieza a leer los periódicos por detrás. Para quedarse con buen sabor de boca, para vivir su vida al revés, de manera que empiece por el rigor de la muerte y acabe por la risa que da ese “jaimitismo” un poco desvergonzado y travieso de los chistes y las columnas de opinión. Me temo que esto tiene poca base científica pero apunto la hipótesis para los estudiosos.

Hasta aquí la metacolumna. Si no vale para representar al género, quizá sea útil a los alumnos como material de redacción periodística y como ejemplo práctico de lo que no se debe hacer.

Última columna que he publicado en la revista Nuestro Tiempo.


La segunda corná

24 May

Vivimos una realidad tan aparente, tan cinematográfica, tan espectacularizada, hemos convertido en show tantas veces la vida íntima y privada, propia y ajena, estamos tan saturados de violencia real y ficticia, que ante una tragedia pública no nos planteamos la compasión. Hemos perdido la capacidad de hilar fino.

¿Todo suceso público es publicable? Casi todos los medios abrieron el sábado con la imagen escalofriante, dramática, sobrecogedora de la cogida del torero Julio Aparicio. Las televisiones después de apercibir paternalmente a los telespectadores; los periódicos, sin compasión, asestando la corná al lector en pleno desayuno de sábado y dejándolo para el arrastre toda la mañana.

Hería la sensibilidad, desde luego. Pero sobre todo no la del lector, ni la del espectador, sino la del torero y su familia. “Que no repitan más por televisión las imágenes de la cogida, por favor”, pedía el padre y también torero. Y le faltaba añadir: “que con una cornada ya tenemos de sobra”.

Parece un milagro que el diestro esté fuera de peligro. Me alegro pero eso no me alivia en lo más íntimo. Lo que está en peligro es la maestría de quienes lidian en la arena mediática. ¿Hay límites para informar de un hecho público? ¿y si los hay dónde se encuentran?

En su día me enseñaron que todo hecho público es publicable siempre que tenga interés informativo, no ponga en peligro el bien común ni la paz social, y respete la dignidad de las personas. Según las combinaciones, permutaciones y variaciones de estos elementos, lo profesional será informar, no informar, no informar ahora pero informar en el momento oportuno, informar con la palabra pero no con la imagen, informar con ambas pero cuidar el tamaño de la fotografía o el encuadre de la toma televisiva. Salvando las distancias, ya pasó con el atentado terrorista de Irene Villa.

La imagen de la corná de Julio Aparicio hace daño al torero, a su familia y a la sociedad. Y también al arte de la lidia, porque refuerza la tesis antitaurina en su doble vertiente: que el espectáculo es salvaje y ancestral y que del toro no se apiada nadie.

Al fin la máquina sirve al hombre. Hay objetivos de cámara compasivos y objetivos inmisericordes. Estos son los que despiertan en el lector o en el telespectador sentimientos de morbosidad o repulsión, que, al cabo, los alejan de lo importante: la tragedia humana que pretenden mostrar. Sucede cuando la realidad remite a la ficción, cuando uno piensa que la desgracia que ve parece una secuencia gore y la víctima, de mentirijillas.

Si no somos capaces de transmitir la realidad y de generar los sentimientos adecuados en el público es que los periodistas hemos perdido casta y trapío.

Lipdub en mi Facultad

23 Feb

Perdonadme esta expansión: un original paseo por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. Sé que no es el primer lipdub que se hace pero es el de mi facultad.

Y para los muy forofos, el making off:

A ponerse los zapatos

18 Feb

En Periodismo práctico, de Arcadi Espada, esta respuesta a mi desasosiego de ayer, de hoy, de siempre, condensado –sin yo saberlo- en la pregunta “¿Qué hacer antes de partir a Sajalín?”.

Glosa la enseñanza de Unos buenos zapatos y un cuaderno de viaje, recopilación de Piero Brunello sobre fragmentos y notas de La Isla de Sajalín, libro denuncia de Chéjov sobre las deportaciones del zar en el extremo occidental de Siberia, tesis fallida, objeto de censura pero primer reportaje sobre una colonia penal.

“En este reportaje chejoviano tan grande y tan poco conocido se encuentra la clave de la perfección de sus dramas y de sus cuentos”, dice Espada en algún otro lugar.

Y esta frase da la fórmula de la piedra filosofal capaz de transmutar periodismo en literatura a la que me agarro con todas mis fuerzas haciendo el propósito de leerlos a los dos, a Brunelli y a Chéjov.

“Los zapatos. La necesidad de partir con unos buenos zapatos. Y no esos de fieltro que, empapados se mueven como lo hiciera una gelatina”. ¿Qué es un reportaje? Unos zapatos. Nada de las crepusculares consejas (¡santo súbito!) de Kapus: sé un buen niño y verás qué bien que escribes. Hay que partir. A la isla de Sajalín, por ejemplo. Pero tampoco es necesario ir lejos. Basta con que sea necesario ponerte unos zapatos. Ese movimiento. El gesto de trasladarse y de llegar a un lugar donde hay un orden que se desconoce. Y los preparativos. La lectura, principalísimo, las buenas compañías de otros que fueron. Los hechos, sobre todas las lecturas. Le dice Chéjov a su editor: “Hablando en general, en nuestra dilecta patria hay una grandísima pobreza de hechos y una gran riqueza de razonamientos de todo tipo”. Chéjov antes de Google: “Sin moverme de casa leo cuánto costaba una tonelada de carbón de Sajalín en 1863 y cuánto cuesta el de Shanghái, me informo de esas grande extensiones, de los vientos del noroeste, sudoeste y nordeste que soplarán sobre mí cuando esté meditando sobre mi mareo, cerca de las costas de Sajalín. Leo noticias del suelo, el subsuelo, de la arcilla arenosa y de la arena arcillosa”. Ah, ah, esas maniobras iniciáticas, ese ojeo del orden. Se me hace la boca agua. Y la llegada a Sajalín. A cualquier Sajalín. Y la confusión angustiosa de las primeras noches. Y los primeros desciframientos. Y la toma de confianza con los hombres. Y el establecimiento y deducción de las primeras mentiras. Y los hechos inesperados que cambian el rumbo de la escritura o de la vida. Descritos parcialmente (porque hay algo más y más profundo), en la cita de Claude Bernard que abre el libro: “En el reino de la ciencia, por decirlo así, no se sigue un rumbo definido, y aparece detrás lo que casualmente podría presentarse delante”. Unos buenos zapatos. No hay escritura sin descubrimiento. Sajalín, Sajalín. Hay estafas, tipo Sebald, que, a pesar de las apariencias, no se pusieron nunca los zapatos. Intuían que la clave de la literatura estaba en esa operación, pero por razones oscuras fueron incapaces de hacer el gesto. Para sobrevivir inventaron el descubrimiento. La diferencia entre descubrir la Atlántida y descubrir América. Sajalín es el reportaje por otra razón. Se interrumpe. No tiene la desmayada estructura habitual, fade in, fade out. Unos zapatos y quitárselos”.

 

                       Arcadi Espada, Periodismo práctico.

 

ERE que ERE

27 Nov

kiosko1 

La OJD publicaba hace unos días los datos de difusión de la prensa española y los distintos periódicos se justificaban en sentido bíblico.

Como siempre salen aprobados: ABC, por el aumento total de un 10,9 por ciento respecto al año pasado; EL PAÍS, por seguir siendo líder absoluto de la prensa española de pago pese a una leve subida del 0,1% en los últimos diez meses. Y El Mundo, entre otros, porque, no pudiendo presumir de incremento en el formato tradicional, nos despliega todos sus encantos digitales.

Cuando hago notar a X el aumento en la difusión de ABC, me contesta: “No te dejes engañar. El OJD que sube es el de la venta en bloque. Los quioscos han bajado”.  

Ya lo creo que han bajado: ¡Seis metros! Que le pregunten al quiosquero de los jardines del Cristina y a su mujer. Ayer la obra del metro succionó un puesto de periódicos. Todo un símbolo del estado de la venta directa en la prensa española.    

Dice X -que de esto sabe un rato-, que el futuro está en Internet. Yo también lo creo, y así lo recogí hace unos días en un análisis sobre la mediamorfosis publicado en Aceprensa (es para suscriptores pero otros medios lo recogen). Cierres de periódicos en todo el mundo, Expedientes de Regulación de Empleo ERE que ERE, despidos a mansalva -tanto da-, mejor si es de profesionales valiosos, migraciones masivas a internet, pintan un panorama apocalíptico.

Hace unos días, Rupert Murdoch, el magnate de la prensa, decía: «nuestro negocio real no es imprimir sobre árboles muertos, es dar a nuestros lectores gran periodismo y grandes valoraciones». 

Así pues, el periodismo no ha muerto pero su modelo de negocio está ante una disyuntiva: reinventarse o morir.

¿Periodista o escritora?

24 Jun

San Juan Bautista fue periodista nonnato. Ya desde el seno materno destapó la primicia, precoz el chaval. No sé porqué el Precursor no es patrono de la profesión y en cambio lo es de pajareros, cuchilleros, epilépticos, cartujos, impresores y sastres. Lo de los sastres será por aquello de las pieles de camello, pero hay que reconocer que viene un poco forzado el patronazgo.

 

Anacó me nombra en su blog y me asesta una puñalada metafísica: ¿Bastiscafo es escritora porque es periodista o es periodista porque es escritora? Me pilló en un momento bajo y ahora le respondo no sin antes acogerme a la protección de San Juan Bautista por si perezco desangrada por la pregunta.

 

A Batiscafo siempre le gustó escribir, su asignatura preferida era la Literatura y amó cuanto ella pueda tener de hospitalario. Odiaba la sintaxis pero no la morfología: PeTaKa, BoDeGa… En su adolescencia se embebió de Bécquer, Machado y Salinas y garabateó sus primeros poemas bajo el don de la ebriedad. Prometió que orientaría su futuro y sus mejores energías hacia la noble tarea de escribir.

 

Al acabar bachillerato dudó entre Periodismo o Filología pero la mala relación con la lingüística y la perspectiva de volver a pisar un colegio, aun en calidad docente, la disuadieron. Por aquel entonces era tímida –más que ahora-, le aburría leer la prensa, perdía el hilo en las noticias de la radio y desconectaba de los informativos televisivos, pero encaminó sus pasos hacia el Periodismo por no perder su afición a las letras.

 

Pasó la carrera escribiendo poemas y cuentos, víctima de un rapto inspirador. Pensó seriamente en mudar sus estudios y estuvo tentada de cursar un doctorado en Humanidades y de quedarse en la Universidad como ayudante de Literatura, pero ejerció el Periodismo y descubrió que le gustaba la vida de la redacción, el contacto con la gente, los reportajes y las entrevistas, el vértigo de la actualidad, la magia del micrófono…

 

La lectura en diagonal y la escritura rápida le contagiaron lo que llamó “alergia a la letra impresa”, no conseguía terminar los libros, perdió la capacidad de versificar y de imaginar mundos ficticios, pero no se curó de la melancolía. Hace unos años destapó la caja de flores, repasó condescendiente aquellos garabatos ingenuos y pretenciosos, abrió un blog y regresó a los palotes en versión cibernética.

 

¿Es escritora porque es periodista o es periodista porque es escritora? Batiscafo sufre de vértigos y espasmos ante cada espacio en blanco -San Juan Bautista…-. Siente la urgencia de escribir pero rara vez tiene raptos de inspiración. Si el texto es periodístico el oficio la sostiene pero si es literario no pasa de sugerentes imágenes.

 

Batiscafo no piensa que sea ni periodista ni escritora sino escribiente. Aun así, no se rinde.