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Curasana

13 Nov

El rencor es el descontento fundamental del hombre consigo mismo, que se venga, por decirlo así, en el otro, porque del otro no me llega lo que sólo se me puede conceder con una apertura de mi alma.

Releyendo citas tomadas hace algún tiempo me encontré anteayer con ésta de Ratzinger en Mirar a Cristo. El marco litúrgico me acompañaba con su exigencia de poner el corazón a setenta veces siete revoluciones de perdón.

La frase es dolorosa pero curativa, como el agua oxigenada que nuestra madre nos echaba en las rodillas peladas tras la caída. Si acaso, oculto tras el descontento, hay un gesto de piedad semejante al soplo maternal sobre la herida, y un tono esperanzado de cura, sana, porque hoy, mañana, si no pierdo de vista que de mí depende, alcanzaré esa salud de corazón capaz de bombear a la potencia requerida.

Así pues, el rencor no es consecuencia de la injusticia sufrida sino de la estrechez personal que nos lleva a mirar a los demás por el ojo del canuto.

Quizá el problema es que somos poco niños. Nos negamos a jugar con las reglas de los demás, esperamos de ellos lo que no nos pueden dar, nos duelen demasiado las caídas y el curasana nos suena a camelo. Echar la culpa a la afrenta nos exime del esfuerzo de enfrentarnos a nosotros mismos.

Alegato en favor de la risa

18 Feb

“Parece problemático mencionar el carnaval en una meditación teológica, pues sólo de un modo muy indirecto es un período del año eclesiástico. Ahora bien, ¿no somos en eso un poco esquizofrénicos? Por un lado, decimos de muy buen grado que el carnaval tiene su derecho de domicilio precisamente en los países católicos, mas, por otro, tratamos de evitarlo espiritual y teológicamente. ¿Pertenece el carnaval, por tanto, a este tipo de cosa que no podemos aceptar desde un punto de vista cristiano, pero que tampoco podemos evitar humanamente? Mas en ese caso habría que hacerse esta pregunta: ¿hasta qué punto es verdaderamente humano el cristianismo?

 

Pues bien, el origen del carnaval es indudablemente pagano: el culto a la fertilidad y la invocación de los espíritus se confunden. La Iglesia tuvo que responder a ello, pronunciar el exorcismo que conjura los demonios que violentan a los hombres y no los hacen felices. Mas tras el exorcismo apareció, de modo enteramente inesperado, algo nuevo, un contento angelical: el carnaval se coordinó con el miércoles de ceniza como tiempo de reír antes del tiempo de penitencia, como tiempo de una festiva autoironía que dice riendo una verdad que puede ser muy similar a la del predicador cuaresmal. Así pues, privado de su componente demoníaco, el carnaval puede señalar la  misma dirección que señala el predicador del antiguo Testamento: “hay un tiempo de llorar y un tiempo de reír” (Eclesiastés, 3,4).

 

De igual modo, para el cristiano tampoco es siempre tiempo de penitencia. También él tiene un tiempo de reír. Sí, ha sido el exorcismo cristiano el que ha derrotado por vez primera las máscaras demoníacas y ha dejado aparecer detrás de ellas una risa rescatada.

 

Todos sabemos cuán alejado se halla habitualmente de ella el actual carnaval. ¡Con cuánto poder gobiernan el dios Dinero y sus aliados! Nosotros los cristianos no luchamos contra la risa, sino a favor de ella. Luchar contra los demonios y reír con los risueños son acciones que se corresponden la una con la otra. El cristiano no necesita estar esquizofrénico, pues la fe cristiana es verdaderamente humana”.

 

Cooperadores de la verdad. Joseph Ratzinger

Muerte perra

5 Feb

Ante amenazas como ésta, además de resistirme como gato panza arriba, sólo me queda remitir a las palabras de Benedicto XVI en el Ángelus de ayer y a este texto de Dorothy Sayers:

“Si queremos que nuestro Estado emprenda una reforma, hemos de aprender a controlar el Estado para que el Estado deje de controlarnos a nosotros. Si queremos una reflexión seria, debemos reflexionar por nosotros mismos, o bien otros lo harán en nuestro lugar. Para cambiar el mundo sólo existen dos caminos: el camino del Evangelio y el camino de la Ley, y si no seguimos el primero, acabaremos sometidos al segundo. De un modo otro hemos de encontrar el principio integrador de nuestras vidas, el poder creativo que mantiene nuestro equilibrio en funcionamiento, y hemos de encontrarlo pronto… La tarea es urgente; no deberíamos dejarla para el futuro, ni dejarla en manos de otros; somos nosotros quienes tenemos que hacerlo y tenemos que empezar aquí y ahora”.

(Dorothy Sayers. Begin Here, 1940).

El dictamen del Comité Autonómico de Etica de la Junta de Andalucía es delirante. Lo importante ya no es proteger la vida del paciente sino “dar mayor protección jurídica a la viabilidad de la desconexión”. Pablo Simón, vocal del comité, asegura que esta acción no viola ningún precepto de deontología y que es coherente con la teología moral actual católica, que condena el encarnizamiento terapéutico.

Si así fuera -en caso de que se agravara su estado y fuera inconsciente, etc., etc.-, ¿a qué tanto pronunciamiento si no es para reabrir un debate inexistente? Si todos queremos una muerte digna, humana, y no perruna, dediquemos el tiempo y las energías a mejorar los cuidados paliativos, que es más coherente con el progreso humano y con el juramento hipocrático.

Ankara

29 Nov
La esperanza de Europa reside en un lugar: Ankara. Y tiene un protagonista: Benedicto XVI. La capital turca es testigo estos días de la continuación del discurso que el Papa inició en Ratisbona y que algunos torticeros se empeñaron en truncar.

“El diálogo entre razón europea y tradición musulmana se inscribe en la existencia misma de la Turquía moderna y en esto tenemos una responsabilidad recíproca: nosotros europeos, tenemos que replantear nuestra razón laicista, que excluye la dimensión religiosa de la vida pública y que lleva a un callejón sin salida (…). Turquía, por su parte, a partir de su historia, tiene que pensar con europeos, cómo reconstruir para el futuro el nexo entre laicidad y tradición, entre una razón abierta y tolerante, que tiene como elemento fundamental la libertad y esos valores fundamentales sobre la religión que dan contenido a la libertad”.

Con estas palabras dirigidas a los periodistas en el transcurso del vuelo, el vicario de Cristo designaba a Turquía como bisagra de Europa, clave tanto para la reconstrucción del viejo continente como para la regeneración del propio hombre europeo. Ese hombre empeñado en enfrentar, en contienda civil, a las dos mitades de sí mismo: razón y fe, modernidad y tradición. 

“Estamos llamados a trabajar juntos”, decía el Papa ante Bardakoglu, presidente de Asuntos Religiosos. “Cristianos y musulmanes, siguiendo sus respectivas religiones, llaman la atención sobre la verdad del carácter sagrado y de la dignidad de la persona. Ésta es la base de nuestro recíproco respeto y estima, ésta es la base para la colaboración al servicio de la paz entre las naciones y los pueblos”. 

Pax vobis.  La voz de Cristo resuena con fuerza estos días en ese pedazo de tierra donde nacieron las primeras comunidades cristianas tan ligadas a Juan, a Pedro, a la Virgen María. Turquía se balancea en sus goznes. De su decisión depende que la puerta se abra a la esperanza de paz y de diálogo. 

Esta vida hay que pasarla a tragos

17 Nov

Ayer en el almuerzo Marga me lanzaba una sentencia que repetía su abuela: “Esta vida hay que pasarla a tragos”.  La desgranaba ceremoniosa mientras me servía el tinto en la copa como realce a unas ardientes patatas con choco y gesto de bienvenida al crudo invierno.

¡Qué sabios son los viejos! No pude reprimir la carcajada. Buena manera ésta del vino de atemperar el frío exterior y el desasosiego interno. Se siente en el paladar una promesa de primavera temprana; un calor envolvente, ingrávido y estival en el esófago. Y viene a los labios la conversación sencilla, alegre y demorada.

El vino es sagrado, por algo lo escogió Dios para lo más excelso. Fruto del trabajo de los hombres.

Sobre los otros tragos, los de la vida misma, dejo aquí una cita clarividente del Cardenal Ratzinger recogida por Peter Seewald en “Una mirada cercana”. Su influencia es benéfica como un buen vino.

“No es malo reñir con Dios, e incluso gritarle: ‘¿Qué haces conmigo?’. No se nos ahorran esas noches. Al parecer, son necesarias para que aprendamos en el sufrimiento, para que en él encontremos la libertad interior y la madurez, y sobre todo para que aprendamos a tener conmiseración de los demás. Ahora bien, no existe una última respuesta racional, pues siempre que algo nos afecta al corazón, hay otras fuerzas en juego que no se pueden explicar con fórmulas universales, sino que, en último término, sólo se pueden aclarar con el propio sufrimiento”.

Ahí dejo este buen licor para que lo deguste algún buen sumillier.