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La muerte de una madre

21 May

Sigo andando detrás de Casiopea por la calle de Jamás. En su caparazón leo estos días los brillantes ensayos del filósofo Alain Finkielkraut recogidos en Nosotros, los modernos, cuya lectura me recomendaron hace algunos meses.

  

En ‘El Moderno y el superviviente’, el autor explica el giro copernicano del pensamiento del escritor y semiólogo francés Roland Barthes a propósito de un suceso luctuoso y lacerante:

 

“Barthes dejó de considerarse moderno y de ir y venir de sus criterios a sus gustos cuando vio morir a su madre. ‘De repente, se me ha vuelto indiferente no ser moderno’: su cambio de actitud no proviene de una reflexión doctrinal, sino de un acontecimiento. Un acontecimiento íntimo e ínfimo con respecto a los valores indisolublemente políticos y artísticos que estaban en juego en su adhesión a la modernidad. (…)

 

No sé cómo caería esta frase en el entorno y en la época del escritor, pero lo encuentro una provocación para el sistema que da algunas pistas de los motivos por los que esta sociedad se empeña en huir a toda costa del dolor y camuflar como sea el hedor de la muerte.

 

Y esa idea de ‘acontecimiento’ me lleva a pensar en el suceso histórico de la muerte de Cristo por amor a nosotros y, desde esa perspectiva -locura y necedad sumas-, entiendo también a qué viene tanto revisionismo histórico y tanto laicismo belicoso.

 

Continúo con Finkielkraut y su análisis de la vivencia de Barthes:

 

¿Por qué? Porque el duelo le convirtió en un superviviente y no es posible ser a la vez superviviente e integralmente moderno. Porque en el simple hecho de sobrevivir a los seres que amamos existe un desmentido a la representación del tiempo que transmite la idea misma de moderno.

 

El Moderno es alguien a quien le pesa el pasado. El superviviente e alguien a quien le falta el pasado. El Moderno ve en el presente un campo de batalla entre la vida y la muerte, un pasado que ahoga y un futuro liberador. El impulso del superviviente hacia el futuro está roto, porque ama a un muerto. El moderno es alguien que corre más rápido que el viejo mundo porque tiene miedo de que éste le atrape –‘Corre, Camarada, el Viejo Mundo está detrás de ti’, decía uno de los eslóganes más famosos del 68-, el superviviente corre detrás del viejo mundo, sabiendo que no tiene ninguna posibilidad de atraparlo”.

 

Porque “lo peor de todo”, lo absolutamente perturbador e inquietante para el sistema, es que el cristiano no es ni siquiera un superviviente, pues no ama a un muerto sino a la misma Vida, que era, que es y que será. No tiene necesidad de correr: ya ha llegado. Todas las cosas -pasadas, presentes y futuras- son suyas, y él, de Dios.

 

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Todo excepto el ruido

14 May

¿Qué verán Nicolás Grimaldi y su esposa desde el ancien far de San Juan de Luz? “Del 68 queda todo excepto el ruido. Lo que antes era ruido se han hecho silencioso, lo estrepitoso se ha hecho trivial (…) Lo que más caracteriza al hombre contemporáneo es, en mi opinión, su gusto por la inmediatez. El orden del día era y aún es: ‘Todo enseguida”.

 

Ojeo NT después de la llamada del subdirector de Radio Universidad de Navarra que quiere hacerme una entrevista sobre el reportaje de las damas. Intento excusarme con que quizá no encuentre hueco en mi apretada agenda…, pero al final sale uno pequeñito entre las llamadas de Carla Bruni y Sarah Brown. Por ser “la Uni”.

 

Leyendo me entero de que se cumple el centenario de Ortodoxia y de lo de Grimaldi y su faro, que es como Diógenes y su tonel pero con toda la magnitud del mar por delante contagiando de azul la mirada, que no es poco; toda la intrahistoria con sus tormentas pasajeras, con su aparente quietud, sin ruido, pero surcada de peligrosas corrientes marinas. Y me acuerdo -caprichos de la memoria- de aquellos dibujitos del pensador cínico que pintaba Rosa para aligerar nuestras vigilias de estudio, chocolate y coca-colas robadas de la despensa.

 

Lamento no haber sabido antes esto del faro para ir a visitar al pensador francés y lamento enterarme de que en abril hubo un homenaje a D. Gonzalo Redondo, aquel profesor que dividía la clase en dos: los que sabían responder a las preguntas de la profesora Montero y los que sabían responder a sus preguntas. Yo era de los segundos. Me fascinaba aquel piélago inmenso de cuestiones: ¿por qué es importante preguntarse porqué? Todavía conservo aquellos apuntes de Filosofía de la Historia.

 

La conversación con Iñaki me trae también recuerdos de los caminos como corrientes en el mar verde del campus, con la Olivetti y las hojas de calco para las prácticas de radio en la vieja torre del central que se levantaba como un faro sobre el rumor de los álamos. 

 

Cuarenta años después de aquellas revueltas estudiantiles, y pasado el ruido del maremoto, aún llegan cadáveres a las costas de la postmodernidad. Afortunadamente yo no estuve en el lugar ni en el momento preciso, aunque soy sensible a las réplicas. A mí la travesía universitaria me dejó la mirada glauca del campus de Navarra, el eco de la pregunta del profesor Redondo y la certidumbre de que todavía queda demasiado por saber como para andarse con tantas prisas.