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Un mes hace…

2 Sep

…que no escribo en el blog. De ellos, diez por crisis, por falta de liquidez de ideas. Los otros veinte, por exceso de alegría.

Cada vez me cuesta más escribir si estoy triste o preocupada o si estoy contenta y serena lo cual empieza a ser un problema irresoluble, aunque lo bueno de un problema sin solución es que deja de ser automáticamente un problema.

En esta segunda fase de mis vacaciones no me he ido a ningún paraíso, con excepción de una revisita idílica a la arcadia del sur: Lagos, en el Algarve portugués.

A veces el verano perfecto te espera a la vuelta de la esquina, a pocos kilómetros de tu nariz, en ese destino asfáltico de vecindades ruidosas, que brinda arañazos de sueño, calor generoso y escasa soledad.

Pero bastan unas cuantas personas buenas y sencillas, y un chispazo de humor inteligente para hacer único lo cotidiano, original lo evidente, amable lo costoso. Surge la felicidad como el lirio en el estercolero.

Ahora ha llegado septiembre. El mes de los propósitos. El primero, puesto que ya no existe problema: volver a extender mis torpes brochazos de vida en este lienzo virtual.

Prueba de vida

16 Jul

Si todavía alguien se mantiene fiel a este blog, le perdono de corazón la insensatez. Porque su autora es descuidada, irresponsable y un poco ingrata.

¿Qué puedo contar de este silencio sepulcral? En lo que va de verano tengo acumuladas unas vacaciones en el Norte, cerca de Bilbao, donde he dedicado el tiempo libre a resollar por agrestes acantilados,  leer bajo la lluvia, y secarme, por fin, al sol tímido de finales de junio en la playa y en la piscina. Tiempo de pinchos, txacolí, risas y deporte con amigas de distintos lugares. 

Estuve en Cantabria, en Castro Urdiales, el pueblo de mi abuelo materno, paseé por playas y bosques del norte de España y sur de Francia. Hice una visita breve e imprescindible a Pamplona, donde pasé un rato feliz con Anacó, Javier y Sonsoles, primero en NT y luego en el Faustino, el ínclito bar de El Central de la Universidad de Navarra, saboreando mi nº 5, un poco maltrecho esta vez, porque le faltó la chistorra. Y también, en Bilbao, me encontré con Concha, muy amiga mía de la carrera, y su recién estrenado marido.

 Leí bastante en esos días tormentosos. Saldé una deuda de más de quince años al aventurarme con El Señor de los Anillos (si todavía no lo habéis leído no cometáis el error de empezar por El Hobbit), y me lo bebí a grandes tragos y a pequeños sorbos, como una buena cerveza de la Comarca, ilustrando los pasajes con la imaginación y algunos parajes que visitaba.  

Podría ser algún lugar de Minas Tirith pero es parte de la Ruta de los Faros en Santoña, 700 escalones para bajar... ¡y para subir!

Más escalones, esta vez 200, y en San Juan de Gazteluatxe.

Más que una capa élfica, era la caperucita roja, pero sirvió.

Defraudaba un poco el Bosque Pintado. No era Fangorn, desde luego, ni se veía a Bárbol por ninguna parte.

En Biarritz, con Teresa...y la rana Gustavo.

No es Hobbiton, aunque por el tamaño de algunas casitas lo parezca. Es el Puerto Viejo de Algorta, con Concha.

 Otros libros que llevo leídos desde comienzos de junio: El desierto de los Tartaros (Buzzati); Diálogo de carmelitas (Bernanos), La importancia de las cosas (Marta Rivera de la Cruz); Tres rosas amarillas (Carver), Ataduras (Carmen Martín Gaite), El viaje de Jonás (Jiménez Lozano), Me llamo Aram (Saroyan) y Pnin (Navokov). Hoy no opino sobre ellos. Espero hacerlo próximamente en otras entradas más concretas que esta prueba de que sigo viva.

Ya estoy de vuelta, sentada en la mesa de mi despacho. Y se hace raro llegar cuando todo el mundo está a punto de marcharse. 

Afuera sopla tórrido el levante y el sol no da tregua. Siento que tengo la piel y el corazón resecos, aunque en determinados momentos late con pequeñas alegrías que no duran demasiado ni llegan a colmarme: unas compras muy productivas con Adaldrida, conversaciones amistosas, los éxitos futbolísticos del momento. He vuelto de unos días apacibles, llenos, serenos, incluso dichosos, pero estoy cansada, un poco triste por varios pesares y duermo mal.

 Lo único que me conforta, de puro real, este fragmento del final de “El Retorno del Rey”:

 —¿Te duele algo, Frodo? —le preguntó en voz baja Gandalf que cabalgaba junto a él. —Bueno, sí —dijo Frodo—. Es el hombro. Me duele la herida, y me pesa el recuerdo de la oscuridad. Hoy se cumple un año. —¡Ay! —dijo Gandalf—. Ciertas heridas nunca curan del todo. —Temo que la mía sea una de ellas —dijo Frodo—. No hay un verdadero regreso. Aunque vuelva a la Comarca, no me parecerá la misma; porque yo no seré el mismo. Llevo en mí la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga. ¿Dónde encontraré reposo? Gandalf no respondió. Al final del día siguiente el dolor y el desasosiego habían desaparecido, y Frodo estaba contento otra vez, alegre como si no recordase las tinieblas de la víspera. A partir de entonces el viaje prosiguió sin tropiezos, y los días fueron pasando pues cabalgaban sin prisa y a menudo se demoraban en los hermosos bosques, donde las hojas eran rojas y amarillas al sol del otoño.

 En ocasiones a mí también me duele el hombro. Supongo que no se puede esperar otra cosa de la vida.

Los buenos días, a pesar de todo

14 Ene

Con noticias como la de Haití, qué extrañamente ajeno y superficial me resulta el eco de mi voz en el número de enero y febrero de Nuestro Tiempo. Es la dificultad que entrañan las publicaciones de periodicidad dilatada. Me lo comentaba Enrique hace unos días y, esta vez, amigo, lo compruebo. Ni con algo tan insustancial se acierta a veces. 

 

Los buenos días

Hubo una época feliz en que el hombre del tiempo se equivocaba. El día se guardaba el jaque mate de una aguacero sorpresa pero nos dejaba el consuelo de tener a quien echarle la culpa del remojón.

Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la meteorología se ha vuelto una ciencia quasi exacta, y si nos acatarramos o pillamos la gripe A la responsabilidad será nuestra por no consultar el tiempo en los telediarios o en Internet. Sólo yerran los meteorólogos, intencionadamente, por razones vinculadas con el turismo y generalmente en épocas estivales.

A pesar de todo, el conocimiento no nos sirve más que para prevenir y hacerle frente con paraguas, abrigos y bufandas. Nadie, con excepción de los habitantes de Lepe, capaces de encargar nieve -artificial- e incluso de adelantar la entrada del nuevo año, osa alterar el humor de Zeus. Las inclemencias del tiempo son algunos de los pocos privilegios que se reserva la Madre Naturaleza, a la que tan mal tratamos.

Puesto que no nos está permitido cambiar el color de los días, jugamos a cargarlos de moralidad. Los días de enero y febrero son, por percepción universal, malos, feos y tristones. Los peores, según “recordamos” cada año. Un día soleado y cálido, por el contrario, es un buen día, y si es tórrido y refulgente, mejor que bueno.

En lo más crudo del crudo invierno los chopos imploran al cielo con sus ramas desnudas, y las nubes descargan su llanto o un cargamento de plumas de almohadones helados. El campo parece un cementerio de Edgar Allan Poe o una estepa tolstoiana.

Y sin embargo, me parecen hermosos estos días. Es probable que tenga que ver con el hecho de que en el sur, donde vivo, escasean. La consideración de nuestra insignificancia frente al espectáculo de las fuerzas naturales tiene algo trágico que me inspira y me pone de buen humor. La lucha del sol por abrirse paso, el enfrentamiento colosal de las nubes y la descarga de su artillería pesada. Me atrae más la épica de un cielo cubierto que la lírica celeste.

Por eso, me ha gustado saber que a Chesterton le entusiasmaba el mal tiempo (por llamarlo de algún modo) y que abominaba de los paraguas. “Una de las auténticas maravillas del tiempo lluvioso –recoge Joseph Pearce en su biografía, que estos días leo- es que aunque en general disminuye la cantidad de luz directa y natural, aumenta indiscutiblemente el numero de objetos que la reflejan. Hay menos luz del sol, pero hay muchas más cosas resplandecientes, cosas que tienen un hermoso brillo, como los estanques, los charcos y los impermeables, por ejemplo. Es como si uno paseara por un mundo de espejos”.

Hay que ser un niño para entrar en ese mundo de espejos. Y él lo era. Una vez dentro, indudablemente, el paraguas no es más que un estorbo insoportable. “Nunca me he resignado a llevar paraguas –dice-. Cerrado, un paraguas es un bastón inmanejable, y abierto es una tienda de campaña insuficiente”.

En todo caso, hay que decir que no es igual el invierno de primeros de diciembre que éste de enero y febrero. Ni siquiera debería llamarse invierno. Entre medias han pasado cosas importantes. Sin ir más lejos, el nacimiento de Dios, ante el que la nieve se funde de sorpresa y la lluvia aplaude de júbilo.

Hace unos meses Benedicto XVI decía a un grupo de artistas que “lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible”. Estos meses bien pueden servir de ejemplo. Cambiamos la mortaja por una mantilla bautismal. La nieve ya no oculta hojas secas de calendario sino briznas de esperanza. Es “la Epifanía de la Belleza”. Esa belleza que –continuaba Ratzinger- “necesitamos para no precipitar en la desesperación”.

 Comparada con este tiempo de días que se alargan la primavera parece una anciana repleta de certezas.

A estos meses trémulos les ocurre lo que a los recién nacidos. Nos parecen feos por ese aire de extrañeza y de desamparo con que se estrenan, pero para su madre son hermosos porque son suyos y porque rebosan vida. Todo, al fin, depende del cristal con que se mire.

Cine de verano

27 Ago

No esperaba un the end cinematográfico para esta tarde de horas agónicas que no terminan de apagarse.

Pensaba pasar el rato enfriando su rescoldo con la asepsia un poco mortuoria del gas. Cenar en casa fresquita, charlar, leer un poco, irme a la cama a destaparme, a taparme, a seguir mirando en lo oscuro el punto rojo de las brasas del día, hasta cuándo.

Una llamada. Estoy a unos kilómetros de aquí. Pensaba verte un día de estos. Hoy no, supongo, sin avisar, tan de repente. Pero iba a acercarme a la ciudad y pensé.

Sí, hoy, sí, perfecto, rescátame con un caluroso abrazo de estas horas mortecinas de agosto. Vamos a apagarlas con espuma de cerveza, lágrimas de risas y penas compartidas, raudales de libros y buen cine.

Vamos a dejar que este día acabe con nuestros créditos lloviendo sobre una mesa lejana del Trinity Iris Pub, o sobre la estampa de la Giralda llameando su tópico frente a la terraza de Doña María donde nos aguardan con caipirinha Carmen, Esperanza, Mª Eugenia.

Humor en tiempos revueltos

18 Abr

Hace tanto que envié este artículo al nuevo Nuestro Tiempo (qué maravilla de revista, Sonsoles), hace tan mala meteorología al borde del Cantábrico donde paso los días “haciéndome la desmayada” -según el consejo de Ágatha Ruiz de la Prada- , y está mi ánimo en consonancia tan cambiante y nublado que casi estoy por pensar lo contrario, pero os lo dejo para convencerme yo y por contaros nuevas más pascuales, menos cenizas y pasionales que mis entradas anteriores.

 

 

No hay peor cosa que tener un pesimista al lado. Ni martes y trece, ni gatos negros, ni espejos rotos, ni sal derramada; para convocar el infortunio ponga un cenizo, un clásico aguafiestas, un negativo en su vida y verá qué mal le va.

Al pesimista hay temerlo más que a un nublado. Ante una lluvia pertinaz como la que arrecia estos días cabe adoptar la actitud del chaval que se calza las botas de siete leguas y se mete en los charcos con espíritu conquistador. Aun siendo adulto es posible cantar bajo el agua a lo Gene Kelly, poner buena cara al mal tiempo, aguantar el chaparrón y capear el temporal.

Pero si se te arrima un cenizo -ay, amigo- cruza los dedos. Es casi imposible librarse de su influencia, porque el pesimista vive y se alimenta de la desazón vecina. Es una especie de sanguijuela sin poderes terapéuticos.

En esta sociedad hiperespecializada hay verdaderos expertos en negatividad. No son pesimistas ocasionales sino auténticos carteristas de la alegría ajena, y lo peor es que ejercen su ministerio con la mejor voluntad de ponernos sobre aviso.

Para el pesimista, el positivo es un iluso que vive en la luna de Valencia. No parece advertir los signos evidentes de la alarma social: que llueve torrencialmente, que estamos en crisis y probablemente no saldremos de ella  hasta dentro de cuatro años, que cada vez hay más parados en nuestro país y en el mundo entero.

El cenizo necesita compartir su percepción, lograr que sintamos lástima de su victimismo y que acabemos contagiándonos de su tristeza, por lo que tiene un punto gafe peligrosísimo. Es algo así como un agujero negro capaz de absorber todos los elementos positivos de su entorno, o un rayo que quema lo que toca. Y lo peor es que de lo que él considera realismo tampoco saca nada ventajoso para sí. Su queja es un yermo.

A simple vista, hay negativos vagos y cínicos. Cabe, incluso, empezar siendo un pesimista vago y devenir, con empeño y entrenamiento, en cenizo cínico.

Ambos comparten un fondo de increencia y desesperanza. Falta de fe en la capacidad del hombre para adaptarse a las circunstancias –que es el modo de supervivencia más humano; y de esperanza en que las cosas pueden ir a mejor si nos empeñamos en hacer algo más que lamentarnos.

La clásica fábula de la zorra y las uvas es la que mejor define esta idea del vago cínico pesimista. Como no alcanzaba dijo: “es que están verdes”. La lección que mejor le vendría a la zorra de Esopo es ver a otras congéneres más ingeniosas atrapar hábilmente las dulces uvas.

Pero no nos pongamos negativos. Frente al influjo del pesimista hay dos  antídotos: sonreír con educación y huir discretamente para evitar el contagio, o palmearle la espalda y reírse a carcajadas. Quizá esta opción sea más misericordiosa.

Nadie tiene derecho a robarnos la alegría. Podremos perder el trabajo, el piso, el nivel adquisitivo, pero no el humor, “ese producto tan altamente civilizado”, como lo define Chesterton. El humor, como la esperanza, es lo último que se pierde, y no como dijo aquel colmo de cenizo: “la esperanza es lo último que se perdió”.

El humor es un paraguas para los malos tiempos, un pararrayos potentísimo, por eso ha sido perseguido y censurado en épocas de guerras y totalitarismos.

Quizá, parte del problema del desmoronamiento de Europa venga de la pérdida del sentido del humor que en otros tiempos cultivaron Chaucer, Rabelais y Cervantes y que –sigue Chesterton- “es una de las mayores cualidades que equilibran el espíritu europeo”.  Desde que el hombre fija la mirada torva y reconcentrada en su ombligo como centro del universo nos cuesta más reírnos de nosotros mismos y de lo que escapa a nuestra soberanía.

Los malos tiempos nos vuelven a colocar en el lugar contingente que nos corresponde, nos permiten recuperar el sentido de la realidad. Es de esperar que con él nos sobrevenga, como don, el sentido del humor.

Método para volverse insensible a la tristeza

10 Nov

Me voy a vestir de alegría. Me ayudará la túnica de tonos otoñales que compré hace unos días y que me sustrae del alcance de la tristeza, como las capas invisibles de los cuentos.

De sobra sé que es del interior del hombre de donde nacen el vicio y la virtud, pero a veces es preciso un conjuro para convencerse de que hay razones más que suficientes para ser feliz, y salvar así al alma de la parálisis melancólica.

De nada sirve analizar cuando pesan los días, las hosquedades y las quejas. Hay que empaquetar con decisión el traje fúnebre y echarlo al fuego, convencerse de que el invierno no es más que una estación y que nadie tiene derecho a hurtarnos la dicha. Lo único necesario es escoger la mejor parte. Y que se mueran los feos, los impacientes y los cenizos. 

El traje de hada de los bosques me esperaba en el perchero de la tienda, con su escote de pico y su cenefa bajo el pecho; sus parches malvas, granates y mostazas de figuras geométricas y florales; sus volantes hasta el suelo.

Al verlo supe que me esperaba desde hacía décadas, que sólo yo podría sacarle toda su virtud.

M.

23 Oct

Ayer se llegó M. a vernos. Venía sostenida del brazo porque aún no mueve bien la parte derecha del cuerpo. Se encontraba mejor y por eso había pedido que la trajeran.

Andaba despacio pero la sonrisa le precedía por el pasillo larguísimo y se colaba por las oficinas, más alegre y también más serena, sin chisporroteos, sin la impaciencia de antes, como a fuego lento.

Tenía tantas ganas de verla como miedo. En los cuatro meses transcurridos desde el diagnóstico feroz he dado muchos golpecitos al despacho abierto, vacío, inquietante como una carátula griega. No sé si los pudo oír desde la clínica pero esa era la oración que mejor me salía. La otra se enredaba con la hipocondría, el desconcierto y el temor a la oscuridad y acababa hecha un lío que Dios sabrá cómo interpretar. Pero los golpecitos, no; los golpecitos, un guiño, unas palabras breves: “Hola, M., ¿me oyes? Me estoy acordando de ti”.

Ayer, cuando se interesaba por mi trabajo y por mis padres, lo único importante en este mundo en aquel instante, cuando me prometía ilusionada rezar por ellos, cuando buscaba la palabra precisa como una estrella al borde del agujero negro, se rompió la máscara, se disolvió el terror nocturno.

Desde la orilla de su mirada tranquila, M. me sonreía y su mano derecha y poderosa tiraba de mí que me estaba hundiendo… y yo no lo sabía.