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Las niñas quieren ser princesas

28 Ene

A propósito de la polémica portada de Vogue que le ha costado el puesto a la directora de la edición francesa de la revista, escribo este artículo en Aceprensa.

En los años ochenta, Joaquín Sabina cantaba “las niñas ya no quieren ser princesas”. Era en plena eclosión del feminismo. Hoy, cuando parece haberse alcanzado, si no la cima de la igualdad, al menos una cota elevada, ocurre paradójicamente lo contrario. Vuelven las princesas, pero éstas han perdido la inocencia de los cuentos infantiles. Son princesas de cuentos para mayores. Más en Aceprensa.

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La fuente

25 Nov

Yendo a la fuente y leído ya un cuarto de Luz del mundo, os dejo algunas de las respuestas del Papa a las preguntas inquisitivas del periodista. Y al final, también, la contestación a la pregunta de marras sobre el sida.

Merece la pena leer el libro-entrevista, no sólo por la agudeza de la mirada de Benedicto XVI, si no por la sincera humildad que desprende y la credibilidad que genera en el lector:

Está a la vista que el concepto de verdad ha caído bajo sospecha. Por supuesto, es cierto que se ha abusado mucho de él. En nombre de la verdad se ha llegado a la intolerancia y la crueldad. En tal sentido se tiene temor cuando alguien dice que tal cosa es la verdad o hasta afirma poseer la verdad. Nunca la poseemos; en el mejor de los casos, ella nos posee a nosotros. Nadie discutirá que es preciso ser cuidadoso y cauteloso al reivindicar la verdad. pero descartarla sin más como inalcanzable ejerce directamente una acción destructiva.

Gran parte de la filosofía actual consiste realmente en decir que el hombre no es capaz de la verdad. pero, visto de ese modo, tampoco sería capaz de ética. No tendría parámetro alguno. En tal caso habría que cuidar del modo en que uno más o menos se las arregla, y el único criterio que contaría sería, en todo caso, la opinión de la mayoría. Pero qué destructivas pueden ser las mayorías nos lo ha mostrado la historia reciente, por ejemplo, en sistemas como el nazismo y el marxismo, los cuales han estado particularmente en contra también de la verdad.

(…) Es por completo evidente que se está extendiendo una nueva intolerancia. (…) Así pues, (…) cuando se dice que, en virtud de la tolerancia negativa, no debe haber cruz alguna en los edificios públicos. En el fondo, lo que experimentamos con eso es la supresión de la tolerancia, pues significa que la religión, que la fe cristiana, no puede manifestarse más de forma visible.

Por ejemplo, cuando en nombre de la no discriminación se quiere obligar a la Iglesia católica a modificar su postura frente a la homosexualidad o la ordenación de mujeres, quiere decir que ella no debe vivir más su propia identidad y que, en lugar de ello, se hace de una abstracta religión negativa un parámetro tiránico al que todo el mundo tiene que adherir(se). Ésta es, aparentemente, la libertad, ya por el solo hecho de ser la liberación de lo que ha regido hasta el presente.

En realidad, (…) este desarrollo conduce cada vez más a la reivindicación intolerante de una nueva religión que aduce tener una vigencia universal porque es racional, más aún, porque es la razón en sí misma, que lo sabe todo y que , por eso mismo, señala también el ámbito que a partir de ahora debe hacerse normativo para todos.

El hecho de que en nombre de la tolerancia se elimine la tolerancia es una verdadera amenaza ante la cual nos encontramos. El peligro consiste en que la razón -la llamada razón occidental- afirma que ella ha reconocido realmente lo correcto y, con ello, reivindica una totalidad que es enemiga de la libertad. Creo que hemos de presentar con mucho énfasis ese peligro. A nadie se le obliga a ser cristiano. Pero nadie debe ser obligado a vivir la “nueva religión” como la única determinante y obligatoria para toda la humanidad“.

(Luz del mundo, Benedicto XVI. Pg. 63-66)

(P.S: las negritas son mías y la mayoría de los paréntesis, también. Los  utilizo sobre todo para sortear -con poco éxito- las patadas gramaticales del traductor al castellano).


Respuesta íntegra del Papa una pregunta de Seewald sobre su viaje a África en 2009 y las declaraciones que hizo sobre el sida y los preservativos:

El viaje a África fue totalmente desplazado en el ámbito de las publicaciones por una sola frase. Me habían preguntado por qué la Iglesia católica asume una posición irrealista e ineficaz en la cuestión del sida. En vista de ello me sentí realmente desafiado, pues la Iglesia hace más que todos los demás. Y sigo sosteniéndolo. Porque ella es la única institución que se encuentra de forma muy cercana y concreta junto a las personas, previniendo, educando, ayudando, aconsejando, acompañando. Porque trata a tantos enfermos de sida, especialmente a niños enfermos de sida, como nadie fuera de ella.

He podido visitar uno de esos servicios y conversar con los enfermos. Ésa fue la auténtica respuesta: la Iglesia hace más que los demás porque no habla sólo desde la tribuna periodística, sino que ayuda a las hermanas, a los hermanos que se encuentran en el lugar. En esa ocasión no tomé posición en general repecto del problema del preservativo, sino que, solamente dije -y eso se convirtió después en un gran escándalo-: el problema no puede solucinarse con la distribución de preservativos. Deben darse muchas cosas más. es preciso estar cerca de los hombres, conducirlos, ayudarles, y eso tanto antes  como después de contraer la enfermedad.

Y la realidad es que, siempre que alguien lo requiere, se tienen preservativos a disposición.Pero eso solo no resuelve la cuestión. Deben darse más cosas. Entretanto se ha desarrollado, justamente en el ámbito secular, la llamada teoría ABC, que significa: “Abstinence -Be faithful- Condom!” [Abstinencia-Fidelidad-Preservativo], en la que no se entiende el preservativo solamente como punto de escape cuando los otros dos puntos no resultan efectivos. Es decir, la mera fijación en el preservativo significa una banalización de la sexualidad, y tal banalización es precisamente el origen peligroso de que tantas personas no encuentren ya en la sexualidad la expresión del amor, sino sólo una suerte de droga que se administran a sí mismas. Por eso, la lucha contra la banalización de la sexualidad forma parte de la lucha porque la sexualidad sea valorada positivamente y pueda desplegar su acción positiva en la totalidad de la condición humana.

Podría haber casos fundados de carácter aislado, por ejemplo, cuando un prostituido utiliza un preservativo, pudiendo ser esto un primer acto de moralización, un primer tramo de responsabilidad a fin de desarrollar de nuevo una consciencia de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiere. Pero ésta no es la auténtica modalidad para abordar el mal de la infección con el VIH. Tal modalidad ha de consistir realmente en la humanización de la sexualidad.

El Papa, sí. El Papa, no

22 Nov

Benedicto XVI dice algo que gusta a la progresía, por ejemplo que casos excepcionales como el uso de preservativos por parte de una prostituta puede ser un primer acto de responsabilidad, y ¡qué bueno es el Papa! Benedicto XVI dice algo que le disgusta a la progresía, por ejemplo que en España vivimos un anticlericalismo beligerante similar al de los años treinta, y ¡qué malo es el Papa!

Se sesgan sus palabras, se sacan de contexto, se arrima al ascua a la sardina, se manipula, se amplifica, se eleva a la categoría de magisterio infalible, se difunde, y se acaba haciendo decir al Papa lo que no ha dicho. Opinan la ONU y Bibiana Aído y otros más.

Sobre otras cosas que el Papa ha dicho a Sewald en su entrevista, silencio sepulcral. Por ejemplo, lo mismo que dijo en Camerún, y que fue muy criticado: “concentrarse sólo en el preservativo quiere decir banalizar la sexualidad” o “éste no es el verdadero modo para vencer la infección del VIH”.

Es innegable que en la forma hay algunas cuestiones periodísticamente reseñables. Pero el Papa no ha dicho nada nuevo. Podemos discutir sobre la oportunidad o no de que un pontífice hable en contextos y formatos mundanos pero creo que la cuestión no es esa.

La doctrina es muy clara. Ese caso excepcional al que se refiere el Papa Ratzinger (la prostitución) es una estructura de pecado cuya redención puede precisar de un plano inclinado. Obviamente es peor prostituirse sin preocuparse de contagiar que preocupándose. Eso ya es algo.

El Papa se acerca al hombre y al mundo con todo su saber humano y espiritual, con ojos limpios, no vende su compromiso con la verdad y la dignidad humana, no admite componendas. No teme a la verdad, aunque le acarree el desprecio.

Otros, esos que manipulan sus palabras, sí la temen. Son los que repiten eso de “la libertad os hará verdaderos”. Al final el más libre es el Papa, que dice lo que quiere. Ellos, en cambio, están todo el tiempo obsesionados con lo que dice o deja de decir.

(Aquí, Lo que el Papa ha dicho y lo que el Vaticano ha explicado).