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Los niños son poetas

14 Oct

Calle Valparaíso. Llueven las hojas de acacia bajo el sol de membrillo. Un niño tan pequeño que sorprende que camine se acuclilla agarrado a la mano de su madre. Después de observar la alfombra otoñal toma muy concienzudo algo entre el índice y el pulgar y se levanta exultante: ¡Mamá, mira! ¡UNA HOJA AMARILLA!

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Llama de amor

10 Sep

En la calle Valparaíso. De frente, por la acera estrecha, con paso de marcha atlética y gesto triunfal, viene un señor de pelo cano. Calza deportivas y viste camiseta de tirantes y pantalón corto. En el puño lleva agarradas unas varas de nardo envueltas en celofán. La antorcha olímpica del esposo fiel.

Cambio de papeles

5 Sep

Otra día más por el camino de baldosas amarillas donde nada es lo que parece.

Una niña de unos cinco años protesta de los cuidados maternales. “Deja mamá, que ya soy mayor”. 

Yo voy escuchando muy ufana en mi PDA: “what can you do for me, you nasty frog? My golden ball has fallen into the spring”.

A salto de mata

21 Ene

El currículum cansino de un marido bebedor, un diagnóstico de cirrosis hepática o cáncer de hígado, los buenos propósitos del año, la demencia, o quién sabe qué historia, detrás de esa mujer que riega de güisqui la acera, mascullando palabras que se funden con los vapores etílicos y el vaho de las primeras horas de un miércoles de enero camino del trabajo por la calle Valparaíso.

Mutaciones

12 Nov

En la calle Valparaíso vuelven a pasar cosas a las que me estaba desacostumbrando la locura de buscar la causa de todo. Por ejemplo, mutaciones.

-¡Espera, Javi, no corras tanto!

Me aparto para no tropezar con el niño y pasa, primero un cocker spaniel negro, con el cuello tirante y la lengua fuera, y detrás, una correa extensible seguida de una señora tensa con collar pero sin correa.

Algo más adelante, el niño mutado en perro se detiene a olisquear una inmundicia en un parterre. La dueña le reprende, mientras hala con asco de la correa.

-¡Javi, deja ‘eso’ ahora mismo! ¡Guarro, cochino!

El ‘niñoperro’, cerdo ahora, y su ama -que ya no hay duda de que es hechicera (perdón, prometí no pensar)- doblan la esquina.

No me da tiempo a ver más. Pero no puedo quejarme. Dos mutaciones en menos de un minuto no están mal para una mañana laborable de otoño.