Archivo | Saint Exúpery RSS feed for this section

La crisis y el volcán

22 Jul

El Principito regresó hace pocos días al planeta Tierra donde nada era único, individual u original.

Como la vez anterior, allí seguían los continentes rodeados de agua, y multitud de baobabs y de otros árboles, rosas, zorros y volcanes que nadie deshollinaba. Entre los hombres existen miles de reyes, ebrios, vanidosos, faroleros, geógrafos y negociantes. La diferencia era que por estas fechas se afanaban más que nunca en engañar. Tanto que a la situación que habían generado la denominaron crisis mundial.

El planeta era tan grande que sus habitantes veían salir y ponerse el sol una sola vez al día, y no cuarenta y tres, como en la tierra de El Principito; pero los hombres estaban tan preocupados en contar el poco dinero que les quedaba, en quedarse con él y en discutir sobre quién tenía la culpa de ello, que apenas se daban cuenta. Ellos se dedicaban a cosas serias.

Un buen día, uno de los miles de volcanes, de nombre Eyjafjalla, entró en erupción y, como en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar los volcanes como en el planeta de El Principito, el volcán comenzó a dar grandes disgustos. 

Los habitantes de la Tierra, acostumbrados a su vanidosa globalización, a sus viajes intercontinentales y sus comunicaciones por satélite, no le dieron importancia, pero lo cierto es que el volcán comenzó a formar una columna gigantesca de cenizas que afectó a muchos de los países más ricos del Norte.

De la noche a la mañana el tráfico aéreo se suspendió y hubo cuantiosas pérdidas económicas. La gente no sabía cómo reaccionar. En lugar de caminar suavemente hacia una fuente, como hubiera hecho El Principito de tener todos esos minutos a su disposición, los hombres perdían negociaciones importantes, cancelaban cumbres internacionales y llenaban los aeropuertos de gestos iracundos.

El Principito estaba desconcertado. Él sólo sabía arrancar las malas hierbas de baobab, vigilar que su rosa con espinas no se resfriara, descubrir elefantes tragados por boas o corderos dentro de cajas con agujeros. “Si un baobab no se arranca a tiempo, -insistía El Principito- no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces (…). A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…”. No comprendía por qué los hombres de la Tierra no se ocupaban de esas cosas sencillas que hacen que todo marche bien.

Aquella situación le recordaba a una vieja historia que oyó contar sobre una estatua que tenía cabeza de oro fino, pecho y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro, y pies, parte de hierro y parte de arcilla, adonde fue a dar una pequeña piedra que derribó el coloso y lo hizo trizas. O también a aquella otra más reciente de un barco inmenso que retó al mismo Dios, y al que le bastó la punta de un iceberg para hundirse en el Atlántico en menos de tres horas.

En los periódicos se leían cosas sensatas y obvias para El Principito: “La erupción islandesa lanza una invitación al sosiego a una manera de funcionar manifiestamente excesiva, una especie de sugerencia telúrica al cambio, una invitación a unos ejercicios espirituales continentales”. “Hay que ir acostumbrándose a convivir con el volcán”. “Nos encontramos todos a merced del volcán y no hay manera de saber cuánto tiempo continuará en erupción”. Pero los hombres habían perdido la capacidad de comprender la relación que podía tener cuidar de las cosas, trabajar bien, ser sincero y decente, ver con el corazón, contar hasta uno o cumplir las promesas, con la marcha de sus negocios mundiales.

Realmente los hombres eran como los hongos. Pensaban que su planeta era grande, rico y autónomo y no se daban cuenta de que estaba infestado de baobabs. Olvidaban que en el fondo La Tierra y sus hombres no estaban menos necesitados de amor y de cuidados que El Principito y su asteroide B 612.

 (Columna publicada en el número de julio-agosto de la revista Nuestro Tiempo).

He ganado a causa del color del trigo

23 Nov

Hoy la inspiración alienta a otros espíritus y esta lluvia y la mala vida me invitan a la deriva mental, pero por no dejar el blog desasistido y en homenaje a la amistad cuelgo aquí algunos fragmentos de “El Principito”, de Saint Exúpery.

 

(…) 

-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “domesticar”? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear lazos… ”

-¿Crear lazos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor… creo que ella me ha domesticado…

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor… domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca…

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…

-Ciertamente -dijo el zorro.

– Y vas a llorar!, -dijo él principito.

-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zorro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

 -Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella… -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa…

-Yo soy responsable de mi rosa… -repitió el principito a fin de recordarlo.