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Tras los pasos del padre Brown

2 Mar

No había seguido hasta ahora sus peripecias. Había leído El hombre que fue jueves, Ortodoxia, Herejes, Correr tras el propio sombrero (a medias), Autobiografía, pero no los relatos del candoroso y sagaz curita católico de cara de pudín de Norfolk.

Como ahora no tengo tiempo y éste que no tengo he de distribuirlo, como los cinco panes y los dos peces, entre las obligaciones perentorias e importantes, protestonas y discretas, de cuando en cuando me leo una historieta.

En La inocencia del Padre Brown he encontrado la famosa frase del hilo de pescar que Cordelia cita a Charles, tras la muerte de Lady Marchmain, cosa que ya sabía, aunque no por ello gocé menos con el hallazgo. Y, entre otras deliciosas paradojas, esta sustanciosa conversación teológica entre el ladrón Flambeau, disfrazado de clérigo, y el padre, en el parque de Hampstead.

El curita de Essex hablaba con la mayor sencillez, de cara hacia las nacientes estrellas. El otro inclinaba la cabeza, como si fuera indigno de contemplarlas.

(Sólo esto ya habla con elocuencia de la connaturalidad cristiana con la grandeza, del gozo que supone saberse rey y administrador de la creación, y de la humildad, a pesar de todo, o precisamente por).

 

No hubiera sido posible encontrar una charla más clerical e ingenua en ningún blanco claustro de Italia o en ninguna negra catedral española. Lo primero que oyó fue el final de una  frase del padre Brown que decía: «…que era lo que en la Edad Media significaban con aquello de: los cielos incorruptibles».

El sacerdote alto movió la cabeza y repuso:-¡Ah, sí! Los modernos infieles apelan a su razón; pero, ¿quién puede contemplar estos millones de mundos sin sentir que hay todavía universos maravillosos donde tal vez nuestra razón resulte irracional?

-No -dijo el otro-. La razón siempre es racional, aun en el limbo, aun en el último extremo de las cosas. Ya sé que la gente acusa a la Iglesia de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto por la razón.

El otro levantó la austera cabeza hacia el cielo estrellado, e insistió:-Sin embargo, ¿quién sabe si en este infinito universo…?

-Infinito sólo físicamente -dijo el curita agitándose en el asiento-, pero no infinito en el sentido de que pueda escapar a las leyes de la verdad. (…)

-La razón y la justicia imperan hasta en la estrella más solitaria y más remota: mire usted esas estrellas. ¿No es verdad que parecen como diamantes y zafiros? Imagínese usted la geología, la botánica más fantástica que se le ocurra; piense usted que allí hay bosques de diamantes con hojas de brillantes; imagínese usted que la luna es azul, que es un zafiro elefantino. Pero no se imagine usted que esta astronomía frenética pueda afectar a los principios de la razón y de la justicia. En llanuras de ópalo, como en escolleros de perlas, siempre se encontrará usted con la sentencia: «No robarás.»

 

(…) Hasta aquí la discusión. Luego Flambeau se desenmascara y le insta a que le entregue la cruz de plata, y una vez que se topa de bruces con la lucidez y la perspicacia del Padre Brown, que ya lo había calado y había puesto a salvo la reliquia, viene este fin magistral y actualísimo, medicina para los fideísmos y los ateísmos imperantes:

 

-¿No se le ha ocurrido a usted pensar que un hombre que casi no hace más que oír los pecados de los demás no puede menos de ser un poco entendido en la materia? Además, debo confesarle a usted que otra condición de mi oficio me convenció de que usted no era un sacerdote.

-¿Y qué fue ello? preguntó el ladrón, alelado.

-Que usted atacó la razón; y eso es de mala teología.

La orquesta de las palabras

27 Feb

Qué difícil leer bien. De párvulos aprendimos a juntar palotes que formaban letras que formaban palabras que formaban párrafos que formaban textos, y a la vuelta de los años, ya con canas incluso, cada libro sigue siendo un jeroglífico por descifrar.

Según la imagen que uno escoja así va la lectura: un mar proceloso, una selva, una partitura. Hay gentes respetabilísimas y eminentísimas que leen peor que niños de cinco años y tienen que ayudarse del índice para marcar los renglones. Parecen barcos baqueteados por las olas, empeñados en surcar las aguas contra marea y a toda máquina; o bosques abiertos a machete llenos de caminos falsos que conducen a ninguna parte.

Seguramente en España hemos leído poco y mucho menos en alto. Atrás quedan los cuentos al borde de la cama, los ratos de costura acompañada de un buen libro. Eso fue antes de la radio y de la tele. Tanto que lo que viene a la mente, casi, es el recuerdo foráneo de un salón victoriano de cretonas floreadas.

A mí, la imagen que más me gusta es la de la partitura. Ante un texto hay que presentarse con el respeto reverencial de un director de orquesta. Lo primero que hace falta es humildad y después cierto oído.

Es preciso concentrarse unos segundos para afinar los instrumentos, que, como en la música, son de viento, de cuerda y de percusión: el vientre, las cuerdas vocales, los orbiculares de los labios. Todos son necesarios. Leer no es dominar, es interpretar. Hay que ser fiel a la partitura y sacarle toda su potencialidad con un poco de amor y de virtuosismo.

A la señal de la batuta interior, se tocan los primeros compases de la obertura, con suavidad, la mayoría de las veces. Luego, se conduce uno por el texto según sugieran las palabras que son las notas, de manera que se pueda anticipar el final de una entonación imprevisible, imprimir más o menos ritmo a un fragmento, respetar unos puntos suspensivos, marcar una sílaba, soltar la traba de otra.

Así, poco a poco, se desarrolla la sinfonía de la lectura y al escucharla somos capaces de trascender lo escrito y recrear otros espacios y otros tiempos, de vivir otras vidas, de nacer y morir infinidad de veces, tantas como libros, como personas.

Nada nuevo bajo el sol

5 Ene

“La Navidad, que en el siglo XVII tuvo que ser rescatada de la tristeza, tiene que ser rescatada en el siglo XX de la frivolidad.

La Navidad, como tantas otras creaciones cristianas y católicas, es una boda. Es la boda del más indómito espíritu de gozo humano con el más elevado espíritu de humildad y sentido místico. Y el nuevo peligro que amenaza la Navidad es el mismo que hace tiempo ha vulgarizado y viciado las bodas. (…)

De manera parecida la gente está perdiendo el poder gozar de la Navidad porque la han identificado con el regocijo. (…)

Que se nos diga que nos alegramos el día de Navidad es razonable e inteligente, si se entiende el nombre de la fiesta. Que se nos diga que nos alegramos en un 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana.

No se puede empezar una francachela para celebrar un milagro del que se sabe que no es más que un engaño de milagro. El resultado de desechar el aspecto divino de la Navidad y de exigir sólo el humano es que se exige demasiado de la naturaleza humana. Es pedir a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar.

Nuestra tarea hoy día consiste por lo tanto en rescatar la festividad de la frivolidad. Esa es la única manera en la que volverá de nuevo a ser festiva.

El buzón de Gilbert

Querido Señor Chesterton:

¿No le parece que los únicos que, de verdad, disfrutan de la Navidad son los niños, porque hay turrón y regalos?

Firmado: Un lector

Querido lector:

Algunas veces festejan con exceso en lo que se refiere a comer una tarta o un pavo, pero no hay nunca nada frívolo en su actitud hacia la tarta o el pavo o con respecto a los Reyes Magos. Los niños poseen el sentido serio de la gran verdad: que la Navidad es un momento del año en el que pasan cosas de verdad, cosas que no pasan siempre.

Firmado: Su amigo G.K. Chesterton”

 

(G.K. Chesterton. Fragmentos de El nuevo ataque contra la Navidad, 1925)

 

Balance bibliocinéfilo

31 Dic

Este año me propuse leer más y por poco llego a la meta, pero aflojé los últimos meses por lo que Jiménez Lozano llama en Agua de Noria “imponderables, imprevistos e intercesiones”. Lo cual es bueno para mi humildad y porque, como dice Pennac -autor del recientemente publicado y leído Mal de escuela- en otro de sus libros “el verbo leer no soporta el imperativo”.

La lectura del primero del año no duró Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Hacía tiempo que no devoraba un libro con tanta ansiedad.

Lo que aquí dejo por si a alguien le sirve es una autobiografía de lo que fue Una educación incompleta. A estos y a otros muchos libros dediqué Los restos del día y algún resto de noche, todo hay que decirlo. Lo cual tuvo su Expiación correspondiente. 

Veinticuatro horas en la vida de una mujer. Stefan Zweig. Lúcida confesión de un arrebato pasional. “—¿Usted no encuentra, pues, odioso, despreciable, que una mujer abandone a su marido y a sus hijas para seguir a un hombre cualquiera, del que nada sabe, ni siquiera si es digno de su amor?”.

 Una educación incompleta. Evelyn Waugh. “Sólo cuando se ha perdido toda curiosidad hacia el futuro se ha alcanzado la edad de escribir una autobiografía”. Para disfrutar de recuerdos de Oxford y de la prosa de Waugh. 

 Los restos del día. Kazuo Ishiguro. El honor, el sentido del deber y la contención ‘british’ en esencia. En este caso, no perjudica la película al libro, sino que lo engrandece. Difícil imaginar otro rostro distinto para el mayordomo Stevens que el de Hopkins.

 Expiación. Ian McEwan. El autor es buen narrador y dibuja bien las tramas. Mejor el libro que la película, aunque sigo sin encontrarle el sentido al título. Una pena.

 Martin Eden. Jack London. Novela casi autobiográfica. Superación por amor desde una perspectiva del superhombre con un final romántico en el sentido más genuino del término.

 Una pantera en el sótano. Amos Oz. Ambientada en 1947, en la Jerusalén de finales del Mandato británico en Palestina, narra la relación que surge entre un niño judío y un sargento de la policía británica muy interesado por el Israel bíblico y la lengua hebrea. El mejor de los tres que me he leído de Oz este año.

 Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental. Thomas Woods. La Iglesia en el origen de la ciencia moderna, la economía libre, la seguridad del imperio de la ley, los derechos humanos, la libertad, el esplendor del arte y la música, y la filosofía fundada en la razón. Para apologetas. Lo malo es mi mala memoria para recordar datos que necesito.

 Cultura y pasión. Alejandro Llano.Toda una cultura, empeñada en la búsqueda apasionada de la verdad se enfrenta con el relativismo escéptico, para el cual los únicos valores son lo útil y lo placentero. De regalo, un buen puñado de referencias filosóficas y literarias que conviene tener en cuenta.

 Transformación del mundo. La actualidad del Opus Dei. Martin Rhonheimmer. Libertad y responsabilidad de los cristianos en la vida pública, amor a la verdad, pluralismo, construcción de las estructuras temporales. Características del espíritu del Opus Dei que aún hoy sobrepasan a algunas mentes pequeñas.

 El colombre. Dino Buzzati. Un descubrimiento. Cuentos de los de verdad, con todos sus ingredientes en su justa dosis.

 Nosotros, los modernos. Alain Finkielkraut. Imprescindible para entendernos como postmodernos hijos del Modernismo.

 Suite francesa. Irène Némirovski. Otro descubrimiento, por su talento narrativo y por su vida de ucraniana judía residente en Francia víctima de los campos de concentración nazis. No se sabe qué es más apasionante. 

 La comedia humana. William Saroyan. Como el de Amos Oz, otro libro para disfrutar del paso de la infancia a la adolescencia.

 Vida y destino. Vasili Grossman. Relato coral de la batalla de Stalingrado. Compleja de seguimiento pero necesaria. El Guerra y Paz del siglo XXI. tremenda la escena de la cámara de gas.

 Ética de la autenticidad. Charles Taylor. Breve y sustancioso ensayo. Otro imprescindible. El filósofo canadiense descubre el sinsentido de la libertad cuando la elección se basa en el subjetivismo y el relativismo. Contiene una tesis esperanzadora: “la naturaleza de una sociedad libre estriba en que será siempre escenario de una lucha entre formas superiores e inferiores de libertad”.

Guía para sobrevivir intelectualmente al siglo XXI. Leonardo Castellani. No deja indiferente. Atrabiliario, sensato, profético…

Dios salve la razón. Benedicto XVI y otros autores. En el que estoy. Recopilación de artículos de pensadores contemporáneos sobre la intervención de Benedicto XVI en Ratisbona.

 

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En cuanto al cine, traté de ver buenas películas de ahora y de siempre. Cito las que para mí tienen más de tres estrellas y hago algunas observaciones:

Mataharis (2007). Icíar Bollaín.

El velo pintado (2006). John Curran.

Después de la boda (2006). Susanne Bier. Si me tengo que quedar con una sola de las películas vistas este año, me quedo con ésta.

El manantial y la doncella (1960). Ingmar Bergman.

La vida de los otros (2006). Florian Henckel von Donnersmarck

Babel. Alejandro González Iñárritu.

No es país para viejos (2007). Joel Coen y Ethan Coen con Tommy Lee Jones y Javier Bardem. Los buenos son buenos y los malos, malos.

Once (2006). John Carney. Dos veces, en la segunda disfruté más de las canciones. Me alegra que triunfen estas películas.

Juno (2007). Jason Reitman. Magnífico guión de Diablo Cody y genial interpretación de Ellen Page. Me gustó ese enfoque que, seguro, lleva un mensaje vital a los adolescentes de instituto menos sensibles y más adoctrinados.  

En América (2002). Jim Sheridan. Un moderno Matar a un ruiseñor.

Matar a un ruiseñor (1962). Robert Mulligan (de estas tres últimas comenté algo en el enlace anterior). 

Retorno a Brideshead (la serie de la BBC. 1981). ¡Por fin!

Cometas en el cielo (2007). Marc Forster. Una historia de perdón en el corazón de Afganistán.

La reina de África (1951). dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart, Katharine Hepburn. Un guión y un reparto de lujo. Una de las películas que hay que volver a ver de vez en cuando.

Buenas noches y buena suerte (2005) Dirigida y protagonizada por George Clooney y galardonada con seis oscars. Una deuda saldada. Nostalgia de un periodismo responsable y limpio.

Dos en la carretera (1967). dirigida por Stanley Donen y protagonizada por Audrey Hepburn, Albert Finney. El reto de aceptarse mutuamente y recomenzar a amar, más fácil con la encantadora y siempre sorpresiva Audrey, desde luego.

 

¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!

Zoqueterías

22 Dic

Alterno los postreros artículos de Castellani con Mal de escuela de Daniel Pennac, por influencia del aperitivo que Paco dejó en su blog, que me estimula el apetito y me trae a la memoria el buen sabor de Como una novela. Leo más lento de lo que quisiera y no por degustación.

Hace unos días nos aprovisionamos en la librería de un buen surtido para Navidad -no sólo de turrón vive el hombre-; y me tengo prometidos Agua de Noria, de Jiménez Lozano, y Dios salve a la razón, una selección de las reacciones que suscitó el discurso de Benedicto XVI en Ratisbona entre intelectuales ateos y de diferentes credos: Gustavo Bueno, Wael Farouq, André Glucksmann, Jon Juaristi, Sari Nusseibeh, Javier Prades, Robert Spaemann y Joseph H. H. Weiler. 

Por el momento he empezado con Pennac y me está gustando su maestría en el arte de salvar al mal estudiante desde la empatía del zoquete que fue. Probablemente porque yo también fui zoquete y sufro aún de esos brotes reminiscentes:

 

 En resumen, se llega.

Pero la cosa no cambia tanto. Te las apañas con lo que eres.

He aquí  que, al final de esta segunda parte, me permito un ataque de duda. Duda en cuanto a la necesidad de este libro, duda en cuanto a mi capacidad para escribirlo, duda sobre mí mismo, sencillamente, duda que florecerá muy pronto en consideraciones irónicas sobre el conjunto de mi trabajo, sobre mi vida entera… Proliferante duda… Son frecuentes estos ataques. Por mucho que sean una herencia de mi zoquetería, no me acostumbro a ellos. Se duda siempre la primera vez, y la duda es malsana. Me empuja hacia mi tendencia natural. Me resisto pero, día tras día, vuelvo a ser el mal alumno que intento describir. Los síntomas son rigurosamente semejantes a los de mis trece años: ensoñación, pereza, dispersión, hipocondría, nerviosismo, taciturno deleite, cambios de humor, jeremiadas y, por último, pasmo ante la pantalla de mi ordenador, como antaño ante los deberes que debía hacer, el examen que debía preparar… Aquí estoy, ríe sarcástico el zoquete que fui”.

Mal de escuela, Daniel Pennac

Disculpen las molestias (ahora sí)

29 Ago

Me marcho unos días -bastantes- a Palencia. No es un lugar que me pille de paso precisamente ni se me hubiera ocurrido elegirlo como destino vacacional, pero allá me voy, con una maleta “porsi” de entretiempo, anacrónica en estas latitudes sureñas, unos cuantos libros –Vida y destino, de Grossman (para intentar otra vez); El ardor de la sangre, de Nemirovsky; ¿Qué es el cine?, de Bazin (a ver si lo termino), y El Quijote, para releer- y muchos deseos de conocer ciudades imprescindibles, en particular León y su espléndida catedral gótica.

Y con la ilusión de volver a uno de los parajes que más me enamoran de nuestra geografía, un lugar agreste donde aún planea el buitre leonado y el espíritu de los antiguos monjes del alto medievo: la ermita de San Frutos, junto a Sepúlveda, aislada en su silencio por el curso caprichoso de las Hoces del Duratón que la circundan y parten en dos la meseta castellana, como después de un terremoto.

 

P.D.: No sé si en la casa en la que estaré habrá internet, ni tampoco si tendré ganas, tiempo y/o energías para escribir alguna entrada, de ahí el tópico preventivo del titular. En todo caso, bienvenidos al nuevo curso y hasta pronto. Yo me incorporo un poquito más tarde, como en los buenos tiempos de estudiante.

Un tirón del hilo

26 Ago

Tengo muy fresca la conversación de Cordelia a Charles, tras la muerte de Lady Marchmain:

 

“La gente reacciona ante la religión de maneras diferentes. Al menos, en la familia no han sido muy constantes ¿verdad? El la ha dejado, Sebastián la ha dejado y Julia la ha dejado. Pero Dios no permitirá que la dejen por mucho tiempo ¿sabes? Me pregunto si te acuerdas de la historia que nos leyó mamá la primera noche que Sebastián se emborrachó…; quiero decir la noche mala. El padre Brown dijo algo así como “le cogí (al ladrón) con una caña y un anzuelo invisibles, lo bastante largos como para dejarle caminar hasta el fin del mundo y hacerle regresar con un tirón del hilo”.

Retorno a Brideshead, Evelyn Waugh.

 

La referencia a La inocencia del Padre Brown, de Gilbert K. Chesterton, otro converso y gran amigo, es un guiño que no pasa desapercibido. ¡Qué bien capta Waugh a lo largo de toda la novela esa conjunción de gracia y libertad! Él, que, como Chesterton, recorrió un largo camino hasta la fe para descubrir al llegar a ella que la aventura no había hecho más que empezar.

Lo retrata también de forma certera lo que Waugh contestó a una mujer que le reprochaba su comportamiento excesivo en el transcurso de una fiesta y le “recordaba” su condición de prominente católico converso: “Señora, si no fuera por mi fe, yo apenas sería humano”.

No es una respuesta sobrada -aunque a simple vista lo parezca-, ni fideísta, ni tampoco ofensiva para los no creyentes. Ayer, X lo decía de su marido, cuando fuimos a visitarla con motivo de su reciente alumbramiento. Él es un hombre de gran bondad natural pero sin fe ni inquietud religiosa. “Él tan bueno y sin fe -decía X- y yo toda la vida luchando y pidiendo a Dios ser buena sin conseguirlo”. Yo también lo he constatado muchas veces entre compañeros de profesión y familiares que me dan cien vueltas.

Que la fe cristiana mueve a un comportamiento bueno y moral es una evidencia. Que el hombre, sin dimensión trascendente y dejado a su naturaleza herida, tiende a la horizontal, otra. Que, pese a todos los intentos de “matar” a Dios, aún nos movemos en un marco social y cultural cristiano, otra más.

Es posible que existan unos pocos elegidos a los que Dios dota de una inocencia natural, pese a los daños estructurales de nuestra condición. También para demostrarnos que Él es capaz de “ponerlo todo”. Pero la mayoría necesitamos sentir la fortaleza de Dios actuando en y a través de nuestra debilidad reconocida y doliente, como decía el propio Waugh a su amiga conversa Edith Sitwell:

 

“Creo que conoces el mundo lo suficiente para esperar encontrarte con católicos pelmazos, mojigatos, granujas y canallas. Yo siempre pienso: “Sé que soy un horror. ¡Pero cuánto más horroroso sería si no fuera por la fe! Una de las alegrías de la vida del católico es reconocer por todas partes pequeños chispazos de bien junto al fuego encendido de los santos…”

Es lo que hace atractivos, imperecederos y polémicos libros como Retorno a Brideshead, o -salvando las distancias- como el Evangelio, donde, no sólo entre la estirpe de David, sino entre los propios coetáneos y sucesores de Cristo hay muestras de error, maldad y debilidad junto a signos evidentes de grandeza y santidad.

Buzzati

2 Jun

Imposible leer a Buzzati sin sentir el escalofrío de la muerte, la sombra del infortunio, el aguijón del remordimiento y un ansia irreprimible de haber sido yo quien escribiera esos relatos, que abandono inmediatamente para no caer en el error funesto del propio autor convertido en escritor farsante en uno de sus relatos…, pero que no deja de perseguirme, como los ojos del colombre al hijo de Stefano Roi, como los niños crueles al pequeño, enclenque e imprevisible Dolfi, “capitán lechuga”…

 

Ah, ya estoy diciendo demasiado. 

 

 

“En el panteón de hombres ilustres, en medio de otras muchas, hay una lápida que parece haber sido colocada ayer con la siguiente inscripción: ‘El 2 de agosto de 1915, alcanzado en plena frente, cayó como un héroe, combatiendo con ardor, en el monte Pipar (cota 2003). Subteniente de la 8.ª brigada de cazadores alpinos, había sido condecorado anteriormente por su valor en la campaña de Libia…’. En el monte Pipar, cota 2003, un grupo de turistas ha estado hoy de picnic. El jersey que uno de ellos llevaba tenía por dentro una etiqueta con el mismo nombre que aparece grabado en el arquitrabe del gigantesco templete que se alza abajo a la izquierda. Las zapatillas de su novia tenían la misma marca que se encuentra escrita con caracteres de bronce en lo alto de ese severo monolito que se distingue al fondo, en la sección número nueve. Lo mismo que el transistor, el agua mineral, el aperitivo, las servilletas, los quesitos, los cubiertos, los neumáticos, los tranquilizantes, la maletita, el libro: a cada objeto de la excursión le corresponde aquí un nicho, un túmulo, una cripta, un ángel de lujo”.

 

“El colombre”, Dino Buzzati. Acantilado. Enero 2008

San Jorge, Shakespeare y Cervantes

23 Abr

 

“No es extraño que en las grandes narrativas futuristas del siglo XX –Bradbury, Huxley, además de Orwell- aparezca, con lucidez coincidente, la destrucción de los libros como una de las armas de las nuevas dictaduras mentales. Porque leer es una forma de pensar. Y se sabe desde hace tiempo que el pensamiento suele ser considerado por los poderosos como una “funesta manía” que pone en peligro las modas caprichosas y las costumbres impuestas. Es la tremenda fuerza de la amistad y del silencio, que vienen a ser como el alma de la cultura.

 

(…) Cuando parece que nos acercamos a una cultura postliteraria, y la afición a la lectura parece disminuir alarmantemente entre los jóvenes, seducidos por la inmediatez de las imágenes y la rapidez de los mensajes, es preciso difundir con toda el alma el amor a los libros. Porque los libros son el cauce ordinario y común de la vida del espíritu. En ellos se abre el cosmos de lo no inmediatamente sensible, el mundo de los conceptos o ideas, que es lo inmaterial y universal, entreverado con lo material y concreto.

 

Decía Pascal que todos los conflictos y desarreglos provienen de que los hombres “no saben permanecer tranquilos en su aposento”, dedicados al cultivo de su inteligencia, al estudio y la lectura de los libros que guardan la mejor herencia de la humanidad y el fermento de toda innovación y progreso”.

 

(Cultura y Pasión. Alejandro Llano)

Quis contra nos?

28 Dic

En El hombre eterno, de Chesterton, hay un capítulo titulado “El dios de la cueva” que es dinamita pura.

Me resulta doloroso elegir algunos párrafos como regalo, casi una amputación o una partición salomónica, pero comprendo que sería un abuso colocar aquí el texto completo. Me voy a exceder, en todo caso.

Animo a leerlo y a rendirse una vez más ante este Dios capaz de encarnarse en un infante tan pobre como todopoderoso que quiere necesitar del ofrecimiento de unos pastores indigentes para confundir a los tiranos de la tierra.

Desde entonces no hay situación humana por oscura y miserable que parezca que escape a su amorosa e infinita incondicionalidad. No lo merecemos y sin embargo podemos decir con gozosa seguridad Si Deus nobiscum, quis contra nos? …Y Deus nobiscum.

    “La Navidad en el cristianismo se ha convertido en algo que, en cierto sentido, es muy simple. Pero, como todas las verdades de esa tradición es, en otro sentido, algo muy complejo. No se trata de una única nota sino del sonido simultáneo de muchas notas: la humildad, la alegría, la gratitud, el temor sobrenatural y, al mismo tiempo, la  vigilancia y el drama. No es un acontecimiento cuya conmemoración sirva a intereses pacifistas o festivos. (…) Hay algo en ella desafiante, algo que hace que las bruscas campanas de la medianoche suenen como los cañones de una batalla que acaba de ganarse.  

    Por la misma naturaleza de la historia, los gozos de la cueva eran gozos en el interior de una fortaleza o una guarida de proscritos (…) No se trata sólo (…) de que las hordas de Herodes podían haber pasado como le trueno sobre el lugar donde reposaba la cabeza de Cristo.

    En esa divinidad enterrada se esconde la idea de minar el mundo, de sacudir las torres y los palacios desde sus cimientos, igual que Herodes el Grande sintió aquel terremoto bajo sus pies y se tambaleó con su vacilante palacio. Este es, quizás, el más poderoso de los misterios de la cueva. Es evidente que, aunque se dice que los hombres han buscado el infierno bajo la tierra, en este caso es más bien el cielo el que está bajo la tierra. Y de ello se sigue en esta extraña historia la idea de un levantamiento del cielo.

    Ésa es la paradoja de todo el asunto: que de ahora en adelante lo más alto sólo puede alcanzarse desde abajo. Los derechos sólo pueden volver a ser propios por una especie de rebelión.

    (…) La cueva, en cierto modo, es solamente un agujero o un lugar en el que se arrincona a la gente proscrita como si fuera basura, y, sin embargo, resulta a la vez un escondrijo para ocultar algo valioso que los tiranos andan buscando como un tesoro. Están allí porque el mesonero ni siquiera los recordaría y, a la vez, porque el rey no podía olvidarse de ellos.

    (…) Era importante mientras todavía era algo insignificante y, ciertamente, mientras todavía era inerme. Era importante únicamente porque era intolerable y, en ese sentido, se puede decir que era intolerable porque era intolerante. Sentaba mal porque, de una forma pacífica y casi desapercibida había declarado la guerra. Se había levantado de la tierra para arruinar el cielo y la tierra del paganismo.

    (…) Los que acusaban a los cristianos de incendiar Roma con antorchas eran calumniadores, pero al menos estaban más cerca de la naturaleza del cristianismo que esos modernos que dicen que los cristianos fueron una especie de sociedad ética, sometida a un lánguido martirio por decir que los hombres tenían una obligación con respecto a sus prójimos, y que resultaban ligeramente molestos porque eran mansos y humildes.

    (…) Ninguna otra historia, ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén.

    (…) La verdad es que hay un carácter bastante peculiar y propio en la dependencia de esta historia sobre la naturaleza humana (…).

    Es algo así como si un hombre hubiera encontrado una habitación interior en el mismo corazón de su propia casa, un lugar que nunca había sospechado, y hubiera visto salir luz de su interior. Es como si encontrara algo en el fondo de su propio corazón que traicioneramente lo atrajera hacia el bien. Algo que no está hecho de lo que el mundo llamaría un material fuerte; más bien está hecho de materiales cuya fuerza reside en la levedad alada con la que nos pasan rozando. Es todo lo que hay en nosotros salvo una breve ternura que allí se hace eterna. Todo eso no significa más que un momentáneo debilitamiento que de una forma extraña, se convierte en fortalecimiento y en descanso. Es el discurso quebrado y la palabra perdida que se hacen positivas y se mantienen íntegras mientras los reyes extranjeros desaparecen en la lejanía y las montañas dejan de resonar con las pisadas de los pastores. Y sólo la noche y la cueva yacen pliegue sobre pliegue sobre algo más humano que la Humanidad.