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La crisis y el volcán

22 Jul

El Principito regresó hace pocos días al planeta Tierra donde nada era único, individual u original.

Como la vez anterior, allí seguían los continentes rodeados de agua, y multitud de baobabs y de otros árboles, rosas, zorros y volcanes que nadie deshollinaba. Entre los hombres existen miles de reyes, ebrios, vanidosos, faroleros, geógrafos y negociantes. La diferencia era que por estas fechas se afanaban más que nunca en engañar. Tanto que a la situación que habían generado la denominaron crisis mundial.

El planeta era tan grande que sus habitantes veían salir y ponerse el sol una sola vez al día, y no cuarenta y tres, como en la tierra de El Principito; pero los hombres estaban tan preocupados en contar el poco dinero que les quedaba, en quedarse con él y en discutir sobre quién tenía la culpa de ello, que apenas se daban cuenta. Ellos se dedicaban a cosas serias.

Un buen día, uno de los miles de volcanes, de nombre Eyjafjalla, entró en erupción y, como en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar los volcanes como en el planeta de El Principito, el volcán comenzó a dar grandes disgustos. 

Los habitantes de la Tierra, acostumbrados a su vanidosa globalización, a sus viajes intercontinentales y sus comunicaciones por satélite, no le dieron importancia, pero lo cierto es que el volcán comenzó a formar una columna gigantesca de cenizas que afectó a muchos de los países más ricos del Norte.

De la noche a la mañana el tráfico aéreo se suspendió y hubo cuantiosas pérdidas económicas. La gente no sabía cómo reaccionar. En lugar de caminar suavemente hacia una fuente, como hubiera hecho El Principito de tener todos esos minutos a su disposición, los hombres perdían negociaciones importantes, cancelaban cumbres internacionales y llenaban los aeropuertos de gestos iracundos.

El Principito estaba desconcertado. Él sólo sabía arrancar las malas hierbas de baobab, vigilar que su rosa con espinas no se resfriara, descubrir elefantes tragados por boas o corderos dentro de cajas con agujeros. “Si un baobab no se arranca a tiempo, -insistía El Principito- no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces (…). A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…”. No comprendía por qué los hombres de la Tierra no se ocupaban de esas cosas sencillas que hacen que todo marche bien.

Aquella situación le recordaba a una vieja historia que oyó contar sobre una estatua que tenía cabeza de oro fino, pecho y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro, y pies, parte de hierro y parte de arcilla, adonde fue a dar una pequeña piedra que derribó el coloso y lo hizo trizas. O también a aquella otra más reciente de un barco inmenso que retó al mismo Dios, y al que le bastó la punta de un iceberg para hundirse en el Atlántico en menos de tres horas.

En los periódicos se leían cosas sensatas y obvias para El Principito: “La erupción islandesa lanza una invitación al sosiego a una manera de funcionar manifiestamente excesiva, una especie de sugerencia telúrica al cambio, una invitación a unos ejercicios espirituales continentales”. “Hay que ir acostumbrándose a convivir con el volcán”. “Nos encontramos todos a merced del volcán y no hay manera de saber cuánto tiempo continuará en erupción”. Pero los hombres habían perdido la capacidad de comprender la relación que podía tener cuidar de las cosas, trabajar bien, ser sincero y decente, ver con el corazón, contar hasta uno o cumplir las promesas, con la marcha de sus negocios mundiales.

Realmente los hombres eran como los hongos. Pensaban que su planeta era grande, rico y autónomo y no se daban cuenta de que estaba infestado de baobabs. Olvidaban que en el fondo La Tierra y sus hombres no estaban menos necesitados de amor y de cuidados que El Principito y su asteroide B 612.

 (Columna publicada en el número de julio-agosto de la revista Nuestro Tiempo).

El saber no ocupa lugar

1 Jun

(Mi columna, en la revista Nuestro Tiempo de abril-mayo).

Por San Jorge fue un libro y una rosa. Y por mayo, la presentación en la Feria del Libro de la plataforma digital creada por Mondadori, Planeta y Santillana para lanzar al mercado 7.000 títulos en e-book. ¿Qué dirían el Bardo de Avon y el Manco de Lepanto si levantaran la cabeza?

Cuando San Juan redactó su evangelio, los libros eran unos aparatosos rollos de papiro: “hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir”.

Quizá Gutenberg pensó en la Biblia como primer libro impreso para responder al reto del evangelista y, ciertamente, inundó el orbe con los hechos y las palabras de Cristo, aunque, después de cinco siglos, todavía nos queda espacio.

Hoy, el saber apenas ocupa lugar en unos pocos kilobytes de memoria y su capacidad de difusión es prácticamente ilimitada. Con el libro digital ya no nos ocurrirá lo que a Don Quijote de la Mancha, que “llegó a tanto su curiosidad y desatino (…) que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer; y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos”.

Ipad, Kindle. Los escritores y editores tiemblan. La espada de Damocles pende sobre al mercado literario. ¿Leeremos más en un futuro próximo? Dudo que los que no leen en papel se animen ante la novedad digital, pero los lectores voraces leeremos más, sin duda. No reniego del progreso y prueba de ello es que he sido capaz de leer en la estrecha pantalla de mi PDA Ana Karenina, El retrato de Dorian Gray, La metamorfosis, La carretera y El candor del Padre Brown. La pregunta es: ¿leeremos mejor?

El e-book tiene sus ventajas: la ligereza, la portabilidad, la accesibilidad. Pero hay algo de relación amorosa entre el lector y el libro que pasa por la materia y que se pierde con el formato digital. Es posible que sea sólo cuestión de acostumbrarse, como lo hicieron nuestros antepasados del siglo XV al pasar de la miniatura y el rasgo vigoroso de la pluma a la letra de caja despersonalizada y fría como la lápida de un difunto anónimo.

Esa relación está llena de pequeñas costumbres, de guiños, de ritos: el tacto del papel, el modo personalísimo de pasar las páginas humedeciendo el índice, las esquinas dobladas, las notas al margen que encontramos al curiosear en la biblioteca familiar o en la librería de viejo. Las fotos, los pétalos, los calendarios pasados… Todo esto perdemos como se perdieron las declaraciones de amor al pie de la ventana.

Los años, los meses, los días perdidos por librerías y bibliotecas; la ansiedad de la búsqueda, la ilusión atesorada, el afán con que arañamos el sueldo a fin de mes, el temor a que se agote la edición, la dicha incomparable del encuentro.

Hay libros que nos transportan a noches de lectura clandestina con linterna bajo las sábanas, pasado el toque de queda infantil; libros jóvenes, vibrantes, de lomos prietos, que nos abrieron la mente a la verdad, a la vida y al amor, y que aguardan en sus estantes como testigos de nuestro crecimiento; libros-reliquia con reuma entre las páginas, de tapas desvencijadas que pican en las manos, en la nariz y en el corazón. Libros que son regimientos en orden de batalla, como los del padre de Profi, el niño judío de Una pantera en el sótano; libros que acaban por secar el cerebro, como los que, de claro en claro, leía Don Quijote.

A un clic de iBookStore o de Amazon las cosas se ven de otra manera. Se da rienda al deseo, y, como pasa con todo consumismo exacerbado, la satisfacción dura menos. Asistiremos a una saludable convivencia generacional, hasta que, con los años, acabemos por acostumbrarnos a no palpar, no oler, no tener una manera personal e intransferible de amar las obras literarias. Es ley de vida. El progreso es inexorable y positivo. Pero déjenme que en estas postreras horas cante mi elegía al libro impreso. Después de más de quinientos años lo merece.

Palabras que se lleva el viento

29 Mar

 

Mi columna “El Periscopio” de marzo-abril en la revista Nuestro Tiempo

Qué fascinación ejerce la radio. Como la música con respecto al arte, pienso que la radio es el más inmaterial de los medios, el menos esclavo de la tecnología y el menos exigente con su destinatario.  

Su lastre tiene, claro está. Su triste pasado como sistema de agitación y propaganda en guerras y dictaduras –no es casualidad que Claudio matara al Rey Hamlet vertiendo veneno en su oído-, pero también cumple su función intachable cuando impera el caos, como hemos visto en Haití estos días.  

La prensa requiere la voluntad de rascarse el bolsillo y el esfuerzo de aplicar el entendimiento a lo que se lee. La televisión se apodera de esa voluntad y de esa inteligencia absorbiéndola con su poder catódico -ahora diremos con el plasma y el LCD, que suenan a extracción sanguínea y a estupefaciente-. Internet, como Social Media, combina la libertad de elección con la posibilidad de interactuar y la fascinación del conocimiento hasta los umbrales del “seréis como dioses”. La radio, en cambio, concentra todo su esfuerzo persuasivo en el atractivo de la modulación, el tono y el timbre de una voz, unos cuantos elementos sonoros y la capacidad de seducción de la música. 

Quod scribsi, scribsi, pero las palabras –dice el refrán- se la lleva el viento, y, volando en ondas y rebotando en satélites, va a parar a algún lugar donde alguien que conduce, cocina, plancha, vigila, camina por la calle, buscaba sólo la compañía de una voz humana amistosa, sugerente e imprevisible. Muchas veces la señal se pierde por las curvas de una carretera, y queda patente que era un don.  

Todo esto viene al caso porque hace unas semanas me lancé con unos amigos, algunos víctimas de un ERE tras muchos años de ejercicio, a una aventura radiofónica un tanto transgresora y disidente: un debate para una emisora online sin fines económicos ni políticos, absolutamente improductivo, utópico, libre y por lo tanto provocador, cuya pretensión es recuperar el diálogo sereno y fundado que tenían los debates antes de convertirse en cacareo. Lo más irresistible de este proyecto es que existen grandes posibilidades de que sea un fracaso, y ni siquiera estrepitoso. 

La peripecia, en un entorno doméstico, con una dotación material digna de coleccionista y un equipo humano peculiar, me ha despertado el gusanillo de un idilio con la palabra hablada que tuve en mis primeros años de profesión.

 Aquella era una radio de pueblo, que hubo que crear casi de la nada con muy poco presupuesto. Con su emisor, su receptor, su transmisor, su radioenlace y su antena en lo alto de una colina, que había que vigilar los días de tormenta. Una emisora municipal con sus servilismos políticos pero que tenía también la espontaneidad de lo recién nacido.  

Nos movía la ilusión de recuperar la magia de la radio clásica. No había estrellas mediáticas ni existían honorarios astronómicos. Sólo tres contratados y un equipo de voluntarios. La sintonía y las ráfagas las compusimos nosotros, y fuimos llenando horas y horas de programación con trabajo y colaboración gratuita y entusiástica.  

Teníamos dos informativos, un magazine, varios programas con vocación social, otros musicales, generalistas y temáticos, y una radionovela de corte melodramático  con un toque humorístico local, que tuvo un éxito enorme entre la población.  

De esto hace ya bastantes años y no sé qué habrá sido de aquella emisora local que al hilo de esta nueva experiencia pulsa mi añoranza. Sólo sé que me conquistó el poder de la voz humana y su capacidad de dialogo con los desconocidos oyentes. 

La sensación de formar parte de sus vidas, sus rutinas, su entorno, como un amigo entrañable y discreto de la familia, a quien no se le pasa al salón sino que se le deja entrar hasta la cocina, el baño, y el dormitorio, porque se sabe que no va a husmear, sino que se está ahí sin incordiar demasiado, sin reclamar atenciones, ofreciendo su charla tranquila, su tertulia habitual, mientras haces la comida, intentas conciliar el sueño y te pintas -o te afeitas, según- frente al espejo. 

En esto, por encima de los avances de la técnica, de la TDT y la Web 3.0, la radio sigue siendo la primera y la mejor.  

Nuestro Tiempo digital

5 Mar

Por Compostela descubro con alborozo NT digital. Se confirma así mi sospecha del otro día en que por el catalejo de las estadísticas del blog vi el enlace a una página en pruebas. Esta barco a estribor me hace particular ilusión.

Aquí tenéis el enlace y el enlace a mis artículos.

Los buenos días, a pesar de todo

14 Ene

Con noticias como la de Haití, qué extrañamente ajeno y superficial me resulta el eco de mi voz en el número de enero y febrero de Nuestro Tiempo. Es la dificultad que entrañan las publicaciones de periodicidad dilatada. Me lo comentaba Enrique hace unos días y, esta vez, amigo, lo compruebo. Ni con algo tan insustancial se acierta a veces. 

 

Los buenos días

Hubo una época feliz en que el hombre del tiempo se equivocaba. El día se guardaba el jaque mate de una aguacero sorpresa pero nos dejaba el consuelo de tener a quien echarle la culpa del remojón.

Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la meteorología se ha vuelto una ciencia quasi exacta, y si nos acatarramos o pillamos la gripe A la responsabilidad será nuestra por no consultar el tiempo en los telediarios o en Internet. Sólo yerran los meteorólogos, intencionadamente, por razones vinculadas con el turismo y generalmente en épocas estivales.

A pesar de todo, el conocimiento no nos sirve más que para prevenir y hacerle frente con paraguas, abrigos y bufandas. Nadie, con excepción de los habitantes de Lepe, capaces de encargar nieve -artificial- e incluso de adelantar la entrada del nuevo año, osa alterar el humor de Zeus. Las inclemencias del tiempo son algunos de los pocos privilegios que se reserva la Madre Naturaleza, a la que tan mal tratamos.

Puesto que no nos está permitido cambiar el color de los días, jugamos a cargarlos de moralidad. Los días de enero y febrero son, por percepción universal, malos, feos y tristones. Los peores, según “recordamos” cada año. Un día soleado y cálido, por el contrario, es un buen día, y si es tórrido y refulgente, mejor que bueno.

En lo más crudo del crudo invierno los chopos imploran al cielo con sus ramas desnudas, y las nubes descargan su llanto o un cargamento de plumas de almohadones helados. El campo parece un cementerio de Edgar Allan Poe o una estepa tolstoiana.

Y sin embargo, me parecen hermosos estos días. Es probable que tenga que ver con el hecho de que en el sur, donde vivo, escasean. La consideración de nuestra insignificancia frente al espectáculo de las fuerzas naturales tiene algo trágico que me inspira y me pone de buen humor. La lucha del sol por abrirse paso, el enfrentamiento colosal de las nubes y la descarga de su artillería pesada. Me atrae más la épica de un cielo cubierto que la lírica celeste.

Por eso, me ha gustado saber que a Chesterton le entusiasmaba el mal tiempo (por llamarlo de algún modo) y que abominaba de los paraguas. “Una de las auténticas maravillas del tiempo lluvioso –recoge Joseph Pearce en su biografía, que estos días leo- es que aunque en general disminuye la cantidad de luz directa y natural, aumenta indiscutiblemente el numero de objetos que la reflejan. Hay menos luz del sol, pero hay muchas más cosas resplandecientes, cosas que tienen un hermoso brillo, como los estanques, los charcos y los impermeables, por ejemplo. Es como si uno paseara por un mundo de espejos”.

Hay que ser un niño para entrar en ese mundo de espejos. Y él lo era. Una vez dentro, indudablemente, el paraguas no es más que un estorbo insoportable. “Nunca me he resignado a llevar paraguas –dice-. Cerrado, un paraguas es un bastón inmanejable, y abierto es una tienda de campaña insuficiente”.

En todo caso, hay que decir que no es igual el invierno de primeros de diciembre que éste de enero y febrero. Ni siquiera debería llamarse invierno. Entre medias han pasado cosas importantes. Sin ir más lejos, el nacimiento de Dios, ante el que la nieve se funde de sorpresa y la lluvia aplaude de júbilo.

Hace unos meses Benedicto XVI decía a un grupo de artistas que “lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible”. Estos meses bien pueden servir de ejemplo. Cambiamos la mortaja por una mantilla bautismal. La nieve ya no oculta hojas secas de calendario sino briznas de esperanza. Es “la Epifanía de la Belleza”. Esa belleza que –continuaba Ratzinger- “necesitamos para no precipitar en la desesperación”.

 Comparada con este tiempo de días que se alargan la primavera parece una anciana repleta de certezas.

A estos meses trémulos les ocurre lo que a los recién nacidos. Nos parecen feos por ese aire de extrañeza y de desamparo con que se estrenan, pero para su madre son hermosos porque son suyos y porque rebosan vida. Todo, al fin, depende del cristal con que se mire.

Equinoccio autumnal

30 Sep

Os dejo mi artículo del último Nuestro Tiempo en el que tengo la enorme suerte de compartir vecindad con Enrique, que ocupa la columna de invitado. También en ese número firmo el tema de portada “Mayoría de edad, un concepto en crisis”, con unas ilustraciones magníficas y un trabajo de edición por parte de Javier, Sonsoles y todo su equipo, que no aparece en la firma pero que yo aplaudo aquí en justo agradecimiento.

 

CRISIS VACACIONAL

Años atrás por estas fechas, los psicólogos solían prevenirnos de la crisis post-vacacional que se avecinaba, consistente en incorporarse al trabajo hecho unos zorros después del frenesí veraniego; pero este año, por primera vez desde hace muchos, tuvimos que enfrentarnos a una crisis pre-vacacional. En lugar de sufrir el hartazgo y el agotamiento derivados de obligarnos a pasarlo bien de la manera más cara y snob, allá por junio la crisis consistió en averiguárnoslas para pasarlo fetén en familia con el mínimo gasto posible, cosa que requería del concurso de la creatividad de todos. El balance revela ahora que aquel planteamiento mereció la pena: las vacaciones así planteadas nos pueden devolver como por ensalmo a la Arcadia que tanto anhelamos. Aquellos tiempos en que éramos felices con menos que nada: hacinados en un seiscientos en el que milagrosamente cabían cinco niños y dos adultos –imposible hoy gracias a la normativa de seguridad vial–, encadenando canciones infantiles, jugando a capicúa con las matrículas o resolviendo acertijos.

Si el viaje era corto partíamos con las ventanillas bajadas, por donde asomábamos la cabeza pese a la prohibición de los mayores, los ojos cerrados, la boca abierta, sintiendo el azote del viento sobre el pelo revuelto. De cuando en cuando se colaba una avispa y, entonces, el coche se convertía en un revoltijo de piernas y brazos, protestas y gritos, hasta que papá o mamá decían: “Para ahuyentar a las avispas lo que hay que hacer es estarse muy quieto y morderse la lengua”. Si el destino era lejano, entonces nuestros padres organizaban el viaje con nocturnidad, premeditación y alevosía, para burlar la canícula y evitar, con el sueño y las tinieblas, el insufrible “queda mucho” que cada cinco minutos pronuncian todos los niños viajantes del mundo. Al amanecer nos despertaba el frenazo del coche, el susurro materno –hemos llegado– y aquel aroma capaz de convocar la felicidad durante el resto del año. Salíamos entumecidos, atontados, con la boca pastosa pero felices. Qué poder tienen los olores para atravesar la barrera del tiempo.

Aquellas vacaciones tenían algo de salvaje, libertino y primigenio. Obviar los horarios, liberarse de los zapatos y de la ropa, lavarse menos, aventurarse por parajes ignotos, perder el rastro de un escarabajo en la arena, comer sin cubiertos. Era un placer subvertir el orden y la decencia. En la playa, en el campo se podían hacer todas las cosas que estaban mal vistas en la ciudad.

Yo recuerdo los viajes de Valencia a la casa familiar de Brenes, donde pasábamos el verano con los tíos y los primos: la cabaña secreta hecha con cajas de madera donde contábamos historias de miedo a la incauta luz de una vela, las andanzas suicidas por cornisas y terrazas, los atracones de mandarinas.

Y también los traslados a Marbella, donde mis padres alquilaban un apartamento frente a un famoso hotel, que aún existe. El apartamento tenía sólo un dormitorio y una sala con cocina americana. Con seis años aprendí a fabricarme una con los cojines del sofá y todos los años repetía el rito iniciático burlando la vigilancia del responsable de recepción para quien yo no existía. No nos daba para una habitación más grande.

Allí jugábamos a que éramos ricos y famosos: paseábamos por el campo de golf, nos sumergíamos en las aguas turquesas y, de cuando en cuando, nos colábamos–como en la canción de Mecano– en las fiestas de la jet, donde, ya no sé si me asiste la memoria o la fantasía, creo recordar haber visto a Gunilla Von Bismark y a Julio Iglesias, aunque de lo único que estoy cierta es de haber cantando con Mª Carmen y su acordeón la canción de “Los Pajaritos”.

De aquellos veranos marbellís me traje el primer baile con mi padre, un sombrero cordobés que me regaló mi madre y un retrato hecho en pastel por un artista local, que todavía anda por casa, y en el que, treinta años después, me sigo viendo demasiado mayor para mi edad. 

Cuando fuimos nómadas

6 Jul

Tengo la honra de pertenecer a una de las últimas promociones itinerantes de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Navarra, que era como se denominaba aquel conjunto de saberes que evoca el eslogan del oficio: “El periodista sabe de todo y es especialista en nada”.

Nuestra facultad, como el saber, no ocupaba lugar. A lo largo de la carrera peregrinamos de Económicas a Arquitectura, pasando por el aula 34 del Central, hasta estrenar Derecho en las postrimerías de la carrera. Cuando poníamos punto y final a nuestra etapa universitaria, comenzaba la Facultad de Comunicación, con sus tres ramas, sus planes de estudio, sus troncales, obligatorias y aquello tan anárquico de la libre configuración. Nosotros poníamos las últimas piedras y la maquinaria colocaba los pilares del edificio de Vicens. Al final nos marchamos sin la primicia.

Años después hice un viaje a Pamplona, y sentí cierta envidia de la juventud que brujuleaba por aquellos espacios siderales de flamantes aulas y dotadísimos estudios. Entraban ganas de comenzar de nuevo la carrera.

Tuve ocasión de referir algo más tarde mis impresiones al profesor Orihuela, que pasó por Sevilla. Él no lo recordará porque de aquello hace diez años, pero su fulgor aún dura. “No creas que tienen tanta suerte. Ellos disfrutan de buenos medios pero vosotros tuvisteis por maestros a los primeros”.

Hace unos días mi facultad cumplió cincuenta años y los recuerdos se agolparon en la memoria del corazón. No pude asistir, pero ahora, desde esta tribuna, brindo por aquella generación de nómadas y sus jefes de tribu.

Mi generación comenzó con una broma de los de quinto, que irrumpieron en clase y nos hicieron un simulacro de examen. El profesor Guasch se enfadó tanto que proclamó suspenso general. Y culminó con otra sorpresa de Carlos Soria que estrenaba la asignatura de Ética Periodística y nos dejó perplejos al sustituir la prueba de los temas cantados con bolita por un examen de conciencia sobre nuestro estudio de la materia, con autocalificación incluida. Aún me pregunto por qué no me puse más nota.

Los estudios de radio ocupaban la segunda planta de la torre del Central que escalábamos armados con nuestras máquinas de escribir y sus hojas de calco. Internet era una incipiente base de datos, los ordenadores iban a pedales, carecíamos de platós y para hacer las prácticas nos prestaban una mesa de mezclas un ratito “de par de mañana”. El Proyecto Periodístico de Giner lo fabricamos con recortables y las prácticas de diseño blandiendo el tipómetro de Valentina Villegas con sus “síseros, picas y sentímetros”. A la sazón, era decano Álex Navas y nos movíamos entre la espiral del silente humo de las pipas de López Escobar y las hojas volanderas de Carlos Barrera.

No llegamos a disfrutar de las clases de D. Luka pero sí de las de Gómez Antón, al que nombramos padrino promocional. Era imposible distraerse de las geniales lecciones sin caer bajo la losa de su silencio reprobador. Mercedes Montero y D. Gonzalo Redondo impartían Historia. El mundo se dividía en dos: los que suspendían en la exposición de los temas de la primera y los que sucumbían bajo las preguntas filosóficas del segundo.

También dejaron su huella los talleres literarios de Teresa Imízcoz y las clases de Redacción de Peter y de Paco Sánchez, a los que luego traté más en NT. Muchos de aquellos libros construyeron y fraguaron mi amor adolescente por la literatura que todavía me castiga con sus celotipias del periodismo, mi otro amor.

Para hacer justicia, tendría que nombrar a tantos: García-Noblejas, Vidal-Quadras,  Lozano Bartolozzi, Alfonso Nieto, D. Eduardo Terrasa… Y a sus vástagos intelectuales -“bendita sea la rama que al tronco sale”- dice un refrán de mi tierra: Mateye Laporte, Ana Azurmendi, José Luis Orihuela, Beatriz Plaza…

Éramos nómadas, no teníamos recursos técnicos pero bebíamos del néctar de los maestros y olfateábamos en el aire el rastro de la objetividad, como sabuesos.

Al salir de aquellas aulas nos dijeron que todo depende del color del cristal, pero los que por allí pasamos sabemos que lo aprendido pertenece a ese conjunto de pocas cosas verdaderas. Está escrito en caracteres de plomo y lo resello cada vez que regreso y algún profesor –como Martín Algarra y Sánchez Aranda- me recuerda afectuosamente como aquella brillante alumna que nunca fui.

(Publicado en El Periscopio, mi columna de la revista Nuestro Tiempo, en el número correspondiente a los meses de verano. Espero que pronto  veamos NT en versión digital, como antes, y pueda hacer un link como Dios manda, y leerla nada más salir, aunque… siempre nos quedará el placer del papel y ese temor a que alguien la robe. Esta revista, con su nuevo formato, se ha convertido en un bien demasiado apetecible).

Think before you post

6 Jun

La conocida frase de Oscar Wilde: “hay solamente una cosa en el mundo peor que el hecho de que hablen de ti, y es que no hablen de ti”, viene  a cuento de tanto afán por ser famoso a costa de lo que sea, por frívolo o perverso que parezca.

No es una novedad. Aquel hombre primitivo que cazó un antílope ya quiso estampar su graffiti en las paredes de la cueva para reconocimiento de la posteridad; y en las novelas y películas policiacas el asesino deja siempre su impronta: una carta, una mariposa, algún distintivo que cause espanto y genere en la pasma la convicción de estar ante un auténtico depredador en serie que pone a prueba su pericia. Desear perpetuarse es humano. Y hablar de los demás, también. 

El hombre siempre ha estado sujeto a la opinión ajena, por hacer las cosas bien, por hacerlas mal o, independientemente del motivo, por entretenimiento de los murmuradores. Lo característico de nuestro tiempo es lo fácil que resulta que hablen de uno.

Ser famoso está al alcance de cualquiera gracias a las nuevas tecnologías, y forrarse a costa de ello también. Basta con estar presente en una red social, contar las intimidades en un reality show o mostrar alguna habilidad en público, cuanto más excéntrica mejor, y uno se convierte en famoso a secas sin mayores esfuerzos.

Cuando a los niños de antaño les preguntaban qué querían ser de mayores, contestaban: médico, profesor, sheriff o asaltante de diligencias. Con ello pensaban obtener la fama, desde luego, pero con profesionalidad. Ahora te sueltan a la tierna edad de cuatro años: “yo de mayor quiero ser famoso”. A veces los culpables son esos padres que unen a sus cortas luces el empeño por remediar la propia frustración en sus vástagos y los exhiben de sesión en sesión en el circo mediático.

Hay expertos que hablan en estos últimos tiempos del nacimiento de una nueva remesa juvenil: la generación YO, SL: enganchados a las redes sociales en las que se autopromocionan con mente  empresarial, ególatras y necesitados desesperadamente de reconocimiento. No hay más que ver la facilidad que han adquirido para hablar en público cuando hace unos años nos moríamos de la vergüenza por que nos sacaran a la pizarra. Con todas sus matizaciones y con todos los aspectos positivos que entraña la naturalidad, hay algo de inquietante en esto, y no sólo afecta a los más jóvenes.

La característica fundamental de este nuevo modo de manifestarse es la “extimidad”, la necesidad de airear la vida privada, lo que hacemos en el momento presente por insustancial que sea, lo que pensamos o lo que queremos que los demás piensen que pensamos o hacemos. Un espejismo de espontaneidad, pues no se vive del mismo modo sin espectadores que bajo la mirada voyeur o simplemente curiosa del Gran Hermano.

Lo que da verosimilitud a la vida virtual son los datos reales que aportamos, ese inmenso banco que entre todos ponemos a disposición de empresas de publicidad, extorsionadores, hackers y otras gentes de mirada aviesa.

Alerta sobre la cuestión la Campaña del National Center for Missing & Exploited Children (Centro Nacional para Niños Desaparecidos y Explotados) con el lema: “Think before you post” (piénsalo antes de publicar): una vez que cuelgas un contenido en Internet ya no lo puedes retirar. Cualquiera puede verlo, cualquiera puede conocer tu vida privada, incluso personas indeseables. El reciente caso de Marta del Castillo podría ser el de cualquiera de nosotros.

Al margen de estos peligros nada virtuales, perseguir la fama porque sí entraña el riesgo de volverse frívolo, tontorrón o cutre y los demás lo saben por mucho que aplaudan la gracia de circo. La fama ha requerido siempre un complemento para ser respetable y perdurable.

Es mejor ser famoso por ser muy bueno o por ser muy malo que serlo sin motivo. Si uno no puede destacar por santo o por sabio, que abandone el empeño de ocupar espacio en las revistas, en la tele, en la Red, o que al menos sea un demonio… como Dios manda.

 

(Siguendo con el tema de la ‘extimidad’, publico en el último número de la revista Nuestro Tiempo esta columna).

Espejito, espejito mágico

27 May

El espejo de la madrastra de Blancanieves es ahora de LCD  y se enciende con un click mágico de ratón capaz de transformar a la fea en hermosa y a la tímida en extrovertida.

Los ratones ya no son los mismos que se convirtieron en lacayos, pero bueno, eso pasaba en Cenicienta, y ese es otro cuento.

Al espejo se asoman millones de jóvenes y otros menos que buscan el elixir de la juventud y de la belleza.

Y la pregunta: “¿quién es la más bella?” la contesta la ciberaudiencia. O sea el lobo.

Ya he vuelto a equivocarme de cuento. Hablando de cuento algo digo al respecto en Aceprensa (para suscriptores). También lo podéis leer aquí.

Un libro recomendable: Jean M. Twenge and W. Keith Campbell, The Narcissism Epidemic. Living in the Age of Entitlement. Free Press. New York (2009). 339 págs.

Humor en tiempos revueltos

18 Abr

Hace tanto que envié este artículo al nuevo Nuestro Tiempo (qué maravilla de revista, Sonsoles), hace tan mala meteorología al borde del Cantábrico donde paso los días “haciéndome la desmayada” -según el consejo de Ágatha Ruiz de la Prada- , y está mi ánimo en consonancia tan cambiante y nublado que casi estoy por pensar lo contrario, pero os lo dejo para convencerme yo y por contaros nuevas más pascuales, menos cenizas y pasionales que mis entradas anteriores.

 

 

No hay peor cosa que tener un pesimista al lado. Ni martes y trece, ni gatos negros, ni espejos rotos, ni sal derramada; para convocar el infortunio ponga un cenizo, un clásico aguafiestas, un negativo en su vida y verá qué mal le va.

Al pesimista hay temerlo más que a un nublado. Ante una lluvia pertinaz como la que arrecia estos días cabe adoptar la actitud del chaval que se calza las botas de siete leguas y se mete en los charcos con espíritu conquistador. Aun siendo adulto es posible cantar bajo el agua a lo Gene Kelly, poner buena cara al mal tiempo, aguantar el chaparrón y capear el temporal.

Pero si se te arrima un cenizo -ay, amigo- cruza los dedos. Es casi imposible librarse de su influencia, porque el pesimista vive y se alimenta de la desazón vecina. Es una especie de sanguijuela sin poderes terapéuticos.

En esta sociedad hiperespecializada hay verdaderos expertos en negatividad. No son pesimistas ocasionales sino auténticos carteristas de la alegría ajena, y lo peor es que ejercen su ministerio con la mejor voluntad de ponernos sobre aviso.

Para el pesimista, el positivo es un iluso que vive en la luna de Valencia. No parece advertir los signos evidentes de la alarma social: que llueve torrencialmente, que estamos en crisis y probablemente no saldremos de ella  hasta dentro de cuatro años, que cada vez hay más parados en nuestro país y en el mundo entero.

El cenizo necesita compartir su percepción, lograr que sintamos lástima de su victimismo y que acabemos contagiándonos de su tristeza, por lo que tiene un punto gafe peligrosísimo. Es algo así como un agujero negro capaz de absorber todos los elementos positivos de su entorno, o un rayo que quema lo que toca. Y lo peor es que de lo que él considera realismo tampoco saca nada ventajoso para sí. Su queja es un yermo.

A simple vista, hay negativos vagos y cínicos. Cabe, incluso, empezar siendo un pesimista vago y devenir, con empeño y entrenamiento, en cenizo cínico.

Ambos comparten un fondo de increencia y desesperanza. Falta de fe en la capacidad del hombre para adaptarse a las circunstancias –que es el modo de supervivencia más humano; y de esperanza en que las cosas pueden ir a mejor si nos empeñamos en hacer algo más que lamentarnos.

La clásica fábula de la zorra y las uvas es la que mejor define esta idea del vago cínico pesimista. Como no alcanzaba dijo: “es que están verdes”. La lección que mejor le vendría a la zorra de Esopo es ver a otras congéneres más ingeniosas atrapar hábilmente las dulces uvas.

Pero no nos pongamos negativos. Frente al influjo del pesimista hay dos  antídotos: sonreír con educación y huir discretamente para evitar el contagio, o palmearle la espalda y reírse a carcajadas. Quizá esta opción sea más misericordiosa.

Nadie tiene derecho a robarnos la alegría. Podremos perder el trabajo, el piso, el nivel adquisitivo, pero no el humor, “ese producto tan altamente civilizado”, como lo define Chesterton. El humor, como la esperanza, es lo último que se pierde, y no como dijo aquel colmo de cenizo: “la esperanza es lo último que se perdió”.

El humor es un paraguas para los malos tiempos, un pararrayos potentísimo, por eso ha sido perseguido y censurado en épocas de guerras y totalitarismos.

Quizá, parte del problema del desmoronamiento de Europa venga de la pérdida del sentido del humor que en otros tiempos cultivaron Chaucer, Rabelais y Cervantes y que –sigue Chesterton- “es una de las mayores cualidades que equilibran el espíritu europeo”.  Desde que el hombre fija la mirada torva y reconcentrada en su ombligo como centro del universo nos cuesta más reírnos de nosotros mismos y de lo que escapa a nuestra soberanía.

Los malos tiempos nos vuelven a colocar en el lugar contingente que nos corresponde, nos permiten recuperar el sentido de la realidad. Es de esperar que con él nos sobrevenga, como don, el sentido del humor.