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El nuevo lujo accesible

5 Jul

(Ahora que han empezado las rebajas, os dejo un artículo que publico en Aceprensa).

La democratización de lo exclusivo

Hasta hace poco tiempo los gurús de la moda eran los grandes diseñadores, a veces arbitrarios y excéntricos, que marcaban esas tendencias de temporada seguidas con fervor por las víctimas de la moda, y con mayor o menos vehemencia por los demás mortales. Sin embargo, algo ha cambiado, porque estos creativos inquietos, atentos a los signos de los tiempos y generadores de los cambios, comienzan a mezclarse con los mortales, de manera que se está generando una simbiosis, obligada y tácita a un tiempo, entre la calle y las pasarelas.

No hace muchas décadas -aunque pertenezcan a un siglo y un milenio distinto del actual- las pautas de la moda eran corsés donde todos mal que bien nos embutíamos. Faldas evasé a la cintura, pantalones de campana, cazadoras de cuero negro… Hoy nos hemos liberado de las apreturas, vivimos en una sociedad global, mestiza y democrática, y esa igualdad de acceso y de oportunidades también ha llegado a la moda. Se lleva todo y lo llevan todos.

Hay quien denomina a este fenómeno “democratización de la moda”, un concepto que surge con el nacimiento de empresas low cost como las españolas Zara y Mango, expertas en clonar las pasarelas, o la sueca H&M, pero que en los últimos tiempos ha derivado hacia el “nuevo lujo accesible” o “la democratización de lo exclusivo”. Incluso las celebrities se están sumando a la moda de incluir en su vestuario, junto a piezas inaccesibles, otras de tiendas baratas.

Ágatha Ruiz de la Prada consideraba recientemente en Expansión que se ha producido un cambio en los hábitos de los consumidores: “Antes la gente quería ropa barata, ahora pide ropa barata y de firma”. Prueba de ello es el éxito de campañas como las de H&M, que eventualmente lanza colecciones de grandes diseñadores, como Karl Lagerfeld, Stella McCartney, Viktor&Rolf, Roberto Cavalli, Lanvin, o próximamente Versace.

Las celebrities se visten de Zara

Incluso las celebrities se están sumando a la moda de incluir en su vestuario, junto a piezas inaccesibles para el común de los mortales, otras de tiendas baratas. Es el caso de Kate Middleton, duquesa de Cambridge, y su vestido azul eléctrico de Zara, o Natalie Portman, imagen de Dior, y su vestido blanco de encaje de H&M.

¿Qué les lleva a tal promiscuidad impensable hace unos años?, ¿qué les impulsa a elegir un clon cuando podrían tener un original? Quizá la crisis, que alcanza ya a las altas esferas; la necesidad de mostrar al público una actitud socialmente responsable, la calidad de los diseños, o la accesibilidad de los artículos. Lo cierto es que este hecho permite a la mujer media soñar en vestir como una actriz, una princesa o una modelo.

Cabría preguntarse si es lícita toda esta avalancha de clones. No parece muy ético. Sin embargo, pocos son los diseñadores que protestan, probablemente porque la existencia de copias publicita el original, porque en esa jungla de los clones lo auténtico se convierte en una pieza codiciada, y porque de ahí surgen después relaciones comerciales como las líneas low cost para H&M mencionadas. Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Se puede ir a la moda y no tener estilo, y tener estilo sin necesidad de seguir al dictado la moda.

Las distancias se acortan. No sólo entre celebrities y mujeres normales, ni entre diseñadores y empresarios de moda low cost, sino también entre críticos y bloggers, entre modelos profesionales y modelos improvisadas. Otra señal de democratización.

El ataque de los bloggers

La red está repleta de blogs de moda, profesionales o no, algunos de ellos con tanta o más relevancia y popularidad que determinadas revistas.

En este extraño ecosistema, se producen simbiosis e incluso parasitismos. Muchas revistas se nutren de bloggers como http://www.thesartorialist.com y Hanneli Mustaparta (www.hanneli.com), o, en España, Mireia Oller (www.mydailystyle.es) o María León (www.elblogdemarialeon.com), relaciones públicas de Pedro del Hierro. Muchos de estos bloggers han recibido propuestas profesionales o incluso viven de sus páginas personales.

La influencia de estos bloggers no es baladí. Escriben sobre moda, tienen una fotografía impecable en muchos casos, se relacionan entre ellos, participan en foros de debate, son consultados y seguidos por mucha gente y su análisis da muchas pistas de los gustos, las tendencias y las necesidades de la calle. Prueba de ello es que, cada vez se presta más atención al streetstyle, más allá del trabajo de coolhunter.

Las chicas escuálidas de la talla 34 ó 36 ya no son las únicas modelos a seguir. Hanneli o Mireia son admiradas también como tales por su buen gusto y están más cerca de la media. Sus estilismos son asequibles, originales y tienen armonía y equilibrio. Están sacando a la luz la belleza y la capacidad creativa de la gente de la calle.

El estilo es la tendencia

Youcef Nabi, presidenta de Lancôme International, cree que “lo importante es que cada uno tenga su criterio de belleza y sepa sacar lo mejor de sí mismo, y esta variedad –asegura– es algo que la industria ha tenido que aprender del mestizaje que se observa en la calle. La industria y la publicidad todavía no se ajustan a la realidad. Creo que el sentido de la corriente tendría que girar más a la inversa, de abajo arriba, y no que desde arriba se siga imponiendo la estética. Sería interesante que la publicidad reflejarano su propio mundo, sino el de la gente corriente”. Hoy en la calle se lleva todo: shorts, faldas hippies, faldas midi plisadas; peep toes, bailarinas; pantalones altos, bajos; flores, rayas, lunares; los años veinte, cincuenta, ochenta, noventa… La tendencia actual no es ir a la moda sino vestir con estilo, y eso es un triunfo. Ya lo decía Cocó: “la moda cambia, el estilo permanece”.

Conscientes de la propia imagen

El estilo es reflejo exterior de la elegancia interior. Aunque a veces no lo parezca, todo indica que cada vez somos más dueños de nuestro modo de mostrarnos según requiera la ocasión.

Estamos tomando posesión de la moda, siendo más conscientes de nuestra imagen. Por eso, los consumidores pedimos a los diseñadores que dejen al margen excentricidades y nos muestren todo su talento: que se tomen en serio el reto de vestirnos como necesitamos en cada ocasión: con estilo, sofisticación, comodidad, originalidad, humor.

Agradecemos las tiendas online, con sus propuestas de catálogo, sus posibilidades de crear el vestuario, con su facilidad para comprar por Internet. No sólo Asos, que únicamente vende online (por cierto, integrando con acierto una línea “curves” para mujeres de tallas grandes), sino Zara y todo el grupo Inditex, Mango, Topshop, etc.

En este sentido, la marca gallega ha sabido adecuarse a los tiempos rápidamente. Además de continuar abriendo tiendas por el mundo, hace un seguimiento diario de las prendas más demandadas por los clientes, renueva el género, clona rápidamente las pasarelas y tiene un catálogo online inmejorable. Quizá por eso hasuperado por primera vez a la sueca H&M en bolsa. Y todo sin publicidad y con la mayor discreción.

La moda es arte, y como tal es legítimo que sea exclusiva. También es negocio y comunicación. Un fenómeno cultural que gira alrededor de la necesidad básica de proteger y cubrir el cuerpo, unida al impulso humano de expresarse, de crear y de sentirse vinculado y reconocido.

La moda es modo, creación, novedad. El estilo es expresión de la personalidad a través del vestido. Moda y estilo conviven pero no se identifican. Se puede ir a la moda y no tener estilo y tener estilo sin necesidad de seguir al dictado la moda.

Hoy todos queremos –y podemos- ir a la moda, con estilo, y bajos precios.

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Ser y parecer

15 Jun

(Comentario que he publicado en la agencia Aceprensa. Por cierto, que estrena nuevo diseño web).

En esas ocasiones en que la calma social se ve sacudida por el drama de las agresiones sexuales, suele haber alguna persona –varón casi siempre– que cuestiona si no será la mujer la que provoca con su forma de vestir el abuso de fuerza del hombre. Y con frecuencia se oye la respuesta de voces feministas que consideran machista tal ocurrencia.

Desde hace meses, algunas de esas protestas se han unido en el movimiento SlutWalk, surgido a raíz de la recomendación de un policía de Toronto, durante una conferencia en la Universidad de Leyes de York celebrada a principios de año, de “evitar vestirse como una fulana” para alejar el peligro de un asalto sexual. El movimiento, cuyo nombre significa literalmente “la marcha de las fulanas”, se ha extendido por Canadá, París, Londres, México y otras capitales, con la ayuda de las redes sociales. Y su argumento es: “no es no” y un vestido no significa “sí”. “Que no me digan cómo debo vestirme, que le digan al agresor que no viole”.

Es posible que el comentario del agente Michael Sanguinetti esté fuera de lugar. La misión de la policía es mantener el orden público, la seguridad de los ciudadanos, y garantizar el cumplimento de la ley. Y no se puede afirmar con propiedad que una falda corta o un escote alteren el orden público. Hace años que el delito de escándalo dejó de estar vigente en las sociedades occidentales. Ver cómo el peso de la ley cae sobre mujeres de algunos países de Oriente Medio, no por llevar ropa corta, sino por el mero hecho de prescindir del velo o del burka, se nos antoja intolerable e injusto.

Sin embargo, hay algo en todo esto que roza el sentido común. Vestimos, no sólo para protegernos del frío, vestimos para expresarnos, para sentirnos reconocidos, para sabernos parte del grupo. Por la ropa y la actitud identificamos a un hippie, a un trendy, a un gótico, a un rastafari. Ningún yuppie de Manhattan acudiría a un consejo de administración con una cresta en la cabeza y pulseras de pinchos en las muñecas. Como tampoco acudiría en traje de baño. La apariencia suele coincidir con la realidad y cada modo de vestir tiene su lugar y su momento.

En otro orden de cosas, estos días ha entrado en vigor una ordenanza municipal en Barcelona que prohíbe que las personas vayan totalmente desnudas, casi desnudas o en traje de baño u otra prenda de ropa similar por la calle o los espacios públicos no autorizados, bajo pena de multa. Y en el Estado de Texas otra ley impide la subida al transporte público de personas que lleven pantalones bajos que dejen ver las nalgas o la ropa interior. “Súbetelos o búscate una alternativa”, se puede leer en los carteles colgados en las paradas del autobús.

Hasta hace poco, también reconocíamos por su forma de vestir a una mujer cuyo propósito era provocar el apetito sexual de un hombre, ofrecerle sus servicios y cobrar por ello. La elección de las prendas estaba dirigida a despertar la pulsión instintiva del hombre. Hoy, determinadas propuestas de la moda hacen difícil distinguir a una prostituta de una chica que no lo es: minifalda ceñida, escote pronunciado, plataformas, pose insinuante…

Ciertamente el acoso, el maltrato, la violación, son delitos abominables, y el hombre no es un animal que se guíe por la ley de estímulo-respuesta, tiene raciocinio, voluntad y conciencia. Sin embargo, es lógico pensar que vistiendo de forma similar a una prostituta una mujer se pone en peligro de atraer a hombres que demandan esa actividad, o a depredadores habituales, o, al menos, permite al varón concluir que el objetivo que la mujer pretende con ese reclamo es el favor sexual, cuando quizá no lo es. La situación cobra tintes más dramáticos cuando se trata de una menor.

Por otra parte, la promiscuidad en determinados ambientes, no sólo por parte del hombre sino también de la mujer, y la cacareada libertad sexual, no hace extraño ni inusual que se busquen relaciones ocasionales, lo que dificulta distinguir a una chica digamos normal, de una prostituta, más allá de la frecuencia con que cambian de pareja y el cobro del servicio. Junto a esto, resulta curioso que algunos grupos feministas alcen airados la voz ante la injusta identificación de un tipo de féminas con otro por la forma de vestir, o ante la presentación de la mujer como objeto sexual en la publicidad, mientras piden el reconocimiento público de la prostitución como un trabajo digno con derecho a la seguridad social, y el título de trabajadora del sexo para quien lo ejerce. No debería parecer tan insultante.

En el fondo, lo que subyace bajo reacciones como la de movimiento SlutWalk no es la indignación por la asimilación con estas mujeres. Es sencillamente la negación a que se reconozca la existencia de alguna diferencia entre hombre y mujer, por ejemplo, que en la mujer predomina la emotividad y en el hombre la pulsión que le llevaría al equívoco en el mejor de los casos.

Por mucho que se niegue, por mucho que digan “un vestido no significa sí y yo decido sobre mi cuerpo” hay una cosa cierta. Desde que se ejerce la “profesión más antigua de la tierra”, las prostitutas han basado su poder de atracción en el vestir, y con frecuencia han sufrido, por desgracia, la fuerza bruta de muchos de los hombres a los que atraían, al margen de ser muy dueñas de su cuerpo.

En definitiva, en el ejercicio de las relaciones sociales, a las mujeres no nos conviene utilizar sus mismas armas, si no queremos obtener parecidos resultados.

Lo que natura non da

24 Abr

La cabra tira al monte, donde no hay mata no hay patata, las aguas vuelven a su cauce anegando cuanto encuentran a su paso. Quod natura non dat, Salmantica non prestat, lo dice mejor el sabio refrán castellano aunque esta vez se refiera no a la inteligencia sino a atributos correspondientes a “otros” cánones.

 

El parlamento alemán estudia limitar el uso de cirugía estética en adolescentes. El tema preocupa a padres, docentes y políticos, aquí y en Pekín. A muchos y más o menos jóvenes y “jóvenas” no parece que les convenza el mensaje de Coca-cola light: “lo que te diferencia es lo que te hace maravilloso”, con Uma Thurman como protagonista, con su larga nariz y su 43 de pie. Me ha gustado el anuncio… aunque veo incongruente que sea de la light.

 

Mal que me pese, me incluyo en el lote de los agnósticos porque la semana pasada caí en las redes de la estética. Cierto que no me sometí a operaciones de nariz ni a liposucciones, tan sólo a lo que yo creía un inocente cambio de look… que me ha tenido esclavizada al cepillo, al secador, y a todos los espejos y cristales reflectantes que se interponían en mi camino.

 

Y lo peor es que lo sabía, ¡lo sabía!, por eso siempre me había resistido a los cantos de sirena, yo tan contenta y tan conformada a mi suerte.

 

Hoy rompo el hechizo de Dalila harta de los cien pareceres y del tiempo empleado en tan improductiva actividad en detrimento de otras. Es tan difícil meter la cabeza bajo el agua sin piedad, sin diálogo y sin contemplaciones. Pero es el precio de la libertad.

Del cerdo, hasta los andares

8 Dic

El jamón ibérico ha entrado con buen pie en Estados Unidos, con pata negra de cinco jotas para ser exactos.

Ayer tuvo lugar su presentación en sociedad en el restaurante “Jaleo” de Washington y hoy la aduana de Nueva York recibe los primeros trescientos ejemplares de lo que algún hortera con denominación de origen ha llamado “el Rolls Royce de la gastronomía española”.  

Yo sé que los cochinos de Higuera de la Sierra a los que anteayer mismo tiraba bellotas por el camino aquel de Las Tobas no estarán de fiesta precisamente, y habrán echado a correr por las dehesas a trote de cuto invocando a San Martín nada más enterarse. Ya ven ustedes. Pero yo estoy contenta porque ha llegado la hora de rehabilitar la fama del Sus scrofa domesticus, que así se llama el cerdo en términos científicos, después de tantos siglos de vilipendio y deshonra.  

Cochino, guarro, puerco, cerdo, marrano. No habrá especie en el reino animal con más sinónimos ni más útil para insultar a los humanos. Su nombre ha sido tradicionalmente asociado a la impureza; su carne, prohibida por judíos y musulmanes. 

Suerte que Jesús la redimió cuando dijo: ‘No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; lo que sale de la boca, eso es lo que le hace impuro’. Así el mundo cristiano ha podido dar gracias al Cielo por el manjar del jamón, recogiendo y sublimando las más sabias tradiciones de fenicios y romanos, como siempre. 

Pobre cerdo. De él se dice que es un animal sucio, el señorito de la mirada baja, que gusta de revolcarse en el cieno, cuando bien sabe Dios, su Creador, que es una de las bestias más escamondadas de la granja y que buenos baños se daría si tuviera agua limpia a su alcance, como su dueño. Ni Popea. 

“Del cochino, hasta los andares”, reza el refrán. Para todo vale el cerdo, tan sufrido, hasta para transplantes de corazón. Carnes, embutidos, cepillos de cerda (perdón), abrigos… Todo se aprovecha. Un poco de respeto, pues, para alguien tan entregado.

Por eso me alegra que reciba las bendiciones de EE.UU y que salte a la fama. Será una fuente de salud para los yanquis, rebajará los índices de colesterol y de obesidad, y mejorará las relaciones diplomáticas entre EE.UU y España a partir de ahora, por mucho que se empeñen Moratinos y ZP en estropearlas.

(Habrá quien considere impropio del día hablar de estas cosas. Para esos, mis entradas de los días anteriores, que constituyen casi una novena).

Relojes de arena

13 Nov

Yo sé que esta gloria es pasajera, que vanitas vanitatis, tempus fugit, y mañana publicarán que fue un error de los científicos de las universidades de Pittsburg y California, que deberían haber considerado el factor “x” o “y”, ¡qué imperdonable! Ocurrirá como pasó con el aceite de oliva, el chocolate y el jamón de pata negra, pero al revés.

Entonces lo saludable será acumular flotadores en la cintura para proteger a los órganos, cincelarse en los gimnasios hasta alcanzar una musculatura hercúlea o imponerse regímenes totalitarios propios de un campo de concentración.

Pero mientras siga vigente La Noticia he decidido hacer cuatro cosas: darme un homenaje, comprarme un reloj de arena, reavivar mi confianza en el regreso del canon barroco y hacerle morisquetas todas las mañanas al tetrabrik de leche omega-3.