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Palmerosofía. Supervivientes (II)

24 Ago

Por sugestión colectiva habíamos hecho de ella una palmera idealista. Una copa desmochada suspendida del aire sin tronco correspondiente, como la enigmática sonrisa del gato de Alicia. Una palmera kantiana y autosuficiente.

Todo porque aquel bosque que dejaron crecer los vecinos nos impedía ver el árbol.

Después de talarlo, hemos descubierto que tenemos una palmera realista, con su tronco esbelto y bien anclado a tierra. Ahora cumple su función de flanquear y dar profundidad y empaque a la entrada de nuestra casa. A pesar del calor.

Tiene su importancia. No en vano, es la única palmera del paseo que nos toca.

Mi vecino. Supervientes (I)

21 Ago

Inicio esta serie agónica de finales de agosto sevillano bajo el patrocinio de la beata Madre Teresa de Calcuta, que, en cierta ocasión, escribía al internuncio:

El calor aquí es simplemente abrasador. -Un gran consuelo para mí- como no puedo arder con el amor de Dios -al menos que arda con el calor de Dios- y así disfruto el calor.

(Ven, sé mi luz. Madre Teresa de Calcula)

 

Por mi calle ya no pasa ni el barrendero. Para qué. No queda gente en la ciudad que eche papeles al suelo y los árboles se ahorran el esfuerzo de desprenderse de las hojas, o más bien se apiadan de los infelices que a mediodía zigzagueamos de sombra en sombra como fichas de la oca o como el borracho, de bar en bar y tiro porque me toca.

El único que trabaja es el perro del vecino. Se ha enseñoreado de los veinte metros de acera contiguos a su verja y ejerce de anfitrión, acompañando a cada viandante ocasional de principio a fin. 

Su tarea consiste en aguardar en la parte de muro que queda libre de hiedra. Saluda con un ladrido y agita la cola ansioso buscando una caricia a través de los barrotes. Luego se baja y galopa un trecho por el césped para volver a subirse al final. -“¡Adiós, adiós, señora, señor, que tengan un buen día. No se acaloren demasiado!”. Después al revés. Infatigable.

Es divertido ver los saltos que dan los peatones. Otros se ríen o se paran a hacerle alguna gracia. En la entrada, en lugar de la advertencia habitual, debería decir: “Atención, perro caballeroso”.