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A pespuntes

30 Nov

Publicado en mi columna El Periscopio de la Revista Nuestro Tiempo)

Cuando la mala gestión municipal le pone el torniquete al tráfico, puede suceder que, asfixiado de ir de trombo en trombo por la corriente circulatoria, saturado por la contaminación acústica, perdida toda esperanza de encontrar aparcamiento, uno recurra al transporte público.

Se lanzará entonces a la epopeya de caminar veinte minutos para tomar un metro que le deje a veinte minutos de su destino, o un autobús de itinerario más ajustado pero de horario ignoto, del que habrá de apearse para subir a otro y quizá a otro más.

Es posible que decida probar con la mecánica antigua y encaramarse vestido de elegante a una bicicleta, propia o de alquiler, en cuyo caso acabará circulando a pedaladas, con la cadena suelta, o con el manillar más alto que el sillín, en un ejercicio funambulesco que encuentra su clímax en la zozobra de los continuos cruces con otros velocipedistas.

Al final, como me ha ocurrido a mí en esta ciudad imposible, se resignará a tomar el coche de San Fernando, lento pero seguro, el único del que se sabe a ciencia cierta cuándo sale y cuándo llega. Económico, ecológico, cardiosaludable y anticolesterol. Un ratito a pie y otro andando.

Caminando por el centro el otro día, con los oídos y los ojos bien abiertos, sin la premura habitual del tiempo, tuve la sensación de estar pespunteando la ciudad, como si fuera un sastre. Tan fuerte era que casi vuelvo a mirar atrás para ver si me había salido derechito el hilván.

Sentí entonces el impulso de dejar el prêt-à-porter de las calles repletas de franquicias, típicas de cualquier urbe europea o norteamericana, para fabricarme el traje a la medida por los barrios menos transitados. No hay placer mayor que internarse por las calles hacia ninguna parte. Es difícil en la propia ciudad, porque la fuerza natural empuja a la costumbre y a la necesidad, pero si se resiste el canto de sirenas se descubren otras ciudades dispares en el interior de la propia ciudad, rincones sumidos en la paz conventual de un chorrillo de agua y espacios cosmopolitas, casi lunares.

Hay sitios donde lo bello todavía está ligado a lo artesanal y a lo infructuoso. Allí se encuentran tiendas de cromos, de ropa hecha a mano, de papeles pintados; galerías de cartas de amor antiguas, corseterías propias de caballeros armados –y sobre todo de damas–, droguerías de antaño donde encontrar una cuerda, un tapón de lavabo y una laca de uñas barata. Comercios que están al margen de las leyes del mercado –y a veces al margen de la ley, sin más– que despiertan la sospecha del negocio tapadera, pero que traen a la memoria un montón de nombres dulces aprendidos en la niñez de la boca de nuestros abuelos: alcancía, ultramarinos, colmado. Y que conviven con la pose, con la alternativa hueca, los tatoo, los graffitis y el vintage nostálgico del flower power.

Me gustan esos barrios desaliñados, paradójicamente céntricos y marginales donde se fraguan el arte y el exceso. Si uno abre los ojos y los oídos puede escuchar en cualquiera de sus esquinas un “quejío” flamenco, un suspiro melancólico de saxofón o el grito existencialista de Munch en una guitarra eléctrica. Los seres que habitan esos barrios no esconden sus cicatrices, como en otras zonas de escaparates higiénicos. Pero tampoco las exhiben sin pudor como hacen cuando van a los barrios de postín. Se percibe cierta dignidad en la forma que tiene la gente de dolerse. Hay patios y plazas como los demás, pero en ellos bulle una sangre palpitante de niños y de estorninos difícil de hallar en otras calles bien de la ciudad.

Uno mira toda esa humanidad y descubre el reflejo de la verdad y de la vida, que a veces se ha portado un poco ramera con ellos. Y piensa que si no arrastra la misma existencia es por Providencia, no por ser mejor ni por habérselo ganado.

Entonces, al dejar la tarde los últimos trazos impresionistas sobre los puentes modernos y el río antiguo, los pespuntes empiezan a tirar de la ciudad como una sutura, y comprende uno que ha dejado de ser sastre para convertirse en cirujano pero no de la ciudad, sino del propio corazón.

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Embrace life

5 Mar

No sé si habéis tenido oportunidad de ver este maravilloso anuncio creado en el Reino Unido como parte de una campaña de carreteras más seguras para la ONG Sussex Safer Roads Partnership (SSRP).

En un mes ha recibido más de dos millones de visitas en Internet. La mayoría en la última semana.

El director del vídeo, Daniel Cox, explica en la página web de la ONG que no querían utilizar la línea de impactar y asustar a la audiencia. “Queríamos crear una metáfora de cómo una sencilla decisión [abrocharse el cinturón] puede influir de forma decisiva en su vida y en la de las personas a las que quiere”.

Impacta y conciencia más que cualquier campaña gore de esas a que nos acostumbra la DGT.

Encender la chimenea

29 Dic

 

Poner calor de hogar. Lograr que la chispa del fósforo anime las ramas muertas, las transfigure con su fulgor y las haga bailar rojas y salvajes, como danzarines de Matisse.

Hay algo primigenio, litúrgico, misterioso y comunicativo en prender la lumbre, en lograr que se conserve, y que haga su lecho de brasas donde luego puedan ofrecerse los troncos más robustos. Sin química, sin electricidad, casi como la primera vez que el hombre sometió al fuego.

Asciende el humo sacrificial por la chimenea y canta su salmo el crepitar de la corteza del desamor mientras se consume y se consuma la oblación. Y todos se sienten atraídos hacia ese latido que bombea en el centro y ante el que el rubí más grande y mejor tallado agoniza. Se dejan envolver por ese abrazo que da vida y duele hasta morir y comprenden qué es preciso que exista la purificación.

Porque, ¿no es verdad que al contemplar a la mañana siguiente las cenizas blancas y aún tibias, como una sábana prematuramente abandonada, queda el eco de un aleteo de fénix, la sospecha de una resurrección?

El nombre de las cosas

15 Dic

Dice Maritain en ese libro que me trajo la feliz “injusticia” del trueque que la poesía es “una suerte de adivinación (…); un proceso de intercomunicación entre el ser íntimo de las cosas y el ser íntimo del yo humano”.

Su manifestación primigenia, apostillo, fue el acto con el que Adán puso nombre a las cosas. Habría que ver al pobre hombre de un extremo a otro del paraíso alucinando con todos los entes animados e inanimados que Dios había hecho para él de la nada. Debió ser como unos Reyes Magos cósmicos.

Poniéndonos feministas recalcitrantes, Adán ya apuntaba maneras desde el principio. Nada más darle Dios una compañera, porque no le llenaba la amistad con tanto bicho, le pone por nombre Mujer “porque del varón había sido tomada”. (Gen 2, 23). Y después del pecado original, con su consiguiente huella transgeneracional, va y se lo cambia por el de Eva “por ser la madre de todos los vivientes” (Gen 3, 20). Es la V.O del “dile a TU madre que” actual. Pero me estoy yendo del tema…

Quería decir, a propósito de Maritain y del comentario generosísimo de Adaldrida que, desde el primer hombre, todos hemos sido alguna vez poetas, aunque sólo sea por haber pasado la fase de adán en miniatura. (Aquí cabría otra digresión sobre si Dios hizo a Adán chico o grande, pero la voy a dejar estar).

Muchos perdemos esa capacidad cuando caemos en la ordinariez de llamar lo ordinario al milagro nuestro de cada día, y de golpe nos hacemos “mayores”. Ya no hay manera de hilar con oro la urdimbre de lo real, y lo peor de todo es perder la capacidad de nombrar a las cosas.

Lo dice mil veces mejor John Henry Newman en Perder y Ganar (a pesar de la traducción facilona de la editorial Encuentro), que junto con Maritain es lo que leo ahora después de haber disfrutado enormemente con la biografía de Chesterton de Joseph Pearce y de haberle robado el secreto de la vida que reside en la risa y la humildad.

“Cuando era joven, iba yo caminando una vez desde Oxford hacia Newington un día de calor en verano… Un camino bastante aburrido, como recordará cualquiera que lo haya hecho alguna vez; y sin embargo, era nuevo para nosotros, y te aseguro, lector, lo creas o no y aunque te rías, que nos parecía en esa ocasión conmovedoramente hermoso. Y caía sobre nosotros una suave melancolía que se reproduce aún ahora cuando pienso en aquella jornada tan polvorienta y fatigosa. ¿Por qué? Porque los objetos eran nuevos y estaban llenos de misterio. Un árbol, o dos, allá a lo lejos, parecían el comienzo de un bosque o de un parque que se extendiera infinitamente. Una colina sugería la idea de un valle más allá, un valle con su propia historia, flamante. Los caminillos con sus setos verdes, barridos por el viento y desdibujándose, eran otro estímulo para la imaginación. Así fue mi primera caminata; pero cuando la repites unas cuantas veces, la mente se niega a trabajar, el paisaje deja de encantar, sólo permanece la seca realidad; y terminamos pensando que es el camino más soso que hemos hecho en nuestra vida”.

Perder y ganar. John Henry Newman.

Lunes de diciembre

14 Dic

 Instruidas por el maestro viento

juegan a corro las hojas del patio.

Los colegiales muy quietos las miran

con el sueño anudado en sus bufandas.

Magia

11 Dic

De regreso de un almuerzo prenavideño, con dos cervezas y un pacharán, por la calle García de Vinuesa, puede suceder que se corra una cortina invisible y surja la avenida como un inmenso plató.

Quizá sea la irrealidad de estos momentos únicos del atardecer en que la luz natural convive con la artificial y cabe todo, lo diurno y lo nocturno. Despierta en el alma algo parecido a la emoción.

El tranvía parte más lento que nunca mientras la gente cruza despreocupada los raíles, andando, en bicicleta, en patines; y me pregunto si alguien acabará de gritar: “Luces, cámara, acción”, y no seré yo también un extra de la película.

 Se oyen las campanas de la catedral y a intervalos la voz del castañero -“¡calentita y bien tostaaaá!”-; y un clarinete que es como un abrazo muy cálido y muy profundo que casi hace llorar.

Por la alquimia de los sonidos un hombre que lleva un jamón de regalo se lo coloca al hombro y simula un violín. Sonrío. Hay un bullicio de babel que parece un aplauso.Y yo siento que después de diez años empiezo a comprender esta ciudad huidiza.

Al pasar por el Alfonso XIII un grupo de curiosos atisba la lujosa entrada. Pregunto a qué esperan: A ver si salen hoy los actores.

Migas de Pulgarcito

24 Nov

Para volver al camino, sin desfallecer en el intento, estas, que más que migas son hogazas de pan tierno.

Son palabras de Benedicto XVI a 260 artistas en la celebración de X aniversario de la Carta que Juan Pablo II les dirigió. Al acto, que tuvo lugar el pasado 21 de noviembre en la Capilla Sixtina, asistieron, entre otros, los cineastas Kristof Zanussi, Nani Moretti, Samuel Maoz y Pupi Avati, los arquitectos Zaha Hadid y Santiago Calatrava, los escritores Susanna Tamaro y Claudio Magris, el compositor Ennio Morricone, o el tenor Andrea Bocelli.

Una función esencial de la verdadera belleza, de hecho, ya expuesta por Platón, consiste en provocar en el hombre una saludable “sacudida”, que le haga salir de sí mismo, le arranque de la resignación, de la comodidad de lo cotidiano, le haga también sufrir, como un dardo que lo hiere pero que le “despierta”, abriéndole nuevamente los ojos del corazón y de la mente, poniéndole alas, empujándole hacia lo alto. La expresión de Dostoyevski que voy a citar es sin duda audaz y paradójica, pero invita a reflexionar: “La humanidad puede vivir –decía– sin la ciencia, puede vivir sin pan, pero sin la belleza no podría seguir viviendo, porque no habría nada que hacer en el mundo. Todo el secreto está aquí, toda la historia está aquí”. Se hizo eco de sus palabras el pintor Georges Braque: “El arte está hecho para turbar, mientras que la ciencia tranquiliza”. La belleza golpea, pero por ello mueve al hombre hacia su destino último, lo pone en marcha, lo llena de nueva esperanza, le dona la valentía de vivir hasta el final el don único de la existencia. La búsqueda de la belleza de la que hablo, evidentemente, no consiste en una fuga irracional o en un mero esteticismo.
 
Con demasiada frecuencia, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría. Se trata de una belleza seductora pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación en sí misma. La auténtica belleza, por el contrario, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano.

(…) Queridos artistas, al concluir, quisiera dirigir también yo, como ya lo hizo mi predecesor, un cordial, amigable y apasionado llamamiento. Sois los custodios de la belleza, tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y del compromiso humano. ¡Agradeced los dones recibidos y sed plenamente conscientes de la gran responsabilidad de comunicar la belleza, de comunicar la belleza a través de la belleza! ¡Sed también, a través de vuestro arte, anunciadores y testigos de esperanza para la humanidad¡ ¡Y no tengáis miedo de relacionaros con la fuente primera y última de la belleza, de dialogar con los creyentes, con quien, como vosotros, se siente peregrino en el mundo y en la historia hacia la Belleza infinita! La fe no quita nada a vuestro genio, a vuestra arte, es más, los exalta y los nutre, los anima a atravesar el umbral y a contemplar con ojos fascinados y conmovidos la meta última y definitiva, el sol sin crepúsculo que ilumina y hace bello el presente.

El texto completo, aquí.