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La desesperación como vacuna

12 Jun

La visión que Georges Bernanos nos dejó de los años cincuenta adquiere consistencia de pedernal en nuestros días según el principio de Paneque “cualquier situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar”.

“La desgracia mayor del mundo, en el momento en que hablo, es que nunca ha sido tan difícil como ahora distinguir entre los constructores y los destructores, porque nunca la barbarie ha tenido unos medios tan poderosos para abusar de las decepciones y de las esperanzas de una sociedad ensangrentada, que duda de sí misma y de su futuro. Nunca el mal ha tenido una ocasión tan propicia para fingir que lo que hace son las obras del bien. Nunca el diablo ha merecido tanto el nombre que ya le daba San Jerónimo, el de mono imitador de Dios”.

Y para ponerme a salvo de las acusaciones de aguafiestas, pesimista y decadente me agarro al realismo ardiente de este clavo:

“El optimismo es un sucedáneo de la esperanza que se puede encontrar fácilmente en cualquier parte, incluso, por ejemplo, en el fondo de una botella. La esperanza, en cambio, se conquista. No se llega a la esperanza sino a través de la verdad, al precio de grandes esfuerzos y de larga paciencia. Para encontrar la esperanza, hay que estar más allá de la desesperación. Cuando se va a hasta el final de la noche, uno se encuentra con un nuevo alborear. La forma más alta de la esperanza es la desesperación superada”.

 La libertad, ¿para qué? Georges Bernanos

Quizá, parte del problema de nuestra sociedad es que peca de optimismo mórbido, ateroesclerótico y hemipléjico y necesita que le inoculemos la dosis justa de desesperación desactivada para enfrentarse al futuro con coraje.

La edad perfecta

26 Ene

La edad perfecta de la poesía es la infancia. Quizá ser poeta consista en mantener la mirada líquida y permeable a esas evidencias en las que nadie repara y ser capaz de transformarlas en canto.

Contaba Joan Miró que durante una de sus exposiciones, una señora comentó desdeñosa que aquellos cuadros los hubiera pintado mejor su hijo más pequeño. El artista-niño, que oyó el cumplido le dijo: “Su hijo sí, señora, de eso no tengo la menor duda”.

Los cuadros de Miró siempre me producen una sensación prenatal de seguridad. Allí reina un silencio mullido y amniótico donde las estrellas, líneas y puntos flotan ingrávidos y ligeramente errantes.

Es posible que sea esa regresión al vientre materno la que haga del agua uno de los elementos más valioso para el niño, o quizá sea la luna la que ejerza esa atracción, arrastrando al niño junto con las mareas, como las embarazadas y los locos. A fin de cuentas, qué es el hombre sino un bautismo de agua, carne y espíritu.

De niña pasaba las horas observando las veleidades del líquido elemento. Agua inmóvil en la pileta, rota por la caída libre de un goterón que se abre generoso y expansivo como un atleta; agua urbana de los charcos, sorprendida en pleno hurto de un pedazo de cielo; agua contante y sonante en los ríos y en el mar omnipresente de mi infancia.

Pero lo que más me gustaba era ver el parto de la gota. Encerrada en la soledad del baño me asomaba de puntillas al lavabo y abría el grifo. No era fácil dar con la presión exacta. Si lo abrías demasiado, las gotas salían como escolares en fila o en tropel de recreo. Pero con un poco de paciencia se producía el milagro: la gotita, individual y única, asomaba tímida y cristalina por el borde y se iba preñando poquito a poco por dentro, como un fruto en su árbol, hasta que ya no aguantaba más y rodaba madura hasta el sumidero.

Lo del sumidero tenía su emoción también: quitar el tapón de la bañera y ver en vivo y en directo aquel maremoto doméstico tragándose el agua y todo lo que encontrara a su paso. Una tentación irresistible entonces era meter el dedo en el ojo vacío, inmóvil y perfecto de aquel tornado a pequeña escala.

Y contemplar los cristales en los días de lluvia como rostro de mujer llorosa, como ciudades llenas de historias tristes y alegres que se encuentran, chocan y confluyen.

En aquella pizarra transparente sí que se aprendían lecciones de geografía y humanismo. Había gotas egoístas y anárquicas, que no se juntaban con nadie por temor a encauzarse y que avanzaban lentas por un camino corto y estéril; ejércitos de agua que caían a traición y sin piedad en zafarrancho de combate; y gotas solidarias que sumaban su experiencia a la de las demás hasta abrir un surco fecundo por el que pasaban todas cantando con Bernanos: “Si Dios nos diera una idea clara de la solidaridad que nos liga a unos con otros, en el bien y en el mal, dejaríamos de vivir”. Me gustaba acompañar con el dedo su tortuoso recorrido por el cristal y despedirlas con sensación de happy end.

(P.D.: me sacude esta mañana el adiós repentino de una persona querida. Su vida fue como la de las gotas solidarias. Se nos fue haciendo cada vez más niña hasta alcanzar la edad perfecta y llegó al mar sin que nos diéramos cuenta, como los ríos de Manrique).

Quasi modo geniti infantes

22 Ene

Sigo mostrando “hallazgos” de mis incursiones submarinas. Ya vendrán tiempos de más creatividad:

“Un chiquillo tiene penas como todo el mundo y se halla además completamente desarmado contra el dolor y la enfermedad. La infacia y la extrema vejez deberían ser las dos grandes pruebas del hombre. Pero el niño extrae humildemente el principio mismo de su alegría del sentimiento de su propia impotencia. Confía en su madre, ¿comprende? Presente, pasado, futuro, toda su vida, la vida entera, se encierra en una sola mirada y esa mirada es una sonrisa”.

George Bernanos. Diario de un cura rural.

Tanquam leo rugiens

21 Dic

“Perteneces a una raza de hombres a la que la injusticia olfatea de lejos, a la que espía pacientemente (…). No es necesario que te dejes devorar. Sobre todo, no creas que la harás retroceder, clavándole la mirada como un domador. No podrás escapar a su fascinación, a su vértigo. No la mires más que el tiempo justo y no lo hagas nunca sin rezar”.

 

Georges Bernanos. “Diario de un cura rural”.