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Primera lección

20 Ago

Este mañana he ido al hospital para visitar a una amiga enferma. Al terminar he pasado un momento por la tienda que hay en el zaguán para comprar una botella de agua que complete el plan dietético-diurético eliminador de toxinas que he comenzado.

Entre los libros de Follet, Larsson y Zafón, en medio de golosinas, flores, revistas, peluches y artículos de papelería, me topo con un trozo de mi vida. No sé qué hace en ese estante repleto de best-sellers, pero allí está,  guiñándome un ojo precisamente en este momento. 

Sabe Dios cómo habrá llegado y el tiempo que llevará aguardándome. Me puedo hacer una idea por el precio (2,95 euros) y la fecha de la última edición (2002). Manual para cuentistas, el arte y el oficio de contar historias, de mi antigua profesora y amiga Teresa Imízcoz; un libro escrito hace diez años sobre la experiencia de aquel taller de creación literaria que celebrábamos en el aula 12 del edificio central de la Universidad de Navarra, y que luego se convirtió -con el plan nuevo- en asignatura de libre configuración. Un proyecto que hubiera sido mi primera experiencia profesional de no haberme vuelto al sur.

Lo ojeo con emoción mientras guardo cola detrás de una enfermera y un señor calvo en bermudas. Hay referencias de los autores que entonces leíamos (Carmen Martín Gaite, Julio Llamazares, Bernardo Atxaga, C.S. Lewis…), fragmentos de relatos nuestros con nombres y fechas de promoción, frases que recuerdo de clase. Al final de la introducción, una dedicatoria: “a mis alumnos, su trabajo y entusiasmo de estos años”.

Nadie compraría un libro así para llevárselo a un enfermo hospitalizado. Tampoco nadie, excepto los niños, acude a una librería a buscar “cuentos” sin más. Si acaso se busca a un escritor determinado de cuentos consciente de que no todos gustarán con la misma intensidad.

Los cuentos no se eligen, los cuentos te eligen a ti, se encaprichan de ti, te guiñan el ojo, te embaucan, te zarandean. Es la primera lección que me imparte el manual. Salgo de la tiendita con el libro en una mano y la botella en otra. Hace 35 grados pero estoy temblando.

Dos años sin Peter

12 Ago

Aún me pasa cuando hablo por teléfono.

-¿De parte de quién?

-De Cristina Abad.

-¿Cristina, qué? Mi compañera de trabajo que oye sólo de este lado del auricular me mira con guasa, guarda el silencio correspondiente a la consabida pregunta y repite conmigo, en tono claro y sutilmente impaciente:

-ABAD.

-Disculpe, ¿a qué?

-A-bad.

-Aval…

-No, Aval, no. Abad…A-B-A-D. De los abades de las abadías.

Ni que decir tiene que nadie sabe hoy lo que son las abadías, pero al final consigo que me entiendan.

Esto del apellido marca la infancia con sus escarnios. “Cristina Va, Cristina Viene”. El apellido es el que es pero hay que pensar bien el nombre que se le asocia para que no salgan cosas como Dolores Fuertes de Barriga. Algunos nombres hacen pensar que los padres son unos desaprensivos…

Apellidarse por la A y ser la más alta de la clase es una desgracia como otra cualquiera que puede llegar a desencadenar episodios de esquizofrenia. Por ejemplo, ser la primera de la lista y la última de la fila. La primera a la que se le ocurre preguntar a la profesora y la última en contestar con acierto. Todavía cuando voy a votar a la mesa electoral tengo que decir: -No me busque por abajo, seguro que salgo la primera.

Pienso esto tan absurdo hoy que me pierdo en las letras enredadas que mi compañero Leandro y otros amigos han garabateado para recordar los dos años sin Peter.

Quizá a Peter le vino la afición a las palabras por jugar con su nombre y su apellido: Pedro de Miguel. A lo mejor los niños se los cambiaban de sitio. O él mismo. Tendrá sus ventajas un nombre reversible, digo yo. Hoy eres Pedro de Miguel y mañana Miguel de Pedro. Y de ahí a los palíndromos y a la ficción… no hay más que un paso. “Érase un niño que tenía dos nombres”.

Peter. Techamos de menos.

Trasnoche

4 Mar

Ayer, a las once y media de la noche, hurtándole minutos al sueño y pensando que necesitaba distraerme leyendo algo, pensar en otras cosas distintas a la preocupación de estos días, Father Brown se me representó en carne mortal con su inseparable Flambeau:

-Padre -dijo Flambeau, con aquella voz grave e infantil que tan raras veces se le oía- ¿Qué hacemos?
La respuesta de su amigo fue tan rápida como un disparo:
-Dormir -dijo el padre Brown- Dormir. Hemos llegado al termino del camino. ¿Sabe usted lo que es el sueño? ¿Sabe usted que todo el que duerme cree en Dios? El sueño es un sacramento, porque es un acto de fe y es un acto de nutrición. Y necesitamos un sacramento, aunque sea de orden natural.

Y, ya fuera de guión, mirándome con cierta sorna:

-“Que me hagas venir expresamente a recordártelo…”.

Tras los pasos del padre Brown

2 Mar

No había seguido hasta ahora sus peripecias. Había leído El hombre que fue jueves, Ortodoxia, Herejes, Correr tras el propio sombrero (a medias), Autobiografía, pero no los relatos del candoroso y sagaz curita católico de cara de pudín de Norfolk.

Como ahora no tengo tiempo y éste que no tengo he de distribuirlo, como los cinco panes y los dos peces, entre las obligaciones perentorias e importantes, protestonas y discretas, de cuando en cuando me leo una historieta.

En La inocencia del Padre Brown he encontrado la famosa frase del hilo de pescar que Cordelia cita a Charles, tras la muerte de Lady Marchmain, cosa que ya sabía, aunque no por ello gocé menos con el hallazgo. Y, entre otras deliciosas paradojas, esta sustanciosa conversación teológica entre el ladrón Flambeau, disfrazado de clérigo, y el padre, en el parque de Hampstead.

El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la cabeza, como si fuera indigno de contemplarlas.

(Sólo esto ya habla con elocuencia de la connaturalidad cristiana con la grandeza, del gozo que supone saberse rey y administrador de la creación, y de la humildad, a pesar de todo, o precisamente por).

 

No hubiera sido posible encontrar una charla más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española. Lo primero que oyó fue el final de una  frase del padre Brown que decía: «…que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de: los cielos incorruptibles».

El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:-¡Ah, sí! Los modernos infieles apelan a su razón; pero, ¿quién puede contemplar estos millones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?

-No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.

El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:-Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo…?

-Infinito sólo físicamente -dijo el curita agitándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad. (…)

-La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»

 

(…) Hasta aquí la discusión. Luego Flambeau se desenmascara y le insta a que le entregue la cruz de plata, y una vez que se topa de bruces con la lucidez y la perspicacia del Padre Brown, que ya lo había calado y había puesto a salvo la reliquia, viene este fin magistral y actualísimo, medicina para los fideísmos y los ateísmos imperantes:

 

-¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.

-¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.

-Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.

La orquesta de las palabras

27 Feb

Qué difícil leer bien. De párvulos aprendimos a juntar palotes que formaban letras que formaban palabras que formaban párrafos que formaban textos, y a la vuelta de los años, ya con canas incluso, cada libro sigue siendo un jeroglífico por descifrar.

Según la imagen que uno escoja así va la lectura: un mar proceloso, una selva, una partitura. Hay gentes respetabilísimas y eminentísimas que leen peor que niños de cinco años y tienen que ayudarse del índice para marcar los renglones. Parecen barcos baqueteados por las olas, empeñados en surcar las aguas contra marea y a toda máquina; o bosques abiertos a machete llenos de caminos falsos que conducen a ninguna parte.

Seguramente en España hemos leído poco y mucho menos en alto. Atrás quedan los cuentos al borde de la cama, los ratos de costura acompañada de un buen libro. Eso fue antes de la radio y de la tele. Tanto que lo que viene a la mente, casi, es el recuerdo foráneo de un salón victoriano de cretonas floreadas.

A mí, la imagen que más me gusta es la de la partitura. Ante un texto hay que presentarse con el respeto reverencial de un director de orquesta. Lo primero que hace falta es humildad y después cierto oído.

Es preciso concentrarse unos segundos para afinar los instrumentos, que, como en la música, son de viento, de cuerda y de percusión: el vientre, las cuerdas vocales, los orbiculares de los labios. Todos son necesarios. Leer no es dominar, es interpretar. Hay que ser fiel a la partitura y sacarle toda su potencialidad con un poco de amor y de virtuosismo.

A la señal de la batuta interior, se tocan los primeros compases de la obertura, con suavidad, la mayoría de las veces. Luego, se conduce uno por el texto según sugieran las palabras que son las notas, de manera que se pueda anticipar el final de una entonación imprevisible, imprimir más o menos ritmo a un fragmento, respetar unos puntos suspensivos, marcar una sílaba, soltar la traba de otra.

Así, poco a poco, se desarrolla la sinfonía de la lectura y al escucharla somos capaces de trascender lo escrito y recrear otros espacios y otros tiempos, de vivir otras vidas, de nacer y morir infinidad de veces, tantas como libros, como personas.

Nada nuevo bajo el sol

5 Ene

“La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad.

La Navidad, como tantas otras creaciones cristianas y católicas, es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciado las bodas. (…)

De manera parecida la gente está perdiendo el poder gozar de la Navidad porque la han identificado con el regocijo. (…)

Que se nos diga que nos alegramos el día de Navidad es razonable e inteligente, si se entiende el nombre de la fiesta. Que se nos diga que nos alegramos en un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana.

No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que no es más que un engaño de milagro. El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y de exigir sólo el humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.

Nuestra tarea hoy día consiste por lo tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera en la que volverá de nuevo a ser festiva.

El buzón de Gilbert

Querido Señor Chesterton:

¿No le parece que los únicos que, de verdad, disfrutan de la Navidad son los niños, porque hay turrón y regalos?

Firmado: Un lector

Querido lector:

Algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo o con respecto a los Reyes Magos. Los niños poseen el sentido serio de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre.

Firmado: Su amigo G.K. Chesterton”

 

(G.K. Chesterton. Fragmentos de El nuevo ataque contra la Navidad, 1925)

 

Balance bibliocinéfilo

31 Dic

Este año me propuse leer más y por poco llego a la meta, pero aflojé los últimos meses por lo que Jiménez Lozano llama en Agua de Noria “imponderables, imprevistos e intercesiones”. Lo cual es bueno para mi humildad y porque, como dice Pennac -autor del recientemente publicado y leído Mal de escuela- en otro de sus libros “el verbo leer no soporta el imperativo”.

La lectura del primero del año no duró Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Hacía tiempo que no devoraba un libro con tanta ansiedad.

Lo que aquí dejo por si a alguien le sirve es una autobiografía de lo que fue Una educación incompleta. A estos y a otros muchos libros dediqué Los restos del día y algún resto de noche, todo hay que decirlo. Lo cual tuvo su Expiación correspondiente. 

Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Stefan Zweig. Lúcida confesión de un arrebato pasional. “—¿Usted no encuentra, pues, odioso, despreciable, que una mujer abandone a su marido y a sus hijas para seguir a un hombre cualquiera, del que nada sabe, ni siquiera si es digno de su amor?”.

 Una educación incompleta. Evelyn Waugh. “Sólo cuando se ha perdido toda curiosidad hacia el futuro se ha alcanzado la edad de escribir una autobiografía”. Para disfrutar de recuerdos de Oxford y de la prosa de Waugh. 

 Los restos del día. Kazuo Ishiguro. El honor, el sentido del deber y la contención ‘british’ en esencia. En este caso, no perjudica la película al libro, sino que lo engrandece. Difícil imaginar otro rostro distinto para el mayordomo Stevens que el de Hopkins.

 Expiación. Ian McEwan. El autor es buen narrador y dibuja bien las tramas. Mejor el libro que la película, aunque sigo sin encontrarle el sentido al título. Una pena.

 Martin Eden. Jack London. Novela casi autobiográfica. Superación por amor desde una perspectiva del superhombre con un final romántico en el sentido más genuino del término.

 Una pantera en el sótano. Amos Oz. Ambientada en 1947, en la Jerusalén de finales del Mandato británico en Palestina, narra la relación que surge entre un niño judío y un sargento de la policía británica muy interesado por el Israel bíblico y la lengua hebrea. El mejor de los tres que me he leído de Oz este año.

 Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental. Thomas Woods. La Iglesia en el origen de la ciencia moderna, la economía libre, la seguridad del imperio de la ley, los derechos humanos, la libertad, el esplendor del arte y la música, y la filosofía fundada en la razón. Para apologetas. Lo malo es mi mala memoria para recordar datos que necesito.

 Cultura y pasión. Alejandro Llano.Toda una cultura, empeñada en la búsqueda apasionada de la verdad se enfrenta con el relativismo escéptico, para el cual los únicos valores son lo útil y lo placentero. De regalo, un buen puñado de referencias filosóficas y literarias que conviene tener en cuenta.

 Transformación del mundo. La actualidad del Opus Dei. Martin Rhonheimmer. Libertad y responsabilidad de los cristianos en la vida pública, amor a la verdad, pluralismo, construcción de las estructuras temporales. Características del espíritu del Opus Dei que aún hoy sobrepasan a algunas mentes pequeñas.

 El colombre. Dino Buzzati. Un descubrimiento. Cuentos de los de verdad, con todos sus ingredientes en su justa dosis.

 Nosotros, los modernos. Alain Finkielkraut. Imprescindible para entendernos como postmodernos hijos del Modernismo.

 Suite francesa. Irène Némirovski. Otro descubrimiento, por su talento narrativo y por su vida de ucraniana judía residente en Francia víctima de los campos de concentración nazis. No se sabe qué es más apasionante. 

 La comedia humana. William Saroyan. Como el de Amos Oz, otro libro para disfrutar del paso de la infancia a la adolescencia.

 Vida y destino. Vasili Grossman. Relato coral de la batalla de Stalingrado. Compleja de seguimiento pero necesaria. El Guerra y Paz del siglo XXI. tremenda la escena de la cámara de gas.

 Ética de la autenticidad. Charles Taylor. Breve y sustancioso ensayo. Otro imprescindible. El filósofo canadiense descubre el sinsentido de la libertad cuando la elección se basa en el subjetivismo y el relativismo. Contiene una tesis esperanzadora: “la naturaleza de una sociedad libre estriba en que será siempre escenario de una lucha entre formas superiores e inferiores de libertad”.

Guía para sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Leonardo Castellani. No deja indiferente. Atrabiliario, sensato, profético…

Dios salve la razón. Benedicto XVI y otros autores. En el que estoy. Recopilación de artículos de pensadores contemporáneos sobre la intervención de Benedicto XVI en Ratisbona.

 

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En cuanto al cine, traté de ver buenas películas de ahora y de siempre. Cito las que para mí tienen más de tres estrellas y hago algunas observaciones:

Mataharis (2007). Icíar Bollaín.

El velo pintado (2006). John Curran.

Después de la boda (2006). Susanne Bier. Si me tengo que quedar con una sola de las películas vistas este año, me quedo con ésta.

El manantial y la doncella (1960). Ingmar Bergman.

La vida de los otros (2006). Florian Henckel von Donnersmarck

Babel. Alejandro González Iñárritu.

No es país para viejos (2007). Joel Coen y Ethan Coen con Tommy Lee Jones y Javier Bardem. Los buenos son buenos y los malos, malos.

Once (2006). John Carney. Dos veces, en la segunda disfruté más de las canciones. Me alegra que triunfen estas películas.

Juno (2007). Jason Reitman. Magnífico guión de Diablo Cody y genial interpretación de Ellen Page. Me gustó ese enfoque que, seguro, lleva un mensaje vital a los adolescentes de instituto menos sensibles y más adoctrinados.  

En América (2002). Jim Sheridan. Un moderno Matar a un ruiseñor.

Matar a un ruiseñor (1962). Robert Mulligan (de estas tres últimas comenté algo en el enlace anterior). 

Retorno a Brideshead (la serie de la BBC. 1981). ¡Por fin!

Cometas en el cielo (2007). Marc Forster. Una historia de perdón en el corazón de Afganistán.

La reina de África (1951). dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart, Katharine Hepburn. Un guión y un reparto de lujo. Una de las películas que hay que volver a ver de vez en cuando.

Buenas noches y buena suerte (2005) Dirigida y protagonizada por George Clooney y galardonada con seis oscars. Una deuda saldada. Nostalgia de un periodismo responsable y limpio.

Dos en la carretera (1967). dirigida por Stanley Donen y protagonizada por Audrey Hepburn, Albert Finney. El reto de aceptarse mutuamente y recomenzar a amar, más fácil con la encantadora y siempre sorpresiva Audrey, desde luego.

 

¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!