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Felix Culpa

24 Mar

No se me ocurre una manera más original de felicitaros las Pascuas que este titular que El Mundo atribuye a Rubalcaba con cierta maliciosidad. No es humor negro, es que no he podido resistirme a la socarronería:

Rubalcaba dice que los datos de siniestralidad en Semana Santa son ‘muy buenos’

Visto desde la perspectiva de la fe podría ser una manera moderna de entonar el pregón pascual: “Necesario fue el pecado de Adán/ Feliz culpa que nos mereció tan gran redentor”.

Y que lo diga Rubalcaba me resulta sumamente sugerente, aunque no pase de ser un juego, una ilusión o quién sabe si una premonición.

Causalidades de la vida

27 Feb

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Tras un telón de lluvias torrenciales los actores ultimaban los ensayos. El lunes se encendieron por sorpresa las luces y comenzó la función primaveral. Una coreografía perfecta de nandumbus, azahares y flores de almendro que inundó Sevilla de aromas dulces y calientes.  

Y yo, que me creía mera espectadora, descubro de pronto mi sitio en el escenario. El sábado me compré en H&M un pantalón negro, rémora del invierno, y una casaca amarillísima y muy coqueta para contrarrestar el luto. Alguien me ha debido de asignar el papel de abeja Maya. Y yo sin saberlo.

(Entrada dedicada a Adaldrida en su estreno como profesora).

Sobre ruedas

8 Ene

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Me alivia como un lenitivo volver a la rutina. Y más aún si el golpe que pudiera asestar la normalidad se palía con el envoltorio mullido de un martes rutilante en lugar de un clásico lunes negro. 

Navidad sin vacaciones se convierte en un maratón por conseguir ser brillante profesional, a la par que experta compradora, conciliadora, cocinera, repostera, decoradora, visitadora y anfitriona, cuando el único deseo que una alberga es pasar una tarde de lectura sosegada, cosa que apenas logra gracias a un paréntesis de soledad de tres horas y un catarro fenomenal.   

El fin de fiesta terminó sobre ruedas, con todo el mundo contento con sus regalos, lo que dio sentido al maratón de compras, y algunos momentos de alegría compartida cuando conseguimos dar con una de esas pocas películas que a todos satisface: El velo pintado, versión cinematográfica de la novela de Somerset Maugham, hermosa por su humanidad, por la fotografía y por los personajes, principales y secundarios, que me deja con hambre de leer el libro, una vez que acabe con todos los que tengo a medias. Lo prometo. 

El día anterior vimos La flauta mágica, de Kenneth Branagh, versión de la obra de Mozart, más ópera que película, con una puesta en escena muy arriesgada en medio de una trinchera de la I Guerra Mundial. La vimos con cañón, después de pelearnos con la técnica, como viene siendo habitual. Y en otros momentos de estos días festivos, por acabar con la crónica cinéfila, Ratatouille, divertidísima, ocurrente y genial, y El gran silencio que… me decepcionó, no por lenta sino porque yo esperaba una película y me encontré con un documental. 

Al fin también yo me reconcilié con mi infancia y logré hacer acopio de ilusión después de luchar a brazo partido con mi mujer vieja.

Los Reyes me trajeron unos patines y una colonia (CK One) y me apresuré a estrenar ambos por el carril bici que discurre frente a mi casa, dejando a mi paso una estela de aroma a limón y madera. Volví a caer pues en la tentación del glamour exponiéndome a una caída fenomenal que evité. No tengo remedio.  

El regalo de los patines cumple un deseo atávico. De pequeña era una infatigable patinadora. Con siete años mis padres me compraron unos patines metálicos y extensibles que me duraron hasta los doce y que se ataban con unas correas de piel. Por entonces salieron al mercado los patines de bota pero eran caros y yo, ya adolescente, me conformaba con alquilarlos en una pista cubierta que había en uno de los bajos de casa de Cádiz.

Mi padre abominaba de ese lugar insano que era una concentración de olor a sobaquina y a hormonas juveniles, pero a mi me encantaba emular a las patinadoras que veía en las competiciones y me esforzaba en lograr giros y piruetas imposibles. 

Desde siempre he deseado tener esos patines. El año pasado probé con ilusión los de línea con una amiga. Ella terminó con una fisura en la mano y yo abrazada a una farola porque no sabía cómo frenar y porque me temo que ya no tengo edad para ese tipo de innovaciones. Aquello no tenía nada que ver con el patinaje de antaño. Parecía una síntesis entre patinaje sobre hielo y esquí.

Así que esta Navidad, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y el carril bici por mi casa, haciendo caso al refranero, porque no hay mal que por bien no venga y si no puedes con tu enemigo únete a él, he pedido aquellos patines soñados: los de las botas blancas, con cuatro flamantes ruedas naranja y dos tacos de freno, para echar a rodar kilómetros y kilómetros de ilusión infantil por las pistas que nos ha regalado el Ayuntamiento y que tanto criticamos los mayores.

Carta de San Nicolás

18 Dic

San Pedro anda inquieto estos días porque al departamento de Recursos Humanos del Cielo ha llegado una queja de San Nicolás suscrita también por los Reyes Magos de Oriente. 

En ella dice el reclamante: 

“Mi bienamado Niño Jesús: 

Bien sabes que nunca te he solicitado nada en beneficio propio y menos en estas fechas. Sin embargo, los recientes acontecimientos me obligan a dirigirte esta carta para manifestarte una protesta filial, una petición y una medida para los días de Navidad que se avecinan. 

Sé bien que en el Cielo no necesito nada más que tu Presencia para ser feliz, pero no puedo evitar cierto sentimiento de frustración acumulada cada vez que echo una mirada a la Tierra.   

En estos dos últimos siglos mi identidad ha sido impunemente distorsionada. He pasado de ser duende enano y delgado a gordinflón bonachón; me han vestido de blanco, dorado, rojo y azul; me han colocado un ridículo gorro colorado que más parece una caricatura de mis vestiduras de obispo que otra cosa; me han sentado en un trineo llevado por renos, y lo que es peor, me han cambiado hasta el nombre: Santa Claus, Papá Noel, Duende de Navidad, Viejito Pascuero… 

Y aún hay algo más grave, Jesús. Me han paganizado, igual que han hecho con el árbol de Navidad, las luces y los presentes.

Bien sabes Tú que toda mi vida en la Tierra la he concebido como un servicio a tu Persona. Que cuando hacía regalos a los niños pobres era porque en ellos te veía a ti, mi pequeño Dios…

De esta mala fama se han contagiado también los cristianos católicos y este año me han hecho una campaña espantosa y absurda enfrentándome a personajes a los que quiero entrañablemente: los Reyes Magos.

Me han acusado de ser un invasor gordo y seboso producto del consumismo compulsivo. ¡Si supieran lo bien que nos llevamos y el trabajo que desplegamos aquí Arriba cada Navidad!

Imaginarás cómo ha sentado todo esto a Melchor, Gaspar y Baltasar. Están tan molestos que se han solidarizado conmigo y podrás ver sus firmas al pie de esta carta. 

Como te decía al comienzo mi objetivo es manifestarte confiadamente tres cosas:

Una protesta: Estoy cansado, Señor. Ya no puedo más.

Una petición. Que se rehabilite mi identidad colocándome en los portales de Belén en actitud de adoración junto a los Reyes Magos.

Una medida: Que este año los Reyes y yo nos declaremos en huelga conjuntamente y no repartamos regalos.  

En todo caso, a tus pies, Niño Dios, nos inclinamos rendidos de antemano a tu soberana Voluntad. Tú eres nuestro Rey. Tú decides y mandas.

Nicolás

Melchor, Gaspar y Baltasar”.

Provisiones

7 Dic

Por el ojo del puente miré el camino de Las Tobas, su verdor de adviento sobre el valle de chopos otoñales. Cordilleras victoriosas saludaban entre las nubes encendidas del crepúsculo.  

Había esclerosis en la carretera pero la disolvíamos a fuerza de canciones. Sin advertirlo ganábamos tiempo guardando en el arca parejas de animales por si sobrevenía el diluvio, almacenando dulces con que resistir los embates del invierno. 

Un día después ha descargado la tormenta. Llueve desconsoladamente y punzan las ausencias como el miembro fantasma al amputado. Otra vez –y van ciento- me han vuelto a dar en la herradura.  

Como una catarata, ciega el ojo del puente la niebla. A veces no basta convocar a la alegría. Sólo cabe resistir al asedio de la noche cruzando los remos en cubierta, poner a salvo la esperanza en que el desaliento nos devolverá a la orilla como cuerpo extraño… cuando amanezca.