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3D

19 Ago

Jugar a sacarle contorno y volumen a esos fondos planos, abigarrados, sin sentido.

A veces no hay forma de resaltar el dibujo por más que fija uno los ojos y se sugestiona hasta que le escuecen de impotencia.

De repente un día, porque sí o porque supera uno el escepticismo y la desesperanza, acontece el milagro y la vida se deja ver en 3D.

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Tras los pasos del padre Brown

2 Mar

No había seguido hasta ahora sus peripecias. Había leído El hombre que fue jueves, Ortodoxia, Herejes, Correr tras el propio sombrero (a medias), Autobiografía, pero no los relatos del candoroso y sagaz curita católico de cara de pudín de Norfolk.

Como ahora no tengo tiempo y éste que no tengo he de distribuirlo, como los cinco panes y los dos peces, entre las obligaciones perentorias e importantes, protestonas y discretas, de cuando en cuando me leo una historieta.

En La inocencia del Padre Brown he encontrado la famosa frase del hilo de pescar que Cordelia cita a Charles, tras la muerte de Lady Marchmain, cosa que ya sabía, aunque no por ello gocé menos con el hallazgo. Y, entre otras deliciosas paradojas, esta sustanciosa conversación teológica entre el ladrón Flambeau, disfrazado de clérigo, y el padre, en el parque de Hampstead.

El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la cabeza, como si fuera indigno de contemplarlas.

(Sólo esto ya habla con elocuencia de la connaturalidad cristiana con la grandeza, del gozo que supone saberse rey y administrador de la creación, y de la humildad, a pesar de todo, o precisamente por).

 

No hubiera sido posible encontrar una charla más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española. Lo primero que oyó fue el final de una  frase del padre Brown que decía: «…que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de: los cielos incorruptibles».

El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:-¡Ah, sí! Los modernos infieles apelan a su razón; pero, ¿quién puede contemplar estos millones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?

-No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.

El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:-Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo…?

-Infinito sólo físicamente -dijo el curita agitándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad. (…)

-La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»

 

(…) Hasta aquí la discusión. Luego Flambeau se desenmascara y le insta a que le entregue la cruz de plata, y una vez que se topa de bruces con la lucidez y la perspicacia del Padre Brown, que ya lo había calado y había puesto a salvo la reliquia, viene este fin magistral y actualísimo, medicina para los fideísmos y los ateísmos imperantes:

 

-¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.

-¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.

-Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.

Mataharis

2 May

 

 

Vi Mataharis de Icíar Bollaín por mi cumpleaños (qué palabra tan horrenda, con lo bonito que suena happy birthday) y me gustó. La tenía en el cajón de pendientes desde hacía meses.

 

Por mi onomástica, y con carácter retroactivo también fui ayer a una exposición de Velázquez en el Hospital de los Venerables de la que hablaré en otra ocasión y me tomé unas tapas en el barrio de Santa Cruz. Esto, unido a cierta crisis de creatividad, es la causa de mis ausencias.

 

A lo que vamos. Tres mujeres con el común denominador laboral de una agencia de detectives y un variado numerador de situaciones afectivas.

 

En la resolución de cada dilema vital Eva, Carmen e Inés habrán de despejar las incógnitas de la verdad, la libertad y la felicidad: decidir entre arriesgar el trabajo o el amor en el fragor de una investigación de procedimientos y fines inmorales; ser o no infiel a una relación abocada al fracaso; y perdonar o no el ocultamiento de una realidad dolorosa que amenaza la vida conyugal y familiar.

 

Los personajes femeninos -Inés (María Vázquez), Carmen (Nuria González) y Eva (Nawja Nimri)- pesan deliberadamente pero sin feminismos exacerbados. Tienen sus luces y sus sombras. Los masculinos, fifty- fifty: humanos y creíbles Iñaki (Tristán Ulloa) y Manuel (Diego Martín); canalla y machista Valbuena (Fernando Cayo), el directivo de la agencia; y muy patético Sergio (Antonio de la Torre) en su papel de marido-mueble de Carmen.  

 

Se nota la mirada femenina de su directora, y su interés por mostrar el drama social y personal de numerosas mujeres abocadas a elegir entre familia y trabajo (fantástica interpretación de Nawja Nimri).

 

Pero no sólo eso, también el activo de flexibilidad, empatía y humanidad que aportan al entorno laboral, personificado en la ayuda que se prestan para lograr eso que algunos llaman conciliación, la compasión ante la debilidad y la injusticia, y ese sexto sentido capaz de adelantarse a los conflictos y resolverlos con gracia y discreción.

 

Piel sin maquillar, fotografía sin filtro, hermosa de puro real, sometida al objetivo de la verdad sin trucos ni luces indirectas. Así me pareció la película en su planteamiento, en su guión descarnado, en la naturalidad de la cámara y de la interpretación y en sus finales abiertos. La vida sin aderezos, desnuda en toda su belleza y complejidad.

Cerebro de hombre, cerebro de mujer

14 Mar

“Estoy supercontento, tío, de verdad. Me va muy bien con ella”. Se me atascó el epíteto en el pabellón auditivo, extraño en la voz de un hombre joven. Si no llega a ser por “ella” me sonaría hasta un poco mariquita.  

La misma frase en boca de una mujer hubiera pasado sin dejar huella como tantas otras parrafadas callejeras: “Estoy supercontenta, tía, de verdad. Me va muy bien con él”. ¿Claro, no? Habla del novio o del marido reciente.

De una mujer, un hombre diría: estoy bien con ella, me hace feliz, en el mejor de los casos, pero no “estoy supercontento”. Al momento caí. Claro, un hombre sólo puede estar supercontento de “ella” si “ella” es… 

El reloj y mi paso marcial no impidieron que llegara a tiempo de confirmar mis intuiciones: “Cuando quieras te pasas por casa y te la presto para que des una vuelta con ella. Verás qué suspensión, qué potencia, qué prestaciones”.

Me pregunto si me estaré volviendo sexista.