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Ni un gorrión cae

17 Jun

Quedamos a comer en un restaurante junto a la Torre de la Plata. Ara es una de mis tres amigas íntimas de la Universidad, una asturiana que arribó a orillas del Guadalquivir del brazo de un malagueño al que le estaré eternamente agradecida.

El sol nos ofrecía una sesión de sauna gratis y el patio de otras veces no podía regalarnos el contraste de su frescor. A la hora en que los pajarillos caen fulminados, la recoleta terraza estaba desierta. Sólo un gorrión se afanaba con un copo de maíz arrebatado a algún niño por el levante loco. Nos sentamos en una mesa interior con vistas a las sillas desmayadas.

Hablamos de lo divino y de lo humano: de trabajo, de familia, de amigos. Después de comentar algunos clásicos de cine y literatura que nos traíamos entre manos, Eastwood, Tolstoi, Waugh…, Ara me dijo: “Jamás  llegará uno a la altura de los grandes, ¿verdad? ¿Para qué escribir mediocridades?”.

Hace más de una década recibió el Premio Asturias Joven por su novela Palabras. “¿Ya no escribes?” –le pregunté. “Con las niñas, imposible. Además, tengo ideas pero me falla el estilo”. “Eso no es cierto, pero -bromeé- podemos hacer un consorcio. Seré tu “negra”. “¿Sabes? -añadió-; todos los argumentos que se me ocurren giran en torno a dos temas: la esperanza y al sacrificio”.

De pronto, el pajarillo dejó el maíz y se coló por la ventana apenas entornada. Con un revuelo un poco estrepitoso vino a posarse en el travesaño de una silla cercana. Después paró un instante en el respaldo de la de Ara, y salió por donde había entrado, certero como una metáfora.

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