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¿Periodista o escritora?

24 Jun

San Juan Bautista fue periodista nonnato. Ya desde el seno materno destapó la primicia, precoz el chaval. No sé porqué el Precursor no es patrono de la profesión y en cambio lo es de pajareros, cuchilleros, epilépticos, cartujos, impresores y sastres. Lo de los sastres será por aquello de las pieles de camello, pero hay que reconocer que viene un poco forzado el patronazgo.

 

Anacó me nombra en su blog y me asesta una puñalada metafísica: ¿Bastiscafo es escritora porque es periodista o es periodista porque es escritora? Me pilló en un momento bajo y ahora le respondo no sin antes acogerme a la protección de San Juan Bautista por si perezco desangrada por la pregunta.

 

A Batiscafo siempre le gustó escribir, su asignatura preferida era la Literatura y amó cuanto ella pueda tener de hospitalario. Odiaba la sintaxis pero no la morfología: PeTaKa, BoDeGa… En su adolescencia se embebió de Bécquer, Machado y Salinas y garabateó sus primeros poemas bajo el don de la ebriedad. Prometió que orientaría su futuro y sus mejores energías hacia la noble tarea de escribir.

 

Al acabar bachillerato dudó entre Periodismo o Filología pero la mala relación con la lingüística y la perspectiva de volver a pisar un colegio, aun en calidad docente, la disuadieron. Por aquel entonces era tímida –más que ahora-, le aburría leer la prensa, perdía el hilo en las noticias de la radio y desconectaba de los informativos televisivos, pero encaminó sus pasos hacia el Periodismo por no perder su afición a las letras.

 

Pasó la carrera escribiendo poemas y cuentos, víctima de un rapto inspirador. Pensó seriamente en mudar sus estudios y estuvo tentada de cursar un doctorado en Humanidades y de quedarse en la Universidad como ayudante de Literatura, pero ejerció el Periodismo y descubrió que le gustaba la vida de la redacción, el contacto con la gente, los reportajes y las entrevistas, el vértigo de la actualidad, la magia del micrófono…

 

La lectura en diagonal y la escritura rápida le contagiaron lo que llamó “alergia a la letra impresa”, no conseguía terminar los libros, perdió la capacidad de versificar y de imaginar mundos ficticios, pero no se curó de la melancolía. Hace unos años destapó la caja de flores, repasó condescendiente aquellos garabatos ingenuos y pretenciosos, abrió un blog y regresó a los palotes en versión cibernética.

 

¿Es escritora porque es periodista o es periodista porque es escritora? Batiscafo sufre de vértigos y espasmos ante cada espacio en blanco -San Juan Bautista…-. Siente la urgencia de escribir pero rara vez tiene raptos de inspiración. Si el texto es periodístico el oficio la sostiene pero si es literario no pasa de sugerentes imágenes.

 

Batiscafo no piensa que sea ni periodista ni escritora sino escribiente. Aun así, no se rinde.

Buzzati

2 Jun

Imposible leer a Buzzati sin sentir el escalofrío de la muerte, la sombra del infortunio, el aguijón del remordimiento y un ansia irreprimible de haber sido yo quien escribiera esos relatos, que abandono inmediatamente para no caer en el error funesto del propio autor convertido en escritor farsante en uno de sus relatos…, pero que no deja de perseguirme, como los ojos del colombre al hijo de Stefano Roi, como los niños crueles al pequeño, enclenque e imprevisible Dolfi, “capitán lechuga”…

 

Ah, ya estoy diciendo demasiado. 

 

 

“En el panteón de hombres ilustres, en medio de otras muchas, hay una lápida que parece haber sido colocada ayer con la siguiente inscripción: ‘El 2 de agosto de 1915, alcanzado en plena frente, cayó como un héroe, combatiendo con ardor, en el monte Pipar (cota 2003). Subteniente de la 8.ª brigada de cazadores alpinos, había sido condecorado anteriormente por su valor en la campaña de Libia…’. En el monte Pipar, cota 2003, un grupo de turistas ha estado hoy de picnic. El jersey que uno de ellos llevaba tenía por dentro una etiqueta con el mismo nombre que aparece grabado en el arquitrabe del gigantesco templete que se alza abajo a la izquierda. Las zapatillas de su novia tenían la misma marca que se encuentra escrita con caracteres de bronce en lo alto de ese severo monolito que se distingue al fondo, en la sección número nueve. Lo mismo que el transistor, el agua mineral, el aperitivo, las servilletas, los quesitos, los cubiertos, los neumáticos, los tranquilizantes, la maletita, el libro: a cada objeto de la excursión le corresponde aquí un nicho, un túmulo, una cripta, un ángel de lujo”.

 

“El colombre”, Dino Buzzati. Acantilado. Enero 2008

Alma querida:

15 May

Las musas son extremadamente celosas. No les molesta ser fieles al aprendiz en caso de que tenga que dedicarse a otros trabajos por razón de supervivencia: saben que son dueñas de su corazón.

Pero una cosa es eso y otra el vulgar coqueteo con géneros menores. ¿Cómo requerir luego su afecto y su inspiración como si tal cosa? La última vez me abandonaron diez años y aún me resiento.

Hoy  tiemblo de espanto mientras acopio lecturas, intuiciones y pensamientos. Inútil tratar de convocarlas: Cacaracamouchen, cacaracamouchen!

Una pantera en el sótano

14 Abr

“Cuando hablaba, la ira inflamaba sus ojos azules agrandados por las gafas. En esos momentos mi madre y yo intercambiábamos una sonrisa secreta porque el enfado de mi padre era un enfado literario, una ira suave. Para expulsar a los británicos y rechazar a los ejércitos árabes hacía falta una ira distinta. Salvaje. Que no tiene nada que ver con las palabras. Una ira que no existe en nuestra casa ni en nuestro barrio. Quizá sólo en Galilea, en los valles, en las colonias de los confines del Néguev, o en los desfiladeros de las montañas donde se entrenan cada noche los verdaderos combatientes de la resistencia. Allí, quizás se esté acumulando la ira adecuada, que nosotros no conocíamos aunque sabíamos que sin ella estábamos perdidos. Allí, en los desiertos, en el valle del Jordán, en las montañas del Carmelo, en el valle ardiente de Bet Shean, surge un judío nuevo. Uno que no es pálido y con gafas como nosotros, sino bronceado y robusto, un pionero con el espíritu lleno de esa ira verdaderamente mortal. El ardor provocado por la justicia pisoteada hacía a veces destellar las gafas de mi padre; entonces mi madre y yo sonreíamos con una sonrisa invisible, menos perceptible que un guiño. Conspirábamos como una resistencia dentro de la resistencia. Era como si en el lapso de un segundo ella abriera en mi presencia un cajón prohibido. Como si me insinuara que, aunque en la habitación había dos adultos y un niño, por lo menos, para ella, el niño no tenía que ser necesariamente yo. Por lo menos, no siempre. Me acerqué a ella y de repente la abracé con fuerza mientra mi padre encendía el flexo de su escritorio y se sentaba para seguir acumulando datos sobre la historia de los judíos de Polonia. ¿Por qué la dulzura de ese momento también se me mezcló con esa ácida sensación del chirrido de la tiza, con ese sinsabor de la traición?”.

 

La cita es larga pero ilustra cómo es Profi, un niño judío, de familia intelectual, que vive en la Jerusalén de finales del mandato británico en Palestina; un niño de doce años que, al borde de la adolescencia, juega a la resistencia pero no resiste la injusticia, se somete a la imposición del toque de queda pero no a la pulsión de humanidad que late en la relación de una amistad imperdonable con un sargento de la policía británica interesado por el Israel bíblico y la lengua hebrea, despierta al amor pero se cuestiona su propio sentido de la lealtad a partir de esa visión inevitable no querida y deseada a un tiempo que le hace decir en un párrafo que rebasa los límites biográficos:

 

“Tengo que ir a disculparme ante Yardena por lo que casi no le vi, sin querer. Por los pensamientos que me vienen desde entonces. Pero ¿cómo? Para pedirle perdón tendré que contarle lo que pasó, y la propia historia es también una especie de traición. Pedir perdón a Yardena sería traicionar una traición. Qué complicado. ¿Traicionar una traición anula la traición? ¿O eso la convierte en una doble traición? Esa es la cuestión”.

 

Porque de lo que precisamente trata “Una pantera en el sótano”, de Amos Oz, es del sentido de esa palabra, traición, un concepto pegajoso como el olor de la sangre, que impregna la Jerusalén de 1947, y que Profi, en su despertar al mundo adulto, se cuestiona en clave de inocencia sin entender nada o casi nada. Y de la esperanza en que es posible conservar en el tiempo esa mirada que distingue lo principal de la sombra de la mentira y el miedo.

Lecciones de anatomía

4 Mar

Hoy el camino de baldosas amarillas adopta la forma de interrogante. Esta vez no me salen al paso personajes huérfanos sino mi propia conciencia un poco madrastra y canalla. 

A la altura de Valparaíso tomo la acera de la derecha donde las acacias matizan el resol y templan el bochorno.

Me cruzo con un padre y su hijo pequeño, no tendrá más de cuatro años. El padre le pregunta: “¿A que no sabes dónde está el corazón?” El niño señaló su garganta. Los rebaso y me sonrío con gesto condescendiente y maternal. El padre: “A ver si te aclaras”. Trago saliva.  

Pienso que el padre debe de ser médico por el empeño que pone en la lección de anatomía. Ya no puedo verlos pero supongo que el chaval habrá puesto su mano en el pecho porque el padre no añade nada.  

Al poco: “¿Y cómo hace el corazón?” Y el pequeño: “pom-pom, pom-pom”.  

Me alejo cada vez más de la pareja al ritmo de mis propios latidos. Aún tengo tiempo de oír: “¿Y para qué sirve el corazón, eh?”. El niño vacila, y yo dudo si apretar el paso o reducirlo. “Para… para…” Creo que no quiero oírlo pero tampoco soy capaz de marcharme.

Por un momento dudo si el padre se dirige al niño o me está preguntando a mí. Yo me digo: “eso, ¿para qué sirve el corazón?, ¿dónde está?, ¿qué hace?” Me he quedado en blanco.  

Aguzo el oído, necesito más que nunca escuchar la respuesta. “Para… para… -y al fin, el chiquillo triunfal- ¡para estar vivo!”.

En el camino de baldosas amarillas

3 Mar

Bajo un sol inmisericorde, tres capas de ropa y bufanda previsora, se me derriten las meninges pensando en un artículo pendiente, una entrada rebelde de blog, un cuento inconcluso y otro incoado.

Llevo así tres días. Por mi cerebro desfilan mil temas y todos lo abandonan como vagabundos en busca de un lugar más grato: la conciliación, Bermejo, los puntos sobre las íes, la crispación, ETA, el debate, las encuestas, Andalucía, suma y sigue, mis lecturas más recientes, los tres libretos de cineastas que me traje de casa de mis padres…

Debajo del brazo, un fajo de prensa interesante de la semana. Nada. Ninguna idea feliz, ninguna asociación ocurrente.

De sopetón, al doblar un recodo del camino de baldosas amarillas, una voz varonil y aún joven: “Qué extraño, siempre que te llamo sale mi mujer”; un anciano reprende a su nieto pequeño como un gorrión porque ha pisado en blando: “¡Pero qué coño, te tengo dicho que mires dónde pisas!”; y una señora gorda y feliz intenta arrancar unas flores de azahar del naranjo más cuajado que jamás he visto.

La emboscada me pilla desprevenida. Es lo que Pirandello llamaría “Seis personajes en busca de autor”. Tres en mi caso. Ellos ya están. Ahora sólo falto yo.

Memento, homo…

6 Feb

Debe y haber (I)

31 Dic

Un año más sin encontrar la clave que combina lo querido con lo debido y lo realizado, el número secreto que abre la puerta, si no a la plenitud al menos a cierta sensación de vida lograda. 

Querer lo que se debe y hacer lo que se quiere, ¡equilicuá!, pero… ¿qué es lo debido en cada momento y qué se ha de querer y con cuánta intensidad?, ¿hasta dónde es sana la noble ambición que nos saca de lo mediocre? 

El hombre, ese ser insatisfecho. Lo decía una psicóloga de la tele el otro día, de esas que cobra por decirnos lo que ya sabemos. Da cierto alivio saber que todos volvemos a plantearnos metas para el año que nos sobreviene y que acabará sobreviviéndonos por falta de empeño: comenzar una dieta, hacer deporte, ir a un balneario. 

Si los Reyes Magos me ayudan y la constancia me acompaña quizá mejore en algo mi forma física, pero centraré mis esfuerzos en otros terrenos más productivos del debe y el haber, el volo y el diligo, a ver si en 2008 mejoramos el balance. Hay ciertas partidas a las que debo dedicar más recursos. 

En el “haber” del terreno cultural, que es lo que compete ahora, tengo unos pocos libros (no más de veinte), muchas películas (no menos de cincuenta), un viaje a Londres inolvidable; algo de inglés, gracias a Sydney, una brujita californiana de rizos rojos cuyo nefasto español me permitió superar mi trauma de hablar inglés, y este blog que he roturado y sembrado con perseverancia aunque su cosecha haya sido a destiempo y anárquica. 

Mi relación con los libros fue frívola e inconstante. No me dejé conquistar por ellos y flirteé bastante, siguiendo los consejos de Pennac en Como una novela. Haciendo examen encuentro falta de serenidad, de tiempo y de ánimo, que es lo idóneo para que un noviazgo no llegue a final feliz, con o sin perdices. 

Consiguieron llegarme al corazón, no obstante, unos pocos: Escritores conversos, de Joseph Pearce, El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada, Dos ciudades, de Zagajewski; Oficio, de Ibáñez-Langlois; Lepanto de Chesterton (por cortesía y regalo de Rocío); El gran Meulnes, de Fournier (una deuda por fin saldada); Nuestro nombre en las piedras (primer poemario de Mª Eugenia Reyes y muy bueno); Sol de noviembre, de Miguel d’Ors; Sir Tomas Moro, de Vázquez de Prada, y Spe Salvi, de Benedicto XVI. Suerte que en este terreno no hay amores excluyentes ni exclusivos. 

Con algunos acabé en buena amistad: El Leviatán, de Joseph Roth; Autobiografía, de Chesterton (cuya lectura se prolongó por todo el año); Sermones, de Newman; Tombuctú, de Paul Auster, Maestro Huidobro, de Jiménez Lozano, En las nubes, de Mc Ewan. 

Otros me defraudaron: Escucha mi voz, de Susanna Tamaro, que no es más que la historia de sus traumas contada por ella misma como quien cuenta el argumento de un libro, del mismo libro. 

En el “debe”, mi propósito de terminar El hombre eterno y Correr tras el propio sombrero, de Chesterton; La cosa en sí, de Trapiello (voy por la página 545); Autobiografía incompleta, de Evelyn Waugh; La divina Comedia (entonando el Canto VI, a razón de uno por día, según la dosis recomendada por Enrique; estoy destinada a la condenación si no avanzo); Cuentos Completos, de Flanery O’Coonor (que lleva en dique seco desde julio), Hiperion, de Hölderlin (que devolví sin terminar a la biblioteca pública) y Las gallinas del licenciado, de Jiménez Lozano, que acabaron también en el estante de la biblioteca porque me cansaron sus cacareos por muy bizantinas que fueran. 

Y en el saco de los propósitos también la ilusión de escribir, de “perpetrar” una novela y algún relato breve, cuyos argumentos me rondan como malos pensamientos pero que ni siquiera intenté verbalizar por falta de tiempo y por miedo al fracaso, para ser sinceros. 

¡Feliz 2008 a todos!

Literatura, cristianismo y Newman

22 Jun

John Henry Newman pone el colofón a una semana de lecturas y reflexiones compartidas en torno al concepto “cultura cristiana”. Un final que me ha sorprendido como un regalo y ha despertado un alborozo extemporáneo de mañana de Reyes. Esa alegría que hace exclamar: ¿cómo lo adivinaste? ¡Era lo que necesitaba!

Se trata del discurso titulado The idea of a University. En él, el promotor del movimiento de Oxford y del despertar a la fe católica de grandes escritores en la Inglaterra del siglo XX, critica con poderoso verbo ciertas deformidades en la enseñanza de las letras contra las que conviene estar prevenidos también hoy, porque el peligro de pretender detener el genocidio humanista con el parche de una literatura “católica” deleznable, carente de peso antropológico –o sea, con una mala literatura- siempre existe. Adopta formas de hagiografía, de evasión clorofórmica de las paradojas humanas, de pusilanimidad, de nescencia, de beatería, etc. Y de tan mal remedio, libera nos Domine.

Os dejo con el cardenal. Las citas son largas pero sustanciosas. Disculpad el exceso. No encuentro enlaces en internet:   

     “El hombre nunca seguirá en un estado de simple inocencia, pecará, y su literatura será expresión de su pecado, sea él pagano o cristiano. El Cristianismo ha arrojado torrentes de luz sobre el hombre y sobre su literatura, pero como sólo ha convertido a algunos tipos humanos elegidos, no ha modificado el carácter de su mente o de su historia. Su literatura es lo que era, o peor de lo que era, según el abuso del saber y el repudio de la verdad que hayan tenido lugar. En conjunto puede decirse que la literatura de cualquier nación es la ciencia o la historia, en parte, del hombre natural, en parte, del hombre rebelde”.

     “Por la misma naturaleza de las cosas, si la literatura ha de ser un estudio de la naturaleza humana, no podéis tener una literatura cristiana. Es una contradicción interna in terminis intentar una literatura sin pecado del hombre pecador. Podéis reunir obras muy grandes y altas, incluso más altas que cualquier literatura conocida, y cuando lo hayáis hecho, veréis que no es literatura en absoluto. Habréis dejado fuera el retrato del hombre como tal, y lo habréis sustituido por otro retrato del hombre: lo que sería o podría ser bajo ciertas condiciones favorables.

     Si queréis, podéis abandonar el estudio del hombre como tal, pero tendréis que advertir a todos de lo que estáis haciendo. No digáis que le estáis estudiando a él, su historia, su mente, su corazón, cuando estudiáis en realidad otra cosa.

     Apartadlo o colocadlo ante vosotros, pero -hagáis una cosa u otra- no lo toméis por lo que no es, no lo toméis por algo más sagrado y divino, por un ser regenerado. Evitad que la obra de Dios y los pocos a quienes Su gracia ha transformado plenamente, aparezcan en inferioridad de condiciones intelectuales respecto a los muchos que o no tienen entendimiento o lo usan mal. Los elegidos son pocos, mientras que el mundo es inagotable”.  

     “La literatura de la raza humana no será pura y noble hasta que esta raza no se renueve. Es posible, desde luego, como idea, que la naturaleza, inspirada por la gracia divina, se manifieste con una originalidad de pensamiento y acción mayores incluso que la conseguida por la literatura universal. Pero si hemos de tener una literatura de santos, hemos de tener antes una nación de santos”.

     “Proscribid la literatura secular como tal (…), eliminad de vuestros libros escolares todas las manifestaciones del hombre natural, que esas manifestaciones estarán esperando a vuestros alumnos en la misma puerta del aula con toda su viva realidad.     

     Sorprenderán a vuestros jóvenes con todo el encanto de la novedad y toda la fascinación del genio. Hoy es un discípulo y mañana será un miembro del gran mundo; hoy se limita a las Vidas de santos y mañana se verá arrojado sobre Babel, sin que antes le haya sido permitida la honesta compensación del ingenio, ni el humor y la imaginación, si n que se le haya dado ningún criterio sobre el gusto ni ofrecido regla alguna para distinguir ‘lo precioso de lo vil’, la belleza del pecado, la verdad de los sofismas propios de la naturaleza,, lo inocente de lo venenoso.     

     Se le habrán negado los maestros del pensamiento humano, que podrían haberle educado de algún modo, precisamente a causa de su incidental corrupción. Se le habrá apartado de hombres cuyos pensamientos mueven el corazón, cuyas palabras son máximas, cuyos nombres son familiares a todo el universo, que son el modelo de su lengua materna y el orgullo de sus compatriotas: Homero, Ariosto, Cervantes, Shakespeare, y ¿por qué? Porque el viejo Adán vive con ellos.

     Habéis preservado a vuestro discípulo; y ¿para qué? Le habéis hecho libre para el mundo y sus periódicos, recensiones, revistas, novelas, panfletos de controversia, debates parlamentarios, pleitos judiciales, discursos políticos, canciones, dramas: libre para esta asfixiante atmósfera de muerte. Le habéis concedido libertad sobre la multitudinaria blasfemia de su tiempo. Habéis logrado hacer del mundo su Universidad”.