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Peñafiel

7 Oct

En “la peña más fiel de Castilla”, como la llamara el conde Sancho García, aprendí a beber vino este septiembre. Fue la botadura de lo que, espero, sea una fecunda y alegre travesía, y tuvo lugar en ese barco petreo que se alza sobre la línea festoneada del Duero.

Bajo la estrecha proa, a la sombra de la torre del homenaje, alzamos nuestras copas, una tras otra: vino blanco, rosado y dos tintos, todos de la tierra, más otros dos que la enóloga nos regaló para ampliar conocimientos, uno argentino que sabía a flores y otro un poco pasado. 

Habíamos llegado a media tarde. Para cuando bajamos al museo y a la sala de catas ya andábamos embriagadas con la vista del señorío de Fernando III el Santo. No era la primera vez que me aproximaba al vino profesionalmente pero hay una gran diferencia entre una degustación y una cata.

Una cata es una oda al vino, donde el color de la herradura; los aromas a madera, a lluvia, a humo, el sabor a frutas del bosque en la punta de la lengua; la sequedad de los taninos en las encías y el ardor en la garganta te transportan a un fragor de espadas sobre almenas y de rumores de amor en las alcobas. 

Esta vida hay que pasarla a tragos

17 Nov

Ayer en el almuerzo Marga me lanzaba una sentencia que repetía su abuela: “Esta vida hay que pasarla a tragos”.  La desgranaba ceremoniosa mientras me servía el tinto en la copa como realce a unas ardientes patatas con choco y gesto de bienvenida al crudo invierno.

¡Qué sabios son los viejos! No pude reprimir la carcajada. Buena manera ésta del vino de atemperar el frío exterior y el desasosiego interno. Se siente en el paladar una promesa de primavera temprana; un calor envolvente, ingrávido y estival en el esófago. Y viene a los labios la conversación sencilla, alegre y demorada.

El vino es sagrado, por algo lo escogió Dios para lo más excelso. Fruto del trabajo de los hombres.

Sobre los otros tragos, los de la vida misma, dejo aquí una cita clarividente del Cardenal Ratzinger recogida por Peter Seewald en “Una mirada cercana”. Su influencia es benéfica como un buen vino.

“No es malo reñir con Dios, e incluso gritarle: ‘¿Qué haces conmigo?’. No se nos ahorran esas noches. Al parecer, son necesarias para que aprendamos en el sufrimiento, para que en él encontremos la libertad interior y la madurez, y sobre todo para que aprendamos a tener conmiseración de los demás. Ahora bien, no existe una última respuesta racional, pues siempre que algo nos afecta al corazón, hay otras fuerzas en juego que no se pueden explicar con fórmulas universales, sino que, en último término, sólo se pueden aclarar con el propio sufrimiento”.

Ahí dejo este buen licor para que lo deguste algún buen sumillier.