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Movimientos migratorios

9 Oct

“Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar”.

Ya, ya, esto debió de ser en tiempos de Bécquer, que en época de bienestar y de calentamiento global ya no migran las aves en octubre, no; se nos quedan perezosas en el sur, a las puertas del Estrecho, contemplando la llegada de las pateras repletas de magrebíes.

Ahora las migraciones son al revés: migran los hombres del cálido desierto a los gélidos semáforos europeos, sin cobijo, sin papeles, sin trabajo. Y hasta las golondrinas lloran y hacen sitio en sus atalayas de alta tensión.

Migran también los erasmus y los hombres de negocios, las niñeras sudamericanas y rumanas, y migro yo también, señores, pero a un destino menos poético que el de las golondrinas de antaño y menos trágico que el de los morenos que llegan a nuestras playas, una migración prosaica y tecnológica: migro al ADSL.

Eso me dijo mi comercial de “Y” -con quien llevo meses de tormentosas relaciones para abaratar los costes de mi factura-, cuando lo llamé porque se nos había caído Internet en casa:

-Ya le advertí que pasaría. Es que está Ud. ‘migrando’ al ADSL.

-¿Pero yo no tenía ya ADSL?

-Sí, pero la modificación que Ud. desea requiere que le demos de baja y de alta.

-¿Y cuánto dura la migración?.

-Un máximo de doce días, pero lo abordaremos con carácter de urgencia.

Así que aquí me hallo desde hace una semana, entre el cielo y el suelo, en un extraño estado de ingravidez imaginando que los bytes son las golondrinas becquerianas portadoras de hermosas nuevas que algún día volverán.

Es lo que tienen los clásicos, que mantienen su vigencia a través del tiempo.

Macho ibérico

8 Oct

Es sabido que los males nunca vienen solos. Y eso es hasta bueno porque así no da tiempo de lamentarse, como me decía anteayer E. con sabiduría senequita. Eso sí, va una de susto en susto, repitiéndose a modo de mantra aquella frase que atribuyen a Felipe II tras la derrota de la Armada Invencible: “Yo envié a mis naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos”.

Los elementos en este caso son cosa menuda pero insidiosa como una chinche: la suscripción del periódico “X” (muy a mi pesar), la compañía de teléfonos “Y” (más a mi pesar) y la alarma de la casa “Zzzz” que saltó la semana pasada a las 3.00 am y es la responsable de que últimamente no oiga los dos despertadores que coloco estratégicamente en mi habitación.

En casa nos reímos a costa de mis tormentosas relaciones con el sector doméstico porque es bien conocida mi nula capacidad para perseguir gestiones engorrosas.

La noche en que se disparó la alarma nos levantamos cuatro en fondo. Al momento, como ocurre siempre, llamaron de la empresa de seguridad y nos anunciaron que un vigilante acudiría de inmediato para inspeccionar la casa.

El buen hombre tardó más de media hora en aparecer, rato en el que cada cual se comportó según su temperamento y condición. Esto es, mientras el resto sometía a tesis el suceso, yo me recosté en un sofá próximo para dormitar a oscuras la espera.

Por fin llegó el vigilante que insistió en recorrer él solo la casa: “Dejadme solo –dijo- que es mi trabajo”.

Mientras subía la escalera, I. exclamó admirada: “¡Qué valientes son estos hombres!”, a lo que yo contesté: “Ya será menos. Lo que les gusta es pasarse la mañana en el gimnasio haciendo musculitos”…

Pocos segundos después se dejaron oír unos golpes violentos en el piso superior que duraron algunos minutos. Nos quedamos sobrecogidas y yo empecé a lamentar el mal pensamiento.

Se hizo el silencio durante unos minutos y nos miramos dudando si subir las escaleras, recordando aquella vez en que entró un ladrón con pistola. Al momento se oyeron unos pasos vacilantes.

El vigilante apareció sudoroso colocándose el cabello. “¡Ya está!”.

“Era una salamandra que se había parado sobre el sensor. He tratado de matarla, pero no lo he conseguido”.

Backstage de una dieta

20 Sep

Esta mañana una compañera de trabajo me ha dicho que estoy más esbelta, y, por la calle, un obrerillo silbó a mi paso una conocida canción de Bordón 4 (yo creía que era de Los Chunguitos, pero tanto da para la autoestima).

Lo siento por ti, Penélope. Ahí te quedas, presa de tu marquesina, con tus morritos rojos y tu gesto fatal. Yo me voy a Cibeles. He adelgazado dos kilos esta semana.

Se nota que te mueres de envidia. No lo niegues.

Jazz para un día de lluvia

12 Sep

Royal Academy of Arts detalle2

Esta es una de las fotos que más aprecio de las que hice en Londres. Está tomada en la Royal Academy of Arts en un día lluvioso como el de hoy. Allí, en aquel patio central dominado por una fuente que lanzaba su geiser a ras del suelo, la gente tomaba café y leía en los bancos de alrededor, con los pies dentro del agua, como si nada.

Junto a los músicos ocasionales, una mujer mayor de blanca melena y falda multicolor me recordó a Carmen Martín Gaite. Era de más edad pero tenía el mismo espíritu que ella. Hoy necesito volver a ver su boina roja destacando sobre el paisaje gris, como el abriguito de la niña de La Lista de Schindler.

Años luz

20 Jun

Bravo por Luz. La cantante agradece a su público estos meses de vigilia junto a la cama inhóspita del Ruber y reconoce sin galleguismos: de ser una persona físicamente imbatible, he pasado a ser una mujer dependiente y frágil. Mis venas están quemadas. Mis ojos, vagos y llorosos. Mis huesos, doloridos. Mis músculos, lentos. Mi cerebro, perezoso. Mi estómago, resentido… Y mi cabeza, ¡calva!”.

Podría ser la letra de alguna canción de su último álbum que llevara por título “Veneno y toxicidad”, pero no. Es la vida misma entreverada de esa ligereza que otorga el sentido del humor cuando se tiene conciencia de lo esencial. Afortunadamente, nada dice de los efectos del mal en su voz.

“Veneno y toxicidad que me ayudan a combatir la enfermedad.
Un antes y un después.
Una prueba”.

Duele esta herida tan desgarrada, este reconocimiento carente de autocompasión. Duele en lo más hondo de la cobardía del superhombre, de la supermujer, o sea de mí. Pero alivia también, como cuando apretamos donde más fuerte nos martillea la jaqueca para sentir cómo se mitiga el dolor. Descansa comprobar que las estrellas son de carne como nosotros. En la manifestación de su debilidad reside su grandeza.

Repaso mentalmente esas letras desangradas capaces de curar. El arte tiene propiedades catárticas. Son baladas, canciones rockeras escritas por Luz para la Luz de hace veinte años y la de ahora que llegan también a mí.

Tengo la suerte de ser una mujer
de la cabeza hasta los pies.
Mucho le temo al dolor si es terrenal,
juego fuerte y no sé de vanidad.
Todo va bien y en mi opinión
irá mucho mejor si sabes tener…
Ambición para conquistar
con valor y voluntad.

Y siguen siendo bálsamo que cicatriza las heridas de hoy. “Todo va bien”, “Es por ti”, “1.000 km”, “Entre mis recuerdos”, “Lo eres todo”, “No me importa nada”, “Te dejé marchar”, “Besaré el suelo”, “Sentir”, “Piensa en mí” y tantos grandes temas que tienen nombres y olores propios, a brea y salitre de ría onubense, a invierno y primavera por las calles de Sevilla.

“El aprendizaje en la vida es largo, pero con la enfermedad, se acorta”, termina la carta.

Y con tus canciones y tu vida llenas de Luz.

Aire volador

15 Mar

Una noche de resaca al tratar de despertar/
note que por el ombligo me empezaba a desinflar/
que mi cuerpo se arrugaba como un papel vegetal/
e iba pasando, que curioso, al estado gaseoso.

Me ha venido a la cabeza esta canción de Mecano, ahora que el musical de Nacho Cano nos resucita los iconos de nuestra adolescencia. Y he pensado, no sé porqué, en ese último aliento de Inmaculada Echevarría que se fue por el ombligo de la traqueotomía y la ha dejado transformada toda ella en “aire volador”.

Cuantas más vueltas le doy, cuantos más análisis de expertos leo -con sus extrañas y contradictorias conclusiones-, más paralelismos encuentro entre la canción y el caso. Aquella canción era la narración eufemística de un suicidio, y la eutanasia, un eufemismo llevado al extremo del absurdo: un suicidio asistido por quien supuestamente se dedica profesionalmente a proteger las vidas de los demás.

Este cuarto es muy pequeño/ para las cosas que sueño, decía Ana Torroja en su canción y probablemente lo diría también Inmaculada después de nueve años encadenada a su respirador. No la culpo. Los seres humanos respiramos unos 500 millones de veces en la vida. ¡Si tuviéramos que pensar en ello cada vez que lo hacemos!: “Ahora inspiro. El oxígeno penetra en la nariz, desciende por la traquea hasta los pulmones, entra en los alvéolos donde se produce el intercambio entre los alvéolos y la sangre y regresa al exterior convertido en dióxido de carbono. Otra vez. Inspiro…”.

Inmaculada debía pensar en ello cada vez que el aire entraba por el orificio de su garganta. Y soñaría con ser aire, libre, “sin forma definida” y sin respiradores artificiales.

La pregunta que me ronda todo el tiempo como un viento recurrente de levante es: ¿quién soñaría con Inmaculada? ¿Por quién podría ella decir te amo cada vez que respiro?

No la culpo. Culpo a su entorno, a quienes no supieron quererla y darle motivos de esperanza. Culpo a los gobiernos hipócritas que autorizan retirar un medio vital para conservar la vida de una enferma al tiempo que se pliegan al chantaje autolesionador de un etarra irredento.

Aire. Pienso en el estertor de Inmaculada y en el suspiro de alivio de De Juana Chaos al conocer la decisión del Gobierno de concederle prisión atenuada y en el aire enrarecido que se respira en España.

Y me ahogo.

Sigue lloviendo

22 Feb

Cae una lluvia fina, blanca y fresca sobre la ciudad como colcha limpia de enfermo. Y yo, que espero paciente el fin de mi convalecencia, me dejo cubrir por ella con mansedumbre.  

Mi mal tiene difícil remedio, por eso, siguiendo el consejo casero de que las fiebres hay que sudarlas, hoy me someto al calabobos como a una vacuna, por si fuera verdad eso de que la mancha de mora con otra verde se quita. Cada situación tiene su música y a mí cuando llueve me viene desgarrado aquello de Maná: “Me tienes como un peeerro herido”.   

En Andalucía llueve tan poco que no hay sinónimos.  Me dan una envidia tremenda el txirimiri vasco, el calabobos burgalés y el orbayu asturiano, por no hablar de los nombres gallegos: barbaña, babuxa, barruñeira, chuviñada, froallo, lapiñeira, marmaña, patumeira, zarampallada, zarzallo. ¡Qué hermosas y ricas variaciones! 

Los días lluviosos del sur siempre dan la misma película en blanco y negro, y cuesta quitarse la tizne de los dedos y del alma. Miras la cartelera y sale otra vez el mismo título: lluvia. “Sigue lloviendo, sigue lloviendo el corazón”. 

En las escenas sólo destaca el color naranja, como el rojo en “La lista de Schindler”. La naturaleza ha determinado el naranja como señal de peligro, por eso lo usan los reptiles y los arácnidos venenosos. Ahí están los autobuses de la Tussam, que son un peligro público, y los naranjos aún poblados, las pintadas en las aceras…  

Me paro bajo un árbol mientras espero no sé si a que cambie el semáforo o a que me parta un rayo –una de dos-, pero me ataca el ámbar y con él la vida del Porvenir que bulle tentadora sobre mi monotonía.  

Cambio de tonada. Llega Silvio en mi auxilio: “Si me dijeras pide un deseo/ preferiría un rabo de nube/ que se llevara lo feo/ y nos dejara el querube./ Un barredor de tristezas/ y un aguacero en venganza/ que cuando escampe parezca nuestra esperanza”.  

Sevilla no está hecha para la lluvia. Te pasas todo el camino sorteando cosas color naranja y charcos como Melvin (Jack Nicholson) en “Mejor imposible”.  La lluvia en Sevilla no es ninguna maravilla (ya sé que no es la traducción), el orballo gallego, sí. A mí no me importaría ser gallega –siempre lo he dicho-, pero, como no lo soy, me conformo con trasladarme a Combarro y soñar que camino junto a sus hórreos a la orilla de la ría. 

Llego al trabajo y, de primeras, echo un rápido vistazo a la prensa digital. En El Mundo, una noticia sobre María Amelia, la abuela de la blogosfera.  

La bloguera más longeva del planeta tiene 95 años y es de Muxía: www.amis95.blogspot.com.  Su nieto, que es muy cutre según la abuela, le regaló un blog la pasada Navidad, y la buena señora cuenta ya con 130.000 visitas. Su bitácora está traducida al japonés, alemán, inglés, italiano y a varios idiomas imposibles, y recibe comentarios desde todos los puntos cardinales.  

Ahora entiendo el sentido de esta lluvia que amo y detesto como un enfermo acostumbrado a su mal crónico; esta nostalgia que crece hasta la morriña de babuxa o chuviñada. Yo quiero ser como María Amelia, y tener 130.000 visitas y cientos de nietos cada día, y 95 años bienvividos.  

¡Ay!, me viene otra canción de Silvio como un flotador bajo esta lluvia: “Hoy quisiera ser sabio/ y muy viejo y poderte decir/ lo que aquí no he podido decirte,/ hablar como un árbol,/ con mi sombra hacia ti”.