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Te perdono, pero entiérrame

21 Nov

Podría ser el epílogo de una novela negra o el the end de un thriller de Hitchcock. La confesión del marroquí perseguido por el espectro de su conciencia encaja en este final de noviembre.

Tiene ribetes clásicos de Antígona o de Hamlet y serviría también para cerrar una historia de amores imposibles en que ella le dijera a él con lágrimas metafóricas: “Te perdono, pero entiérrame”.

…En este mes de noviembre tan extraño que junta a los muertos que perdonan y piden ser enterrados con los vivos que no perdonan y se empeñan en desenterrar a los muertos.

II. Saldo positivo

20 Ago

Examino mis días, hoy que el Evangelio narra la parábola de los trabajadores llamados a la viña. Es posible que haya ganado algún denario de última o de primera hora, y me consuela aquello de que los últimos serán los primeros. 

En mi “haber” encuentro la tarde con Araceli, Pete y la pequeña Leyre que se ha transformado en mayor a cuenta de las mellizas recién nacidas; el rato con Luna y Víctor, a los que volveré a visitar para medir a Sofía; escapada a Málaga con una feliz María, que comenzó a la hora del almuerzo con pescaíto, mar y sangría, y acabó con 270 km. de cena al volante del crepúsculo contagiada de su alegría prenupcial; el relumbre de supernova de café y helado de cumpleaños con Sonia; unas cuantas penas apuñaladas con Mª Ángeles, otra comida relámpago con Ana en Jerez aprendiendo que aquí las canoas son recipientes que sirven para meter el vino en las botas. Y tardes con mis padres, y en casa, con Conchita, Mª Reyes y la vajilla de plástico para no tener que fregar.

Y noticias de Londres, que me sumen en la bruma de la nostalgia. Tal día como ayer hace un año escribía sobre “Ye Olde Chesire Cheese”, el viejo pub frecuentado por Chesterton en Fleet Street desde el ordenador de Ashwell House, aquella antigua fábrica que conoció Dickens y que me alojó durante un mes. Melancolía in crescendo estos días después de volver a “la ciudad de las agujas de ensueño” con Charles y Sebastian.

Amigos de cine también. Recomiendo En América, de Sheridan. Una auténtica joya emparentada con el cine de Capra y Kazan, que recrea la llegada del director irlandés a Estados Unidos. Una historia dura vista desde la mirada de fe de dos niñas sensacionales. También Juno, que me atrapó por la frescura de la protagonista –ese “¡tía, soy un planeta!-, la valentía de Diablo Cody en el tratamiento del tema, el acierto en las dosis de humor, profundidad, actualidad; y los personajes secundarios, en especial los padres (magnífica contestación la de la madre a la técnico del ecógrafo). Y algunos clásicos imprescindibles que vi con mis padres: Retorno al pasado, una de las mejores películas de los cuarenta, dirigida por Jacques Tourneur y protagonizada por Robert Mitchum, Jane Greer, y Kirk Douglas, y Matar a un ruiseñor, dirigida por Robert Mulligan y protagonizada por Gregory Peck.

…Y amigos también entre las páginas de los libros. Sigo en mi empeño de cuatro al mes y lo estoy consiguiendo. Estos últimos días acabé Sábado, de McEwan, que no me defraudó, y la tremenda Niels Lyhne, de Jacobsen. Entre las manos, Otro Mar, de Magris (me cuesta leer a Magris, y lo lamento) y la Historia del Cine de José Luis Sánchez Noriega, un manual muy completo, casi diría que imprescindible.

Metaescrituras

25 Jun

La entrada de mi amiga Anacó y el prólogo de Familias, de Natalia Ginzburg, me sugieren reflexiones sobre el proceso de escritura.

 

(Por cierto, escribe magníficamente la italiana, la admiro, pero me agota su insaciable capacidad de abundar en minidramas domésticos aunque sea desde una mirada amorosa y con intencionalidad. Ya me pasó con Las palabras de la noche).

 

 

“Escribir ‘por casualidad’ era dejarse llevar por el juego de la pura observación e invención, que se mueve a nuestro alrededor, escogiendo al azar entre seres, lugares y cosas que nos son indiferentes. Escribir ‘no por casualidad’ era hablar solamente de aquello que amamos. La memoria es amorosa y nunca es casual. Hunde las raíces en nuestra propia vida, y por eso su elección nunca es casual, sino siempre apasionada e imperiosa. Lo pensé, pero después lo olvidé; más tarde me entregué, durante muchos años, al juego de la invención, pues creía poder inventar a partir de la nada, sin amor ni odio, entreteniéndome entre seres y cosas por los que no sentía más que una vaga curiosidad”.

 

(Familias, Natalia Ginzburg).

 

 

Como un buen guiso, el arte de escribir tiene su tiempo y su medida, y de nada sirve impacientarse ni forzar el proceso. Hay una diferencia fundamental con respecto al arte culinario, y es que en esta actividad no hay libro de recetas que consultar: “cada maestrillo tiene su librillo”.

 

En mi caso lo más importante es disponer de ingredientes escogidos con atención y mimo, como recuerdos imperecederos, imágenes de almacén, pensamientos de primera necesidad, conversaciones sustanciosas, frases aromáticas o lecturas bien maceradas.

 

El siguiente paso es una actitud habitual de atención por si alguno de esos ingredientes se destaca como principal para expresar aquello que quiero decir. Pero con una atención distraída -si cabe la contradicción-, que no influya en el desarrollo del curso natural de la idea y su asociación a otras afines.

 

Otra actitud fundamental es procrastinar, latinajo que suena a delito sin atenuantes y significa diferir, aplazar hasta el último momento la tarea: “deja para mañana lo que puedas hacer hoy”.

 

Hay que evitar a toda costa caer en la tentación de la diligencia, y mostrar un aparente desinterés, como marcan los códigos de la seducción. Como mucho, bastará un breve apunte.

 

A estas alturas, la idea ya está crecida y no se deja encasillar a priori sin perder espontaneidad; puede estar rodando por la mente horas, días, semanas e incluso meses mientras uno se dedica a otras cosas, pero no conviene quitarle ojo.

 

La idea madre y sus posibilidades de desarrollo serán las que marquen si lo que surgirá al final será poema, cuento, artículo, novela o simple apunte descriptivo. Para reconocerlo hace falta sentido del gusto y oído y no siempre se tiene para todo. Yo, por ejemplo lo tengo limitado para la poesía, no sé porqué, y encuentro graves dificultades en el desarrollo de la ficción narrativa.

 

Llegados a este punto, y simplificando el proceso, hay que encender el fogón y poner la olla a calentar, es decir sentarse a redactar y hacerlo de golpe, mejor si es bajo presión. Esa es mi experiencia.

 

Es la parte del proceso más laboriosa, más artesanal, más solitaria. Escribir, corregir, borrar, reescribir… La inspiración, si la hubo, se retira y hay que vivir de la visión, dejarse llevar por la coherencia interna del texto y al mismo tiempo estar abierto al cambio.

 

Y al final, dejar reposar, como un buen guiso.

 

 

 

¿Periodista o escritora?

24 Jun

San Juan Bautista fue periodista nonnato. Ya desde el seno materno destapó la primicia, precoz el chaval. No sé porqué el Precursor no es patrono de la profesión y en cambio lo es de pajareros, cuchilleros, epilépticos, cartujos, impresores y sastres. Lo de los sastres será por aquello de las pieles de camello, pero hay que reconocer que viene un poco forzado el patronazgo.

 

Anacó me nombra en su blog y me asesta una puñalada metafísica: ¿Bastiscafo es escritora porque es periodista o es periodista porque es escritora? Me pilló en un momento bajo y ahora le respondo no sin antes acogerme a la protección de San Juan Bautista por si perezco desangrada por la pregunta.

 

A Batiscafo siempre le gustó escribir, su asignatura preferida era la Literatura y amó cuanto ella pueda tener de hospitalario. Odiaba la sintaxis pero no la morfología: PeTaKa, BoDeGa… En su adolescencia se embebió de Bécquer, Machado y Salinas y garabateó sus primeros poemas bajo el don de la ebriedad. Prometió que orientaría su futuro y sus mejores energías hacia la noble tarea de escribir.

 

Al acabar bachillerato dudó entre Periodismo o Filología pero la mala relación con la lingüística y la perspectiva de volver a pisar un colegio, aun en calidad docente, la disuadieron. Por aquel entonces era tímida –más que ahora-, le aburría leer la prensa, perdía el hilo en las noticias de la radio y desconectaba de los informativos televisivos, pero encaminó sus pasos hacia el Periodismo por no perder su afición a las letras.

 

Pasó la carrera escribiendo poemas y cuentos, víctima de un rapto inspirador. Pensó seriamente en mudar sus estudios y estuvo tentada de cursar un doctorado en Humanidades y de quedarse en la Universidad como ayudante de Literatura, pero ejerció el Periodismo y descubrió que le gustaba la vida de la redacción, el contacto con la gente, los reportajes y las entrevistas, el vértigo de la actualidad, la magia del micrófono…

 

La lectura en diagonal y la escritura rápida le contagiaron lo que llamó “alergia a la letra impresa”, no conseguía terminar los libros, perdió la capacidad de versificar y de imaginar mundos ficticios, pero no se curó de la melancolía. Hace unos años destapó la caja de flores, repasó condescendiente aquellos garabatos ingenuos y pretenciosos, abrió un blog y regresó a los palotes en versión cibernética.

 

¿Es escritora porque es periodista o es periodista porque es escritora? Batiscafo sufre de vértigos y espasmos ante cada espacio en blanco -San Juan Bautista…-. Siente la urgencia de escribir pero rara vez tiene raptos de inspiración. Si el texto es periodístico el oficio la sostiene pero si es literario no pasa de sugerentes imágenes.

 

Batiscafo no piensa que sea ni periodista ni escritora sino escribiente. Aun así, no se rinde.

Buzzati

2 Jun

Imposible leer a Buzzati sin sentir el escalofrío de la muerte, la sombra del infortunio, el aguijón del remordimiento y un ansia irreprimible de haber sido yo quien escribiera esos relatos, que abandono inmediatamente para no caer en el error funesto del propio autor convertido en escritor farsante en uno de sus relatos…, pero que no deja de perseguirme, como los ojos del colombre al hijo de Stefano Roi, como los niños crueles al pequeño, enclenque e imprevisible Dolfi, “capitán lechuga”…

 

Ah, ya estoy diciendo demasiado. 

 

 

“En el panteón de hombres ilustres, en medio de otras muchas, hay una lápida que parece haber sido colocada ayer con la siguiente inscripción: ‘El 2 de agosto de 1915, alcanzado en plena frente, cayó como un héroe, combatiendo con ardor, en el monte Pipar (cota 2003). Subteniente de la 8.ª brigada de cazadores alpinos, había sido condecorado anteriormente por su valor en la campaña de Libia…’. En el monte Pipar, cota 2003, un grupo de turistas ha estado hoy de picnic. El jersey que uno de ellos llevaba tenía por dentro una etiqueta con el mismo nombre que aparece grabado en el arquitrabe del gigantesco templete que se alza abajo a la izquierda. Las zapatillas de su novia tenían la misma marca que se encuentra escrita con caracteres de bronce en lo alto de ese severo monolito que se distingue al fondo, en la sección número nueve. Lo mismo que el transistor, el agua mineral, el aperitivo, las servilletas, los quesitos, los cubiertos, los neumáticos, los tranquilizantes, la maletita, el libro: a cada objeto de la excursión le corresponde aquí un nicho, un túmulo, una cripta, un ángel de lujo”.

 

“El colombre”, Dino Buzzati. Acantilado. Enero 2008

Alma querida:

15 May

Las musas son extremadamente celosas. No les molesta ser fieles al aprendiz en caso de que tenga que dedicarse a otros trabajos por razón de supervivencia: saben que son dueñas de su corazón.

Pero una cosa es eso y otra el vulgar coqueteo con géneros menores. ¿Cómo requerir luego su afecto y su inspiración como si tal cosa? La última vez me abandonaron diez años y aún me resiento.

Hoy  tiemblo de espanto mientras acopio lecturas, intuiciones y pensamientos. Inútil tratar de convocarlas: Cacaracamouchen, cacaracamouchen!

Una pantera en el sótano

14 Abr

“Cuando hablaba, la ira inflamaba sus ojos azules agrandados por las gafas. En esos momentos mi madre y yo intercambiábamos una sonrisa secreta porque el enfado de mi padre era un enfado literario, una ira suave. Para expulsar a los británicos y rechazar a los ejércitos árabes hacía falta una ira distinta. Salvaje. Que no tiene nada que ver con las palabras. Una ira que no existe en nuestra casa ni en nuestro barrio. Quizá sólo en Galilea, en los valles, en las colonias de los confines del Néguev, o en los desfiladeros de las montañas donde se entrenan cada noche los verdaderos combatientes de la resistencia. Allí, quizás se esté acumulando la ira adecuada, que nosotros no conocíamos aunque sabíamos que sin ella estábamos perdidos. Allí, en los desiertos, en el valle del Jordán, en las montañas del Carmelo, en el valle ardiente de Bet Shean, surge un judío nuevo. Uno que no es pálido y con gafas como nosotros, sino bronceado y robusto, un pionero con el espíritu lleno de esa ira verdaderamente mortal. El ardor provocado por la justicia pisoteada hacía a veces destellar las gafas de mi padre; entonces mi madre y yo sonreíamos con una sonrisa invisible, menos perceptible que un guiño. Conspirábamos como una resistencia dentro de la resistencia. Era como si en el lapso de un segundo ella abriera en mi presencia un cajón prohibido. Como si me insinuara que, aunque en la habitación había dos adultos y un niño, por lo menos, para ella, el niño no tenía que ser necesariamente yo. Por lo menos, no siempre. Me acerqué a ella y de repente la abracé con fuerza mientra mi padre encendía el flexo de su escritorio y se sentaba para seguir acumulando datos sobre la historia de los judíos de Polonia. ¿Por qué la dulzura de ese momento también se me mezcló con esa ácida sensación del chirrido de la tiza, con ese sinsabor de la traición?”.

 

La cita es larga pero ilustra cómo es Profi, un niño judío, de familia intelectual, que vive en la Jerusalén de finales del mandato británico en Palestina; un niño de doce años que, al borde de la adolescencia, juega a la resistencia pero no resiste la injusticia, se somete a la imposición del toque de queda pero no a la pulsión de humanidad que late en la relación de una amistad imperdonable con un sargento de la policía británica interesado por el Israel bíblico y la lengua hebrea, despierta al amor pero se cuestiona su propio sentido de la lealtad a partir de esa visión inevitable no querida y deseada a un tiempo que le hace decir en un párrafo que rebasa los límites biográficos:

 

“Tengo que ir a disculparme ante Yardena por lo que casi no le vi, sin querer. Por los pensamientos que me vienen desde entonces. Pero ¿cómo? Para pedirle perdón tendré que contarle lo que pasó, y la propia historia es también una especie de traición. Pedir perdón a Yardena sería traicionar una traición. Qué complicado. ¿Traicionar una traición anula la traición? ¿O eso la convierte en una doble traición? Esa es la cuestión”.

 

Porque de lo que precisamente trata “Una pantera en el sótano”, de Amos Oz, es del sentido de esa palabra, traición, un concepto pegajoso como el olor de la sangre, que impregna la Jerusalén de 1947, y que Profi, en su despertar al mundo adulto, se cuestiona en clave de inocencia sin entender nada o casi nada. Y de la esperanza en que es posible conservar en el tiempo esa mirada que distingue lo principal de la sombra de la mentira y el miedo.