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Links de amistad

3 Dic

A veces, cada vez menos, los links se dan en la vida real. Y pasa como cuando se recibe una carta manuscrita a pluma, que el gesto y el rastro de los dedos que tomaron con afecto aquel sobre, saltan del papel al destinatario con el calor de un abrazo.

Hace unos días me avisó Sonsoles de que en Nuestro Tiempo había un sobre a mi nombre de Kika Tomás y que me lo iba a reenviar a casa. Pasé varios días con la ilusión del zorro de El Principito. Salía por la mañana y miraba el buzón, volvía a mediodía y repasaba la mesa del recibidor.

Yo no conocía a Kika y aquello me intrigaba. Al fin llegó. Era un sobre, el de NT, y dentro una misiva, y otro sobre y dentro un libro: “Cartas a El Principito (lazos de amistad)”, de Kika, y dentro, una dedicatoria. Como cuando uno hace un regalo a alguien muy querido y lo envuelve y lo vuelve a envolver, y al abrirlo, va la emoción in crescendo y aquello parece una matrioska desarmada.

El libro es un epistolario precioso y entrañable de la articulista y madre de familia murciana al pequeño príncipe. Y dentro una dedicatoria por los lazos que nos unen, en agradecimiento al artículo de “La crisis y el volcán” sobre El Principito y nuestro mundo loco que escribí hace dos meses.

Saint Exupéry escribe sobre El Principito. Kika escribe a El Principito. Yo también escribo sobre él. Kika me escribe a mí y yo le escribo a Kika. Lazos de amistad, juegos de espejos.

Prometo escribirte, Kika. Tengo tu dirección y un sobre en la mesa, junto al libro, que leí de un tirón. Gracias -aún digitales- por enlazarme con esas palabras cálidas en este invierno.

Prueba de vida

16 Jul

Si todavía alguien se mantiene fiel a este blog, le perdono de corazón la insensatez. Porque su autora es descuidada, irresponsable y un poco ingrata.

¿Qué puedo contar de este silencio sepulcral? En lo que va de verano tengo acumuladas unas vacaciones en el Norte, cerca de Bilbao, donde he dedicado el tiempo libre a resollar por agrestes acantilados,  leer bajo la lluvia, y secarme, por fin, al sol tímido de finales de junio en la playa y en la piscina. Tiempo de pinchos, txacolí, risas y deporte con amigas de distintos lugares. 

Estuve en Cantabria, en Castro Urdiales, el pueblo de mi abuelo materno, paseé por playas y bosques del norte de España y sur de Francia. Hice una visita breve e imprescindible a Pamplona, donde pasé un rato feliz con Anacó, Javier y Sonsoles, primero en NT y luego en el Faustino, el ínclito bar de El Central de la Universidad de Navarra, saboreando mi nº 5, un poco maltrecho esta vez, porque le faltó la chistorra. Y también, en Bilbao, me encontré con Concha, muy amiga mía de la carrera, y su recién estrenado marido.

 Leí bastante en esos días tormentosos. Saldé una deuda de más de quince años al aventurarme con El Señor de los Anillos (si todavía no lo habéis leído no cometáis el error de empezar por El Hobbit), y me lo bebí a grandes tragos y a pequeños sorbos, como una buena cerveza de la Comarca, ilustrando los pasajes con la imaginación y algunos parajes que visitaba.  

Podría ser algún lugar de Minas Tirith pero es parte de la Ruta de los Faros en Santoña, 700 escalones para bajar... ¡y para subir!

Más escalones, esta vez 200, y en San Juan de Gazteluatxe.

Más que una capa élfica, era la caperucita roja, pero sirvió.

Defraudaba un poco el Bosque Pintado. No era Fangorn, desde luego, ni se veía a Bárbol por ninguna parte.

En Biarritz, con Teresa...y la rana Gustavo.

No es Hobbiton, aunque por el tamaño de algunas casitas lo parezca. Es el Puerto Viejo de Algorta, con Concha.

 Otros libros que llevo leídos desde comienzos de junio: El desierto de los Tartaros (Buzzati); Diálogo de carmelitas (Bernanos), La importancia de las cosas (Marta Rivera de la Cruz); Tres rosas amarillas (Carver), Ataduras (Carmen Martín Gaite), El viaje de Jonás (Jiménez Lozano), Me llamo Aram (Saroyan) y Pnin (Navokov). Hoy no opino sobre ellos. Espero hacerlo próximamente en otras entradas más concretas que esta prueba de que sigo viva.

Ya estoy de vuelta, sentada en la mesa de mi despacho. Y se hace raro llegar cuando todo el mundo está a punto de marcharse. 

Afuera sopla tórrido el levante y el sol no da tregua. Siento que tengo la piel y el corazón resecos, aunque en determinados momentos late con pequeñas alegrías que no duran demasiado ni llegan a colmarme: unas compras muy productivas con Adaldrida, conversaciones amistosas, los éxitos futbolísticos del momento. He vuelto de unos días apacibles, llenos, serenos, incluso dichosos, pero estoy cansada, un poco triste por varios pesares y duermo mal.

 Lo único que me conforta, de puro real, este fragmento del final de “El Retorno del Rey”:

 —¿Te duele algo, Frodo? —le preguntó en voz baja Gandalf que cabalgaba junto a él. —Bueno, sí —dijo Frodo—. Es el hombro. Me duele la herida, y me pesa el recuerdo de la oscuridad. Hoy se cumple un año. —¡Ay! —dijo Gandalf—. Ciertas heridas nunca curan del todo. —Temo que la mía sea una de ellas —dijo Frodo—. No hay un verdadero regreso. Aunque vuelva a la Comarca, no me parecerá la misma; porque yo no seré el mismo. Llevo en mí la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga. ¿Dónde encontraré reposo? Gandalf no respondió. Al final del día siguiente el dolor y el desasosiego habían desaparecido, y Frodo estaba contento otra vez, alegre como si no recordase las tinieblas de la víspera. A partir de entonces el viaje prosiguió sin tropiezos, y los días fueron pasando pues cabalgaban sin prisa y a menudo se demoraban en los hermosos bosques, donde las hojas eran rojas y amarillas al sol del otoño.

 En ocasiones a mí también me duele el hombro. Supongo que no se puede esperar otra cosa de la vida.

Trueque

10 Dic

Es la primera vez que me pagan en especie. Y me ha gustado la experiencia del intercambio.

Siempre digo que, si pudiera, viviría en un árbol y en la sociedad del trueque. El dinero es tan impersonal, tan insignificante en su materialidad, que parece un desprecio o una presunción. ¿Cuántos papeluchos vale el arte de un cerebro o de unas manos?

Sin embargo, qué poético no tener más remedio que elegir, por la redacción de ese artículo -que además era un resumen de otro ya publicado- entre los libros de la lista de una editorial.

Aunque pensándolo bien daba un poquito de apuro, el canje necesariamente desigual. Mi mediocre escrito, a los efectos, vale lo que el Ronald Knox, de Evelyn Waug; La intuición creadora en el arte y en la poesía, de Jacques Maritain; y Chesterton, un escritor para todos los tiempos, de Luis Ignacio Seco. ¿Cómo va a ser?

Quizá por eso me he pasado una semana esperando con ilusión e impaciencia la llegada de tan ilustres personajes.

Aun así, como corresponde a un caballero francés o inglés, no me han dejado. Y al llegar a casa después de unos días de retiro, descanso y reflexión, me aguardaban ellos detrás de la puerta, charlando amigablemente, muy educados y afectuosos, con el sombrero en la mano, y sin darse importancia.

Ah, la verdadera sabiduría, siempre tan cercana, tan humilde.

Cocktail

6 Sep

Pasé la tarde del jueves combinando con Rocío sus dos pasiones: los libros y el maquillaje (en un porcentaje 70-30).

-¿Otro día volvemos a por la crema x?

-Vale, pero sin makimarujeos.

En la librería ojeamos “G.K Chesterton. Sabiduría e inocencia”, de Joseph Pearce que se nos antoja, pero retrasamos el placer de comprarla.

Yo me llevo “Edith Stein. Obras selectas” y “Edith Stein. Un prólogo filosófico (1913-1922)”, de Alasdair MacIntyre, una introducción a su pensamiento. A los dos libros les tenía muchas ganas.

De aperitivo, mientras tomamos algo, le leo unas citas maravillosas que anoté hace dos años.

-Da gusto poder hablar de los libros que nos gustan. ¿Sabes que he abandonado la fanta de naranja? Me he pasado a la Coca-cola.

-¡Noooo!

Cine de verano

27 Ago

No esperaba un the end cinematográfico para esta tarde de horas agónicas que no terminan de apagarse.

Pensaba pasar el rato enfriando su rescoldo con la asepsia un poco mortuoria del gas. Cenar en casa fresquita, charlar, leer un poco, irme a la cama a destaparme, a taparme, a seguir mirando en lo oscuro el punto rojo de las brasas del día, hasta cuándo.

Una llamada. Estoy a unos kilómetros de aquí. Pensaba verte un día de estos. Hoy no, supongo, sin avisar, tan de repente. Pero iba a acercarme a la ciudad y pensé.

Sí, hoy, sí, perfecto, rescátame con un caluroso abrazo de estas horas mortecinas de agosto. Vamos a apagarlas con espuma de cerveza, lágrimas de risas y penas compartidas, raudales de libros y buen cine.

Vamos a dejar que este día acabe con nuestros créditos lloviendo sobre una mesa lejana del Trinity Iris Pub, o sobre la estampa de la Giralda llameando su tópico frente a la terraza de Doña María donde nos aguardan con caipirinha Carmen, Esperanza, Mª Eugenia.

Dos años sin Peter

12 Ago

Aún me pasa cuando hablo por teléfono.

-¿De parte de quién?

-De Cristina Abad.

-¿Cristina, qué? Mi compañera de trabajo que oye sólo de este lado del auricular me mira con guasa, guarda el silencio correspondiente a la consabida pregunta y repite conmigo, en tono claro y sutilmente impaciente:

-ABAD.

-Disculpe, ¿a qué?

-A-bad.

-Aval…

-No, Aval, no. Abad…A-B-A-D. De los abades de las abadías.

Ni que decir tiene que nadie sabe hoy lo que son las abadías, pero al final consigo que me entiendan.

Esto del apellido marca la infancia con sus escarnios. “Cristina Va, Cristina Viene”. El apellido es el que es pero hay que pensar bien el nombre que se le asocia para que no salgan cosas como Dolores Fuertes de Barriga. Algunos nombres hacen pensar que los padres son unos desaprensivos…

Apellidarse por la A y ser la más alta de la clase es una desgracia como otra cualquiera que puede llegar a desencadenar episodios de esquizofrenia. Por ejemplo, ser la primera de la lista y la última de la fila. La primera a la que se le ocurre preguntar a la profesora y la última en contestar con acierto. Todavía cuando voy a votar a la mesa electoral tengo que decir: -No me busque por abajo, seguro que salgo la primera.

Pienso esto tan absurdo hoy que me pierdo en las letras enredadas que mi compañero Leandro y otros amigos han garabateado para recordar los dos años sin Peter.

Quizá a Peter le vino la afición a las palabras por jugar con su nombre y su apellido: Pedro de Miguel. A lo mejor los niños se los cambiaban de sitio. O él mismo. Tendrá sus ventajas un nombre reversible, digo yo. Hoy eres Pedro de Miguel y mañana Miguel de Pedro. Y de ahí a los palíndromos y a la ficción… no hay más que un paso. “Érase un niño que tenía dos nombres”.

Peter. Techamos de menos.

Ni un gorrión cae

17 Jun

Quedamos a comer en un restaurante junto a la Torre de la Plata. Ara es una de mis tres amigas íntimas de la Universidad, una asturiana que arribó a orillas del Guadalquivir del brazo de un malagueño al que le estaré eternamente agradecida.

El sol nos ofrecía una sesión de sauna gratis y el patio de otras veces no podía regalarnos el contraste de su frescor. A la hora en que los pajarillos caen fulminados, la recoleta terraza estaba desierta. Sólo un gorrión se afanaba con un copo de maíz arrebatado a algún niño por el levante loco. Nos sentamos en una mesa interior con vistas a las sillas desmayadas.

Hablamos de lo divino y de lo humano: de trabajo, de familia, de amigos. Después de comentar algunos clásicos de cine y literatura que nos traíamos entre manos, Eastwood, Tolstoi, Waugh…, Ara me dijo: “Jamás  llegará uno a la altura de los grandes, ¿verdad? ¿Para qué escribir mediocridades?”.

Hace más de una década recibió el Premio Asturias Joven por su novela Palabras. “¿Ya no escribes?” –le pregunté. “Con las niñas, imposible. Además, tengo ideas pero me falla el estilo”. “Eso no es cierto, pero -bromeé- podemos hacer un consorcio. Seré tu “negra”. “¿Sabes? -añadió-; todos los argumentos que se me ocurren giran en torno a dos temas: la esperanza y al sacrificio”.

De pronto, el pajarillo dejó el maíz y se coló por la ventana apenas entornada. Con un revuelo un poco estrepitoso vino a posarse en el travesaño de una silla cercana. Después paró un instante en el respaldo de la de Ara, y salió por donde había entrado, certero como una metáfora.