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Pesadilla de chocolate

11 Abr
Más que “Sueño de chocolate”, para la panadería alemana Raddatz, su nuevo anuncio de pastelillos así denominados se ha convertido en una auténtica pesadilla. De la noche a la mañana se ha desatado un aluvión de protestas, acusaciones de pedófilos y racistas y ataques a los establecimientos de la cadena. Y todo porque la publicidad de los dulces viene acompañada de la fotografía de un bebé de color (de color negro, se entiende) que lleva por ropaje un pañal blanco como la banda de vainilla del pastel.
Los responsables de la marca no hacen más que asegurar que no son racistas, que participan en proyectos sociales en los países de África en los que tienen presencia comercial y con los que están muy comprometidos.
Desde luego, el niño está para comérselo, y eso que toda madre orgullosa dice de su bebé sea de la raza que sea, eso que la propia madre del bebé namibio –a la sazón, trabajadora de la franquicia en el país africano- pensó cuando decidió presentarlo a la campaña publicitaria, se lo han tomado muy a mal los habitantes de Gröditz a los que la idea les ha parecido poco menos que antropófaga, xenófoba y pervertida.
No lo es por una sencilla razón. Para que una comparación sea ofensiva es preciso que el término sea denigrante, y aquí el pastel alude a una realidad dulce, tierna, suave, como un bebé, en este caso negro como el chocolate, símil tan fidedigno y neutro como la leche a un bebé blanco.
El peligro de la discriminación positiva y lo corrección política, como medios para luchar contra las lacras de la discriminación racial, sexual, etc., es que –con poco sentido común y excesivo proteccionismo- acaban por volverse en contra de aquellos a los que pretenden defender.
Cabría preguntarse: ¿tiene o no derecho una madre de color (negro) a presentar a su hijo a una campaña publicitaria? ¿qué pasaría si una madre de color (blanco o amarillo) presentara a su bebé a una campaña de chocolate blanco? Nada, absolutamente nada. Luego… los derechos y las libertades de las madres blancas en esta ocasión son superiores a los derechos de las madres negras.
Aunque no pasa de una curiosidad, la anécdota es sintomática y merece al menos un breve análisis. En ocasiones personas que consideran reprobables este tipo de acciones no detectan otros gestos de imperialismo postmodernos, como el reparto de armas a los pueblos africanos, la incitación a las luchas tribales, la distribución de condones, la esterilización universal o la imposición de los llamados derechos reproductivos, o sea el aborto. En todos estos casos es occidente quien manda, quien decide hasta qué es y qué no es racismo.
Muchos anuncios aparentemente sexistas no lo son y viceversa. Mostrar a una mujer en un anuncio de lavadoras o en un fogón es arriesgado hoy día para empresarios y anunciantes. En cualquier momento pueden toparse con una furibunda campaña que les arruine el negocio. Lo progresista es poner hombres al fregadero. Pero es que las mujeres también tienen derecho a cuidar de su hogar, a conciliar, a decidir.
Defender los derechos de las minorías o de las mayorías silenciadas es cosa difícil. En muchas ocasiones la lucha –imbuida de la tesis, antítesis y síntesis hegelianas- peca de radical justificando la violencia, como este caso de los ataques a la cadena de panaderías. Cuando llega la ansiada normalización, la síntesis, la maquinaria se ha vuelto demasiado monstruosa y pesada y resulta casi imposible detenerla. La consigna se impone a la persona, el grupo al individuo.
Mostrar al anteriormente discriminado en su estado de integración parece un oprobio. Hay que seguir manteniendo el mito de la lucha por la igualdad, lo cual es otra discriminación. Significa que es imposible que estas personas lleguen a ser normales, y que deben de estar siempre tuteladas, protegidas.
No pretendo ponerme radical con los radicales. Quizá este gesto no obedezca más que a la necesidad bienintencionada de demostrar que el pueblo alemán –al que todavía duelen sus estigmas- es sensible a las cuestiones de raza.

Último artículo que he publicado en Aceprensa.

Abuelita, qué boca tan grande tienes

10 Jun

El Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía ha aprobado el proyecto de Ley de Derechos y Garantías de la Dignidad de las Personas en el Proceso de la Muerte. La norma de título largo y eufemístico no regula, según la consejera, “ni la eutanasia ni un suicidio asistido”, actos que reconoce catalogados como delitos en el Código Penal, sino el respeto a la voluntad y dignidad de los pacientes durante su última etapa de vida, cosas muy loables que todos suscribimos.

Luego, dice la consejera que aunque esto ya está incluido en la Ley Estatal de Autonomía del Paciente no se regula adecuadamente y que el motivo de la ley es impulsar los cuidados paliativos y evitar el encarnizamiento terapéutico. “El derecho a una vida humana digna no se puede truncar con una muerte indigna”, reza la oración de Perogrullo.

Nos creeríamos el cuento de Caperucita si no fuera porque ya llueve sobre mojado. A Mª Jesús Montero se le sale un colmillo y se le ven las orejas cuando mezcla casos tan variopintos como el de Inmaculada Echevarría y las sospechosas sedaciones de Leganés, cuando dice que habrá que evitar que los médicos “impongan sus creencias morales y religiosas”, y cuando sabemos como sabemos que Andalucía es la probeta de los experimentos nacionales de quienes nos otorgan el marchamo de seres humanos, seres vivos o meros despojos cuando y como les place.  

Es para comerte mejor.

Esto sí es democratización del éxito

25 May

La nueva consejera andaluza de Educación dice: “hemos democratizado el sistema y ahora hay que democratizar el éxito”.

En el mundo de los triunfitos el mejor modo de acabar con el fracaso escolar es negarlo. No dar la talla es traumático así que para que nuestros niños no sufran se baja la talla y ya está. ¡Todos a OT!  

Hoy ‘he conocido’ a  Pablo Pineda, un malagueño que es un verdadero héroe, un triunfador y una bofetada para la sociedad de los superhombres.

A niños como él no sólo se les niega el acceso al sistema sino a la  mismísima existencia. Los pocos que sobreviven son unos valientes que nos dan lecciones de dignidad y de superación. Serán ellos los que nos saquen de nuestro síndrome de insuficiencia de humanidad.

(El Mundo Andalucía le hace hoy una entrevista magnífica publicada únicamente en la edición de papel).