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Y líbranos del mal

18 Ene
  • “En la Summa Theologica Tomás dice que la oración es interpretación de la esperanza. La oración es la lengua de la esperanza (…). El Padre nuestro es escuela de esperanza, su iniciación concreta.

  • (…) Un hombre desesperado no reza, porque no espera; un hombre seguro de su poder y de sí mismo no reza, porque confía únicamente en sí mismo. Quien reza espera en una bondad y en un poder que van más allá de sus propias posibilidades. La oración es esperanza en acto.  

  • (…) En las invocaciones de la segunda parte del Padre nuestro nuestras ansias y angustias diarias se convierten en esperanza. Está presente el deseo de nuestro bienestar material, la paz con nuestro prójimo y finalmente, la amenaza de todas las amenazas: el peligro de perder la fe, de caer en el abandono de Dios, de no poder percibir a Dios y de acabar de esta manera en el más absoluto vacío, expuestos a todos los males. En el momento en que estos anhelos se convierten en invocación se abre la vía de las ansias y de los deseos hacia la esperanza, de la segunda a la primera parte del Padre nuestro.  

  • Todas nuestras angustias son, en último término, miedo a la pérdida del amor y por la soledad total que le sigue. Todas nuestras esperanzas están en la profunda gran esperanza, en el amor ilimitado. Son esperanzas del paraíso, del reino de Dios, del ser con Dios y como Dios, partícipes de su naturaleza (2P 1,4). Todas nuestras esperanzas desembocan en la única esperanza: venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra. Que la tierra se haga como el cielo, que la misma tierra se convierta en cielo. En su voluntad está nuestra esperanza. Aprender a rezar es aprender a esperar y por lo tanto es aprender a vivir”.

 Estos párrafos pertenecen a Mirar a Cristo un tratado de Benedicto XVI sobre las virtudes teologales, que ha iluminado mis días de retiro.   

Veo, leo lo sucedido estos días y, mientras trato de ajustarme a la cotidianidad con una visión más esperanzada, pienso que en el fondo aquel ‘seréis como dioses’, cuyo eco resuena cansino en las promesas optimistas del Reino de la Técnica y del Progreso, es una aspiración tan humana que Dios la colma con creces haciéndonos partícipes de su naturaleza. Es más, para que el hombre se haga Dios, Dios se hace hombre y nos enseña a hablar como hijos de Dios. 

Y, sin embargo, ante el árbol de la ciencia del bien y del mal, ante el árbol de la vida, seguimos empeñados en experimentar con nuestros límites y chocamos una y otra vez, como polillas en el interior de un fanal cuya bombilla macilenta tratara de competir con la luz cálida, vital y cegadora del sol. 

Fresas salvajes en pleno invierno

10 Dic

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Avanzo lenta pero segura en mi homenaje particular a Ingmar Bergman.

Hace unos meses me dejé conmocionar hasta el tuétano por Encuentros privados, film dirigido por Liv Ullmann sobre el guión del director sueco que narra la catarsis de una mujer que cree superar el paso del tiempo y su insatisfacción matrimonial con el amor hacia un joven estudiante. Y ayer vi Fresas salvajes, película que mi madre y mi padre habían visto en un cine-club madrileño cuando aún no eran mi madre y mi padre, ni siquiera marido y mujer, y que seguramente entonces ni sospecharon que volverían a ver conmigo ‘entaitantos’ años más tarde. 

De Fresas Salvajes me impacta su rotunda actualidad, pese a estar rodada en 1957, lo que me conduce a pensar una vez más que la verdad sobre el hombre, Dios y el mundo siempre ofrece prismas nuevos al ser humano de todos los tiempos e ilumina  nuestro personal drama de creación, caída y redención. En esto radica la materia prima de los clásicos.  

Bergman contrapone en Fresas salvajes el reconocimiento de la trayectoria científica de Isak Borg (Victor Sjöström), un médico sueco anciano, egoísta y enfermo, al viaje interior de sus fracasos vitales: Sara, la novia que acabó casada con su hermano frívolo; Karin, la mujer ya muerta que no se supo amada y le engañó; su hijo Evald que ha heredado la crueldad de toda una saga… Pasado y presente son convocados a través de sueños y encuentros que se suceden durante el viaje en coche a Lund donde el doctor recibirá el homenaje de la universidad.  

Hay muchas cosas que me han llamado la atención: la sinceridad, que no por habitual en Bergman, deja de golpearme; la fuerza expresionista de los sueños, en especial el de su muerte, y la impiedad de casi todas las mujeres que aparecen en la película: Marianne, su nuera, que viaja con él para reencontrarse con su egoísta marido que no desea al hijo engendrado por ambos, la madre anciana y olvidada, la mujer del analítico y despiadado doctor con cuyo coche chocan y que acogerán durante una parte del trayecto.  Mujeres demasiado duras para ser mujeres que sufren el cáncer del desamor de su entorno y que, de alguna manera, serán redimidas finalmente en la persona de Marianne protagonizada por la hermosa Ingrid Thulin. 

Sólo aportan algo de calor la otra Sara (interpretada para los dos personajes por la misma Bibi Andersson), una alegre estudiante que viaja a Italia con sus amigos y simboliza la mujer moderna liberada, superficial e independiente de cuya vitalidad Isak se enamora, y la fiel ama de llaves.

El viejo Isak vive un auténtico juicio particular en vida que le brinda la oportunidad de reconciliarse y de amar a aquellos que le sobrevivirán y a quienes no desea dejar un legado de soledad gélida: su hijo y su nuera que finalmente deciden seguir juntos y tener a ese hijo, el ama de llaves para quien tiene un gesto de reconocimiento.  

Y duerme el final de ese largo día, sin dolores ya, sin pesadillas, evocando el encuentro feliz con Sara y con sus padres en una tarde de verano y fresas salvajes junto a un mar de eternidad.

Una película descarnada y abierta (en canal) a una perspectiva cristiana, que nos reafirma en la esperanza de que mientras hay vida, hay tiempo, y mientras hay tiempo cabe redención. Muy propia para este Adviento.

Provisiones

7 Dic

Por el ojo del puente miré el camino de Las Tobas, su verdor de adviento sobre el valle de chopos otoñales. Cordilleras victoriosas saludaban entre las nubes encendidas del crepúsculo.  

Había esclerosis en la carretera pero la disolvíamos a fuerza de canciones. Sin advertirlo ganábamos tiempo guardando en el arca parejas de animales por si sobrevenía el diluvio, almacenando dulces con que resistir los embates del invierno. 

Un día después ha descargado la tormenta. Llueve desconsoladamente y punzan las ausencias como el miembro fantasma al amputado. Otra vez –y van ciento- me han vuelto a dar en la herradura.  

Como una catarata, ciega el ojo del puente la niebla. A veces no basta convocar a la alegría. Sólo cabe resistir al asedio de la noche cruzando los remos en cubierta, poner a salvo la esperanza en que el desaliento nos devolverá a la orilla como cuerpo extraño… cuando amanezca. 

Factor Fátima

4 Dic

El colegio Albaydar, al que me unen estrechos lazos, recibe estos días una visita muy especial. Se trata de una de las contadas tallas peregrinas de la Virgen de Fátima, que según tengo entendido, lleva a sus espaldas un largo periplo de dieciséis años por hogares, colegios y conventos de España y de Venezuela. 

Fue adquirida en Portugal y bendecida por Juan Pablo II en Roma, quien rezó postrado ante su imagen y solicitó que se registrara su peregrinar en un libro de firmas. También fue conocida por Sor Lucia.  

El primero de esos volúmenes le fue entregado al Papa hace seis años. En el segundo, que he tenido en mis manos, se desgrana un rosario de peticiones y muestras de gratitud procedentes de todas las casas que le han prestado cobijo en estos años de infatigable y maternal dedicación. 

No dejo de pensar en lo providente de esta visita en días de turbulencias a uno y otro lado del Atlántico y estoy convencida de que Ella extenderá su mano sobre aquellos reductos que pugnan por resistir la onda expansiva de la caída del muro, como si ignoraran, anacrónicos, que torres más altas que las de Jericó han caído.

Spe Salvi

1 Dic

Ayer, fiesta de San Andrés, vio la luz la segunda encíclica de Benedicto XVI. Si la primera estuvo dedicada al amor, sin el cual somos címbalo que retiñe, ésta tiene por objeto la esperanza que salva, Spe Salvi. 

La bajé a la PDA y me la leí de un tirón junto al Sagrario. No fue mi propósito inicial, pero la tarde estaba serena y el texto me atrajo desde el primer párrafo.

Sin darme cuenta, asistí a una hora y media de lección magistral con el Maestro y su buen vicario, servus servorum Dei 

Como en sus largos años de docencia, el Papa pone en juego en esta carta toda su capacidad magisterial, amplificada por la asistencia del Espíritu Santo, aplicando el método socrático. Es él quien pregunta y responde pero con tal respeto a la inteligencia del destinatario que el texto se podría considerar un auténtico diálogo.  

Ratzinger parte del corazón del interlocutor y no elude las preguntas incómodas ni deja cabos sueltos, no ahorra las premisas ni las objeciones necesarias: “¿de qué género ha de ser la esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella?, ¿de verdad queremos vivir eternamente?, ¿es individualista la esperanza cristiana?, la razón del poder y del hacer ¿es ya toda la razón?, ¿es tan importante para mí la verdad como para compensar el sufrimiento?, ¿es tan grande la promesa del amor que justifique el don de mí mismo?, ¿qué sucede con estas personas (las malvadas) cuando comparecen ante el Juez?, ¿quién no siente la necesidad de hacer llegar a los propios seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón?”. 

Como Virgilio acompaña a Dante en su periplo por las verdades eternas, el Papa nos guía en el tránsito por este preludio del más allá que los hombres somos capaces de convertir en trasunto del Cielo o en un infierno terrenal.

En el recorrido nos topamos con personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, padres de la Iglesia, santos, héroes, filósofos, teólogos, herejes. Platón, Bacon, Lutero, Kant, Engels, Marx… 

Al hilo de la historia del pensamiento, Ratzinger explica la relación entre esperanza y fe en la primitiva cristiandad, en qué momento de la historia se trocó la esperanza en Dios en confianza ciega en el progreso humano, cuándo se escindieron razón y libertad, cómo se produjo el trueque de la búsqueda del reino de Dios por la búsqueda del reino del hombre, para concluir, al hilo de las atrocidades de los regímenes totalitarios: “Un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza. Nada ni nadie garantiza que el cinismo del poder –bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que se presente– no siga mangoneando en el mundo”.  

Benedicto XVI termina mostrándonos los lugares donde podemos hallar el bagaje de esperanza que necesitamos para resistir en el viaje y para alcanzar el destino que nos ha sido reservado: la oración, el sufrimiento, el juicio, María. 

Es difícil leer al Papa sin sentir despertar en el alma la nostalgia de infinito. Resulta casi imposible sustraerse al atractivo de su lenguaje, al reto que propone a la razón que en todo hombre subyace por encima de la irracionalidad reinante.

Con él, la verdad se impone suavemente no con la violencia del rayo sino bañándolo todo en una luz cálida que da sentido a todo lo que nos rodea.