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Consuelo de tontos

12 Feb

En plena crisis creativa alivia comprobar que los buenos articulistas escribieron con brillantez sobre aquello que uno entrevió como yacimiento para una buena columna. Y le queda al tonto el consuelo del que dice: “yo también sabía que ahí había materia”.

Me pasó con Antonio Burgos y con Juan Manuel de Prada a propósito de la consabida “zeja” y de las tallas femeninas del ministro Bernat, respectivamente.

Como los libros, los artículos que más admiro los escribieron otros. Os dejo con Prada  y la columna que yo quise escribir ayer y no supe. 

La naranja del pequeño Chaplin

24 Ene

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No hay fruta más perfecta que la naranja. Su esfera, símbolo de infinitud; la exactitud del colorido -sin matiz ni degradación posible- la brillantez simétrica de sus radios al partirla transversalmente, la tersura de los gajos cuando el corte es longitudinal. Por no hablar de su sonido radical al desgajarlos (qué hallazgo de onomatopeya).   

Tan plena y definitiva es que no hay otra fruta cuyo nombre le corresponda con tal propiedad que genere un color universal. No existen ‘las verdes’, ni ‘las azules’, ni ‘las rojas’, pero existen las naranjas. Y existen en todos los idiomas.  

Podría decirse en mi contra: fruta no, pero así es la rosa. Ah, más la flor es compleja y así vemos rosas blancas, amarillas, rojas, mientras la naranja es simplicísima, es naranja y nada más, es naranja per se y per accidens, si se me permite la licencia ontológica. 

Esta reflexión insustancial y absurda surge a propósito de Charles Chaplin en el 30 aniversario de su muerte. El pequeño Chaplin era tan pobre que por Navidad sólo recibía una naranja como obsequio; así lo recuerda su hija Geraldine y así lo recoge Luis María Anson hoy en la tercera de El Cultural de El Mundo.  

¿Qué vería en la naranja el niño Charles?, ¿qué haría con ella?, ¿en qué medida contribuyó al desarrollo de su genio creador? No lo sé. Pero aventuro que quizá guarde alguna relación la creatividad con la profundización en el ser de las cosas, que incluye no sólo lo que las cosas sean en sí sino lo que son con relación a Adán que las nombró y lo que son para nosotros que las usamos, también y sobre todo en ese preciso instante en que los días no nos parecen azules sino verdes, negros o naranjas, como el cielo de la Sevilla Reinventada de Toi 

Y eso sin caer en el error de pensar que “todo depende del color del cristal con que se mire”, sabiendo que el cristal es cristal y el color es color, pero que a veces necesitamos jugar a ser Dios y divertirnos o expresar nuestra confusión cambiando el orden y la utilidad de las cosas que nos fueron dadas, como tan bien saben hacer los niños cuando aún son pequeños, y más los niños pobres, como haría el pequeño Charlie con su naranja, seguro, antes de comérsela aunque tuviera hambre o precisamente por ello. Lo que supo seguir haciendo de mayor.

En eso, quizá, consista el Arte.  

El ángel de Marieta

29 Oct

Marieta Quesada es un ángel que enciende lo que toca. Sus cuadros no están hechos de pigmentos sino de carne y espíritu. Y el alma no se encuentra aquí o allá por mucho que se empeñen los materialistas. Aletea por todo el cuadro, lo informa, lo transfigura.

Para escuchar a Marieta y contemplar su pintura hay que estar dispuesto a salir convertido en gorjeo, en fuente cristalina. La forma transfigura la materia y se derrama en el espectador poniéndolo perdido de confetti.

Me dice Marieta que le han dicho que crea atmósfera en sus cuadros, que ella no lo sabía hasta que se lo advirtieron. Es curioso. Los artistas que lo son, en el trance de la gracia co-creadora no tienen ni idea de lo que Dios hace cuando guía sus pinceles.

Querida Marieta, no es atmósfera sólo, es principio de vida. Por eso la niña del cubo no nos da su agua sino su trabajo, su cansancio, su íntima alegría, y la Virgen lleva en el  manto un rompimiento de gloria.

¡Qué paradoja! Es la docilidad de tus pinceles a la verdad, “a esas cosas que no cambian”, lo que hace que tu pintura no se agriete, que los pigmentos no pierdan color, que todo un mundo interior se entregue en la mirada de los personajes, en una suerte de renovación constante. 

Dices: “La pintura es un retrato del alma. Has de encontrar tu forma personal. No puedes traicionarte”. Y ahora que lo repito yo, ¡suena tan hueco!

Hay que oírtelo decir a ti y luego ver tus cuadros como ventanas, para comprender que esa pintura tuya, llena de modelos imperfectos, de cosas cotidianas y anodinas, nos regala la alegría de una naturaleza que Dios perfecciona al asumirla.