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Cuaresma

17 Feb

Mal comienzo de Cuaresma. Me he quedado dormida.

Intento justificarlo relacionando lo echa polvo que llegué anoche de una cena coloquio sobre Tercer Feminismo en casa de M.E. con el “pulvis sumus” de este día, pero no casa.

Luego de una frugal colación, voy a Misa. Me descubro dándole vueltas a la estrategia que seguiré para impedir que el cura me deje tiznada la frente, porque no quiero ir marcada hasta el trabajo. Me reconvengo mi frivolidad y mi respeto humano.

No me libro. Por más que inclino la cabeza, el sacerdote me alcanza y deja una estrella gris sobre mis ojos que parece el negativo de la señal que Dios dejó en la testa de Caín.

Al llegar al banco me sacudo disimuladamente con ademán de recogimiento. Me asalta de nuevo la autocrítica: hipócrita.

Menos mal que el Evangelio, con la exigencia de Jesús a los que ayunan de perfumar la cabeza y lavar la cara, me absuelve de esta pequeña vanidad femenina.

Setenta veces siete

26 Feb

“Para poder querer a alguien es necesario antes haberle perdonado”.

Rechazo la afirmación con un golpe de intuición: “Sin amor es imposible un perdón sincero”.

La réplica viene agria: “No, primero es el perdón y luego el amor. Y dejemos las disquisiciones teológicas para otro momento”.

“Está bien”, hago como aquel del chiste: -¿Qué gordo estás, Fulano? -Sí, ya ves, es de no discutir. -¡Anda ya, cómo va a ser de eso! -Ah, pues no será.  

Me callo por dos motivos fundamentales: porque no siempre el presente es el mejor momento para decir lo que uno piensa por nítido que le parezca –lo tengo bien experimentado- y porque el desplante me da la ocasión de ejemplificar con hechos lo que trato de explicar con palabras.  

Pero la pregunta sobre qué fue antes si el huevo y la gallina planea sobre mi conciencia hasta que Mateo 18,21-35 sale a mi encuentro esta mañana temprano. El número del perdón no es 1, ni 2, ni 3, el número del perdón es setenta veces siete y eso no es una cuestión cerebral, de rompecocos. 

Sólo el amor es capaz de hacer tan rematadamente mal las cuentas. Sólo la misericordia infinita que clama clavada en una cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.  

La discusión abortada es un problema de temporalidad, de saber si estamos hablando en clave de Antiguo o de Nuevo Testamento. Como éste es mi lugar favorito para las disquisiciones teológicas, abundaré en la cuestión lo que no pude en su momento, y no por revancha.

Los antecesores de Cristo no podían entenderle. Su vara de medir era la justicia tanto para el castigo como para el perdón, y eso ya era un avance sobre sus contemporáneos: 1×1, 2×2, matemática pura. Pero el corazón de Cristo tiene una capacidad infinita de albergar las miserias del prójimo. Por eso puede perdonar setenta veces siete y las que haga falta. Sin amar no es posible perdonar indefinidamente, y un perdón sin totalidad no es perdón. 

Seguramente quien ayer decía la frase inicial no pensaba en clave veterotestamentaria, pero me preocupa ligeramente porque denota cierta superficialidad de prontuario. En cuestiones humanas, casi siempre, la línea más compleja para llegar a la meta es la línea recta y la fórmula para que no cuadren los resultados 2+2=4.  

Hay cuestiones que no se resuelven con un acto del intelecto ni de la voluntad, sino que requieren un golpe de gracia al que obviamente deberán responder las potencias humanas. San Josemaría Escrivá añade una clave: “Yo no he necesitado aprender a perdonar porque el Señor me ha enseñado a querer”.  

O sea, que antes del huevo fue la gallina. Pero en esa cita mencionada hay algo implícito. Antes de la gallina fue Dios, que hizo la gallina y que la hizo capaz de poner huevos. El ejemplo es chusco pero útil. El camino no es perdonar para querer, ni siquiera querer para perdonar. Antes es preciso saberse uno querido absolutamente y perdonado de una deuda insaldable, como el empleado de la parábola, para luego encontrar las fuerzas para querer y perdonar, hasta setenta veces siete si fuera necesario.

Elegía a un galgo

18 Feb

Ocurrió ayer diez metros antes de llegar a la curva más peligrosa de la autovía. Venía de casa de mis padres y el trayecto, a buena velocidad y sin tráfico, no dura más de siete minutos.

De pronto algo -un cartón pensé- impactó en mi coche después de chocar contra otro vehículo que circulaba en el carril contiguo. Un segundo antes distinguí que era un perro.

La curva se cerraba frente a mí y al instante supe que sólo me quedaba agarrar el volante y no aminorar ni acelerar la marcha: hacer como si aquello me fuera ajeno, como si no me importara una mierda atropellar a un perro. En esos segundos larguísimos noté el golpe delante, sentí su cuerpo bajo las ruedas y lo oí aullar de dolor, mientras yo miraba al frente impávida.

Antes de girar el volante y perder de vista la carretera tuve la necesidad de rendirle, desde el retrovisor, el tributo de una mirada compasiva. Me preparé para ver al animal aplastado contra el suelo, pero vi con alivio que salía como una exhalación hacia el talud, cojeando asustado.

Supongo que le partí una pata o varias. Ya en la avenida de acceso a la ciudad, me invadió una congoja enorme y necesité soltar a hipidos toda aquella lástima que sentía: por mi indiferencia impostada, por tener que elegir entre él o yo, porque me tocara a mí atropellarlo, por no poder parar, porque otros, en circunstancias similares se han matado, y porque, al fin, aquel perro con el que crucé por un instante una mirada noble y tristísima era un galgo, un perro destinado a las carreras y a la caza, con frecuencia abandonado y vejado cruelmente por los hombres. Y tuvo la mala fortuna de cruzarse en mi camino. 

Las colas de la indigencia

16 May

San Isidro, laborable por estos pagos como está mandado, trajo consigo algunas tareas de campo en mi Jardín de los Árboles Imperfectos que, por contar con un melocotonero, varios cítricos, un ciruelo estéril y un níspero lobectomizado, tiene también su dimensión hortícola.

En estos últimos meses L. se había entregado afanosamente a la poda severa –según definición textual del jardinero- y quedaban por las esquinas montones ingentes de ramas que hubo que sacar ayer a brazadas desde el jardín posterior hasta la entrada de la casa, donde esperaba el camión, previa travesía por el tortuoso pasillo.

Horas después, leyendo a Trapiello, me sorprendió la coincidencia con el día del santo patrón de los agricultores. La cosa decía en sí:

“Los trabajos manuales le sedan a uno y le impiden que circulen y serpeen por la imaginación los pensamientos ociosos, la sinuosa melancolía, las colas de su indigencia”.

Es cierto que los restos de ramaje barrían los restos de mi propia indigencia y agradecí el ejercicio físico, aunque bien me hubiera gustado que, como a San Isidro, el Cielo nos asistiera milagrosamente con el transporte de la maleza, o, en su defecto, los operarios del camión de jardinería contratado al efecto, que para eso se supone que están. Aunque, de alguna manera nos debió de venir la fuerza de lo alto porque en sólo dos horas terminamos la operación.

La lectura del último tomo de los diarios de Trapiello continuó echando sus raíces en este día en que rememoraba mi fructuosa etapa de periodista de pueblo en Gibraleón –cuando Gibraleón salía en los periódicos por algo más que por sus cuitas transfuguistas-, con su romería a San Isidro, sus tiradas al patrón, y sus gentes afables y sencillas:

“Cortar un árbol, sabiéndolo seco, le llena a uno de tristeza siempre. Se ve que uno tiene un fondo iluso, porque piensa: ¿y si brotara? Y sin embargo… el trabajo era tan duro que acabó distrayéndonos a los dos. Olvidamos que estábamos cortando un árbol para pensar que en realidad estábamos haciendo leña que nos dará buenos fuegos en la chimenea”.

Esto me hace sentir aún más lástima por la sentencia inminente del níspero ya demediado, mediante inyección salina, según E., ingeniera agrónoma, por el único delito de dejar caer sus ramas cargadas de frutos sobre un ridículo limonero sin limones y alfombrar de hojas el fondo de la piscina.

A mí, que la imperfección de estos árboles tan humanos me consuela por su capacidad de despertar paciencia y misericordia y de acoger a cientos de pájaros para los que la perfección poco importa, todo esto me trae ecos evangélicos: “Señor, déjala todavía este año; removeré la tierra y le echaré abono, a ver si comienza a dar fruto; si no lo da, entonces la cortarás”.

Y me digo también con San Lucas que “si al árbol verde –y fértil- le tratan de esta manera, ¿en el seco qué se hará?”.

Miserere mei, miserere.

Salmo de la imperfección

7 May

Reúne, Señor, los miembros de este cuerpo y restaña sus junturas. Que te aplaudan de nuevo mis huesos y se vistan de tendones y músculos poderosos.   

Sé que todos son necesarios pero ignoro el orden y sentido exactos y carezco del poder de tu aliento.  

Esperaré tu golpe de gracia, como el mirlo herido que aguardaba el veredicto de muerte o salvación en la diáfana soledad de mi patio.  

Hoy me dispongo a dar sepultura a su cadáver temprano y sólo encuentro un rastro de sangre seca y victoriosa.   

Silbos risueños se alzan sobre la algarabía de gorjeos en el jardín de los árboles imperfectos. Sombras felices se andan por las ramas de los famélicos chopos, picotean los frutos del níspero mutilado, aspiran el aroma de la flor inaccesible del magnolio.  

El mirlo, con su plumaje ensangrentado, fabrica jubiloso su nido en la hojarasca púrpura de un ciruelo estéril. 

 

“Paulo Apostolo Mart”

25 Ene

San Pablo Extramuros me acoge en su cuadripórtico. La basílica apenas constantina alza su fachada y me cubre con su sombra un poco menos poderosa que la sombra curativa de San Pedro.

Bajo el altar mayor descansa el sarcófago de Paulo de Tarso recién autentificado por la Iglesia. Muchos siglos han pasado desde que el último peregrino rozó con fe sus reliquias para obtener el milagro. Hoy desciendo por el húmedo corredor para estrenar con mi mano el agujero de la losa del sepulcro.

“Paulo Apostolo Mart”. Pablo apóstol y mártir. Pero también Pablo fariseo, helenista y romano; Pablo perseguidor despiadado y celoso; Pablo derribado y ciego; Pablo viajero y predicador; Pablo desdichado y encadenado a sus miserias.

Pablo, al fin, columna de la Iglesia. Extraño gusto el de Dios. A mí también me atraen los santos defectuosos.

“Tengo en mí esta ley: que, queriendo hacer el bien, es el mal el que se me apega; porque me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado, que está en mis miembros. ¡Desdichado de mí!, ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rom 7, 14-15. 17-24).

Sería más fácil no andar atrapado entre el yo racionalista, voluntarista y sentimental. No estar sujeto al tiempo y al espacio. Determinar la voluntad por siempre. Sería más fácil ser ángel.

A través del tiempo me llega la sentencia de Nerón y el rumor del agua de Tre Fontana trae las palabras de Cristo Dios y Hombre verdadero susurradas a Pablo: “Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (2Co 12, 9)

Poco antes de rodar la cabeza, aún tengo tiempo de escuchar el eco del testamento del apóstol de las gentes: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” (II Timoteo 4,7).

El regreso del hijo pródigo

23 Ene

Vuelvo al claroscuro de Rembrandt en estos días. En particular al cuadro “El regreso del hijo pródigo” que descansa en el Hermitage y que tan bien glosó Henry Nowmen en la reflexión contemplativa que lleva ese mismo título.

Recomiendo volver a él para profundizar en conceptos tan humanos como el pecado, la culpa y la redención. Como recomiendo volver a Dostoievski, Tolstoi, Evelyn Waugh o Sigrid Undset, y, por supuesto, al Evangelio y a los salmos del rey David, según venimos hablando en la “blogstelación” durante los últimos días.

De alguna manera todos adoptamos a lo largo de nuestra vida el papel del hijo pródigo y del hermano mayor. Incluso puede suceder que el hermano mayor, rencoroso y rebelde ante los excesos del pequeño, pida la parte de la herencia que le corresponde y abandone el hogar paterno. Todo es posible. Pero nuestro reto final es llegar a ser el padre.

Así lo descubre Henry Nouwen, después de reconocer facetas y aspectos de su vida propios de los dos hermanos:

“Todavía, después de una larga vida como hijo, tengo la completa seguridad de que la verdadera vocación es la de llegar a ser un padre que sólo bendice en una compasión sin límites, sin preguntar nada, siempre dando y perdonando, sin esperar nunca nada (…)

Nuestra comunidad está llena de hijos caprichosos y rencorosos, y estar rodeado de iguales da un sentimiento de solidaridad. Así, cuanto más formo parte de la comunidad, más queda demostrado que esa solidaridad es sólo una estación en el camino hacia un destino mucho más solitario: la soledad del Padre, la soledad de Dios, la soledad última de la misericordia. A la comunidad no le hace falta otro hijo menor o mayor, sino un padre que viva con las manos abiertas, siempre deseoso de apoyarlas sobre los hombros de sus hijos recién llegados. Todo en mí se resiste a esa vocación. Sigo inclinándome por el hijo que hay en mí. (…)

Veo mi vocación de padre con toda claridad al mismo tiempo que me parece imposible seguir esa vocación. No quiero quedarme en casa mientras todos se marchan, llevados por sus deseos o por su ira. ¡Yo siento los mismos impulsos y quiero correr como los demás! ¿Pero quién estará en casa cuando vuelvan, cansados, exhaustos, inquietos, desilusionados, culpables o avergonzados? ¿Quién les convencerá de que después de todo lo dicho y hecho, hay un lugar seguro donde ir y donde ser abrazados? Si no soy yo, ¿quién será el que permanezca en casa? La alegría de la paternidad es muy diferente del placer del hijo caprichoso. Es una alegría que va más allá del rechazo y de la soledad; sí, más allá de la afirmación y de la comunidad. Es la alegría de una paternidad que toma su nombre del Padre celestial (Ef 3,14) y participa de su soledad divina (…)

No me sorprende que pocas personas reclamen para sí la paternidad. El dolor es tan evidente, las alegrías están tan escondidas. Pero no reclamándola, eludo mi responsabilidad de ser una persona espiritualmente adulta. Sí, traiciono mi vocación. ¡Nada menos que eso! (…)

Rembrandt retrata al padre como el hombre que ha transcendido los caminos de sus hijos. Su soledad y su ira podían haber estado allí, pero han sido transformadas por el sufrimiento y las lágrimas. Su soledad se ha convertido en una soledad infinita, su ira se ha convertido en una gratitud sin fronteras. Éste es en quien debo convertirme. Lo veo tan claro como veo la inmensa belleza del vacío y de la misericordia del padre. ¿Seré capaz de dejar al hijo menor y al hijo mayor que crezcan y lleguen a la madurez del padre misericordioso?”.

Gran pregunta de la que depende nada más y nada menos que la felicidad. Ahí están Nouwen, Raskalnikov, Ana Karenina, Julia Marchmain o Cristina de Lavrans como modelos. Es la libertad. Hagan juego.