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Todos a bordo

29 Jul

Batiscafo fotografiado en un puestecillo de la Piazza Navona. Me gusta porque está fabricado con material inútil.

Como veis, el batiscafo ha estado de reparaciones. Mi navegación solitaria por los fondos últimamente no daba los resultados científicos esperados, como puede constatarse en el cuaderno de bitácora. Y eso a pesar de recibir el apoyo de vuestros mensajes. Bip, bip, bip

Como tantas otras veces, he comenzado con un poco de orden, algún cambio de mobiliario y de aparejos, y una manita de pintura nueva, esta vez amarilla, como mandan los cánones en materia de submarinos, para estimular la creatividad.

Pero, quizá no quede ahí todo. Es posible que dentro de poco veáis novedades, alguna firma más…

Llevo varios años capitaneando a solas esta nave y ya me pesa. Ciertamente aquí no hay sitio para una tripulación, ni siquiera para un miembro al que dar órdenes, pero algo haremos. Ya se verá. Es sólo un anuncio para navegantes.

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Primera nevada

2 Dic

La primera y única nevada que viví me sorprendió una mañana de diciembre con su silencio abismal, tumbativo, certero como una corazonada.

Su presencia no provenía de la entraña de la tierra, como ese rara quietud que precede a los terremotos, ni de lo hondo del corazón. Su movimiento era de fuera a dentro. Llegaba de detrás de aquella ventana de la habitación 44 del colegio mayor, de la copa del árbol, de la verja oscura, del césped, de toda mi adolescencia gaditana agazapada en el cartapacio y la caja de flores. Y luego estallaba en copos de emoción que la gente del norte no podía comprender.

Nada más despertar supe por instinto que aquel silencio sólo podía ser nieve. Me pasé el día abriendo ventanas y la tarde resbalando en bolsas de basura por las cuestas del campus y lanzando bolas a los compañeros en los intermedios de clase, una de las cuales acabó en el abrigo de la pequeña Lulú, que era como moteábamos a la profesora de Economía por su parecido con el personaje de los dibujos animados. Mª Jesús me suspendió cuatro veces la Economía de primero, pero yo no volví a repetir una nevada en Pamplona. 

La primera y única nevada que cuajó en mi vida tuvo lugar en mitad de una Novena de la Inmaculada. Antes hizo un frío tan desconocido que pensé que se me habían gangrenado los pies dentro de las botas. 

Después de clase, riadas de estudiantes caminábamos hacia el polideportivo que palidecía a la luz de las farolas, como meta y metáfora de aquel partido triunfal entre la Mujer con corona de doce estrellas y el dragón infernal que acababa siempre derrotado en el vestíbulo, donde se había instalado una decena de confesonarios.

Yo solía estar donde el coro que Ochoa de Olza montaba entre todos los colegios mayores, ensayándonos primero por separado y luego todos juntos. Era un milagro que aquello saliera bien, pero siempre salía. Porque era un director magnífico y porque nosotros nos enardecíamos como si fuéramos los animadores de aquel partido apocalíptico.

En la frontera de Oz

19 Mar

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Merendaba con Rocío Carlos en Rodilla, al abrigo de los redobles de tambor y de un exiguo chal de madroños. Ellos, sándwiches –guacamoles con queso de cabra light, según el envoltorio-; yo, helado doble de nata con nueces y dulce de leche, para combatir el frío.  

¿Para qué pondrán light si luego le meten mayonesa?, dice Rocío. Reímos. 

-¿Y la calle Valparaíso?, pregunta el canario. Le contesto: –bien, inspiradora, como siempre; aunque propiamente tendría que haber aclarado: el camino de baldosas amarillas, dirás, con su cortejo de presencias singulares.   

Ayer, sin ir más lejos, me paré en el quiosco de la frontera. El quiosquero, joven, con trazas de intelectual.  

-Buenos días, quería un periódico o varios, depende de si han publicado o no algo que estoy buscando. ¿Me dejaría ojear? 

-Sí, por supuesto.  

Me pongo a ello con torpeza porque estaría feo humedecer el dedo con saliva para pasar las páginas y es lo que me sale por defecto. Para justificarme añado:

-Estoy buscando un obit… -dudo qué sustantivo emplear tras la discusión de ayer-… estooo…una necrológica –corrijo. 

-Ah, pues pocas necrológicas encontrará en prensa. Pero, ¿necrológica u obituario?, porque ABC tiene necrológica y El Mundo, obituario. 

-Ya, bueno, lo mismo me da. 

Aparece una vecina con perro y el quiosquero sale a saludarlos:

-Psshh, Totó–pongamos por caso-. El can debe andar algo confuso porque el quiosquero añade:

-Un poco dubitativo este perro.  

La palabra se queda flotando, tengo ya una colección de globos en esta calle. Yo sigo ojeando la prensa, con más interés por lo que pasa fuera que dentro, así que decido poner más empeño en mi tarea. 

-Voy a llamar a la protectora –dice la señora. 

-¿Y eso? 

-Un coche. Lleva aparcado ahí dos días con un perro dentro. La Pepi dice que la ventanilla está un poco abierta, que iba a ver si le echaba algo de comer al pobre chucho. Y yo digo: pa’ eso no tengas perro, ¿no? 

-Pues sí, llama, llama. 

Se van el can cartesiano y su ama. El hombre se vuelve y le da una patada a la puerta del quiosco:

-¡Qué hijos de puta! 

Luego, desde el mostrador del quiosco, me sonríe educadísimo:

-¿Ha encontrado lo que buscaba? 

-Sí, me llevo éste. Muchas gracias por dejarme curiosear. 

-No encontrará muchos quioscos donde le dejen hacer esto. 

-Lo sé, en compensación me haré clienta fija. 

-No se preocupe, no es necesario. Y sonríe. 

Si ahora llegara un tornado y levantara el quiosco por los aires me parecería de lo más natural.

El pan nuestro de cada día

17 Oct

El pan nuestro de cada día nos lo da Dios, pero en el barrio donde trabajo lo reparte un panadero itinerante que debe ser su embajador en la tierra.

Cuando voy a cumplir con el deber primigenio de ganarme el pan con el sudor de la frente, me lo encuentro en la calle Valparaíso. Allí tiene su sede de operaciones la “fragoneta” en la que almacena el género. A eso de las doce oigo desde mi ventana, que está tres o cuatro calles más lejos, su grito de guerra que me recuerda aquella frase con que nos enseñaban la ortografía cuando éramos pequeños: “Ahí hay un hombre que dice ay”. Y a mediodía, casi a la hora en que salgo de trabajar, termina él su jornada por las traseras del Porvenir, repartiendo espaldarazos, saludos y piropos.

Al señuelo, la muchachada sudamericana, las rubicundas señoras, los obrerillos polvorientos, y los chavales de instituto, se lanzan a la calle en un prodigio de sufragio universal gozosísimo.

A él se le ve ir y venir de casa en casa, muy deprisa, combado y cabizbajo por el peso de las bolsas mascullando los pedidos, o pararse en medio de la calle, como si ya no hubiera quehacer, atento a la operación, al disgusto familiar, casi sacerdotal, porque ya se sabe que las penas con pan son menos penas.

Y yo paso de largo, lo saludo con un “hola” tímido, y me quedo con unas ganas enormes de saber su nombre, y de arrancar el pico de una barra de pan mientras me paro a charlar con él como hacen todos. Algún día lo haré. Mientras tanto me quedo con el hambre de un homenaje.

Lunes perezoso

15 Oct

¡Qué lunes extraño! No hay crispación en los rostros ni conciertos desafinados por la calle. Se diría que es mañana de domingo y que nos asimos a un sueño resbaladizo segundos antes de despertar.

Y sin embargo, es lunes y es octubre. Huele a café y hay vestigios de alegría por las calles. Una mujer en bicicleta sonríe cómplice cuando cruzamos veloces el semáforo en rojo. Nos une el goce de la infracción.

El verano cierra el telón, pero antes regala un último bis de veleros azules sobre el fulgor de la tarde, de conversación como tierra arada y fértil, de bailes risueños y lecturas decadentes.

En el paladar queda el regusto almibarado y áspero de la carne de membrillo para sobrevivir a las tardes de invierno.

Lenguas de gato

29 Sep

Debía de estar sensible y el trágico cielo de septiembre me la jugó, porque cuando atravesaba el parque camino del videoclub me llegó el eco de una vocecita: “Papi, papi, a X. se le ha comido la lengua el gato” y se me pusieron los pelos como escarpias.

Ni la película más gore hubiera tenido un efecto semejante en mí. Sentí que me desgarraba la inocencia por segunda vez esa sutil crueldad que sembramos en las mentes todavía tiernas como para que vayan aprendiendo lo que es la vida.

Y recordé a Marco, Caperucita, los tres cerditos, y tantos otros cuentos traumáticos de mi infancia.

Aguafiestas.

Veranillo del membrillo

26 Sep

El verano no quiere irse. Se cuelga de las ramas del membrillo, aumenta la temperatura y deja caer un bochorno hermético como losa de acero. Las calles se vacían, los cuerpos se despojan de la ropa, las hojas detienen su caída.

Ayer a mediodía, al volver del trabajo, me crucé con los chavales de siempre. Jugaban con las pancartas de un sindicato. El gordito cantaba “¡Por un precio justo!”.

A la hora del café, con la canícula, me encaminé a casa de B. Hacía varios meses que no la veía, ni a ella ni a los niños.

No había un alma, pero al llegar a la calle Tabladilla, vi una multitud desparramada por los bares. La cerveza corría solícita y anacrónica. Eran los agricultores de la remolacha que se manifestaban ante la consejería de turno.

En la cabecera de la concentración constaté que sólo las chicharras, los niños y el CD mantenían el motivo original de la protesta. Para los demás, el verdadero enemigo a combatir en esos momentos era otro.

Poco después entré en el almacén del moro que hay en la calle Juan Pablos para comprar algo con que sorprender a los niños. Marrakesh es como la lámpara de Aladino después de frotarla.

Lo mejor de esa tienda es una niña pizpireta que frisa la adolescencia. Se ha hecho mayor atendiendo a los clientes. Recuerdo que cuando nadie en su familia sabía español era ella la que manejaba el negocio. Y lo sigue haciendo con desparpajo andaluz:

-¿Señora, cuantos euros crees que hay en esta hucha?

La agito con fuerza. -No sé, lo menos seis.

–Anda ya, si hay billetes y todo. Mi padre no me deja romperla hasta que esté llena.

-Hace bien tu padre –le digo. -Si la abres ya nadie querrá echarte más. Tienes que tener paciencia.

Le brillan los ojos.

Elijo unas pegatinas de Mickey Mouse y un juego de parejas de cartas de El libro de la selva.

-Mira al techo y verás qué chulo.

Alzo la vista y veo un firmamento en el que brillan pegatinas de gel líquido, como su mirada.

-Anda que no te lo pasas tu bien en la tienda.

-¡Uy, mejor que en el cole! 

Ya en casa de B. saco los regalos. Parece que he acertado porque B. junior me enseña su álbum con cientos de pegatinas y añade como trofeos los dos de Minnie con corazones que le he traído.

J. llega con su espada flamígera. Está mayor y se ha vuelto bueno. Se conforma con una de Pluto y otra de Goofy. M. tiene que hacer los deberes pero se resiste a abandonar el salón. Elige dos de Mickey y me da las gracias en nombre de todos menos de S. que es muy pequeño y me escruta con sus ojos enormes desde los brazos de su madre.

J. y él se berrean uno a otro como ciervos. Se entienden muy bien así. Jugamos al esconder y pongo una grabación del poema de la Mona Ramona que grabé en la PDA la última vez que estuvimos juntos: “¡Qué mona pecioza, padece una doza!”. J. se ríe como un loco al oírse. Con sus cuatro años ya deletrea a la perfección El Patito Feo.

A última hora, después de tomarle la lección a B., les enseño fotos de Londres. M. pregunta si tengo de Oxford y Cambridge. Al parecer en el cole han hecho dos equipos con esos nombres y quiere saber cuál de las dos ciudades es mejor. Pronuncia muy bien inglés y me pide fotos de Tower Bridge. Hay que ver lo que dan de sí los nuevos proyectos educativos…

Les enseño la Torre de Londres y les cuento que ahí mataron a un santo, abogado como papá, que estaba casado y tenía cuatro niños, como ellos. 

-¿Y quién lo mató?, -pregunta B. curiosa.

–Un rey muy malo que quería obligarlo a hacer una cosa contra Dios.

-¿Y cómo lo hizo?

-Pues… le cortó la cabeza.

Los genes jurídicos de B. se rebelan: -¿y al Octavo ese quién lo mató?

Trago saliva y les enseño Hamleys, la mayor juguetería de Londres, en la que disfruté como una infanta retratándome con un click gigante vestido de pirata, con Jack Sparrow y un oso de peluche de dos metros de altura.

Me dan las 7.30 y B. me pide que me quede a dormir en su cama nido.

–Hoy no puedo.

–Por favor, por favor, quédate.

–Otro día, de verdad -miento. 

De pronto noto que crezco desmesuradamente. Ha entrado un conejo que me dice que es muy tarde y que tengo demasiadas cosas que hacer. Por alguna extraña razón noto que hace demasiado calor para ser finales de septiembre.