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La nueva tiranía

10 Jun

El lunes recibimos el puñado de libros que habíamos encargado en la librería. Del montón asoma La nueva tiranía, de Juan Manuel de Prada.

Ojeo la solapa por si se trata de un libro inédito o más bien de la recopilación de sus artículos publicados en prensa. Me desilusiono al ver que el contenido no es  novedoso, al tiempo que escamoteo el libro antes de que nadie le eche los tejos. Leo la introducción dudando si no será demasiada sobredosis de Prada, de su látigo, de sus epitetonianos excesos.

Cuando me percato, he terminado el capítulo que desgrana las señas de identidad del mátrix progre, como acierta a denominar la telaraña donde la corrección política anestesia a la ciudadanía con sus promesas edénicas.

Sin comerlo ni beberlo he recorrido medio libro sonriendo ante cada ferocidad, asintiendo eufórica a referencias de escritores y cineastas de común aprecio.

La nueva tiranía, editada por Libros Libres, no es una mera convocación de textos, tiene su propio hilo conductor, que trae a la memoria aquel sedal del Pescador del Padre Brown cuyo tirón decisivo está presente en una primavera romana; ahonda en las raíces de la traditio universal y personal, fustiga sin piedad a los profetas del pseudoparaíso.

 Merece la pena leerlo. Os dejo un anticipo:

 “Las tiranías siempre han mirado con suspicacia la dimensión intelectual y espiritual del hombre. Alguien que se sabe ser pensante y traspasado de trascendencia es más consciente de su vocación de libertad. Pero a la tiranía le interesa el hombre esclavizado: despojado de libertad, en el caso de las tiranías más rudimentarias y antediluvianas; o, mejor todavía, el hombre que ha olvidado que la libertad es una posesión consustancial a su condición humana y que, en su lugar, la considera algo que graciosamente se le concede desde una instancia de poder. Pero para que este espejismo resulte efectivo primero hay que lograr, mediante una minuciosa labor reeducadora, que el hombre reniegue de su libertad intrínseca; y para ello la tiranía contemporánea dispone de poderosas herramientas propagandísticas. En esta labor de mutilación humana, la tiranía emplea dos métodos muy eficazmente quirúrgicos: por un lado, la “desvinculación” del individuo, que lo torna mucho más vulnerable e inconsistente, al obligarlo a romper lazos con toda forma de tradición cultural que sirva para entender sus orígenes y su lugar en el mundo; por otro lado, su “fisiologización” salvaje, su conversión en un pedazo de aburrida carne que no tiene otro anhelo sino la satisfacción de unos cuantos apetitos y pulsiones, como un perro de Paulov.

Mediante la “desvinculación” se trata de borrar del “disco duro” del individuo todo sentido de pertenencia, quebrando aquellos vínculos que le sirven para hacerse inteligible. Por supuesto, la primera víctima de este proceso desvinculador es la educación: todas aquellas disciplinas que nos proponen un explicación de nuestra genealogía intelectual y espiritual, proporcionándonos una explicación unitaria de las cosas, son expulsadas de los planes de enseñanza, o condenadas a la irrelevancia. La historia, la filosofía, el latín y, en general, cualquier otra disciplina que postule una forma de conocimiento basado en la traditio (esto es, en la transmisión de saber de una generación a otra) son arrumbadas en el desván de los armatostes inservibles. Se transmite a los jóvenes la creencia absurda de que pueden erigirse en “maestros de sí mismos” y convertir sus impresiones más contingentes y caóticas en una nueva forma de conocimiento. Al privarlos de un criterio explicativo de la realidad, la nueva tiranía los condena a zambullirse en la incertidumbre y la dispersión; carentes de un criterio que les permita comprender la realidad, se les condena a ceder ante el barullo contradictorio de impresiones que los bombardean, a dejarse arrastrar por la corriente precipitada de las modas, por la banalidad y la inercia.

La tiranía, sin embargo, presenta esta amputación bajo un disfraz de libertad plena. Sabe perfectamente que las personas a las que no se les proporciona un criterio para enjuiciar la realidad son personas mucho más manipulables; por ello se esfuerza en presentar esa “desvinculación” como un espejismo de libertad”.

 

Prada catártico

12 Abr

Ayer asistí a la presentación del último libro de Juan Manuel de Prada, El Séptimo Velo, su séptima novela de ficción, como observó hábilmente Fernando Iwasaki en su papel de anfitrión del Aula Cultural de ABC.  

Fui con Rocío, Marita y Mariluz. El acto tuvo lugar en el hotel Alfonso XIII. Que yo sepa, era la segunda vez en un mes que Prada visitaba Sevilla para promocionar su libro. La otra me lo perdí, así que iba con ganas acumuladas.  

Cuando llegamos, la sala estaba repleta y tuvimos que conformarnos con un hueco donde permanecimos “a pie enjuto” hasta casi el final. Al poco se nos adosó una pareja de ancianos que rehusó ocupar unos asientos que habían quedado milagrosamente libres.

Entre el público predominaba el bando de los crispados: o sea, personas mayores, de holgada posición económica, cristianas, de derechas, lectoras de ABC y oyentes de la COPE. No sé si quedarían satisfechos. Me temo que no. Al final comentamos que lo único que no nos había gustado era la gente.  

La deformación profesional me llevó a sacar papel y boli para apuntar algunas ideas. Mi buen vecino de baldosa parecía más interesado en mis garabateos que en el discurso del conferenciante. De pronto me espetó: -¿Por qué toma Ud. esas notas?-. Supongo que pensaría que acudía de algún medio de comunicación: – Porque no quiero olvidar las cosas que me gustan-, le contesté. –Ah…-. Pareció conformarse y por un momento fijó la atención en el escritor. Pero al poco se volvió a mí, y me dijo en un tono más alto que provocó miradas airadas entre el respetable: -¿Es Ud. hija de médico?-. No pude evitar acordarme de Pomar, el anciano del tren que nos contaba Paco Sánchez durante la carrera. Lo miré con gesto compasivo y guasón y le dije: -No, ¿por qué lo pregunta, por la letra irreconocible?- No –dijo en tono triunfante-, por el boli: es que es de laboratorios médicos.  

No sé que me conmovió más, si su atención hacía mí, que no tenía ningún interés en aquel marco, o su necesidad de hablar. La cosa es que al poco se marchó, y la mujer también, aunque no llegué a saber si tenían alguna relación de parentesco. Me pareció que debía de ser una de esas personas mayores que cuando ve un tumulto se acerca atraído por la mera necesidad de compañía. Lo imaginé solo o junto a una mujer demasiado habladora o demasiado silenciosa. 

Hoy releo en mi cuaderno los jeroglíficos que tomé con letra y bolígrafo de médico “para no olvidar las cosas que me gustan” y me los aplico como una receta para aprender cuál es la tarea más noble del escritor y para reconciliarme conmigo misma y con el mundo en tiempos de crispación y de horror a la verdad:

 “Quería escribir una novela de aventuras, al estilo de Casablanca, con el telón de fondo de una época histórica tan sugestiva como la Segunda Guerra Mundial. En la fase de documentación me encontré con que la bibliografía era inabarcable y con un problema: toda la historia que nos han contado sobre la resistencia en Francia es la historia de una gran mentira, una mitificación disparatada, un artificio creado de la nada. Esto me pareció muy sugestivo como metáfora de lo que ha sido
la Historia Contemporánea. Y me obligó a cambiar mi idea original”. 

“La imagen que tenemos de la Segunda Guerra Mundial es la del enfrentamiento entre Comunismo y Democracia, cuando en verdad es un choque de ideologías: comunismo y nazismo. Decidí empezar a decir esto: que el gran triunfador de la Segunda Guerra Mundial fue el comunismo. La consumación del desideratum de Lenin: “contra los cuerpos, la violencia; contra las almas, la mentira”. 

“La realidad de Francia es que se rindió a los quince días. Francia estaba podrida, entregada a su decrepitud, había renegado de sus signos distintivos. Había perdido la capacidad de defender sus valores. Elaboró el mito de la Francia resistente cuando la verdad es que la  mayoría aceptó de buen grado convertirse en lacayo. Se entregó porque no había nada que defender. Descubrir eso me obligó a cambiar la novela que originariamente iba a tratar sobre un miembro de la resistencia, y que estaba llena de sentimientos nobles y de acciones enaltecedoras. Al descubrir la verdad, eso no se sostenía. Francia es un país que no ha sabido enfrentarse a la verdad. Hoy, en Europa, vivimos de la herencia de entonces. Lo que le ocurre a Europa es que se está suicidando, está renegando de sus raíces, como un hijo desnaturalizado. De hecho, yo  creo que Europa ya es una estrella muerta de la que aún nos llega su luz”.   

“Los protagonistas de mi novela viven en una situación convulsa, extremosa y difícil. Son personajes arrojados a circunstancias complejas que responden de una forma extraña pero muy generosa. Capaces de dar la vida, de acoger al que se encuentran, capaces de amar de forma intensa hasta la desesperación. Son personajes que se enfrentan a la dureza de la verdad y eso es algo a lo que no estamos acostumbrados. La verdad es siempre poliédrica. Uno puede descubrir dentro de sí la nobleza y la vileza íntimamente fundidas”.  

“La misión de la literatura es alumbrar una verdad humana, contar historias poderosas partiendo siempre del conocimiento de la tradición. Cuando en una novela no hay una verdad humana que alumbrar, la literatura no tiene sentido, es la literatura del vacío, de la nimiedad, de la intrascendencia. El novelista debe tener una visión misericordiosa de la naturaleza humana: comprender los errores de sus personajes y ensalzar sus virtudes. Ësta no es una novela de intención política sino de intención humana”.    

“La asunción de la verdad es dolorosa pero también catártica. Vivimos en un tiempo en el que las ideologías han sustituido a la verdad, y ésta se revuelve bajo tierra como un animal mutante”. “El séptimo velo” es una novela que interpela al lector, con personajes llenos de  errores pero con palpitación humana: capaces de afrontar la verdad y sus consecuencias, capaces de poner luz en la vida de los demás y en sus propias vidas. El odio crece mejor en la mentira. La verdad, en cambio, conduce a la misericordia. Es lo que le ocurre a los protagonistas de mi libro: son personas que al final de su vida perdonan. En España nos odiamos tanto porque vivimos en la mentira”.