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El nombre de las cosas

15 Dic

Dice Maritain en ese libro que me trajo la feliz “injusticia” del trueque que la poesía es “una suerte de adivinación (…); un proceso de intercomunicación entre el ser íntimo de las cosas y el ser íntimo del yo humano”.

Su manifestación primigenia, apostillo, fue el acto con el que Adán puso nombre a las cosas. Habría que ver al pobre hombre de un extremo a otro del paraíso alucinando con todos los entes animados e inanimados que Dios había hecho para él de la nada. Debió ser como unos Reyes Magos cósmicos.

Poniéndonos feministas recalcitrantes, Adán ya apuntaba maneras desde el principio. Nada más darle Dios una compañera, porque no le llenaba la amistad con tanto bicho, le pone por nombre Mujer “porque del varón había sido tomada”. (Gen 2, 23). Y después del pecado original, con su consiguiente huella transgeneracional, va y se lo cambia por el de Eva “por ser la madre de todos los vivientes” (Gen 3, 20). Es la V.O del “dile a TU madre que” actual. Pero me estoy yendo del tema…

Quería decir, a propósito de Maritain y del comentario generosísimo de Adaldrida que, desde el primer hombre, todos hemos sido alguna vez poetas, aunque sólo sea por haber pasado la fase de adán en miniatura. (Aquí cabría otra digresión sobre si Dios hizo a Adán chico o grande, pero la voy a dejar estar).

Muchos perdemos esa capacidad cuando caemos en la ordinariez de llamar lo ordinario al milagro nuestro de cada día, y de golpe nos hacemos “mayores”. Ya no hay manera de hilar con oro la urdimbre de lo real, y lo peor de todo es perder la capacidad de nombrar a las cosas.

Lo dice mil veces mejor John Henry Newman en Perder y Ganar (a pesar de la traducción facilona de la editorial Encuentro), que junto con Maritain es lo que leo ahora después de haber disfrutado enormemente con la biografía de Chesterton de Joseph Pearce y de haberle robado el secreto de la vida que reside en la risa y la humildad.

“Cuando era joven, iba yo caminando una vez desde Oxford hacia Newington un día de calor en verano… Un camino bastante aburrido, como recordará cualquiera que lo haya hecho alguna vez; y sin embargo, era nuevo para nosotros, y te aseguro, lector, lo creas o no y aunque te rías, que nos parecía en esa ocasión conmovedoramente hermoso. Y caía sobre nosotros una suave melancolía que se reproduce aún ahora cuando pienso en aquella jornada tan polvorienta y fatigosa. ¿Por qué? Porque los objetos eran nuevos y estaban llenos de misterio. Un árbol, o dos, allá a lo lejos, parecían el comienzo de un bosque o de un parque que se extendiera infinitamente. Una colina sugería la idea de un valle más allá, un valle con su propia historia, flamante. Los caminillos con sus setos verdes, barridos por el viento y desdibujándose, eran otro estímulo para la imaginación. Así fue mi primera caminata; pero cuando la repites unas cuantas veces, la mente se niega a trabajar, el paisaje deja de encantar, sólo permanece la seca realidad; y terminamos pensando que es el camino más soso que hemos hecho en nuestra vida”.

Perder y ganar. John Henry Newman.

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