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Una capa mágica

28 Sep

Es curioso. El tópico dice que una mujer nerviosa o preocupada no necesita que le solucionen los problemas sino sencillamente que la escuchen.

A mí me ocurre lo contrario. En esas circunstancias entro en estado de mutismo (mi ausencia del blog es testigo) y agradezco que me ignoren cuanto más mejor.

Quisiera tener una capa de desaparecer para llegar a casa, al trabajo, hacer todas esas cosas ingratas sin que nadie me mire ni me pregunte gentilmente, y volver a la consistencia física con todo resuelto y una sonrisa en los labios. (Esto de la capa es una de esas ficciones de la infancia que más deseo que la técnica haga posible).

Probablemente porque verbalizar lo que me ocurre supone una inversión de tiempo demasiado precioso, no resuelve el problema y me pone de peor humor al dejar patente mi dificultad para hacer varias cosas a la vez.

La uva 13

2 Ene

El segundo indultado por el Pentágono exhaló un suspiro, se desentumeció una micra, y cruzó con la velocidad de la luz a tiempo justo de colarse en los relojes de todo el mundo.

Como los otros veinticuatro segundos liberados desde 1972 albergó la esperanza de serle útil a alguien. Pero la gente estaba tan ocupada esperando la llegada del nuevo año que no reparó en el segundo sobrante.

Si acaso algún avispado puso trece uvas en las copas en lugar de doce.

Buzzati

2 Jun

Imposible leer a Buzzati sin sentir el escalofrío de la muerte, la sombra del infortunio, el aguijón del remordimiento y un ansia irreprimible de haber sido yo quien escribiera esos relatos, que abandono inmediatamente para no caer en el error funesto del propio autor convertido en escritor farsante en uno de sus relatos…, pero que no deja de perseguirme, como los ojos del colombre al hijo de Stefano Roi, como los niños crueles al pequeño, enclenque e imprevisible Dolfi, “capitán lechuga”…

 

Ah, ya estoy diciendo demasiado. 

 

 

“En el panteón de hombres ilustres, en medio de otras muchas, hay una lápida que parece haber sido colocada ayer con la siguiente inscripción: ‘El 2 de agosto de 1915, alcanzado en plena frente, cayó como un héroe, combatiendo con ardor, en el monte Pipar (cota 2003). Subteniente de la 8.ª brigada de cazadores alpinos, había sido condecorado anteriormente por su valor en la campaña de Libia…’. En el monte Pipar, cota 2003, un grupo de turistas ha estado hoy de picnic. El jersey que uno de ellos llevaba tenía por dentro una etiqueta con el mismo nombre que aparece grabado en el arquitrabe del gigantesco templete que se alza abajo a la izquierda. Las zapatillas de su novia tenían la misma marca que se encuentra escrita con caracteres de bronce en lo alto de ese severo monolito que se distingue al fondo, en la sección número nueve. Lo mismo que el transistor, el agua mineral, el aperitivo, las servilletas, los quesitos, los cubiertos, los neumáticos, los tranquilizantes, la maletita, el libro: a cada objeto de la excursión le corresponde aquí un nicho, un túmulo, una cripta, un ángel de lujo”.

 

“El colombre”, Dino Buzzati. Acantilado. Enero 2008

Cosas de mayores

7 Abr

A veces es preciso conjurar la alegría. Los demás juzgarán que hay indicios suficientes para suponer que una está contenta cuando lo que hace es pasarse el día animando a los orbiculares para ver si deciden instalarse en el rostro y en el alma, aunque hagan arrugas (ya que hay que asumirlas mejor que sean bellas). 

El blog no siempre refleja lo que somos, a veces también sirve de terapia para recordarnos lo que deberíamos ser. El problema es que, a estas alturas, yo no quiero ser lo que el tiempo me impone que sea.

Lo pensaba ayer mientras comía en el río con Amanda, Ángela y una amiga, todas más jóvenes que yo, y tratábamos de ahuyentar, entre risas ahogadas y cierto asomo de vergonzante vanidad, a la galería de esperpentos que suelen habitar los parajes solitarios.

Lo pensaba en el camino de vuelta, al sorprenderme dando patadas a las naranjas y golpeando con mi mano los barrotes de la verja del parque (cualquiera que te vea, ya no tienes edad para estas cosas). 

Y el viernes, cuando al preparar una sesión sobre el cambio de la generación PC a la generación IMers sentí que me aliviaba demasiado al leer que el 100% de los jóvenes entre 14 y 35 años tiene móvil.

Y también el sábado cuando mi madre dijo tienes que echarte cremita en el contorno de ojos con la mejor de sus intenciones. Y al ver otra vez en el espejo las siete canas que me han salido en la mitad derecha de la cabeza, no sé porque razón, lo de la derecha, digo.

Y comprendí, por fin, a qué se debe esa presunta indolencia, esa resistencia mía a las mechas y a las cremas, ahora precisamente, con lo que siempre me han gustado.

Detecto síntomas de una peligrosa enfermedad, una especie de inversión de la adolescencia. Y le peor de todo, lo irremediable, es que ser mayor es cosa de niños y ser niño cosa de mayores.

Contradicciones de mujer

25 Mar

glicinias.jpg 

Las glicinias de enfrente se resisten a verdear. Ahí están en pleno esplendor de pasión, y ya vamos por el segundo día de la octava de Pascua.

Todo un símbolo de esta Sevilla extemporánea que anda suspendida bajo el cielo redentor sin saber si ha de seguir penando o reír de gozo, lo mismo que la Macarena según por donde se la mire, ahora que recupera su Hijo en cuerpo glorioso.

Cristo ha resucitado, pero como la solemnidad dura ocho días, y quedan dos semanas hasta la Feria, Sevilla tiene tiempo de sobra para resarcirse del calvario y desentumecerse del sepulcro.

Confirmé esta impresión tras la vigilia del Domingo, en el tablao de la Anselma, al que fui con Anacó, unas amigas y una multitud de guiris de Despeñaperros para arriba furiosos porque nos habíamos colado de mala manera.

No digo que lo pasáramos bien porque era imposible atender a otra cosa que a no desmayarse y a no caer bajo las redes del público o de la mismísima Anselma que no perdía ojo del pago de las consumiciones que milagrosamente repartía su guapísima sobrina.

Y vuelvo a resellarlo hoy, en el banco, donde un cliente con chándal del Betis y deportivas verdiblancas -toda una muestra de fe, esperanza y caridad en grado heroico, tal y como le van las cosas a Lopera y al equipo– le entrega al empleado que me atiende una estampita de la Soledad de San Buenaventura.

-Es bonita, ¿he?

-Preciosísima. Gracias, hombre -y la coloca en un altarcito de devociones que tiene junto al ordenador.

-¿Qué te pareció el estreno de la cofradía del Polígono?

-Buen trabajo el de Álvarez Duarte.

Así es esta ciudad contradictoria e irresistible. La semana que viene no se hablará de otra cosa que de volantes y de aderezos, de casetas y farolillos. Y a la sorpresa del florecer de las acacias habrá que sumar la de los rosales sevillanos y la jacarandá, como un preludio de Cuaresma futura.

Ver volver

13 Mar

Ahora que soy mayor descubro que no creo en todo lo que dijeron mis poetas venerados. Aquel “Vivir es ver volver” de Rosales se me antoja engañoso. Morir –si acaso- es ver volver. Morir en infinitivo.

No hay amargura en mis palabras sino el realismo que me otorga volver a la ciudad vivida. Cinco horas bastan para una agonía. Regresar a una ciudad es asomarse al borde de la muerte, reencontrarse con un viejo amor. En las vísceras se hincha la nostalgia y no sabe uno qué dolerá más si descubrir que la vida se detuvo al marchar o comprobar que continuó su progreso inalterable.

Señala uno a su acompañante los lugares que amó y evoca la calle que fue suya, pero lo hace con entusiasmo fingido porque las palabras se deshacen, impotentes para rescatar aquel instante del pozo del tiempo. Después vuelve uno a la que fue su casa donde otras personas usan sus objetos cotidianos, se sientan a su mesa, se acuestan en su cama, y finge que se alegra. Se encuentra con los vecinos en la escalera y “estás igual, por ti no pasa el tiempo” suena a pacto tácito, a fórmula para conjurar el miedo.

Es posible que no muera uno del todo, para qué dramatizar, pero los nómadas, desde nuestra experiencia contingente, sabemos que hay partes del corazón que se necrosan. Son microinfartos afectivos. Y desde ese rigor mortis es posible contemplar lo que otros no ven: el ensanche de la calle, los comercios nuevos, las arrugas aradas a fuerza de hosquedades, el aumento de estatura. Los demás no lo ven, pero nosotros sí: nosotros, con la lucidez de los que mueren.

Memento, homo…

6 Feb