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“¿Qué padre, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?”

7 Mar

Me ha hecho sonreír esta oportuna y consoladora cita de G.K. Chesterton en Correr tras el propio sombrero, a mí tan poco tocada por la divinidad para la abstracción matemática:

 

“Cada vez que pedimos que nos paguen en metálico, cumplimos casi hasta el último detalle con las palabras de la parábola: pedimos pan y recibimos una piedra”. 

 

 La sociedad de trueque, sin duda, tendría sus limitaciones pero seguro que daba más juego poético.

 

P.S.: Para muestra, un botón con tintes apocalípticos. Nada más colgar la entrada de hoy leo en un periódico el siguiente titular: Tres de cada cuatro trabajadores menores de 25 años de Sevilla son “mileuristas“. Esto es más grave de lo que yo pensaba. 

“Señal del camino para los libres caminantes”

16 Feb

“Así como hemos tomado el círculo para simbolizar la razón y la locura, podemos ahora escoger la cruz como representación del misterio y de la salud. El budismo es centrípeto; pero el cristianismo, centrífugo: se derrama hacia fuera. Porque el círculo podrá ser perfecto e infinito por naturaleza, pero cerrado para siempre en su órbita; ni aumenta, ni disminuye jamás. Y en cambio la cruz, aunque tenga en el corazón una intersección contradictoria de líneas, pude eternamente alargar sus brazos, sin cambiar de contorno. Como tiene una paradoja en el centro, por eso le es dable crecer sin transformarse. El círculo se revuelve sobre sí mismo, siempre opreso. La cruz se abre a los cuatro vientos: es como la señal del camino para los libres caminantes”.

G.K. Chesterton. Ortodoxia

Nadie es perfecto

31 Ene

En atención a un comentario de Carlos Rodríguez Morales en la entrada de ayer, dejo esta interesante reflexión de Chesterton acerca de las imperfecciones de la democracia que reafirma, o quizá supera, esa definición que Churchill propuso: “la democracia es el menos malo de los sistemas políticos conocidos”. O dicho de otra manera: “la democracia es el peor de los regímenes, con excepción de todos los demás que se han probado”.

“El auténtico peligro del bipartidismo es que los dos partidos limitan en exceso la opinión del ciudadano corriente, haciendo a éste estéril en lugar de creativo, porque nunca se le permite otra cosa que no sea preferir una política ya existente sobre otra también existente” (…)

La democracia tiene derecho a contestar preguntas, pero no a formularlas. Aún continúa siendo la aristocracia política la que hace las preguntas. Y no somos exageradamente cínicos si suponemos que la aristocracia política será siempre muy cuidadosa a la hora de preguntar… La clase dirigente elegirá entre dos líneas de actuación, ambas seguras para ella, y a la democracia le hará el favor de dejarle escoger entre una y otra”.

(Artículos sobre la Democracia publicados por Chesterton en el Daily News).

Pickwick, pura masa de luz

29 Ene

Ayer almorcé en casa de mis padres, como cada domingo. Siempre que voy a verlos regreso bien nutrida en el cuerpo y en el espíritu, casi oronda. En el cuerpo, por esos arroces que me retrotraen a mi infancia valenciana, y en el espíritu, por el derroche de amor paterno y materno y por los tesoros que albergan la biblioteca del cuarto de estar y los alrededores del sillón del mirador, donde suele sentarse mi madre a devorar libros con frenesí adolescente.

Da igual que haya repasado cientos de veces las estanterías y los montones que se apilan por el suelo. Cada vez que voy, mis dedos recorren morosos los lomos tocando la vieja sinfonía que siempre suena distinta.

A veces, la tecla que da la nota clave es una nueva adquisición que mi progenitora A me muestra como un trofeo, y otras, alguna vieja gloria en la que no había reparado antes. Ayer, por ejemplo, me traje Tierra baldía, de Eliot; Por qué leer los clásicos, de Calvino; y Los documentos póstumos del Club Pickwick, de Dickens, en una edición de 1956 que perteneció a mi abuelo materno y que “robé” con temblor de estudiante de arqueología en prácticas.

Hace unos día hablaba con alguien que admira a Dickens y a otros escritores ingleses sobre el proceso de creación literaria. Discutíamos acerca de la génesis de una historia, del nacimiento de los personajes… Anoche, al leer el prólogo que Chesterton le dedica a Los documentos póstumos del Club Pickwick hallé una respuesta luminosa:

Pickwick es en la carrera de Dickens la pura masa de luz antes de la creación del sol y de la luna. Es la espléndida e informe substancia de que han salido después todas las estrellas. Podéis dividir Pickwick en innumerables novelas, como podéis dividir la luz primitiva en innumerables sistemas solares. Los Documentos de Pickwick constituyen ante todo una viva promesa, una visión prenatal de todos los hijos de Dickens. Todavía no ha adquirido el hábito sencillo y profesional de trazar una intriga y un argumento, de atender a cada cosa a su tiempo, de escribir una novela discreta e independiente y mandarla a los editores. Aún está en el juvenil caos del mundo que le gustaría crear. Aún no ha decidido qué novela escribirá, pero sí la clase de la misma. Trata de contar diez historias a un tiempo, tira a la olla todas las fantasías caóticas y crudas experiencias de su infancia, prende, desatinadamente y sin vergüenza alguna, relatos breves, como en un álbum de estampas; adopta diseños y los abandona, empieza episodios que no termina; pero desde la primera a la ultima página hay un indescriptible y elemental encanto; el de un hombre que está haciendo lo que sabe hacer. Dickens, como todo escritor honrado y eficaz, llegó por fin a cierto grado de cautela y freno. Aprendió a poner a sus personales al servicio de su drama, aprendió a escribir historias llenas de divagaciones y malicias, pero que eran historias. Mas antes de escribir una sola historia, tenía una cierta visión. Era la visión de un mundo de Dickens: un laberinto de caminos polvorientos, un mapa lleno de fantásticas ciudades, carruajes estrepitosos, bulliciosos mercados, posadas ruidosas y tipos fanfarrones. Esta visión es Pickwick”.