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Señor del Mundo

5 Ago

Cuando John Henry Newman murió, Robert Hugh Benson tenía sólo diecinueve años y no podía sospechar que su biografía correría paralela a la del cardenal converso.

Fue pastor anglicano y capellán católico de Cambridge tras su profesión de fe en 1903. Escribió más de una cuarentena de libros, entre ellos Confesiones de un converso que recuerda a Apología pro vita sua de Newman. Murió tan joven y tan católico que el resplandor de su vida nos llega ahora a años luz, cuando algunas buenas editoriales se empeñan en rescatar del olvido sus obras.

Estos días acabo de leer, Señor del mundo, novela distópica que pone los pelos de punta por su carácter profético. Escrita en 1908 y ambientada a finales del siglo XX narra la instauración de un humanitarismo mundial de tipo totalitario, liderado por Felsenburgh, un nuevo mesías que se convierte en Presidente de Europa, capaz de reducir el cristianismo a una inocua moral privada.

Sírvanse un aperitivo compuesto por tres platos:

Proemio filosófico del anciano señor Templeton al padre Percy Franklin:

-“Muy sucintamente existen tres fuerzas distintas: el catolicismo, el humanitarismo y las religiones orientales.

Debe usted recordar que el humanitarismo, contrario a las expectativas de todas las personas, va convirtiéndose poco a poco en una auténtica religión, aunque de sesgo contrario a lo sobrenatural. Es el panteísmo. Desarrolla ciertos rituales de corte litúrgico de común acuerdo con la francmasonería. Tiene un credo propio: “Dios es el Hombre” (…). En cierto modo, tiene, por tanto, verdadero alimento que ofrecer a quien tenga anhelos de religión. Idealiza, pero no plantea exigencias de ninguna clase sobre las facultades espirituales del ser humano. Además, puede hacer uso de todas las iglesias, salvo de las nuestras, y de todas las catedrales. Y ahora por fin empieza a fomentar los sentimientos. Enseguida podrá hacer despliegue de sus símbolos y nosotros no podremos. Creo que estará legalmente establecido en un plazo máximo de unos diez años, se lo aseguro”.

Creencias de Oliver Brand, joven parlamentario inglés subyugado por la personalidad de Felsenburgh.

El panteísmo, a su recto entender, sin duda era su creencia; para él, “Dios” era la suma compuesta por toda la vida creada, y la Unidad impersonal era la esencia de Su ser; la competencia, así pues, era la gran herejía que había enfrentado a los hombres y había aplazado el progreso. A su juicio, el progreso consistía precisamente  en la fusión del individuo en la familia, de la familia en el bienestar común de la sociedad, de la sociedad en el continente, y del continente  en el mundo. Por último, el mundo en sí no era, en un momento dado, más que un estado anímico de la vida impersonal. Era, de hecho, la idea católica en su esencia, pero dejando a un lado todo lo sobrenatural, la unión de fortunas terrenales, un abandono completo del individualismo por un lado y de lo sobrenatural por el otro. Era un delito de alta traición apelar del Dios Inmanente al Dios Trascendente; no existía un Dios Trascendente. Dios, en la medida en que era posible conocerlo, era sólo un hombre.

Informe de situación del padre Franklin al Papa:

Movimientos de tal índole no pueden menos de producir hombres, y el hombre de los últimos cambios, de todo ese movimiento, era Julian Felsenburgh. Había forjado una obra que, al margen de Dios, parecía un verdadero milagro. (…) La persecución, dijo, era más o menos inminente.

(…) En tiempos muy lejanos, el ataque de Satán se produjo por le flanco corporal, con látigos, fuego, bestias; en el siglo XVI se produjo por el lado intelectual; en el siglo XX, por los resortes de la vida moral y espiritual. En esos momentos daba en cambio la impresión de que el ataque llegaba por los tres planos al mismo tiempo. Sin embargo, lo que sí debía ser, sin duda, motivo de temor, era la influencia positiva del humanitarismo: sobrevenía, como el reino de Dios, revestido de un gran poder; aplastaba a los imaginativos, a los románticos; asumía, más que afirmar, su propia verdad incontestable; apisonaba y sofocaba, no hería, y ganaba terreno con el estímulo del acero o de la polémica. Parecía abrirse paso de una manera casi objetiva en el mundo interior. Personas que apenas conocían su nombre ya profesaban sus dogmas; los sacerdotes lo habían absorbido, igual que absorbían a Dios en al Comunión. Reseñó los nombres de algunos apóstatas recientes. Los niños bebían su jugo como si fuera el cristianismo mismo. El alma “de naturaleza cristiana” parecía estar convirtiéndose en “el alma de naturaleza infiel”.