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La venganza

27 May

Los gorriones hacen la competencia a los mirlos y me inquieta no saber porqué han enmudecido de pronto esos grandes cómicos del trino. Quizá sea porque les sienta mal la humedad ambiente, porque ya no le encuentran la gracia a lo que hacemos, o porque acabó su función y ahora le toca el turno a otros.

Por lo que vengo observando, los mirlos hacen carrera artística en solitario pero los gorriones se organizan al modo de las antiguas corralas. En la calle Gaspar Alonso –esa del acerado traidor- ocupan los canalones y los tubos del aire acondicionado de las casas de ambas aceras. Desde allí turnan su piar obligándome a girar la cabeza de un lado a otro.

Lo sorprendente no es la calidad sino la mecánica del asunto. Los primeros días –subyugada aún por los mirlos y presa de la algarabía- califiqué la representación de género menor, algo así como una zarzuela; después pensé que la sucesión tenía más de espectáculo tenístico que coral, y ya hoy, que llevaba en la cabeza la explicación de Finkielkraut sobre que “el hombre moderno ya no tiene por qué tomar por el Ser verdadero lo que es método. Habita en el espacio que el método le ha modelado y consume lo que ese método produce”, pienso que lo que hacen los gorriones es reírse de nosotros. Nos imitan, critican nuestro mecanicismo y de alguna manera se vengan, por eso están ahí, sobre el producto de nuestra técnica.

El filósofo recoge una cita de Rüdiger Safranski: “La vida humana se vuelve tautológica cuando no encuentra más que las huellas de su propia actividad”. Eso hacen los pájaros, remedan nuestros símbolos digitales y absurdos como diciendo: vais listo si pensáis que podéis doblegar a la naturaleza y salir indemnes.

Seguro que esto no son más que elucubraciones y divertimentos. Quizá yo misma estoy cayendo en el método y perdiendo esa perspectiva del arte como asentimiento a lo que es, pero sea o no por la acción del hombre, el caso es que acaba mayo, hace frío, los mirlos ya no cantan y los gorriones están ahí, obstruyendo los canalones y picando los tubos del aire acondicionado. 
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La muerte de una madre

21 May

Sigo andando detrás de Casiopea por la calle de Jamás. En su caparazón leo estos días los brillantes ensayos del filósofo Alain Finkielkraut recogidos en Nosotros, los modernos, cuya lectura me recomendaron hace algunos meses.

  

En ‘El Moderno y el superviviente’, el autor explica el giro copernicano del pensamiento del escritor y semiólogo francés Roland Barthes a propósito de un suceso luctuoso y lacerante:

 

“Barthes dejó de considerarse moderno y de ir y venir de sus criterios a sus gustos cuando vio morir a su madre. ‘De repente, se me ha vuelto indiferente no ser moderno’: su cambio de actitud no proviene de una reflexión doctrinal, sino de un acontecimiento. Un acontecimiento íntimo e ínfimo con respecto a los valores indisolublemente políticos y artísticos que estaban en juego en su adhesión a la modernidad. (…)

 

No sé cómo caería esta frase en el entorno y en la época del escritor, pero lo encuentro una provocación para el sistema que da algunas pistas de los motivos por los que esta sociedad se empeña en huir a toda costa del dolor y camuflar como sea el hedor de la muerte.

 

Y esa idea de ‘acontecimiento’ me lleva a pensar en el suceso histórico de la muerte de Cristo por amor a nosotros y, desde esa perspectiva -locura y necedad sumas-, entiendo también a qué viene tanto revisionismo histórico y tanto laicismo belicoso.

 

Continúo con Finkielkraut y su análisis de la vivencia de Barthes:

 

¿Por qué? Porque el duelo le convirtió en un superviviente y no es posible ser a la vez superviviente e integralmente moderno. Porque en el simple hecho de sobrevivir a los seres que amamos existe un desmentido a la representación del tiempo que transmite la idea misma de moderno.

 

El Moderno es alguien a quien le pesa el pasado. El superviviente e alguien a quien le falta el pasado. El Moderno ve en el presente un campo de batalla entre la vida y la muerte, un pasado que ahoga y un futuro liberador. El impulso del superviviente hacia el futuro está roto, porque ama a un muerto. El moderno es alguien que corre más rápido que el viejo mundo porque tiene miedo de que éste le atrape –‘Corre, Camarada, el Viejo Mundo está detrás de ti’, decía uno de los eslóganes más famosos del 68-, el superviviente corre detrás del viejo mundo, sabiendo que no tiene ninguna posibilidad de atraparlo”.

 

Porque “lo peor de todo”, lo absolutamente perturbador e inquietante para el sistema, es que el cristiano no es ni siquiera un superviviente, pues no ama a un muerto sino a la misma Vida, que era, que es y que será. No tiene necesidad de correr: ya ha llegado. Todas las cosas -pasadas, presentes y futuras- son suyas, y él, de Dios.