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Encender la chimenea

29 Dic

 

Poner calor de hogar. Lograr que la chispa del fósforo anime las ramas muertas, las transfigure con su fulgor y las haga bailar rojas y salvajes, como danzarines de Matisse.

Hay algo primigenio, litúrgico, misterioso y comunicativo en prender la lumbre, en lograr que se conserve, y que haga su lecho de brasas donde luego puedan ofrecerse los troncos más robustos. Sin química, sin electricidad, casi como la primera vez que el hombre sometió al fuego.

Asciende el humo sacrificial por la chimenea y canta su salmo el crepitar de la corteza del desamor mientras se consume y se consuma la oblación. Y todos se sienten atraídos hacia ese latido que bombea en el centro y ante el que el rubí más grande y mejor tallado agoniza. Se dejan envolver por ese abrazo que da vida y duele hasta morir y comprenden qué es preciso que exista la purificación.

Porque, ¿no es verdad que al contemplar a la mañana siguiente las cenizas blancas y aún tibias, como una sábana prematuramente abandonada, queda el eco de un aleteo de fénix, la sospecha de una resurrección?

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Un tirón del hilo

26 Ago

Tengo muy fresca la conversación de Cordelia a Charles, tras la muerte de Lady Marchmain:

 

“La gente reacciona ante la religión de maneras diferentes. Al menos, en la familia no han sido muy constantes ¿verdad? El la ha dejado, Sebastián la ha dejado y Julia la ha dejado. Pero Dios no permitirá que la dejen por mucho tiempo ¿sabes? Me pregunto si te acuerdas de la historia que nos leyó mamá la primera noche que Sebastián se emborrachó…; quiero decir la noche mala. El padre Brown dijo algo así como “le cogí (al ladrón) con una caña y un anzuelo invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo”.

Retorno a Brideshead, Evelyn Waugh.

 

La referencia a La inocencia del Padre Brown, de Gilbert K. Chesterton, otro converso y gran amigo, es un guiño que no pasa desapercibido. ¡Qué bien capta Waugh a lo largo de toda la novela esa conjunción de gracia y libertad! Él, que, como Chesterton, recorrió un largo camino hasta la fe para descubrir al llegar a ella que la aventura no había hecho más que empezar.

Lo retrata también de forma certera lo que Waugh contestó a una mujer que le reprochaba su comportamiento excesivo en el transcurso de una fiesta y le “recordaba” su condición de prominente católico converso: “Señora, si no fuera por mi fe, yo apenas sería humano”.

No es una respuesta sobrada -aunque a simple vista lo parezca-, ni fideísta, ni tampoco ofensiva para los no creyentes. Ayer, X lo decía de su marido, cuando fuimos a visitarla con motivo de su reciente alumbramiento. Él es un hombre de gran bondad natural pero sin fe ni inquietud religiosa. “Él tan bueno y sin fe -decía X- y yo toda la vida luchando y pidiendo a Dios ser buena sin conseguirlo”. Yo también lo he constatado muchas veces entre compañeros de profesión y familiares que me dan cien vueltas.

Que la fe cristiana mueve a un comportamiento bueno y moral es una evidencia. Que el hombre, sin dimensión trascendente y dejado a su naturaleza herida, tiende a la horizontal, otra. Que, pese a todos los intentos de “matar” a Dios, aún nos movemos en un marco social y cultural cristiano, otra más.

Es posible que existan unos pocos elegidos a los que Dios dota de una inocencia natural, pese a los daños estructurales de nuestra condición. También para demostrarnos que Él es capaz de “ponerlo todo”. Pero la mayoría necesitamos sentir la fortaleza de Dios actuando en y a través de nuestra debilidad reconocida y doliente, como decía el propio Waugh a su amiga conversa Edith Sitwell:

 

“Creo que conoces el mundo lo suficiente para esperar encontrarte con católicos pelmazos, mojigatos, granujas y canallas. Yo siempre pienso: “Sé que soy un horror. ¡Pero cuánto más horroroso sería si no fuera por la fe! Una de las alegrías de la vida del católico es reconocer por todas partes pequeños chispazos de bien junto al fuego encendido de los santos…”

Es lo que hace atractivos, imperecederos y polémicos libros como Retorno a Brideshead, o -salvando las distancias- como el Evangelio, donde, no sólo entre la estirpe de David, sino entre los propios coetáneos y sucesores de Cristo hay muestras de error, maldad y debilidad junto a signos evidentes de grandeza y santidad.