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Escuela de vida

3 Feb

Asoma la rosa su corola, lienzo dispuesto alrededor de la vida. Blanco como la tez y las manos cuyo helor envuelven. La rosa exhala su aroma, cortada en la flor de la edad, y se asoma al féretro mientras a lo Eterno.

Al borde de la medianoche y de este sofá miro el rostro tan distinto al de otros difuntos, tus iguales. Y suena ajena la palabra muerto al ver este gesto hecho rasgo victorioso.

Nueve meses para nacer de nuevo. Tu sonrisa, hoy contenida en los labios sellados, guarda tanta hermosura que si fuera procedente contarías… Pero los muertos han de estarse quietos aquí abajo. Es ley de muerte.

Con lo poco que te gustan los silencios.

La vida sigue

11 Nov

Así es la vida de los blogs. La mayoría de las entradas, al apagarse la luz, ocupan silenciosas su puesto, como libros acabados en su estantería, como muñecos tras una tarde de juegos. Al día siguiente, a los dos días, a la semana -cosa que sucede aquí más de lo que quisiera- surgen nuevas conversaciones, con sus comentarios y animadas discusiones.

De vez en cuando en cuando -y esa es la gracia de los blogs- se reanuda un viejo debate, se abre o se cierra una herida -hay libros que también son heridas-, y nadie, salvo el lector ocasional -vía Google- o el propio autor del blog lo sabe. Pocas veces compensa la alusión pero, como en todo hay excepciones.

Ayer, Pepe, el marido de Lourdes Gil Cepeda –aquella joven mamá que murió al dar a luz- buscaba huellas de su esposa en la red, esa red donde, lo confesemos o no, todos nos buscamos o buscamos a quienes queremos, y se encontró con La rebelión de los porqués y su debate. Debió de sufrir Pepe y creo que es justo y merece la pena por el contenido rescatar su comentario para cerrar la llaga, o para dejarla abierta, porque hay llagas que es preciso que no cierren.

Y tampoco estaría mal aplaudirle, a él, a ella, al matrimonio que formaron, a los hijos que han heredado semejante patrimonio de valentía, pero no a la muerte, como algunos retorcidos piensan que hacemos los cristianos:

“Hola, soy Pepe, el marido de Lourdes que falleció el pasado 16 de Septiembre. Es curioso que hoy haya encontrado tu blog, al poner en Google el nombre de mi esposa.
No quiero interferir en vuestra discusión pero, por alusiones, me gustaría que le hicieses llegar a Rosario una testimonio que he hecho sobre Lourdes y que lo puede escuchar durante esta semana en la web de Radio Libertad, en la pestaña de programas en el recuerdo de 7:30 a 8, no por lo que pueda decir yo sobre mi matrimonio y como lo viví, sino sobre lo que Lourdes descubre escrutando la escritura a solas con Dios (Mt 11,29-30). Te transcribo textualmente:

‘Ver el yugo de Cristo que debo tomar para alcanzar el verdadero descanso, lo que me une a Él -la misión: mis hijos (tratarles con amor, con paciencia, transmitirles la fe)…Ver que esa es la misión de mi vida, que para eso estoy aquí, que para eso me los ha concedido el Señor. No caer en el engaño de ser una ama de casa avergonzada, de sentirme inferior (sí inferior por mi inutilidad y mis pecados) pero no por mi misión. Que los que nos vean y vean cómo nos queremos mi marido y yo sepan que es porque Dios está con nosotros, no por lo majos que somos’.

Por cierto a las charlas siempre me acompañó ella, como lo hacíamos… Pues bien, solía decir Lourdes: “donde yo no llego, llega el Señor”. Pero para eso hace falta que esté, y en nuestro matrimonio estaba y eso nos ha dado una felicidad grandísima en todos los aspectos del matrimonio. Del resto, me parece que ya has contestado perfectísimamente tú”.

 

Lo peor son los vivos

12 May

Últimamente frecuento demasiado el tanatorio. Y esta familiaridad con la muerte me preocupa por el miedo a la connaturalidad con algo tan contranatura.

 

Esta vez dejamos el coche en el aparcamiento subterráneo, que ya de por sí suena a ensayo de sepultura. Y todo por temor a los más ‘vivos’, a los gitanos de El Vacie, que negocian con el dolor de los familiares a punta de navaja -como los empleados de las funerarias pero sin tantas contemplaciones-, y que la última vez se saldaron con dos bolsos de señora y un susto de muerte.

 

Subimos a la segunda planta como quien sube a unos grandes almacenes. “Buenos tardes, me puede decir dónde está Dña. Menganita”. “Sala 14”. El cuerpo de la difunta ocupa la misma sala del padre de mi amiga de hace mes y medio. Y el superponerse de muertos también deja el alma con un frío tumbativo.

 

Esta mañana leo en un periódico que el nuevo tanatorio-crematorio de Alcalá de Guadaira contará con ‘novísimos’ como la posibilidad de hacer eco-funerales, depositar para su custodia el ADN del finado y confeccionar diamantes con cabello de los fallecidos.

 

Así que, en breve, se puede uno encontrar con la madre de X refulgiendo desde el anillo de su anular. “Qué bonito diamante”. “Es mi madre”.

 

Cuando uno no cree que los muertos están en su destino eterno es capaz de creer que están en los lugares más inverosímiles: en un anillo, en lo alto del aparador presidiendo las reuniones familiares, en las marismas de Doñana o saliendo de un tetrabrik en pleno efusión futbolística.

¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?

31 Mar

Duele el cabello mal dispuesto, la señal que dejó la mascarilla, los golpes del féretro en las paredes. Duele esa risa despreocupada y el chiste inoportuno, el sonido del tráfico mezclado con un gorjeo de gorriones: la vida sigue, la vida sigue.

Todas las cosas pequeñas que una quisiera haber evitado y aquellas que debió tener en cuenta, ahora que llegó lo inexorable duele. Y la impostura de los carroñeros, con su negocio de asepsia funeraria.

Todos sabemos que ahí va el rancho de hoy, lo dice el hambre en los ojos, la calculada naturalidad con que la bola de papel hecha del presupuesto fallido se cuela en el cesto: “Ya lo hemos traído, está en la cámara. Ahora viene el compañero y les explica. Si es de alquiler, a este señor tendrán que sacarlo a los diez años sin remedio”. 

Y una quisiera detener la función de los zombies y decir: “oiga, ‘este señor’ es el padre de X, un poco de humanidad”. Pero, en el fondo sabe que la piedad no se improvisa -depredadores- mientras mira cómo la calculadora suma vertiginosa números de muerte.

 Y en medio de la confusión tétrica de vivos y de zombies, los verdaderos muertos, intentando imponer su penúltima palabra de paz, su letanía gloriosa: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?”.

El libro de los muertos

18 Mar

british-museum-egipto-momia-gato.jpg 

De cuerpo presente, los difuntos nos dan su lección magistral: el sudario por guardapolvo, la boca sellada, el pecho quietísimo. Parecen una casa deshabitada tras la mudanza de su dueño, aunque esto suena demasiado platónico ahora que lo pienso. Son raros estos muertos. Callan pero su silencio grita: Vita mutatur!  

La gente que pasa por el tanatorio a estas horas menea la cabeza: “No somos nadie”. Por eso precisamente me he dormido después de rezar y de escuchar elogios de la difunta: su amor a Dios y al trabajo bien hecho, su puntualidad, el humor inteligente, la vasta cultura, el afecto de sus discípulos, amigos, familiares… y de sus gatos, los vivos y los de porcelana.  

La conocía poco pero me era cercana por eso estoy aquí. Desde el nuevo destino, más viva que ninguno de los presentes, velará su cuerpo cubierto por la sábana, sus labios sellados, nuestra mezcla de melancolía y esperanza.

Estamos tan poco acostumbrados a los muertos que al mirarlos mucho tiempo seguido parece como si fueran a estirar los labios, como si el pecho quietísimo se moviera de manera casi imperceptible. O quizá sea una broma del difunto para que no creamos que está tan muerto como parece. 

Me avergüenza mi debilidad, como a los tres apóstoles les remordería no haber sabido velar ni una hora. ¿Es posible dormir frente al descanso eterno de los muertos, gastar una broma, salir a estirar las piernas, charlar con las visitas, recordar que mañana? 

“No somos nadie”, nosotros menos que ellos. Esa es su lección. Aguantamos tan poco asomados a la eternidad que en seguida viene la referencia espaciotemporal: mañana, qué hambre, qué sueño. 

Pasa el tiempo y J. y yo empezamos una discusión etimológica. El periódico de ayer, ahora que pasó la medianoche, parece otro difunto. Lo ojeo pero me acusa de superficialidad: “Mira que es feo el término obituario”, dice ella. “¡Pues anda que necrológica!”. Obituario debe venir del latín y necrológica, del griego. Sí. 

A los gatos les debe pasar algo parecido. No a los de porcelana, esos ni se inmutan, sino a los vivos. Allá en la casa deshabitada maullaban melancólicos estos días en busca del contorno físico del ama hasta que alguien decidió llevárselos a otra parte para que no extrañen tanto.  

Me recuerdan a un par de gatos muy especiales que vigilan quietos los papiros del Libro de los Muertos desde la vitrina del British Museum. Seguro que a Dña. Lourdes –que era catedrática de Historia- le gustaban. Ahora, de pronto me da mucha pena no haber tenido ocasión de preguntárselo y de regalarle esta foto que les hice.

Éskahtos

21 Sep

El tono de las últimas entradas pretendía rebajar la gravedad de la materia que me ocupa en estos penúltimos días. A saber, las verdades relativas a la ultratumba, cuestiones escatológicas, en su primera acepción del DRAE, por favor…

Decir materia es impropio, al menos en el estado actual de las cosas del mas allá, pero confío en que el hecho de hablar desde las coordenadas espaciotemporales de acá sea un eximente en mi juicio.

De forma carnal y descarnada al tiempo reza el refrán: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Puesto que el segundo se me niega por causas ya mencionadas, y la metodología tumbativa de la asignatura amenaza con arruinar hasta la esperanza en una resurrección futura, el único alimento que me queda es el humor.

Resulta inquietante este afán nuestro por la delgadez cuando lo que hay que hacer para conseguirla es esperar a que pase el tiempo suficiente, y una vez que resuciten los cuerpos lo harán en el estado más perfecto que cabe. ¡Lástima de energía mal empleada y cuánto purgatorio nos aguarda por culpa de las faltas de de caridad cometidas en periodo de régimen alimenticio!

La Divina Providencia, cuyo rostro anhelo contemplar el postrer día, ha tenido a bien endulzarme el mal trago de la Escatología con la lectura de Sir Tomás Moro, una estupenda biografía de Andrés Vázquez de Prada que recomiendo vivamente. El santo inglés supo conciliar sabiamente el bollo y el hoyo, y afronto la muerte en la Torre de Londres con buen ánimo y el estomago lleno.

Prueba de su humor para con las cosas del más allá es el epitafio que puede leerse en la tumba familiar de la parroquia de Chelsea -de la que he sabido demasiado tarde- y que concluye así:

Aquí yace Juana, querida mujercita de Tomás Moro;

sepulcro destinado también para Alicia y para mí. 

En los años de mi mocedad estuve unido a la primera:

gracias a ella me llaman padre un chico y tres chicas.

La otra fue para con ellos -cosa rara entre madrastras-

madre cariñosa, como si de hijos propios se tratara.

De igual modo vivo con ella como viví con la anterior:

difícil es decir cuál de las dos me es más querida.

¡Ay, qué gran suerte sería estar juntos los tres!

¡Ay, qué dicha si lo permitieran la religión y el destino!

Y por eso pido al cielo que esta tumba nos cobije unidos,

concediéndonos así la muerte lo que no pudo dar la vida.”

La tierra no supo dar cumplimiento a esta última voluntad de Moro. Sabemos que sólo su cuerpo anda repartido entre San Dunstan de Canterbury y la Torre de Londres.

Así pues, con el eco de los apocalípticos truenos de anoche resonando en mis oídos, como trompetas de Jericó, supongo que el feliz encuentro se habrá producido en la otra vida, con la limitación del estado de las almas separadas de sus cuerpos respectivos, e imagino -ni ojo vio ni oído oyó- los gozos que nos deparan los nuevos cielos y la nueva tierra al final de los tiempos, donde no habrá liras ni nubes de algodón ni mariconadas contemplativas semejantes, sino verdes valles iluminados por el Sol de Justicia, Caridad y Misericordia y las más gratas compañías que alegraron nuestros días en la tierra.

Si es que llegamos. Amén.

Doble muerte

25 Abr

“Doctora, usted no se da cuenta de lo que supone para una madre perder a un hijo.
La hija que pierde a su padre se convierte en huérfana,
la esposa que pierde al esposo se transforma en viuda,
pero la madre que pierde a su hijo…, la madre que pierda a su hijo no es nada”.

Contaba este suceso una pediatra argentina asistente a unas jornadas sobre tratamientos fútiles, limitación del esfuerzo terapéutico y cuidados al final de la vida, organizadas por la Fundación Bioética el pasado fin de semana. Y preguntaba cómo podía ella explicar a esa madre el sentido de la muerte de su hijo.

La pregunta salió de sus labios con la cadencia propia de esas latitudes, circuló por el auditorio, alcanzó suavemente los peldaños del estrado, revoloteó como una mariposa negra por los ojos y por los labios de los sesudos ponentes, se posó en la pantalla y regresó a su dueña por donde había venido, aquella médico presuntamente habituada a dar esta clase de veredictos.

La muerte como una puerta, la muerte maestra de vida, sí, sí, la muerte tan natural. Pero, ¿acaso esta clase de muerte no supone una doble pérdida: la del hijo y la de la madre? Debería tener, pues, dos funerales.

Cristo lloró ante el cádaver del hijo de la viuda de Naím, Cristo fue hijo muerto y resucitó y resucitará a los hijos de todas las madres, y a los esposos de todas las viudas y a los padres de todos los hijos, pero ¿no es cruel que nuestra sociedad ni siquiera brinde a una madre el consuelo de un estado propio y definitorio de su soledad?