Archivo | juventud RSS feed for this section

La marea

11 Nov

“No puedo soportar pasar por aquí”. Le decía un chaval de doce años a su amigo. Iban delante de mí y estábamos a punto de sumergirnos todos en una marea de adolescencia femenina que se apostaba a la salida de la escuela de bachillerato y ciclos medios y superiores que hay junto a mi casa. Los dos iban muy niños y cabizbajos. Y las chicas, grandes y luengas de cabello y de piernas.

El amigo le contestó a los zapatos: “pues las bordeamos y ya está”. Los sobrepasé sonriéndome a las botas y vadeé el mar de juventud aunque me di cuenta de que había sucumbido a esa despreocupación vital y a esa guapura que se tiene a la edad en que aún todo es posible.

Cuando iba a cerrar la puerta de casa, me alcanzaron los dos chavales. “Debe ser un instituto sólo de chicas”, le decía el incómodo a su amigo. “Pues no lo dice en la puerta”.

Ellos también habían sucumbido. Me dio nostalgia y ternura porque pensé que la reacción era el temor reverencial de los púberes a las chicas mayores, ya casi mujeres. Pero luego me entró la duda de si no será que las chicas de hoy, por descaradas, dan más miedo que antes.

Anuncios

De aquellos polvos, estos lodos

7 Abr

La muerte de la chica de trece años de Seseña, Cristina Martín, a manos de una compañera tan sólo un año mayor que ella, no sólo invita sino que obliga a una reflexión social seria y profunda.

El crimen es similar al de Marta del Castillo en Sevilla por varias razones: por la juventud de los implicados, por el concurso de las nuevas tecnologías -en especial las redes sociales- en el trato entre víctimas y presuntos asesinos, y por la frialdad que han demostrado los agresores, impropia de una edad temprana.

En todas las épocas se han cometido crímenes horrendos. Quizá lo distinto ahora sea la rapidez con que los conocemos. Pero también hay una serie de miserias con las que hemos experimentado irresponsablemente en los últimos tiempos y que han generado comportamientos sociales agresivos y marginales en nuestra juventud que empiezan a despertar como el monstruo del doctor Frankenstein en la mesa de operaciones. Y sentimos que si no ponemos remedio rápidamente para controlar a la criatura se nos escapará de las manos e irá cometiendo desatinos por ahí.

La culpa no es de los adolescentes, cuya inseguridad personal siempre buscará el amparo de las conductas grupales, y cuestionará la autoridad de sus padres y profesores, sino del marco de referencias que los mayores les proporcionamos.

La falta de un entorno familiar estable y acogedor que los quiera, exija y estimule; la ausencia continuada de los padres o, aún peor, la falta de referencia paterna o materna por causa del divorcio y demás experimentos; el recurso a la niñera tecnológica (el ordenador, la televisión), hacen que nuestros jóvenes crezcan pensando que este mundo es un lugar inhóspito, una jungla donde vence el que ataca primero.

Cuando la fuerza no proviene de la inteligencia y del esfuerzo sino de la violencia como enseñan tantos videojuegos quasi delictivos y series de televisión deformantes…, cuando parece que ser bueno es lo mismo que ser tonto, que hay que probarlo todo y dar rienda suelta a los demonios que se desaten por dentro, entonces pasan cosas tan tristes e incomprensibles como éstas.

Es molesto ser mayor, ejemplar y responsable. La revolución del 68 vendió a los que ahora son padres de los adolescentes la alucinación psicodélica de la pasión de la destrucción y el prohibido prohibir. Y eso sólo vale para vivir en una isla desierta. De aquellos polvos posmodernos, estos lodos.

Quizá haga falta llegar, otra vez, hasta el tope del péndulo para iniciar una vuelta a la sensatez: que los padres se interesen por lo que hacen sus hijos, que los medios de comunicación sean conscientes de su función educadora, que los profesores recuperen su autoridad y que se recompense el esfuerzo. Ya se oyen voces -la de Ángel Gabilondo, últimamente- y ya va siendo hora.

(Publicado aquí)