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Contrastes

27 Nov

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Frente al edificio central de la Universidad de Navarra. Razón fuerte vs. pensamiento débil, interculturalidad relacional vs. multiculturalismo anónimo, diálogo interreligioso vs. sinrazón fundamentalista, trascendentalidad vs. inmanentismo. Y, yendo a un terreno más telúrico, este árbol desnudo, imagen hermosísima y liberadora, con la copa rendida a sus pies que contemplo cada vez más arrebujada entre las capas de mis ropas de invierno.

Ceibo en flor

25 Sep

Llega otoño, 

se anda por las ramas 

la flor del ceibo. 

Hermosa la leyenda del ceibo, flor nacional de Argentina (aunque quedemos mal los españoles), y esta canción paraguaya basada en ella:

Anahí 

Anahí…
las arpas dolientes hoy lloran arpegios que son para ti 
recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,
Anahí, 
indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.
Anahí, Anahí,
tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.
Defendiendo altiva tu indómita tribu fuiste prisionera 
Condenada a muerte, ya estaba tu cuerpo envuelto en la hoguera
y en tanto las llamas lo estaban quemando 
en roja corola se fue transformando…
La noche piadosa cubrió tu dolor y el alba asombrada
miro tu martirio hecho ceibo en flor. 
Anahí, las arpas, dolientes hoy lloran arpegios que son para ti 
recuerdan a caso tu inmensa bravura reina guaraní,
Anahí, 
indiecita fea de la voz tan dulce como el aguaí.
Anahí, Anahí,
tu raza no ha muerto, perduran sus fuerzas en la flor rubí.

Home, sweet home

16 Sep

En medio del verdor putrefacto de un extremo del lago de Regent’s Park, donde había ido a parar toda la inmundicia del jardín, lejos de las grullas majestuosas, de la elegancia de los cisnes y del parloteo insustancial de los gansos, una pareja de aves acuáticas alimentaba a sus polluelos.

No sabría identificar la especie de los palmípedos pero jamás vi una muestra más hermosa en la naturaleza de superación por amor.

Nos sentamos a contemplar cómo la madre se zambullía en la viscosidad a la caza de lombrices con que calmar el desconsuelo de las crías, provocando con su ausencia un piar desconcertado. El macho hacía rato que se había ido a dar un paseo disimuladamente. No éramos las únicas espectadoras. 

Después del atracón, los polluelos se deslizaron sobre el mullido verdín y fueron a jugar a su nido, fabricado bajo un puente con ramitas, envoltorios de helado multicolores y crujientes y botellas viejas.

Home, sweet home. Qué pocas cosas son necesarias para ser feliz.

Donde vive la paradoja

1 Ago

Donde conviven el sur del norte y el norte del sur.

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Donde confluyen el sosiego mediterráneo y el fragor oceánico.

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Donde el sol se pone del revés.

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y las olas guardan su luz en hojas de plata.

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 O sea, Cádiz. 

(Me hubiera gustado escribir más estos días, pero la técnica me puso la zancadilla. Lo hago ahora en esta escala de cinco días antes de mi marcha a Londres).

Álbum terapéutico

1 Jun

Como no deseo que se me acuse de plagio, os invito a disfrutar con el álbum de las últimas fotos que hice en la playa y en la ciudad. Las últimas que colgué eran de Google.

Con las de la flora urbana recojo el dardo lanzado al aire por un contertulio de Beades. Ahí va mi ofrenda de ceibos, jacarandás y mar abierto para sobrellevar el viernes.

 

Jacarandás en El Prado y en los Jardines de Murillo

 

 

Acantilados en Cabo Roche

 

 

 

 

Uno de los cuatro ejemplares de ceibo que hay en Sevilla. Junto a mi casa.

Mayo en Sevilla

7 May

jacaranda

Fiel a su cita, cadenciosa y femenina, se mece al ritmo guaraní la jacarandá.

Enebros en Doñana

3 May

 

Ante los ojos espantados de un conejo, lamento el estoicismo de estos pinos semienterrados en la arena, aferrados a su soberanía casi absoluta del paisaje.

Admiro la osadía silvestre del enebro, la amenazada supervivencia de las raíces que se anclan en las capas freáticas mientras trepan las dunas móviles hasta alcanzar su cénit, mirando el mar desde el acantilado y agitando a la brisa su verde cabellera.

Y pienso que todo es bueno para la conservación del hábitat, también esta fracasada sepultura de los pinos fósiles que detiene el avance imparable del desierto.

“The good shepherd” versión galega (V)

22 Abr

Dice Manuel Rivas que “Galicia no es patria, es matria”. Al margen de interpretaciones de corte nacionalista, puedo decir con orgullo que he sido testigo de excepción de una genuina cumbre matriarcal gallega.

En aquel instante y como por ensalmo, se habían congregado junto a la hermana del pastor otras cuatro mujeres que empezaron a discutir en dialecto local como resolver la crisis ovina. Me encontraba muy sola en el centro de aquel plañido lastimero del que apenas entendía unas frases sueltas, alguna mirada torva y varios reproches velados.

“Habrá que llamar al veterinario”. “El veterinario se fue de guardia a otro pueblo y no llega hasta la noche”. “Hay que hacer una cura de urgencia”. “Y comprar inyecciones”. Todos los rostros se volvieron a mí: “Porque tú sabrás poner inyecciones, ¿no?”. Yo, que me mareo al atravesar la puerta del hospital, reuní las pocas fuerzas que me quedaban y dije: “No tengo ni idea, pero yo… yo ayudo en lo que sea”.

La cumbre se disolvió por indicación de la hermana del pastor, erigida tácitamente en cabecilla del grupo, y nos fuimos, quien a por algodón, quien a por Betadine, agua oxigenada, trapos, etc. A esas alturas, la dueña de Ducks ya estaba con nosotras y terciaba de cuando en cuando en mi favor.

Al poco estábamos de vuelta con el kit de emergencias. Dos se encargaron de las patas delanteras del animal, dos de las traseras y la hermana del pastor empapó un trapo en agua oxigenada. Al levantar los cuartos, un chorro de sangre salió disparado de la ubre desgarrada. Por poco me desmayo pero cualquier cosa antes que perder la dignidad. “¡Pobriña, pobriña!” Nuevas miradas torvas hacia mí.

Caía la noche y ni el pastor ni el veterinario habían entrado en escena, lo que constituía toda una estampa costumbrista. La dueña de Ducks me recomendó que me fuera a casa y le dejara a ella a cargo de mi defensa. Como cada vez me escocían más las piernas, la dignidad y el orgullo me marché.

Al llegar, me di cuenta de que no había un milímetro de mis pantorrillas donde no hubiera una espina clavada. Pasé la noche en duermevela, soñando que la oveja se moría y que una cuadrilla de pastores venían a matar al perro a perdigonazos. En algún momento lo oí aullar. Luego se hizo un silencio cósmico (aquí pegaría interrumplir el relato pero seré buena y continuaré). Me levanté y comprobé con alivio que el perro dormía tranquilo en su caseta.

A la mañana siguiente supe que habían cosido a la oveja, que probablemente sobreviviría y que el pastor, pese al disgusto, no tomaría represalias contra Ducks ni contra mí . Era un buen hombre. Quise conocerlo y disculparme, pero nunca estaba en su chamizo cuando iba a verlo. Cada día le pedía el parte a su hermana, que ya no me miraba tan severa. “Pues hoy durmió”. “Ya no tiene fiebre”. “Le pusieron otra inyección”. A la oveja tampoco la volví a ver.

En cuanto a Ducks… Como digo, ni atisbo de remordimientos. El can saltaba en la perrera cada vez que me veía y yo lo sometía al ostracismo más firme. Ni carantoñas, ni paseos, ni fútbol.

El día antes de mi partida, no me pude resistir. Cogí un limón y jugamos a porteros como en los buenos tiempos. Por la tarde volví y lo encontré muy afanado con un hueso, junto a la reja. Quise jugar y lo toqué suavemente con el pie. Ducks se lanzó como una fiera sobre el zapato. De su boca salieron un ladrido bronco y unos colmillos lobunos. Temblaba. Temblábamos los dos. En ese momento comprendí hasta qué punto me había asistido la Providencia aquella tarde en el pradito.

Y en cuanto a mí… Hay quien tiene la costumbre de contar ovejas para vencer el insomnio. Yo, en cambio, me dediqué durante un mes a vencer el sueño contando espinas.

FIN

“The good shepherd” versión galega (IV)

20 Abr

La oveja puso tierra y matorral de por medio todo lo que le permitió la confusión, mientras Ducks daba tirones ansioso y yo clamaba por la sangre de la oveja y por la mía, porque el lance me estaba levantando la piel de los dedos.

La Providencia acudió otra vez en mi socorro y resolvió en un pis-pas el embrollo de las cuerdas. Y de alguna manera extraordinaria me encontré de pronto sobre el matojo arrastrando conmigo al perrazo que miraba hacia atrás sin resignarse a abandonar las viandas.

El camino de vuelta lo dediqué a fustigar al pobre bicho que me miraba desconcertado, con gesto de reproche y sin rastro de culpabilidad alguna, como diciendo: “joé, qué quieres, si es que me lo has puesto a huevo”.

Atrás, en la pradera, quedaron la oveja ensangrentada y la otra -más cabrita que oveja, diría yo-, únicas testigos del suceso. A Ducks no podía remorderle la conciencia pero yo salí de allí como quien acaba de cometer un crimen pasional.

Después de dejar al can a buen recaudo, mi mente se disolvió en un agujero negro y todo mi ser se transformó en un acerico. Decidí tomar una ducha y darme unos minutos para pensar qué era mejor: confesar la culpa o dejar el delito en el anonimato.

Pero una aldea gallega es una aldea gallega, y lo que los ojos no ven lo declaran los muros o la Santa Compaña, vaya Ud. a saber, así que concluí que lo menos gravoso sería afrontar el acto con sus consecuencias, y telefoneé a la dueña del can. Hubiera preferido oír cualquier otra cosa menos aquello.

El dueño de las ovejas era un hombre soltero o viudo –no me acuerdo- que vivía en una casucha rodeada de trastos viejos, cuyo único amor en la vida eran los dos animales, a los que mimaba como si fueran sus hijos.

Es sabido que el asesino siempre vuelve al escenario del crimen. A la espera de que llegara la mujer, me encaminé hacia la praderita, aseada y vestida con otras ropas. Dirigí una mirada como quien no quiere la cosa a las ovejas esperando lo peor, y comprobé con alivio que, en el mismo lugar, junto a un reguero de sangre fresca, estaba la víctima aún con vida. El lugar estaba desierto y continué mi paseo distraídamente hacia la iglesia.

Al volver, vi a una mujer desconocida al borde de la pradera. Tenía los brazos en jarras y movía la cabeza incrédula. Yo no sé gallego, pero pude entender lo que decía: “¡Ay, mi hermano cuando vea esto! ¡Qué tragedia! Tragué saliva y le pregunté con un hilillo de voz casi imperceptible: “¿o sea que es Ud. la hermana del dueño?”.

(continuará)

“The good shepherd” versión galega (III)

19 Abr

Palabra. En los quince días que Ducks y yo compartimos nunca vimos una sola oveja, ni en aquel pradito ni en ningún otro lugar de los que frecuentamos. No obstante, reconozco que nunca hubiera presagiado aquel conjuro ancestral de aullidos a la luna en un perro de mirada mansísima que había soportado estoicamente enjabonamientos, manguerazos y “humanerías” varias.

Pero los genes en el reino animal son soberanos. Y en ese instante Ducks se empleaba a fondo con la pata trasera de una de las dos ovejas que pastaban atadas a los matojos como si cumpliera un mandato divino, que en realidad era lo que hacía por pura necesidad.

Luego, estudiando las características de la raza, he sabido que en el imaginario “huskiano” niño u hombre son sinónimo de amo, mientras que gallina u oveja son asociados a manjar suculento, como el pollo en la fantasía de Carpanta. Entonces, y a pesar del aspecto lobuno de Ducks, no caí, francamente.

Como también mandan los cánones cromosómicos, la oveja era completamente imbécil y balaba átona en medio del paroxismo mientras la sangre brotaba caliente de su pata y de las ubres, donde fueron a dar por instinto y buen gusto los maxilares del husky.

La otra, qué canalla, intentaba salvar el vellocino apartándose con disimulo y sin mostrar el más mínimo atisbo de compasión.

En aquel instante no reparé en cuál sería mayor muestra de valor: lanzarse al rescate ovejil o permitir la orgía de sangre y sus consecuencias. Uno de los mayores arcanos del ser humano es su reacción ante casos extremos. A veces pienso que si algún día un ladrón entra en mi cuarto simularé estar más muerta que si me topara con un oso pardo, pero entonces, como digo, no pensé en nada de esto y me lancé en plancha sobre Ducks.

Al igual que antes, se estableció un pulso pero en versión tripartita: el can tiraba de la oveja, yo tiraba del cuello del perro y el matojo arañaba mis pantorrillas mientras la cuerda de la oveja y la correa de Ducks se hermanaban para no desentonar en aquella amalgama de conceptos contradictorios bajo la indolente mirada de la oveja cobardica. Así estuvimos un buen rato sin la menor cesión por ninguna de las partes mientras yo, no es que gritara, berreaba y rugía como una bestia pidiendo auxilio al Cielo y a la tierra.

De la tierra, en medio de aquella modorra estival, no me llegó ninguna ayuda, pero el Cielo debió de verme en tal estado de trepidación que decidió modificar las leyes naturales lo justo y necesario para darme tiempo de tirar de Ducks en el momento en que aflojó las mandíbulas para buscar algún bocado más tierno.

La furia santa me invadió -o sería el apetito irascible- y jalé del collar mientras con la otra mano, más temblona que la de un parkinsoniano de libro, intentaba desliar aquella maraña de cuerdas.

(continuará)

 P.D: Adaldrida, te brindo este folletín por entregas para amenizar tu convalecencia.