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El Papa que nos enseñó a razonar

24 Nov

Sigo dándole vueltas al libro del Papa, leo reacciones, declaraciones, explicaciones, aclaraciones. No sólo las que aplauden la puesta al día de la Iglesia, ni las que consideran este paso insuficiente. Sino las católicas bienpensantes, las que se preguntan con la mejor intención si esta actuación papal –entre otras- ha sido o no prudente, las que consideran arriesgado que Benedicto XVI conteste a preguntas de un periodista como si no advirtiera –y mira que es inteligente- que ya no es sólo Ratzinger (como cuando La sal de la tierra y Dios y el mundo), como si no conociera las leyes de la opinión pública: que Ud. no sabe Santidad, cómo nos las gastamos los periodistas. El propio Seewald está sorprendido y dolido por la simplificación de su libro.

Al margen de que la dirección de la comunicación actual del Vaticano deja mucho que desear, cosa que pienso, estoy convencida de que todo esto es muy bueno.
Este Papa reservado y discreto, ama tanto la verdad –cooperatores veritates, es su lema-, y confía tanto en la capacidad de la razón humana para alcanzarla, que no teme poner el dedo en la espina de la cuestión.

No va a decirnos que las cosas tienen una solución mágica, a golpe de declaración dogmática. El Papa, como buen profesor que ha sido y que es –recuérdese que los ministerios son tres: enseñar, gobernar y santificar-, quiere enseñarnos a pensar, a pensar la fe y a ponerla en la encrucijada de los dilemas éticos. Porque entiende que sólo redimiendo la racionalidad –machacada por el pensamiento postmoderno- puede el hombre encontrar a Dios.

Para ello, utiliza por palestra los dolores, zozobras y gozos del hombre y por micrófono los medios de difusión. Su auditorio está formado por todos los hombres del mundo, a quienes propone sus enseñanzas y con quienes mantiene un diálogo abierto y amistoso, personalizado en el periodista Peter Seewald.

En esa aparente debilidad e ingenuidad reside su fortaleza. Todo el orbe habla estos días de las palabras del Papa, muchos buscan su ganancia en el río revuelto, pero los sencillos de corazón perciben la autenticidad, humanidad y belleza de su mensaje. El libro –ya sin reduccionismos ni tergiversaciones- será, sin duda, y gracias a tanto jaleo, un bestseller. Será realmente Luz del Mundo.

El Papa que nos enseñó a razonar. Podría ser una de las señas de identidad de este pontificado.

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Formas de no perder la cabeza

22 Jun
Foto de la vidriera en San Dunstan, Canterbury, que tomé hace un par de años

Foto de la vidriera en San Dunstan, Canterbury, que tomé hace un par de años

Decía con mucho acierto Chesterton que “Enrique VIII tuvo que cortarle la cabeza a Tomás Moro porque era la única forma de apoderarse de ella”.

Una de las tentaciones del poder, sobre todo cuando quien lo ostenta es torpe y/o malvado, consiste en lograr que el pueblo abdique de su soberana cabeza y, con ella, de la libertad de conciencia. Para tal fin resulta muy útil hacerse previamente con los instrumentos que intervienen en la formación de la misma, that is la educación, la familia.

Cuando los súbditos, el pueblo o la ciudadanía -en terminología moderna- protesta e intenta defenderse del abuso, entonces hay que tacharlo de radical y esclavo de tabúes ancestrales. De no lograrse la sumisión mediante el ridículo y el complejo, se recurre a la ley injusta y a la negación del derecho a objetar, y santas pascuas, aquí paz y después gloria, si cabe la expresión.

La única forma de resistir que, llegado el caso, cabe es la desobediencia civil. Ejemplos abundan en la Historia: Sócrates, Gandhi, Luther King, Tomás Moro. Ellos, perdiendo la cabeza -metafórica o literalmente-, lograron conservarla.

Moro, del que hoy celebramos su descabezado ingreso en el Cielo, tenía muy claro a quién servía y por qué orden:

Habéis de comprender -dijo al jurado- que en lo que afecte a la conciencia, todo súbdito fiel y honrado ha de respetar su propia conciencia y su alma más que ninguna otra cosa en el mundo; especialmente cuando su conciencia es como la mía, es decir, que la persona no da ocasión de calumnia, tumulto ni sedición frente a su príncipe.

Y también conocía el color del alma de su amigo Enrique VIII y los límites de su amistad:

El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena casa por mi cabeza, me la mandará cortar de inmediato.

 En la tumba de los Roper de la iglesia de San Dunstan reposa esa cabeza, después de haber lucido para escarmiento en la pica de la Torre de Londres.

Chesterton dijo en los años veinte del siglo:

Tomás Moro es más importante en este momento que en cualquier otro, más aún, quizá, que en el gran momento de su muerte; pero no es tan importante como lo será de aquí a unos cien años. Se le llegará a considerar como el más grande de los ingleses, o por lo menos como el mayor personaje histórico de la historia inglesa.

Casi cien años después, bajo la sencilla losa negra de  la iglesia anglicana de San Dunstan, la cabeza de Santo Tomás Moro continúa sirviéndonos de advertencia. Finalmente Enrique VIII no pudo adueñarse de ella. Del resto del cuerpo, paradójicamente, sólo suponemos que está en la fosa común de la Torre de Londres.

La nueva tiranía

10 Jun

El lunes recibimos el puñado de libros que habíamos encargado en la librería. Del montón asoma La nueva tiranía, de Juan Manuel de Prada.

Ojeo la solapa por si se trata de un libro inédito o más bien de la recopilación de sus artículos publicados en prensa. Me desilusiono al ver que el contenido no es  novedoso, al tiempo que escamoteo el libro antes de que nadie le eche los tejos. Leo la introducción dudando si no será demasiada sobredosis de Prada, de su látigo, de sus epitetonianos excesos.

Cuando me percato, he terminado el capítulo que desgrana las señas de identidad del mátrix progre, como acierta a denominar la telaraña donde la corrección política anestesia a la ciudadanía con sus promesas edénicas.

Sin comerlo ni beberlo he recorrido medio libro sonriendo ante cada ferocidad, asintiendo eufórica a referencias de escritores y cineastas de común aprecio.

La nueva tiranía, editada por Libros Libres, no es una mera convocación de textos, tiene su propio hilo conductor, que trae a la memoria aquel sedal del Pescador del Padre Brown cuyo tirón decisivo está presente en una primavera romana; ahonda en las raíces de la traditio universal y personal, fustiga sin piedad a los profetas del pseudoparaíso.

 Merece la pena leerlo. Os dejo un anticipo:

 “Las tiranías siempre han mirado con suspicacia la dimensión intelectual y espiritual del hombre. Alguien que se sabe ser pensante y traspasado de trascendencia es más consciente de su vocación de libertad. Pero a la tiranía le interesa el hombre esclavizado: despojado de libertad, en el caso de las tiranías más rudimentarias y antediluvianas; o, mejor todavía, el hombre que ha olvidado que la libertad es una posesión consustancial a su condición humana y que, en su lugar, la considera algo que graciosamente se le concede desde una instancia de poder. Pero para que este espejismo resulte efectivo primero hay que lograr, mediante una minuciosa labor reeducadora, que el hombre reniegue de su libertad intrínseca; y para ello la tiranía contemporánea dispone de poderosas herramientas propagandísticas. En esta labor de mutilación humana, la tiranía emplea dos métodos muy eficazmente quirúrgicos: por un lado, la “desvinculación” del individuo, que lo torna mucho más vulnerable e inconsistente, al obligarlo a romper lazos con toda forma de tradición cultural que sirva para entender sus orígenes y su lugar en el mundo; por otro lado, su “fisiologización” salvaje, su conversión en un pedazo de aburrida carne que no tiene otro anhelo sino la satisfacción de unos cuantos apetitos y pulsiones, como un perro de Paulov.

Mediante la “desvinculación” se trata de borrar del “disco duro” del individuo todo sentido de pertenencia, quebrando aquellos vínculos que le sirven para hacerse inteligible. Por supuesto, la primera víctima de este proceso desvinculador es la educación: todas aquellas disciplinas que nos proponen un explicación de nuestra genealogía intelectual y espiritual, proporcionándonos una explicación unitaria de las cosas, son expulsadas de los planes de enseñanza, o condenadas a la irrelevancia. La historia, la filosofía, el latín y, en general, cualquier otra disciplina que postule una forma de conocimiento basado en la traditio (esto es, en la transmisión de saber de una generación a otra) son arrumbadas en el desván de los armatostes inservibles. Se transmite a los jóvenes la creencia absurda de que pueden erigirse en “maestros de sí mismos” y convertir sus impresiones más contingentes y caóticas en una nueva forma de conocimiento. Al privarlos de un criterio explicativo de la realidad, la nueva tiranía los condena a zambullirse en la incertidumbre y la dispersión; carentes de un criterio que les permita comprender la realidad, se les condena a ceder ante el barullo contradictorio de impresiones que los bombardean, a dejarse arrastrar por la corriente precipitada de las modas, por la banalidad y la inercia.

La tiranía, sin embargo, presenta esta amputación bajo un disfraz de libertad plena. Sabe perfectamente que las personas a las que no se les proporciona un criterio para enjuiciar la realidad son personas mucho más manipulables; por ello se esfuerza en presentar esa “desvinculación” como un espejismo de libertad”.

 

Probablemente

8 Ene

Los evangélicos de Madrid han respondido a los piratas catalanes de eslóganes británicos con la leyenda inversa: “Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo”.

Como diría Nietzsche, a la publicidad catalana le ha traicionado el lenguaje: “Me temo que no nos liberaremos de Dios porque creemos todavía en la gramática”, decía el filósofo alemán. Y la recomendación del ‘top-mantra’ reza: “Probablemente, Dios no existe. Deja de preocuparte y goza de la vida”.

El papel -ya se sabe- lo aguanta todo, pero el ser humano no. No se puede ser feliz en estado de duda negativa y de razonada sinrazón. Sólo se puede alcanzar una moderada felicidad, incluso una envidiable felicidad, aceptando la existencia de Dios o, por el contrario, no planteándose siquiera. “No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios” –diría Manuel II Paleólogo- y también a la naturaleza del hombre.

Ese ‘probablemente’, a la postre, es una invitación a plantearse su existencia aún peor que la que sugería el empeño en negar a Dios en los países de la órbita comunista cuando la URSS.  

Para ser ateo de verdad hay que sufrir mucho. En todo caso, yo planteo a estos que tanto se empeñan la oración del ateo de Unamuno. Por lo menos es más noble:

…Qué grande

eres, mi Dios! Eres tan grande que no eres

sino Idea;…

 

Sufro a tu costa, Dios no existente,

Pues si Tú existieras yo también

de veras.

(La reflexión viene al hilo de la lectura de Dios salve la razón, la recopilación de comentarios al discurso de Benedicto XVI en Ratisbona).

Ni un cabello de vuestra cabeza

26 Nov
Peor que aquel “que los buenos no hagan nada” de Burke es que los buenos hagan de lacayos del mal. Por pernicioso y por torpe.

No recuerdo si en Cartas del diablo a su sobrino Escrutopo hace a Orugario alguna recomendación al respecto, pero el padre de la mentira se pone loco de contento cuando los hijos de la luz le hacen el trabajo gratis et amore.

Hay servilismos fruto del oportunismo, del miedo y de la estulticia. Ayer fui testigo de algunos ejemplos dolorosos: un foro de corte humanista cristiano repleta de estudiantes que prestó sus micrófonos a la ética del consenso y al relativismo ético con colofón de aplauso final y la noticia del repudio de varios periodistas casados con la verdad desde hace años por un periódico de raigambre local.

Para compensar, tres sucesos positivos: me entero de que Bella es la segunda película más vista en la provincia de Sevilla en las últimas dos semanas; y recibo dos paquetes con sendos libros de interés: uno con dedicatoria afectuosa de uno de los colegas despedidos y otro que me apresto a ingerir como antídoto: Cómo sobrevivir intelectualmente al siglo XXI con selección de artículos de Leonardo Castellani espigada por Juan Manuel de Prada del que pronto tendréis mis impresiones. El escritor y sacerdote argentino también probó la insipidez, y peor, el acíbar de los “buenos”.

Y uno más, en el evangelio de hoy, que inclina definitivamente la balanza.

 

 

Atentado contra la Universidad de Navarra

30 Oct

Dos días después de la desarticulación del Comando Nafarroa. Sin previo aviso “o casi” y en pleno trasiego estudiantil.

Habré pasado miles de veces por ese aparcamiento durante los cinco años de carrera, sobre todo los tres primeros, cuando éramos nómadas y repartíamos las clases entre Económicas, el Central y Arquitectura, y ún no existía el edificio de Ciencias Sociales.

¿Qué culpa tendrán los profesores que allí comunican su saber, qué delito las generaciones de alumnos que se preparan para servir a la sociedad, los bedeles, las limpiadoras, los jardineros, el cerezo japonés? 

Son los cobardes métodos del terror. Claro, el arma de la palabra es mucho más difícil de blandir que una pistola, que el mando de un detonador.

Ya son seis los atentados que ha padecido la Universidad de Navarra, mi universidad, y nadie ha sido capaz de amordazar el amor a la verdad y a la libertad que se transmite en ella.

¿Qué creéis que habéis logrado? Más abyección, más miseria.

 

 

P.S: Un abrazo afectuoso a todos los alumnos, profesores, representantes académicos, personal de la Universidad, de la revista Nuestro Tiempo, Anacó, Sonsoles, a los heridos, especialmente…

La rebelión de los porqués

15 Oct

Antes los niños eran filósofos y poetas; interrogaban con su mirada a la fila de hormigas afanosas y a las cochinillas peloteras y a un trozo de plastilina lleno de potencialidades, y a todo lo que se les pusiera por delante; nombraban el mundo con palabras inventadas y probaban la ciencia y la paciencia de sus padres con preguntas metafísicas: ¿por qué el sol?, ¿por qué la luna?, y la más terrible de todas que sobrevenía después de un silencio incómodo: …¿Y POR QUÉ?

Los mayores abrían primero los ojos y luego los cerraban con fuerza, como cuando uno se encuentra al borde de un abismo, y, después, no se sabe bien por qué, se enfadaban y gritaban: “porque sí”, “porque lo dice tu padre” o algo parecido, y llenaban los cuartos de los niños de juguetes sofisticados y su tiempo de actividades extraescolares. Hasta que llegó un momento en que los niños dejaron de decir por qué y empezaron a preguntar para qué 

Entonces, los mayores respiraron aliviados porque los niños empezaban a crecer y a madurar y respondieron muy seguros y orgullosos: para tener más dinero, para salvar al hermanito enfermo, para tener una casa más grande, mejores estudios, más juguetes, más felicidad, MÁS, MÁS, MÁS.

Curiosamente, cuanto más cosas acumulaban los niños, cuanto más preguntaban para qué, más solos y más tristes estaban, menos sabían y menos se les ocurría hacer. Y más tranquilos estaban los mayores.

De vez en cuando, en el colegio salía algún niño díscolo que se atrevía a preguntar POR QUÉ. Los padres se reunían, acordaban desaconsejar a sus hijos el contacto físico, como cuando hay un brote de sarampión o varicela o una epidemia de gripe.

El disidente, por algún extraño motivo, ejercía una poderosa atracción entre los demás niños. Y los porqués comenzaban a germinar en sus cabezas hasta hacerse tan grandes que el cerebro ya no los podían contener y salían a borbotones por la boca: ¿por qué a algunos niños los dejan nacer y a otros no?, ¿por qué es mejor tener una casa más grande que un hermanito?, ¿por qué ser economista y no bombero?, ¿por qué se muere la gente?, ¿por qué papá y tú ya no vivís juntos?

Entonces los mayores, muy preocupados decían: “el niño se hace preguntas raras”. Y lo llevaban al psicólogo.

Pero por muchos esfuerzos que hicieran, por más medios que pusieran los mayores, cuando un niño llegaba a ese punto ya no había nada que hacer. Los porqués echaban raíces en su alma y no había medicamentos ni esperanza de frenar su extensión y su transmisión.